domingo, 5 de junio de 2016

Busco amig@s


Puerto Rico? Presente!
Santo Domingo? Presente!
Cuba? Presente!
México? Presente!
Sudamérica? Presente!
Centroamérica? Presente!
Puerto Ricoooooooo
Ya tú sabes

Sigan bailando mi gente (x7)

Qué es lo que quiere esa nena - El General


Acabo de regresar con una amiga de la costa de Florida y créanme que más allá de disfrutar del sol, la arena y el mar, la satisfacción más grande fue sentir que cuento con una nueva amiga, acá en los Estados Unidos.

Se trata de Camila, de nacionalidad uruguaya, recién casada con Martín quien está cursando el segundo año de un programa de magister. Coincidimos porque nuestras parejas son compañeros y a pesar de que sólo nos habíamos visto un par de veces, cuando se nos presentó la oportunidad de arrancarnos por un fin de semana, la verdad es que no lo pensamos dos veces y nos embarcamos en esta nueva aventura. La idea era dormir en el avión porque ambas estábamos agotadas (sobre todo ella, que se pasó prácticamente el día completo en el cielo al hacer Uruguay-Washington y dos horas después Washington-Carolina del Sur-Florida), pero lo cierto fue que no pudimos parar de hablar hasta llegar al destino soñado a eso de las 4 AM.

Si hubiesen podido, las personas a nuestro alrededor nos abrían lanzado desde la ventana hacia abajo -con cierta razón- porque soy consciente de que parecíamos dos cotorras insoportables que se reían y hablaban como unas desenfrenadas… Y es que así estábamos. Atoradas de ganas de expresarnos y compartir “a la manera latina” el cariño en la conexión con el otro y que muchas veces no nos damos cuenta de lo arraigado que se encuentra en la piel. Acá en Estados Unidos la diferencia ha sido abismal y sin un ánimo de cuestionar la idiosincrasia “americana”, los códigos relacionales distan mucho de los nuestros.

Por ejemplo, ella me cuenta que ya va a cumplir un año y que lamentablemente ya se dio por vencida a la ilusión de poder hacer amigos locales, como era su anhelo al momento de desembarcar a este país. Porque al igual que para la mayoría de muchos inmigrantes, el secreto (y no tan secreto) mandato social, es que sólo puede considerarse a la persona que vivió afuera, cuando ésta ha sido capaz de entablar vínculos con las personas del país. Sino, es como que nunca saliste de tu zona de confort o de aquello que siempre conociste.

Quizás el aspirar a tener más redes locales, sea una especie de fantasía de integración, pero como sea, son cuestiones que con el tiempo van pesando cuando se ven frustradas. Como si ya no fuera pesada la maleta que se carga al momento de partir, muchas personas sufren de ver que por más que se esfuerzan por romper el latino cascarón, se mantienen en un margen social que desde afuera parece casi imperceptible. Nadie lo nota porque te ves feliz en las fotos, visitas lugares nuevos, puedes estar con tu pareja… pero la verdad es que el factor común de todos nosotros es la falta de amigos.

-   Para estar sólo con latinos, me quedo en Uruguay y “ta” (ya está)– Le decía a Martín cuando le proponía ir a alguna escuela de merengue o salsa.

Pero después de haber ingresado a la compañía que la contrató como ingeniera en informática, encargada del desarrollo de aplicaciones digitales, su perspectiva cambió radicalmente. Al principio, intentaba quedar con sus compañeros a almorzar o armar algún panorama el fin de semana, pero terminó por agotarse tras recibir una tras otra declinación a sus invitaciones.

-       No sé yo no lo entiendo. Prefieren comprar algo para comer y pasarse la hora de colación sentados en sus cubículos en frente de la computadora.

A mi se me aprieta el corazón de escucharla porque al igual que ella yo sé lo que es tener una red de amigos entrañables con los cuales compartir tu mundo y un sin fin de experiencias de vida. Si yo vivo conectada a ellos, pensándolos, enviándoles mis energías aunque no hablemos todos los días. Y sé que es mutuo.

Al bajar del avión y llegar a destino, nos sentimos mucho más en sintonía. Ya me habló de su amiga María (con la que se conoció desde que estaban en la panza de sus madres), de su amiga modelo que tiene un gato al igual que ella y que está regresando de estudiar un año en Inglaterra, de su tía joven que es como una hermana más… en fin. Básicamente, de todos sus afectos.

Nada más poner un pie en Florida… ya se siente el sabor latino. Y qué maravillosa experiencia que vivimos. Además del calor natural del clima que abraza las costas de Fort Lauderdale y Miami por donde nos movimos, las personas te miran a los ojos, te sonríen y sin importar quién eres o dónde vives, abren conversaciones con la misma naturalidad que respirar o pestañar. Residentes de Puerto Rico, Cuba, Colombia, Venezuela, Costa Rica y toda américa sabrosa nos abrazaron durante este fin de semana para recordarnos que la vida es maravillosa y que nuestra identidad es así. Fue una confirmación y una validación a nuestra idiosincrasia y raíces. Sobre todo agradecer en el alma el carácter y la manera de ser que tenemos: expresivos, con mil amigos y “de piel”.

Son muchas las imágenes se me pasan por la cabeza al recordar ese fin de semana inolvidable, como cuando me maquilló al Kardashian style para ir a una fiesta y que durante la fiesta tuvimos que arrancar de todos los ancianos de más de 70 años que nos perseguían para invitarnos un trago. O cuando arrendamos un auto y que casi nos chocan por ir gritando (porque no era canto) el último disco de la Beyoncé. Y es que al intentar cambiarme de pista, no vi el auto que se me venía encima por el punto ciego del retrovisor.

Eso era exactamente lo que buscábamos sin declararlo abiertamente. Ahí tuvimos la respuesta. Después del primer día, sólo fue disfrute. Porque en definitiva, nos reconectamos con quiénes somos y qué necesitamos. Yo creo que esa es una gran revelación que libera el alma.

Hoy Cami está regresando de lo que fue su primera visita a su país después de haber partido y se da cuenta del profundo impacto que esta experiencia le ha significado para su vida. Y a pesar de que sufre porque al igual que yo se siente sola, la enseñanza más grande es constatar en la piel que sus amigos están y seguirán estando para siempre. Durante la semana que estuvo en Uruguay, salieron de baile, tomaron mates y abrieron conversaciones entrañables. Quizás eso era lo que también fue a buscar para poder cerrar en paz lo que había quedado abierto y sin sanar cuando se embarcó en esta aventura. Porque a diferencia de la última vez que dejó su país, llena de lágrimas y  cuestionamientos por la pérdida de sus afectos… Hoy se da cuenta que los vínculos que construyó durante su vida, son indestructibles. Al igual que yo con los míos.


Puede que ahora queramos tener más amigos y redes de contención, pero sabemos que ES ESO y que quizás tome más o menos tiempo, pero tarde o temprano llegará. En mi caso personal cuento con Deneb, mi preciosa amiga cubana y ahora con Cami. Y me siento muy feliz por saber que están a mi lado para acompañarnos en esta nueva etapa.

sábado, 28 de mayo de 2016

Cuando sopla el viento mediterráneo


Si eres de espíritu joven y ligero ­-no importa la edad que tengas-, probablemente Ibiza sería un destino interesante para sumar en tu hoja de ruta. Hace un par de años que voy y la verdad es que no pienso dejar de hacerlo porque nunca termino de maravillarme con esta mágica isla. Esta última vez, apenas aterrizamos con mi pareja del avión, arrendamos una moto que nos acompañó los ocho días que duró nuestra estadía. Así nos olvidamos de los taxis y la locomoción pública para enfocarnos exclusivamente en el disfrute. ¡No había tiempo que perder! Con el tiempo a nuestro favor y el mapa en el bolsillo (porque esta vez no quisimos pagar el fee extra del GPS), fuimos descubriendo cada cala o playita que se escondía detrás de los roqueríos, senderos de campo o bajo los acantilados.

No teníamos un plan predeterminado, sino que siguiendo los cuatro puntos cardinales, fuimos agarrando los caminos que más nos gustaban. Así es que guiados por nuestra intuición, el aroma a azahar y las ganas de perdernos por los agrestes parajes que descansan mecidos por el viento tibio del mediterráneo, llegamos a verdaderos paraísos vírgenes. Allí no hay comercio, ni hoteles, ni nadie más que el isleño o el español que ha venido siempre y que prefiere retirarse de los puntos de mayor ruido. Si te da hambre o sed, puedes comprarles licores, refrescos y algo más a los lugareños que te sirven los brebajes preparados al instante como si fuera gran una barra ambulante.

Es un agrado esperar la puesta de sol contemplando la diversidad de personas que se han ido asentando en este fascinante lugar. No en vano hay muchas historias que hablan de la energía especial que transmite la isla. De hecho, son miles de viajeros y artistas que llegan buscando respuestas para sus vidas o alguna inspiración que les dé fuerzas para continuar con su camino. No sé que hay de cierto en todo esto pero lo que sí sé es que hace un año aquí mismo, me animé para comenzar la novela que estaré publicando próximamente y yo no tenía forma de saber sobre ninguna magia especial.

Ibiza tiene toda la personalidad latina que se derrocha a raudales, proveniente principalmente de españoles, portugueses e italianos que siguiendo el canto de las gaviotas, llegaron a establecerse con algún chiringuito, café o simplemente a ofrecer su arte con artesanías de diverso tipo. Por las conversaciones que pude tener, podría pensar que generalmente son personas que aman su libertad y que hastiadas con el modelo capitalista, optaron por llevar una vida más austera y con mayor consciencia sobre aquello que los apasiona y los hace feliz.

Una de las cosas que más me llamó la atención, fue la cantidad de mujeres latinas provenientes de Argentina, Brasil, Chile o Colombia que de paso por la isla (en lo que pretendía ser un punto de tránsito para seguir por Londres, Berlín o Australia), conocieron a un isleño y no regresaron nunca más a sus países de origen. Así de radical. Yo que me creía tan valiente por haber salido de mi chileno cascarón, me quedé asombrada con su nivel de arrojo y determinación, una vez que tomaron la decisión de partir sin mirar hacia atrás.

Me fijé que en todos los casos había una especie de sentimiento de insatisfacción con el estilo de vida que llevaban. Recuerdo, por ejemplo, a la bella Camila, una periodista que trabajaba en una empresa de medios y que cansada de las jornadas interminables –en donde el único tiempo que le quedaba era para llegar a su casa, ordenar, lavar la ropa, ir al supermercado y dormir– decidió tomarse unas vacaciones más largas. Días y ahorros tenía de sobra porque tres años pasaron sin salir a ninguna parte. Tenía 29 años cuando aterrizó en la isla en lo que sería una escapada de un fin de semana y jamás se imaginó que nunca llegaría al sudeste asiático como había planificado durante tanto tiempo. Porque la primera noche en que salió a pasear para echar un vistazo a su alrededor, conoció a un italiano, se enamoraron, se casaron y hoy día trabajan juntos en un lugar que prepara zumos de frutas y platos veganos.

Él es ayudante de cocina y ella mesera. Comparten los gastos y con lo que reciben, viven en una cabaña rodeados de naturaleza. Con sus mejores amigos de vecinos, cultivan en su propia huerta y llevan una vida sin apuros, pero con todas sus necesidades cubiertas y comodidades. La mejor parte es que sólo la mitad del año se trabaja porque con lo que se gana en temporada alta, alcanza para solventar el año tranquilamente. Así es como ha ido conociendo prácticamente toda Europa. Meses viajando con su pareja y con amigos, tiene una larga bitácora de aventuras y millones de experiencias que atesorar en su memoria.

­–Cuando llegué yo venía cargada. No me daba cuenta lo frustrada que me sentía y me tomó tiempo hacerme consciente de la rabia que traía conmigo. Recuerdo que un día y por una tontera, golpeé la pared con mi puño. Se me fracturó este dedo. Mi pareja se preocupó, intentó apoyarme, pero yo le dije que esto era algo mío y que encontraría la manera de curarme–. Y fue así que Camila comenzó a tejer al telar. Tejió y tejió hasta que fue recobrando la movilidad y hoy se encuentra no solamente recuperada de su dedo sino que también del alma –Esta isla me sanó.

Y mientras me lo cuenta, se da vuelta a mirar a su hombre que la saluda desde la cocina del local. Se contemplan con ternura y luego se vuelve a mí con una sonrisa de satisfacción. Y es que nada puede igualarse al sentimiento de orgullo por haber logrado salir del sistema asfixiante que la tenía atrapada y darle un vuelco a su vida en 180 grados. Me dice despacito que a sus padres les costó asumir que su hija dejaría la carrera más profesional por venirse a la isla para trabajar en algo tan diferente. Pero bastó con una temporada de ellos en la isla, para que terminaran en la misma sintonía y convencidos de que fue la mejor decisión que pudo haber elegido su hija. Me confiesa entre risas que ahora aman más a su yerno que a ella.

Ya de vuelta en mi casa y mientras observo el mandala que Cami nos regaló al momento de despedirnos, pienso en el misterio de la vida. Qué hay de cierto en el destino y cuánto es lo que se pone en juego con las decisiones y riesgos personales, en la construcción de la felicidad.

Hace unos días ese mandala no era más que madera, plumas e hilos inertes. Pero después de su experiencia, hoy ella es capaz de dar vida y tejer una representación de la isla a todo color. Qué maravillosa transformación que hizo de sí misma. Pudo transmutar algo doloroso en una pasión, que es tejer. Siento que una parte de ella me acompaña ahora. Y este amuleto me recordará siempre su ejemplo de valentía y coraje.

Seguramente deben haber otras tantas historias con diferentes finales y destinos menos afortunados. Pero no tuve la oportunidad de conocerlas. Sin proponérmelo me conecté únicamente con mujeres poderosas como Camila, Paulina y Alejandra que llegado el momento tuvieron que empoderarse para tomar las riendas de su vida, atreverse y luchar por aquello que sentían que merecían.  Al final, pienso que esa es la gran diferencia que marca los destinos de las personas, aquellos quienes saben lo que valen, ejercen su derecho, de los que no. Y que en definitivas cuentas, no es otra cosa que el derecho a ser feliz.

sábado, 21 de mayo de 2016

Milano con aroma a jazmín


Ya de regreso de una escapada por un pedacito del viejo continente, voy hacia la ventanilla del avión con mi nuevo amigo: Luciano. El mismo que saltó de su asiento para ayudarme a guardar mi equipaje de mano, apenas me vio aparecer por el pasillo en dirección a su fila. Es un hombre de unos 65 años que irradia una alegría que me contagia. Y razones le sobran, porque es su primer vuelo y nada menos que para atravesar el océano Atlántico.

¡Voy a América!– Me dice con unos ojos celestes que le brillan más que el cielo en primavera –E`il mio primo viaggio lontano da casa mia. Non vedo come un bambino ¡Picolino!– Mientras se ríe con gracia, me invita a que me acerque, indicándome con el dedo en dirección hacia adelante: –Quelli… sono i mei amici.

Y al asomarme para buscar a sus amigos, los encuentro con la vista clavada en mí y con la misma picardía que a unos niños pequeños a punto de hacer una travesura. Detrás de los asientos, solo puedo verles los ojos achinados de la risa. Ambos me saludan entusiasmados, como haciéndome cómplice de lo que estaba a punto de ocurrir. El viaje de sus vidas.

Luigi e Mariano. Quel ragazzo ahí e Alberto, figlio de Luigi e giocatore di calcio in Inghilterra, prima squadra divisione (delantero del Swansea City, equipo de Inglaterra de la Premier League)– Y me mira levantando las cejas, asintiendo con la cabeza lentamente, tal como reafirmara “el mismo que viste y calza”.

Yo sinceramente nunca lo había escuchado, pero decido seguirle la conversación y ver hasta qué lugares me lleva con su historia. Y la verdad es que me conmovió. Hace más de 50 años que coincidieron en el mismo barrio que los vio nacer, crecer y envejecer. Veranos completos corriendo en las soleadas aceras de Bérgamo, estudiando en la misma escuela y comiendo la pasta, se fueron enlazando lentamente como se unen las hebras en una máquina de coser, hasta que el tiempo fue pasando y el entramado se hizo indestructible. Ninguno fue a la universidad, sino que trabajaron ni bien terminaron la secundaria. Luego se casaron, tuvieron hijos y después nietos. Hoy ya no trabajan como antes, más bien disfrutan de aquello por lo que se esforzaron durante la vida completa. Así es que esas jornadas interminables en el trabajo, han sido reemplazado por los juegos con sus nietos, pizzas por las tardes y fútbol los domingos. Eso sí que es sagrado.

Y un día como hoy, se encuentran todos embarcados rumbo a la aventura. Porque como regalo sorpresa, Alberto (el jugador de futbol y el hijo mayor de uno de ellos), los ha invitado a Las Vegas “tutto pagato”. Cuando aterricen harán conexión a New York al igual que yo para tomar el vuelo a las tierras prometidas. Allá una limosina los estará esperando para conducirlos al hotel que los hospedará durante su estadía. Serán seis días de aventuras impregnadas de viejos recuerdos, anécdotas, carcajadas y luces de cine. Si parecen bambinos, se paran, se sientan y se matan de la risa con las azafatas que les siguen el amén en todo. En realidad somos el sector más desordenado de todo el avión. Yo me río con las locuras aunque entienda la mitad de lo que dicen, pero así es el italiano… se puede descifrar fácilmente.

Pienso que la vida está llena de momentos únicos, sólo hay que estar atentos para no dejarlos escapar. Y esta escena resume mucho de lo que he podido vislumbrar acá, porque me he quedado realmente sorprendida con Milano. Y no precisamente por el magnífico Duomo, la Madonna o el fresco de La Última Cena de Leonardo Da Vinci, que sin dudas forman parte del patrimonio cultural que ofrece esta ciudad. Esto es espectacular y habría que ser bruto para no apreciarlo, pero lo que más me hizo sentido fue el estilo de vida que pude constatar en la medida que me iba internando por cada rincón de este hermosa ciudad. Callejuelas estrechas con suelo de adoquín oscurecidos por los siglos, contrastan con el ocre envejecido de las casas de cuyas jardineras se derraman cascadas de flores en tonos rojos, amarillos, blancos y fucsias. Solo hay espacios para motonetas y bicicletas, los anaranjados tranvías y automóviles circulan en las calles principales y perimetrales. El resto son peatonales –como las que se ubican en el tradicional barrio Brera o al borde del río por el paseo Naviglio– para perderse en una dimensión fuera del tiempo y dejarse llevar al son del acento italiano.

Caminando un día cualquiera, te das cuenta por qué tiene la fama de ser capital de la moda. Acá conviven diferentes estilos cuidadosamente armados según la edad y la personalidad, que dan cuenta de un sentido estético supremo. No importa a qué generación pertenezcas, tu ocupación o la religión que profeses, todo luce sofisticado y cool. Polleras de diferentes telas, coloridos y largos: plisadas, vaporosas, rectas o estampadas, se llevan con zapatillas caña alta, botines o sandalias. Hombres con trajes ajustados en tonos azul cobalto o celeste, con un clavel o pañuelo en la solapa y mocasines de cuero burdeo brillante sin calcetines, que completan con una cabellera prolijamente larga y peinada hacia atrás. También puede ser el rapado a los costados y largo adelante, que algunos acompañan con barba o patillas cuidadosamente formadas. Como sea, el conjunto genera en el viajero un impacto tal que es imposible no sentir el impulso por entrar de urgencia a una casa de moda para estar algo más a tono. Y no exagero.

Pero al sobreponerse a este shock inicial, comienzas a captar códigos particulares que dan cuenta de una manera de mirar el mundo, sobre todo en materia del disfrute. Ya que en vez de encontrar farmacias o sucursales bancarias en cada calle (como abundan en otros países que yo conozco), acá las pizzerías, gelatterias, trattorías, vinotecas y osterías se toman las calles, repletándose hasta que no quepa ni un solo alfiler. Y es que el espacio no solo se colma con los cuerpos, también son las conversaciones, risas, gritos y cantos que ocupan un lugar importante de la interacción entre su gente. Con un triángulo de pizza en la mano y el otro agitándose para enfatizar alguna opinión, beben y fuman en cantidad.

Yo no entiendo cómo con todo lo que consumen, hombres y mujeres, pueden verse tan bien. Si sólo con la mitad yo estaría rodando como una bola. No me entra en la cabeza qué maravillosa receta se guardan los italianos para gozar a lo grande y verse siempre tan bien. Y sinceramente no creo que sea el tipo de maquillaje, efecto visual o que escondan fajas debajo de sus ropas. Conversando con los locales me cuentan que en realidad así como se come, también se ejercitan. No importa la condición socioeconómica que tengas, acá al igual que en España, por ejemplo, la tendencia a entrenar diariamente para mantenerte en forma, va en aumento. Y es impresionante ver en qué estado físico están. Yo pienso que mucho tiene que ver la genética pero es indudable que el cuidado físico contribuye enormemente.

Al igual que en Roma, Florencia o Venecia, el disfrute es transversal y eso produce naturalmente que haya mejor calidad de vida. Personas tomándose los espacios libres, bicicleteando sus paseos, leyendo un buen libro, desconocidos conversando de una mesa a otra como si fueran grandes amigos… Y por supuesto las mascotas. Acá los animalitos son parte de la familia y no tener un perro o un gatito es como que te falta un pedazo. En resumen, hablamos de una integración perfecta entre familia, sociedad y espacio urbano.

Particularmente en primavera, encuentras la ciudad brotada de azahares y jazmín que impregnan las plazas y calles hacia donde quiera que mires. El espacio público es sagrado. Se utilizan mucho las veredas como extensión al local para hacer vida social, así hay algunas más populares en donde prácticamente no puedes avanzar mucho porque se encuentra atestada de multitudes conversando y riendo alegremente con un café, un vino rosso de la Provenza o un Aperol Spritz.

Indudablemente que como en todo lugar en el mundo, debe haber un millón de puntos desfavorables, como el tráfico, la impaciencia y quizás qué otras cosas más, pero sin dudas una estancia por acá invita a anclarnos en el presente, vivir más apasionadamente y disfrutar con estilo el gusto por la gastronomía, el arte y la moda. Al final, qué bien que hace sentirse bien y conforme con uno mismo. Es como una actitud que nace en el interior y que luego se proyecta hacia afuera. A veces es más permanente y otras, son algunos días, según el estado de ánimo y las circunstancias que se atraviesen. Pero cuando nos sentimos a gusto, es como si se dibujara una sonrisa interior.

jueves, 14 de abril de 2016

Demoliendo hoteles


Estos días han sido tan revueltos. De locos. Idas y venidas, traslado de mis cosas, poner todo en orden para llegar a tiempo de cerrar “el boliche” a fin de mes y volar con nada más que mis dos maletas y mi gata de vuelta rumbo al norte del continente. Por más que me esfuerce en ser minimalista, fue inevitable enfrentarse a la agobiante selección de las cosas que se guardan con el tiempo. Y aunque sentía real aprecio por muchas, no me quedó otra que cerrar los ojos y soltar todo lo más que pude. Fue una prueba de desapego brutal, porque aunque cuente con mis amigos que me harán el favor de guardarme cosas tan preciadas como mi piano, cuadros y muebles restaurados…el dejarlos atrás me ha costado algo más de lo que pensé. “Soy tan sentimental” me recrimino siempre. Pero si me detengo un poco para reflexionar, es un costo marginal frente a este estilo de vida que resulta bien poco convencional según mis modelos familiares disponibles.

Así es que a pesar de que todavía me espera un fin de semana más de orden para terminar de desocupar la bodega y dejar vacío el departamento, soy consciente de que este camino lo estoy eligiendo yo y que a fines de este mes regresaré a Estados Unidos en busca de mis afectos y la vida que dejé stand by en noviembre del año pasado.

Haciendo un recuento hacia atrás, ya vamos a cumplir un año que iniciamos este experimento loco, un poco conversado y otro poco improvisado con Andrés. En vista de que las cosas no se veían muy bien desde el punto de vista personal y de pareja, decidimos aplicar un sistema que no truncara el desarrollo profesional de cada uno y las ganas de emprender nuevos desafíos.

De esta manera que resolvimos apartarnos de la ruta que han iniciado la mayoría de nuestros amigos y conocidos, para diseñar una vida acorde a nuestra nueva realidad y que de todas formas nos abriera las puertas para transitar por nuevas aventuras y desarrollarnos en tantos niveles como sea posible. Por nuestras profesiones y visas, la realidad es que no tenemos las mismas oportunidades y el hecho es que yo como psicóloga no puedo ejercer en ningún caso a menos que hiciera un doctorado que está nada más lejos de mis aspiraciones de corto plazo. Así es que después de abrir muchas conversaciones y negociaciones, finalmente resolvimos vivir seis meses juntos y seis meses separados durante los años que sea necesario. Y es que ninguno quiere coartar el desarrollo y la vocación del otro.

En mi experiencia, cuando se opta por una familia de a dos -vale decir sin hijos- uno de los valores fundamentales que se ponen sobre la mesa es una libertad infinita para viajar, emprender, estudiar y hacer todas esas cosas descabelladas que siempre soñaste pero que tarde o temprano debes renunciar por un buen tiempo hasta que tus hijos sean independientes. Quizás lo que se tranza acá es la estabilidad a cambio de la libertad.

En una oportunidad, terapiándome con mi psicóloga yo le preguntaba con preocupación qué pasaba con mis raíces, que sentía como si no tuviera. Un cambio tras otro, de casa, de ocupación, de ideas y proyectos. Recuerdo que después de hacerme abrazar los árboles de una plaza por un largo rato, me dijo algo que me hizo tanto sentido y que tiene que ver con el hecho de que hay personas más etéreas que otras, pero que no significa que no tengan arraigo. Por el contrario, si lo tienen pero sus raíces no son las cosas ni los lugares, sino que las relaciones. Y en mi caso es así. Vivo rodeada de amigos entrañables con los que he cultivado relaciones profundas y en realidad es la gente que quiero la que me hace volver a los lugares y me da la libertad de partir en un nuevo viaje ya que de alguna forma siempre están conmigo. Conectados permanentemente.

Aterrizando todas estas reflexiones a un plano más concreto, la ruta se despeja de la niebla que me producen los temores y el mirar para el costado. Así es que mientras esté en Estados Unidos podré dedicarme de cabeza a escribir y acá en Chile, continuar con mis procesos de coaching individual y organizacional. No tengo idea cuánto iremos a sostener este sistema, pero lo cierto es que le da un nuevo impulso a una relación que venía a la baja desde hace ya un tiempo. Y no creo que él se enoje al leer esto que escribo porque es la pura verdad.

Después de cuestionamientos eternos e infinidades de planes que no pasaron de ser propuestas para morir en el océano de las intenciones, hoy siento que por primera vez nos decidimos en dar un salto motivado ya no desde la plataforma del “deber” sino que impulsados por el trampolín del “querer”. Mi sensación es de no tener límites para nada. Es un volver a descubrir el mundo y ver la vida con nuevos ojos para comenzar a trazarla desde ahí. Siento que de alguna forma me cansé de ser la oveja que sigue fielmente a un rebaño desprovisto de sentido, solo para cumplir con los mandatos sociales establecidos. Siendo bien honesta, tampoco cuento con la disposición anímica para resignarme a esta condición. Algo en mi se ha despertado, un fuego interno y rebelde que se resiste a seguir buscando encajar o amoldarse para ser aceptado. Muchos años perdí en este camino estéril. Por el contrario, mi declaración hoy es fluir con la vida y con aquello esta vez se acomode sin necesidad de forzar su curso natural. Quizás con qué me sorprenda.


Sé que muchas personas que forman parte de nuestro entorno no lo entienden y tampoco espero que lo hagan. La verdad es que si me lo hubiesen contado hace un par de años, cuanto estaba en medio de los tratamientos de fertilidad y las terapias de pareja, jamás lo hubiese creído. Pero mi realidad de hoy es muy distinta y ya no estoy dispuesta a seguir empeñando mi felicidad por nada ni por nadie. He dicho.

domingo, 20 de marzo de 2016

¿Estás enfermo? ¡Empodérate y de cabeza a investigar!


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www.portalesmedicos.com
www.minsal.cl
www.cancer.org

Cada vez que se mencionaba la palabra exámenes me fastidiaba tremendamente. Cualquier expresión que aludiera a “PAP”, tratamiento, chequeo anual, antibióticos, radiografías, eco-tomografías, me ponía los pelos de punta. Todo lo que tenía que ver con la salud de la medicina tradicional para mí representaba un camino en el que se sabía cuándo comenzaba pero ni idea cuándo terminaba. Desde que tengo memoria evitaba a toda costa ir al doc por temor a que me dijera: “Bueno, tenemos que hacer “X” para descartar “Y”, pero si es “Z” hay que investigar si... bla bla bla...”.

Y esta especie de resistencia médica se reforzaba por malas experiencias. Para llegar a determinar mi intolerancia a la lactosa, por ejemplo, peregriné por cuanto doctor hubo, pasando por diferentes diagnósticos, unos más lapidarios que otros que determinaron desde mal de Crohn hasta celiaquía. No conforme con ninguna de estas etiquetas, además del malestar que persistía, continuaba en la búsqueda de un alivio más sostenido. Mi calvario terminó cuando una doctora gastroenteróloga me hizo exámenes de sangre específicos y determinó que retirando ciertos productos de mi dieta mi vida volvería a la completa normalidad. Y así fue ¡Menos mal haber caído en sus manos!

Como resultado, iba lo justo y necesario. Solo cuando me estaba muriendo y ya sentía que no podía seguir en pie, cedía ante la presión de mi familia para sacar hora y dejarme ver por manos especialistas. Pero las cosas cambiaron cuando cumplí 30 años y quisimos con mi esposo tener un hijo. Nunca imaginamos siquiera lo que nos esperaba.

Como tomé pastillas anticonceptivas por años me hicieron una serie de exámenes de menos a más invasivos que arrojaron un diagnóstico inesperado. Trompas obstruidas y una baja reserva ovárica en relación a una mujer de mi edad que conducía de manera inevitable a tomar la vía de la fertilización in vitro. La ginecóloga especialista fue tajante en este punto: “si quieren ser padres este es el único camino. Ya lo revisamos en junta médica así es que todos los doctores están de acuerdo”.

Ocurrió que por una mezcla de confianza y falta de proactividad de nuestra parte, nos dejamos llevar a ojos cerrados por un camino de tratamientos que nos trajo más desazones que aciertos. Y es que cuando como paciente no te empoderas de tu situación y no tomas un rol activo, puedes caer en un espiral de confusiones bastante grande como nos pasó a nosotros.

Después de 4 ICSIS (inyección intra-citoplasmática de esperatozoides), dos concluidas y dos interrumpidas, una operación para destapar las trompas y un raspaje de útero para sacar unos pólipos… llegué a la conclusión de que antes de embarcarse en algún tratamiento, primero es clave armar una ruta de trabajo en tu casa antes de presentarse en la consulta. Por evidente que parezca, es muchísimo lo que se gana en términos de enriquecer las conversaciones, abrir alternativas y profundizar en el caso particular cuando ya se tiene más menos una idea de posibles enfermedades, tratamientos o medicamentos.

Por qué digo esto: porque en nuestro caso cuando un tratamiento no resultaba, recién ahí se tomaba una medida correctiva que a veces no era más que tomar vitaminas o un desinflamatorio de amplio espectro para preparar al útero antes de ser implantado con un embrión. Todo me parecía tan a ciegas y recién contra resultados, se consideraba una acción preventiva para descartar que en el futuro ocurra un fracaso nuevamente. Y yo pensaba: “Por qué no partimos ahí primero”. Pero siempre me callé y el precio que pagamos fue alto. Hablamos de 5 ó 6 millones más por cada intento además de ver cómo toda la ilusión de ser padres se estrellaba contra la muralla. Así se nos fue lo que representaba una fortuna sin darnos cuenta, impulsados por las voces que nos decían ahora sí aumentaríamos las posibilidades de embarazo.

Pero la gota que rebalsó el vaso resultó ser que internamente el relieve del útero tenía múltiples pólipos que impedirían que cualquier embrión anidara para un posterior desarrollo. Y era tan evidente la morfología anómala que el médico ginecólogo que hizo el examen y que trabajaba en una unidad distinta a la de fertilidad, me pidió que una vez que terminara de vestirme lo esperara afuera para que pudiéramos conversar un momento. Ahí me dijo que a su juicio lo que habían cometido conmigo era de una negligencia grave porque todas las “in vitro” anteriores estuvieron desde el día 1 destinadas al fracaso. Él habiendo realizado este examen simple en el que se muestra la morfología interna a través de un líquido de contraste, se dio cuenta de lo evidente. Así es que un mes más tarde, estaba entrando al quirófano nuevamente para un raspaje que emparejara y limpiara las paredes.

Me di cuenta que con el cerro de casos que los doctores atienden no necesariamente se toman el tiempo para estudiar a cabalidad la realidad de una persona, de manera individualizada y profunda. A veces siguen un protocolo bien estricto y cierran de antemano caminos que si el paciente no propone, se pierden definitivamente como posibilidades para él.

En nuestro caso, después de toda esta experiencia comenzamos a investigar en la web, participar de diversos foros y pedir nuevas opiniones. Fue tanta la información que recibimos que se podría decir que hicimos un doctorado teórico y práctico en materia de fertilidad. Llegamos incluso a Estados Unidos que lleva añares de investigación y experiencia al respecto.

Las cosas cambiaron radicalmente. Con un diagnóstico claro, pudimos tomar otras decisiones y a pesar de que finalmente resolvimos conformar una familia de a dos, sin hijos, nos quedamos con la tranquilidad de que movimos cielo y tierra para encontrar las respuestas.

Yo pienso que esta podría ser una mirada de cualquier persona frente a su salud, no importa el diagnóstico, si es cáncer, endometriosis o alguna enfermedad degenerativa. Hoy en día las redes ofrecen un océano de información y experiencia de personas que han padecido situaciones similares para armarnos un esquema y llegar frente al médico con los ojos más abiertos. Nadie dice que uno sepa más que ellos, pero el cuerpo es propio y siempre podemos elegir alguna alternativa sin importar la gravedad de nuestro estado. La cuestión es empoderarse y exigir explicaciones, alternativas, aclaraciones de por qué en tal país se aplican tales procedimientos o si es posible replicarlos para tener mejores resultados. Pero si no investigamos y nos entregamos a ojos cerrados, evidentemente que el campo de posibilidades se restringe.

Pienso que como sociedad, debiéramos dejar de tener el rol pasivo o de acallarnos frente a la “autoridad” médica. Y si el especialista no se siente cómodo o nos objeta una actitud más participativa, habría que cuestionarse si es el mejor especialista para nosotros. No porque sea una eminencia o trabaje en la mejor clínica, necesariamente siempre vaya a estar en lo correcto.

Tengo casos cercanos de amigas que entraron a pabellón confiados en que les harían una revisión o limpieza y salieron con una trompa de Falopio menos, por ejemplo. Situaciones como estas no pueden seguir ocurriendo. Por esto se hace tan importante tener una presencia activa en el camino de tu recuperación, preguntar por alternativas, presupuestos, prácticas experimentales, etc. etc.


No se trata de instalar un clima de desconfianza ni mucho menos de “guerrilla” en la consulta, sino que de aunar fuerzas con los especialistas de lo que sean, en beneficio de nuestra propia salud y nuestra propia vida. Al final, siento que no podemos delegar en otros -por más que cuenten con todas las certificaciones en las mejores universidades del mundo- nuestra salud completamente. Somos responsables por nosotros mismos y todo lo que aprendamos de nuestro cuerpo, a partir de la constatación de cómo nos sentimos, reacción con los medicamentos, experimentación con medicina alternativa, se traducirá en una mejor calidad de vida.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Shake it, Shake it, Shake it


¡Sientan la música! Y si esta se detiene no significa que ustedes lo pueden hacer ¡Vamos! ¡Arriba!
No se muevan como autómatas… ¡Esto es mitad técnica y mitad actitud!
Si se equivocan con un paso ¡No importa! Ustedes disimulan agitando la cabeza, moviendo su pelo, haciendo un giro, levantando una pierna… Y nadie lo va a notar.
Pero no se olviden: ¡La cara también vende!
Y cuando les pregunten en la calle ¡Ay! ¿Por qué haces eso?
Bueno ustedes les contestan: ¡Pues porque puedo!

Nos desafía el gran Matías Keller con su ímpetu característico, mientras enseña una coreografía al ritmo de Beyoncé. Cada día nos sorprende con una nueva rutina, con lo cual sus clases nunca pierden el nivel de exigencia y desafío constante. Jamás hubiera pensado que me animaría a aprender un baile tan desenfadado como el Twerk, en donde la liberación de las caderas y en particular el trasero resulta ser la clave de todo ¡Y me encanta!

Hay algunas personas que consideran esta práctica como indecente e incluso hay un montón de “memes” circulando en la web en contra de quienes lo hacen, ya que los movimientos son semejantes a los que se realizan cuando tienes sexo y más intensificados aún. En resumidas cuentas, esta disciplina incluye el abrirse de piernas completamente, quebrar la espalda, agitar la cabeza y la pelvis mientras estás en cuatro patas sobre el suelo. Pero dejando a un lado los prejuicios y esquemas morales, qué bien que se siente el derroche de fuerza femenina que se libera a raudales durante la hora que dura cada clase, mientras agitas el trasero con una intensidad tal, que pareciera que se te va a desatornillar. Al principio me daba mucha tentación de risa mirarme en el espejo que cruza la sala, sobre todo por mi tosquedad y rigidez en contraste con el resto de las chicas, pero poco a poco fui dejando a un lado la sensación de ridículo para abrazar la liberación y la provocación también.

A mí siempre me han maravillado las personas que llevan la gracia para moverse en la sangre. Esas de que ritmo que les pongan, ritmo que te bailan, así como si hubiesen nacido danzando… Quizás escucharon música cuando estaban en el vientre materno o tuvieron el privilegio de participar en alguna academia de ballet o danza cuando pequeños. Pero como sea, es una virtud que he admirado desde que tengo uso de razón y como soy de esas que se levanta con música y duerme con ella, yo también siempre estoy bailando: mientras ordeno, cocino o me arreglo para salir.

Quizás ese fue el motivo por el cual me impactó tanto cuando vi por primera vez a la española Irie Queen dejando literalmente “todo” en la pista y lo que me llevó a buscar en la web qué escuelas se impartían acá en Santiago. En realidad, animada por soltar el cuerpo, yo estaba motivada por aprender reggaeton, bachata, dembow, break dance o sexy style. Casi siempre sigo algún tutorial para aprender un pasito nuevo y eso hacía hasta que inesperadamente me encontré con estos movimientos que me cautivaron completamente.

Por un momento me sentí como el clásico de Emociones Clandestinas que dice: “Ha salido un nuevo estilo de baile… Y yo no lo sabía”. Descubrí que es el baile del momento y se está ensayando en todo el mundo. Las grandes celebrities como Beyoncé, Rihanna o Nicki Minaj lo han ido masificando hasta tal punto que ya es considerado prácticamente como una rutina fitness. Y la verdad es que con una clase de una hora, se pueden quemar más de 500 calorías, además de tonificar la zona abdominal, muslos y sobre todo glúteos. Esto porque incluye muchos movimientos equivalentes a las estocadas, squats y rutinas en donde tienes que mantener el abdomen duro y el culo apretado por largo rato para no perder equilibrio y caer al piso. De hecho, en youtube puedes encontrar interesantes tutoriales como las lecciones de Twerkout que desarrolló la diva Lexy Panterra y que hoy la tienen en la cúspide por ser una de las primeras en atreverse a enseñarle a mover el trasero a todas las mujeres en el mundo.

Así es que con mi nuevo objetivo entre ceja y ceja, encontré el sitio de Twerkit Chile en Facebook y llegué a mi primera clase una calurosa tarde de martes, a eso de las 7:00 PM. Iba nerviosa, no sabía a quiénes encontraría y si sería capaz de coordinar algo. Lo único que tenía claro es que yo quería intentarlo. Llegando a Manuel Bulnes esquina con Martínez de Rozas, me bajé del taxi y siguiendo la numeración hasta el 850 entré por un galponcito que no tenía mayor branding que la pintura coloreada de la entrada. Caminé por un pasillo oscuro hasta que me asomé a la gran sala de baile y en ese momento, sentí que confirmaba toda la motivación que me había atraído hasta este lugar.

Unas veinticinco mujeres moviéndose de manera sexy al compás de la música y sin ningún tipo de inhibición. El profesor y quien orquesta todo lo que ocurre sobre la pista, es el que las anima y seguriza, corrigiendo las posturas y sabiendo respetar los tiempos de cada una, ya que es consciente de que algunas somos más reprimidas o tiesas que otras. Por la soltura que demostraban, sobre todo las que se ubicaban más adelante, se diría que llevaban la vida entera practicando. Pero sin duda que eso no era relevante. En este rectángulo por sala, somos todas horizontales. No importa la edad, quién eres, ni mucho menos el estado físico que tengas. Nadie mira a nadie con ojos juzgadores, si estás más gorda, más flaca, si tienes trasero, si eres plana, si tienes estrías o celulitis… ¡Da igual! Acá lo importante es liberar al cuerpo de la mente y expresarse de una manera tal que pareciera que se despertaran los ancestros africanos que llevamos en los genes humanos.

Tal vez por fin estamos aprendiendo a conectarnos con la mujer salvaje que llevamos en nuestro interior y que por años permaneció relegada en un segundo plano. Aunque no lo parezca a simple vista y se confunda con una rutina más dentro del amplio paisaje con ofertas de gimnasia aeróbica, en este espacio se expelen altas dosis de liberación, sabiduría más instintiva y liderazgo matriarcal. Definitivamente que acá es un privilegio ser mujer y el sentirse femenina, un requisito para poder moverse al ritmo de la música. Yo pienso en el chakra raíz, la fuerza creadora que es donde se origina la vida. Por tantos siglos se ha reprimido al cuerpo y hoy a partir de este tipo de expresiones podemos volver a conectarnos con esta energía vital para disfrutarla y por qué no llevar un estilo de vida más saludable. Si al final el resultado es el sentirse libre y bello, sin dudas que el efecto sanador sobre el organismo es tremendo.

Pareciera ser que atrás han quedado los estereotipos de la androginia, donde mejor era ser lo más flaca y plana posible. Hoy todas buscan de la manera que sea potenciar sus curvas y desarrollar el lado femenino a raudales. De referentes como Kate Moss nos hemos desplazado hacia las hermanas Kardashian, donde más allá de un rostro perfecto y la máxima delgadez posible, hoy se valora mucho más la presencia de caderas y sobre todo, el ser sexy a partir de la belleza personal. Y la oferta de tutoriales estéticos publicados en las redes, te abren un universo de posibilidades para lucir mejor potenciando al máximo tus atributos. Desde uñas con diseño, maquillaje para la ocasión que sea, peinados, tinturas, moda… hasta el infinito.

Me gusta pensar que esta es la dirección: mujeres empoderadas pero ya no añorando el liderazgo masculino, sino que desde el trono del arquetipo de la “emperatriz” -o de la “mujer salvaje” para la psicoanalista Clarisa Pinkola-, aquella que dice y hace derrochando sensualidad, aplomo y altas dosis de belleza. Y precisamente desde ahí sale adelante para habitar al mundo desde este otro lugar.

Así es que estas últimas semanas han sido de mucha revelación. Y lo seguirán siendo porque a pesar de que las clases se terminan hasta el mes de abril por temas de agenda del profesor, durante marzo comienza el ciclo de Dancehall Queen. Así es que a modo de cierre, el próximo domingo se realizará un seminario abierto para todas las interesadas en aprender. Como acá la creatividad converge con el erotismo, todas las chicas se preparan para ensayar caracterizadas con algún animal que mejor las represente. Así es que se imaginarán cómo arde el whatsapp del grupo… las más osadas han hecho sus propios diseños de maquillaje y uñas en versión “animal print”. 


Por mi parte, últimamente he incorporado nuevas palabras a mi vocabulario que corresponden a mis próximos desafíos y que no son más que los nuevos pasos y giros que estamos aprendiendo: wave, wine, shake y jiggle… Sinceramente, aún no sé cómo voy a lograr que mis caderas se suelten completamente para alcanzar la anhelada independencia con respecto al resto del cuerpo… Y sufro de verme como robot en los videos que se suben a las redes… Una amiga me dice que esto me pasa porque tengo el perfil “medallita de oro” y siempre quiero hacer todo bien a la primera. Yo me río por cómo me sacó la foto. Así es que a pesar de que a veces me angustie, luego me acuerdo de que lo estoy intentando y que la perseverancia hace al maestro… y se me pasa =P

sábado, 13 de febrero de 2016

Corre que te pillo, la doble cara de la virtualidad


El otro día una amiga me decía:

Victoria estoy realmente cansada de tener que restringir toda mi comunicación con este “tipo” al whatsapp… Yo me pierdo en el laberinto de los chats eternos… No sirvo. Me canso. Pero cada vez que intento llamarlo no contesta y después me dice que está ocupado. No lo sé. Yo puedo whatsapear con mis amigas y matarme de risa con tonterías, pero ya estar así con él es algo que me cansa. Ya llevamos meses en esta misma dinámica y lo único que obtengo son puras frutitas de su parte (refiriéndose a los emoticones de frutas) que al final no son ni chicha ni limonada -Ahí estallamos de risa - Si ya parece el cuento del “corre que te pillo”.


Más allá de lo tragicómica de la situación, qué cierto me resulta la doble cara de las redes sociales. Porque por una parte, así como se han desarrollado de manera global para a establecer puentes de conexión alrededor de todo el mundo; también sirve de escudo imbatible para aquellas otras que aún no saben qué quieren hacer o cómo resolver sus relaciones.

A través de los ojos de ella, el whatsapp te protege de la exposición. Las conversaciones se vuelven muchos más controladas y cuidadas, pudiendo proveer de un tiempo más que razonable para que puedas articular una respuesta según cuánto es lo que quieras jugarte en ella. Si no te fluye de inmediato y se pasa el tiempo, no importa: son parte de los códigos dejar que se “enfríen” las conversaciones por la excusa que sea. También se entiende que dejar en “visto” a alguien es un mensaje en sí mismo. Pero como todo se configura, incluso la privacidad, hasta existe la función para neutralizar esto también y ocultar si los mensajes han sido leídos o no, o cuándo fue la última vez que la persona se conectó. Hay configuraciones para todos los gustos y necesidades. Y yo lo que veo que se pone en jaque es el compromiso entre las personas. Me cuestiono hasta qué punto nos hacemos cargo de lo que decimos/hacemos o dejamos de decir/hacer.

Ya sea a través del whatsapp que se utiliza en el público más latino o a través de Messenger de face para Norteamérica y gran parte de Europa, la mensajería queda bastante intermediada por las caritas de los emoticones que abundan por la nube digital. Esta simpática simbología, que aliviana sin dudas las conversaciones, también las trivializa. Así es que sin dejar de decir lo que se quiere, nada es tan grave o puede tomarse así tan en la profunda. Y aunque también permiten explicitar un deseo que de otra forma podría ser mucho más difícil decirlo abiertamente, pareciera ser que al igual que el alcohol en una fiesta, el estar detrás del Smartphone que sea, también “envalentona” de sobremanera: comunicar al otro lo que le pasa o lo que quisiera hacer a través de caritas traviesas, de tristeza o de enojo… Por ejemplo, facilitan dar licencias de decir pesadeces que no suenan como tales, dar rienda suelta a la ternura (lo cual se agradece en personas que no tienen muy a la mano esta emoción) y permite explotar la veta humorística.

Estos códigos flotan en un plano de la subjetividad que da mayor espacio para que el interlocutor rellene los aspectos del mensaje a su propio arbitrio, lo cual puede generar también mayor confusión y desazón. Porque cada uno puede entenderlos según el deseo que proyecte, la carencia que tenga o lo que su estado emocional momentáneo le susurre al oído.

Como sea, sobre todo en la época del galanteo y conquista, pareciera ser que el teléfono y las temibles “citas” iniciales han sido destronadas irrevocablemente por estos métodos que te dan más “licencias” para expresarte sin pudor. Y a la vez, controlan de manera mucho más efectiva el compromiso en las relaciones al no hacerse cargo 100% del poder transformador de la palabra y quizás al sumirnos en un mundo más interpretativo aún del que ya habitábamos. Y es que al quedar desprovisto del poder de las miradas, el volumen de la voz y las latencias de respuesta en una conversación más directa, es como que una fuente de retroalimentación importante se termina ahí también.

Ahora el otro lado de las relaciones mediadas por las redes también es súper interesante. Frecuentemente tienen el efecto de prolongar el contacto con las personas de manera más indefinida. Es decir, pase lo que pase, siempre tendremos al menos una ventana para saber qué es de la vida de alguien.

Haciendo un recuento para atrás me doy cuenta de que mantengo cierto grado de contacto con prácticamente todas mis exparejas y los “pinches” eternos de mi adolescencia, los cuales en algún momento de la vida fueron significativos para mí. Y lo siguen siendo. La verdad es que gracias a las redes sociales sigo conectada con ellos o al menos me voy enterando de sus pasos y elecciones de vida. Todos estamos más grandes (o viejos), algunos de ellos más guatones, pelados, y otros que por supuesto nunca dejaron de cuidarse y hoy están más buenos que el vino. Pero en definitiva, cada uno siguió con sus vidas y yo puedo constatarlo.

Y así es como se nos abre un nuevo campo relacional que evidentemente nos plantea nuevos desafíos para que podamos adaptarnos una y otra vez.

Por este motivo que quizás hoy las separaciones no sean como antes. Hace no muchos años atrás, cuando querías poner término a una relación, lo hacías y punto. Generalmente dejabas de frecuentar ciertos lugares, borraba el número de teléfono y lo eliminabas de tu directorio de contactos del antiguo messenger de hotmail. Y con eso bastaba o por lo menos, permitía que desaparecieras por un buen rato hasta que después diera lo mismo un encuentro casual.

Pero la realidad de hoy me resulta diferente. Si quieres perder contacto con alguien es más difícil porque nadie se separa realmente de nadie. Las parejas que rompen pueden seguir enterándose de lo que hace el del al lado porque existen herramientas como Facebook, por ejemplo, en las que no sólo te conectas con “la” persona (lo cual si así fuera simplificaría mucho los procesos de quiebre), sino que con toda la constelación de redes que rodean como amigos, familias, actividades y lugares comunes…

Así es que en estos días que corren más vale ir entrenándose en la práctica del desapego consciente. Y esto es lo que requiere la capacidad de cerrar. De lo contrario es difícil que suceda o por lo menos lo puede llegar a hacer cuesta arriba porque ya no está en el imaginario qué es lo que estará haciendo tal o cuál persona, sino que por el contrario, puedes verlo porque las redes te lo indican a cada momento a través de etiquetas, imágenes de Instagram y “estado" de whatsapp, skype o facebook.

Me impresiona y maravilla a la vez el cómo se pueden construir y mantener relaciones a través del tiempo y sin importar cuán lejos este la otra persona. Si se trata de generar espacios de cotidianidad hoy puedes acostarte en un extremo del mundo habiendo compartido vía whatsapp y si la diferencia horaria lo permite, levantarte con esa persona porque no dejamos nunca de estar conectados los unos con los otros.

Se me viene a la mente el proceso de domesticación del principito con el zorro. Para llegar a ser alguien necesario para el otro primeramente se debían “crear lazos”. Y yo veo que pese a todas las complejidades que planteaba anteriormente, las redes sí lo permiten porque son puentes que se tienden.

En el plano personal, estando lejos he podido conocer a personas maravillosas que en Chile nunca me di el tiempo para hacerlo y que allá comenzamos a escribirnos cuando se enteraron de que había viajado y hoy puedo decir que somos amigos. También con mi pareja. Él ahora está lejos y yo puedo mantener una cotidianeidad que nos permite inclusive, preparar una comida especial a la luz de las velas y cenar juntos vía Skype para el 14 de febrero. Quizás que en este caso particular los años que llevamos juntos facilitan una continuidad más fluida.

Como sea, gracias a las redes nadie puede decir que haya perdido de vista completamente a esas personas que nos marcaron en mayor o medida. Y si hay alguien que sí es capaz de cortar con todas la tecnología fluyendo a raudales, lo admiro profundamente. Y no es que me la pase fisgoneando en la vida ajena pero quién puede decir que no sienta nada de curiosidad o que no diga “¿Qué habrá sido de esta persona…? A ver si la encuentro”. 

jueves, 4 de febrero de 2016

Certificado médico: Eximida de hacer deportes


Rp. CERTIFICADO
"El médico pediatra que remite,
certifica que Victoria Valenzuela Mazzocchi
tiene ASMA BRONQUIAL por ejercicio,
por lo que solicito NO EVALUAR
pruebas de resistencia o carreras
de más de 3 minutos".

Principios de marzo de 1990. Cuarto básico y celebraba en silencio el verdadero tesoro que llevaba en la mochila. La misma que cargué abrazada durante todo el trayecto, viajando en “liebre” escolar rumbo al colegio. Cada tanto metía la mano como para comprobar que estuviera efectivamente ahí… Y sí… Ahí permanecía plegado en cuatro y ubicado prolijamente dentro de la agenda, tal como la había guardado antes de partir. No se me fuera a estropear -o peor aún- extraviar el bendito certificado médico que me eximiría por fin del calvario de educación física... Si ya hasta el nombre de la asignatura me generaba angustia.

Sólo así recuperaría la alegría de los lunes, martes y miércoles ¡Sobre todo los miércoles! Porque precisamente ese día, mi colegio imponía las llamadas “mañanas deportivas” para todos los alumnos sin excepción que cursaban de primero a cuarto básico. Los lugares eran siempre los mismos: las canchas del Alejo Barrios en el cerro de Playa Ancha en Valparaíso o el estadio Sausalito de Viña del Mar. Para mí la experiencia era un verdadero suplicio. Es más, creo que los hombres y específicamente del tipo “peloteros” eran los únicos que disfrutaban la jornada porque al final todo se resumía en una gran “pichanga” en donde el foco de atención de los profesores se dirigía hacia la pelota. El resto de las niñas o los niños que no se sumaban, deambulaban toda la mañana "peluseando" de aquí para allá, haciendo guerra de barro, tirándose piedras, adoptando a perritos perdidos o jugando al semáforo en el mejor de los casos. A veces nos divertíamos y otras nos aburríamos como soberanas ostras. Sin embargo, poco importaba esto porque como fuera, había que esperar hasta las 2:00 PM para retornar en la chatarrienta micro, con fatiga y soportando los olores propios de los compañeros que habían sudado toda la mañana por derrotar al equipo contrincante.

Así es que "Adiós Educación Física, fue un disgusto conocerte". Prefería estudiar primeros auxilios para rendir las pruebas teóricas hasta cuarto medio, antes que volver a la cancha. Al menos quizás de algo me serviría algún día. Mientras me acercaba más y más al colegio, sonreía de sólo pensar en lo que haría con todo el tiempo libre que tendría de aquí en más. Libertad y felicidad. Ya no más burlas de mis compañeros por correr lento, por tenerle miedo a la pelota y no tener la destreza para "achuntarle" a la aro del basquetbol, al arco del futbol o traspasar la malla en voleybol. Porque con una mano en el corazón y siendo bien honesta, era malísima con todo lo referente a cualquier destreza física. A tal punto que no daba lo mismo qué equipo me tocara o en qué posición ubicarme porque conmigo nunca se sabía… si hasta siendo defensa me había convertido en la temible de los autogoles. 

Menos mal que tenía otras habilidades, como el arte y el área humanista, ya que con esto mejoraba mi promedio de notas que se veía evidentemente perjudicado con las calificaciones en deporte y de paso, compensaba en algo mi esfera social después de lo estigmatizante que puede ser para un niño el ser "negado" para el deporte. Bien es sabido que la autoestima se forja durante la infancia, amparándose en gran medida sobre las destrezas y la relación con el cuerpo. Los chicos más exitosos en el colegio en término de popularidad, ganar aceptación o capacidad de generar redes sociales, son precisamente aquellos que se destacan por sus habilidades deportivas y por ende se encuentran en buena forma. Además ganan infinitamente en competencias como liderazgo, compañerismo y trabajo en equipo.

Los años pasaron, salí del colegio totalmente eximida, me titulé de una carrera por supuesto que humanista y fui siguiendo todos los pasos esperados para una mujer promedio como yo. Y a pesar de que modestamente creo que me fue bien, continuaba con esta sensación de fracaso personal. Con envidia miraba desde la ventanilla de mi auto a esos típicos corredores que se toman las calles de la ciudad, pensando en que si tendrían algo mejor que hacer con sus vidas o preguntándome si trabajarían, mientras yo al igual que millones de ciudadanos más, permanecíamos atorados en un fastidioso taco, tratando de trasladarnos desde un punto de la capital a otro, rumbo a la oficina.

Fue a propósito de un programa de coaching ontológico en el que me hice consciente de la mala relación que tenía con mi cuerpo. Francamente ni lo registraba, fumaba, me alimentaba mal, bebía socialmente, dormía poco y sobre todo, llevaba una vida 100% sedentaria… en otras palabras un estilo semejante a una larva. Con todo, constaté por primera vez que realmente no me quería tanto como pensaba y necesité apoyo real para poder desafiar los juicios sobre mí que durante años fue tejiendo: “soy perezosa, soy inconstante… etc, etc”. Para más remate, ya a esas alturas había asumido mi condición de infertilidad, con lo cual tenía un motivo más para estar enojada con mi cuerpo. 

En medio de este remezón, decidí cambiar mi vida. Si bien, no podía cambiar mi diagnóstico, sí podía reconciliarme conmigo. Era algo que lo necesitaba, que me lo estaba debiendo hacía mucho tiempo. Para impulsarme decidí ponerme una meta de largo plazo que fuese desafiante y que sin dudas representara un hito digno de orgullo personal: correr mi primer maratón. Como era de esperar, salvo un par de personas, mi círculo cercano jamás se lo tomó muy en serio. Mi padre me advertía con preocupación: "Victoria, eres una Valenzuela y punto. Somos todos alfeñiques para el deporte: tus tíos, primos, abuelos... Está en nuestra genética y no podemos hacer nada para cambiarlo ¿O acaso quieres terminar con un infarto al corazón? Olvídate de correr y ponte a estudiar si quieres hacer algo.

Ese era el escenario. Es más a ratos ni yo misma me lo creía y pensaba en un objetivo más cercano como mis primeros 5K en vez de 42K para no desmotivarme de ver la cima tan lejos.  

Pero como sea, ya estaba decidido y recuerdo que el día escogido para partir fue una mañana de julio del 2013, precisamente la más fría del año. El termómetro marcaba un par de grados bajo cero y yo corría por el parque bicentenario con unas zapatillas Converse de lona, gorro, bufanda, parka de pluma y un buso horroroso que más bien parecía pijama. Y aunque jamás lo hubiera podido imaginar si quiera, ese fue el comienzo de una nueva vida.

Hechos milagrosos y actos voluntarios comenzaron a ocurrir: dejé de fumar definitivamente sin recaídas, comencé a desarrollar lentamente capacidad aeróbica y comencé a enamorarme de los momentos en que salía a correr. Disfrutaba inmensamente los atardeceres, ver caer el sol y perderse entre los edificios y sobre todo estar en silencio. Quizás alguien más docto podría corregirme pero descubrí una especie de meditación en movimiento. Por primera vez lograba conectar con mi cuerpo, sentir las pulsaciones, la respiración más intensa, la tensión sobre el cuello y la espalda… Todo en su conjunto.

Para sostener aún más el inicio a una vida más saludable, decidí lo que antes hubiese sido una pérdida de tiempo y plata: inscribirme a un gimnasio. Y a pesar de que me costó adaptarme al estilo, las personas y al trabajo que se realiza ahí, en unos meses ya podía moverme más cómodamente.

Evidentemente tuve que enfrentarme con temores internos y sobreponerme al juicio de los demás. Recuerdo que un profesor en el gimnasio me dijo:

-         ¨Victoria. Es muy difícil que lo consigas ¡Tú comenzaste 30 años tarde!"

Menos mal nunca le hice caso, más allá de reírnos un buen rato por su desalentador veredicto. Así es que hoy puedo decir que con perseverancia y aceptación de mis limitaciones tanto físicas como mentales, pude lograr mi sueño que fue terminar mi primer maratón y con ellas dejar atrás mi pasado de desaciertos deportivos escolares y frustración con mi cuerpo.

Durante mi nuevo camino, he podido cosechar nuevas amistades y experiencias maravillosas como subir cerros los fines de semana. Sin embargo, tengo que reconocer que lejos mi mayor aprendizaje es sentir que “sí soy capaz” y ya no hay nada ni nadie que pueda convencerme de lo contrario ;-)