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domingo, 20 de marzo de 2016

¿Estás enfermo? ¡Empodérate y de cabeza a investigar!


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Cada vez que se mencionaba la palabra exámenes me fastidiaba tremendamente. Cualquier expresión que aludiera a “PAP”, tratamiento, chequeo anual, antibióticos, radiografías, eco-tomografías, me ponía los pelos de punta. Todo lo que tenía que ver con la salud de la medicina tradicional para mí representaba un camino en el que se sabía cuándo comenzaba pero ni idea cuándo terminaba. Desde que tengo memoria evitaba a toda costa ir al doc por temor a que me dijera: “Bueno, tenemos que hacer “X” para descartar “Y”, pero si es “Z” hay que investigar si... bla bla bla...”.

Y esta especie de resistencia médica se reforzaba por malas experiencias. Para llegar a determinar mi intolerancia a la lactosa, por ejemplo, peregriné por cuanto doctor hubo, pasando por diferentes diagnósticos, unos más lapidarios que otros que determinaron desde mal de Crohn hasta celiaquía. No conforme con ninguna de estas etiquetas, además del malestar que persistía, continuaba en la búsqueda de un alivio más sostenido. Mi calvario terminó cuando una doctora gastroenteróloga me hizo exámenes de sangre específicos y determinó que retirando ciertos productos de mi dieta mi vida volvería a la completa normalidad. Y así fue ¡Menos mal haber caído en sus manos!

Como resultado, iba lo justo y necesario. Solo cuando me estaba muriendo y ya sentía que no podía seguir en pie, cedía ante la presión de mi familia para sacar hora y dejarme ver por manos especialistas. Pero las cosas cambiaron cuando cumplí 30 años y quisimos con mi esposo tener un hijo. Nunca imaginamos siquiera lo que nos esperaba.

Como tomé pastillas anticonceptivas por años me hicieron una serie de exámenes de menos a más invasivos que arrojaron un diagnóstico inesperado. Trompas obstruidas y una baja reserva ovárica en relación a una mujer de mi edad que conducía de manera inevitable a tomar la vía de la fertilización in vitro. La ginecóloga especialista fue tajante en este punto: “si quieren ser padres este es el único camino. Ya lo revisamos en junta médica así es que todos los doctores están de acuerdo”.

Ocurrió que por una mezcla de confianza y falta de proactividad de nuestra parte, nos dejamos llevar a ojos cerrados por un camino de tratamientos que nos trajo más desazones que aciertos. Y es que cuando como paciente no te empoderas de tu situación y no tomas un rol activo, puedes caer en un espiral de confusiones bastante grande como nos pasó a nosotros.

Después de 4 ICSIS (inyección intra-citoplasmática de esperatozoides), dos concluidas y dos interrumpidas, una operación para destapar las trompas y un raspaje de útero para sacar unos pólipos… llegué a la conclusión de que antes de embarcarse en algún tratamiento, primero es clave armar una ruta de trabajo en tu casa antes de presentarse en la consulta. Por evidente que parezca, es muchísimo lo que se gana en términos de enriquecer las conversaciones, abrir alternativas y profundizar en el caso particular cuando ya se tiene más menos una idea de posibles enfermedades, tratamientos o medicamentos.

Por qué digo esto: porque en nuestro caso cuando un tratamiento no resultaba, recién ahí se tomaba una medida correctiva que a veces no era más que tomar vitaminas o un desinflamatorio de amplio espectro para preparar al útero antes de ser implantado con un embrión. Todo me parecía tan a ciegas y recién contra resultados, se consideraba una acción preventiva para descartar que en el futuro ocurra un fracaso nuevamente. Y yo pensaba: “Por qué no partimos ahí primero”. Pero siempre me callé y el precio que pagamos fue alto. Hablamos de 5 ó 6 millones más por cada intento además de ver cómo toda la ilusión de ser padres se estrellaba contra la muralla. Así se nos fue lo que representaba una fortuna sin darnos cuenta, impulsados por las voces que nos decían ahora sí aumentaríamos las posibilidades de embarazo.

Pero la gota que rebalsó el vaso resultó ser que internamente el relieve del útero tenía múltiples pólipos que impedirían que cualquier embrión anidara para un posterior desarrollo. Y era tan evidente la morfología anómala que el médico ginecólogo que hizo el examen y que trabajaba en una unidad distinta a la de fertilidad, me pidió que una vez que terminara de vestirme lo esperara afuera para que pudiéramos conversar un momento. Ahí me dijo que a su juicio lo que habían cometido conmigo era de una negligencia grave porque todas las “in vitro” anteriores estuvieron desde el día 1 destinadas al fracaso. Él habiendo realizado este examen simple en el que se muestra la morfología interna a través de un líquido de contraste, se dio cuenta de lo evidente. Así es que un mes más tarde, estaba entrando al quirófano nuevamente para un raspaje que emparejara y limpiara las paredes.

Me di cuenta que con el cerro de casos que los doctores atienden no necesariamente se toman el tiempo para estudiar a cabalidad la realidad de una persona, de manera individualizada y profunda. A veces siguen un protocolo bien estricto y cierran de antemano caminos que si el paciente no propone, se pierden definitivamente como posibilidades para él.

En nuestro caso, después de toda esta experiencia comenzamos a investigar en la web, participar de diversos foros y pedir nuevas opiniones. Fue tanta la información que recibimos que se podría decir que hicimos un doctorado teórico y práctico en materia de fertilidad. Llegamos incluso a Estados Unidos que lleva añares de investigación y experiencia al respecto.

Las cosas cambiaron radicalmente. Con un diagnóstico claro, pudimos tomar otras decisiones y a pesar de que finalmente resolvimos conformar una familia de a dos, sin hijos, nos quedamos con la tranquilidad de que movimos cielo y tierra para encontrar las respuestas.

Yo pienso que esta podría ser una mirada de cualquier persona frente a su salud, no importa el diagnóstico, si es cáncer, endometriosis o alguna enfermedad degenerativa. Hoy en día las redes ofrecen un océano de información y experiencia de personas que han padecido situaciones similares para armarnos un esquema y llegar frente al médico con los ojos más abiertos. Nadie dice que uno sepa más que ellos, pero el cuerpo es propio y siempre podemos elegir alguna alternativa sin importar la gravedad de nuestro estado. La cuestión es empoderarse y exigir explicaciones, alternativas, aclaraciones de por qué en tal país se aplican tales procedimientos o si es posible replicarlos para tener mejores resultados. Pero si no investigamos y nos entregamos a ojos cerrados, evidentemente que el campo de posibilidades se restringe.

Pienso que como sociedad, debiéramos dejar de tener el rol pasivo o de acallarnos frente a la “autoridad” médica. Y si el especialista no se siente cómodo o nos objeta una actitud más participativa, habría que cuestionarse si es el mejor especialista para nosotros. No porque sea una eminencia o trabaje en la mejor clínica, necesariamente siempre vaya a estar en lo correcto.

Tengo casos cercanos de amigas que entraron a pabellón confiados en que les harían una revisión o limpieza y salieron con una trompa de Falopio menos, por ejemplo. Situaciones como estas no pueden seguir ocurriendo. Por esto se hace tan importante tener una presencia activa en el camino de tu recuperación, preguntar por alternativas, presupuestos, prácticas experimentales, etc. etc.


No se trata de instalar un clima de desconfianza ni mucho menos de “guerrilla” en la consulta, sino que de aunar fuerzas con los especialistas de lo que sean, en beneficio de nuestra propia salud y nuestra propia vida. Al final, siento que no podemos delegar en otros -por más que cuenten con todas las certificaciones en las mejores universidades del mundo- nuestra salud completamente. Somos responsables por nosotros mismos y todo lo que aprendamos de nuestro cuerpo, a partir de la constatación de cómo nos sentimos, reacción con los medicamentos, experimentación con medicina alternativa, se traducirá en una mejor calidad de vida.

jueves, 4 de febrero de 2016

Certificado médico: Eximida de hacer deportes


Rp. CERTIFICADO
"El médico pediatra que remite,
certifica que Victoria Valenzuela Mazzocchi
tiene ASMA BRONQUIAL por ejercicio,
por lo que solicito NO EVALUAR
pruebas de resistencia o carreras
de más de 3 minutos".

Principios de marzo de 1990. Cuarto básico y celebraba en silencio el verdadero tesoro que llevaba en la mochila. La misma que cargué abrazada durante todo el trayecto, viajando en “liebre” escolar rumbo al colegio. Cada tanto metía la mano como para comprobar que estuviera efectivamente ahí… Y sí… Ahí permanecía plegado en cuatro y ubicado prolijamente dentro de la agenda, tal como la había guardado antes de partir. No se me fuera a estropear -o peor aún- extraviar el bendito certificado médico que me eximiría por fin del calvario de educación física... Si ya hasta el nombre de la asignatura me generaba angustia.

Sólo así recuperaría la alegría de los lunes, martes y miércoles ¡Sobre todo los miércoles! Porque precisamente ese día, mi colegio imponía las llamadas “mañanas deportivas” para todos los alumnos sin excepción que cursaban de primero a cuarto básico. Los lugares eran siempre los mismos: las canchas del Alejo Barrios en el cerro de Playa Ancha en Valparaíso o el estadio Sausalito de Viña del Mar. Para mí la experiencia era un verdadero suplicio. Es más, creo que los hombres y específicamente del tipo “peloteros” eran los únicos que disfrutaban la jornada porque al final todo se resumía en una gran “pichanga” en donde el foco de atención de los profesores se dirigía hacia la pelota. El resto de las niñas o los niños que no se sumaban, deambulaban toda la mañana "peluseando" de aquí para allá, haciendo guerra de barro, tirándose piedras, adoptando a perritos perdidos o jugando al semáforo en el mejor de los casos. A veces nos divertíamos y otras nos aburríamos como soberanas ostras. Sin embargo, poco importaba esto porque como fuera, había que esperar hasta las 2:00 PM para retornar en la chatarrienta micro, con fatiga y soportando los olores propios de los compañeros que habían sudado toda la mañana por derrotar al equipo contrincante.

Así es que "Adiós Educación Física, fue un disgusto conocerte". Prefería estudiar primeros auxilios para rendir las pruebas teóricas hasta cuarto medio, antes que volver a la cancha. Al menos quizás de algo me serviría algún día. Mientras me acercaba más y más al colegio, sonreía de sólo pensar en lo que haría con todo el tiempo libre que tendría de aquí en más. Libertad y felicidad. Ya no más burlas de mis compañeros por correr lento, por tenerle miedo a la pelota y no tener la destreza para "achuntarle" a la aro del basquetbol, al arco del futbol o traspasar la malla en voleybol. Porque con una mano en el corazón y siendo bien honesta, era malísima con todo lo referente a cualquier destreza física. A tal punto que no daba lo mismo qué equipo me tocara o en qué posición ubicarme porque conmigo nunca se sabía… si hasta siendo defensa me había convertido en la temible de los autogoles. 

Menos mal que tenía otras habilidades, como el arte y el área humanista, ya que con esto mejoraba mi promedio de notas que se veía evidentemente perjudicado con las calificaciones en deporte y de paso, compensaba en algo mi esfera social después de lo estigmatizante que puede ser para un niño el ser "negado" para el deporte. Bien es sabido que la autoestima se forja durante la infancia, amparándose en gran medida sobre las destrezas y la relación con el cuerpo. Los chicos más exitosos en el colegio en término de popularidad, ganar aceptación o capacidad de generar redes sociales, son precisamente aquellos que se destacan por sus habilidades deportivas y por ende se encuentran en buena forma. Además ganan infinitamente en competencias como liderazgo, compañerismo y trabajo en equipo.

Los años pasaron, salí del colegio totalmente eximida, me titulé de una carrera por supuesto que humanista y fui siguiendo todos los pasos esperados para una mujer promedio como yo. Y a pesar de que modestamente creo que me fue bien, continuaba con esta sensación de fracaso personal. Con envidia miraba desde la ventanilla de mi auto a esos típicos corredores que se toman las calles de la ciudad, pensando en que si tendrían algo mejor que hacer con sus vidas o preguntándome si trabajarían, mientras yo al igual que millones de ciudadanos más, permanecíamos atorados en un fastidioso taco, tratando de trasladarnos desde un punto de la capital a otro, rumbo a la oficina.

Fue a propósito de un programa de coaching ontológico en el que me hice consciente de la mala relación que tenía con mi cuerpo. Francamente ni lo registraba, fumaba, me alimentaba mal, bebía socialmente, dormía poco y sobre todo, llevaba una vida 100% sedentaria… en otras palabras un estilo semejante a una larva. Con todo, constaté por primera vez que realmente no me quería tanto como pensaba y necesité apoyo real para poder desafiar los juicios sobre mí que durante años fue tejiendo: “soy perezosa, soy inconstante… etc, etc”. Para más remate, ya a esas alturas había asumido mi condición de infertilidad, con lo cual tenía un motivo más para estar enojada con mi cuerpo. 

En medio de este remezón, decidí cambiar mi vida. Si bien, no podía cambiar mi diagnóstico, sí podía reconciliarme conmigo. Era algo que lo necesitaba, que me lo estaba debiendo hacía mucho tiempo. Para impulsarme decidí ponerme una meta de largo plazo que fuese desafiante y que sin dudas representara un hito digno de orgullo personal: correr mi primer maratón. Como era de esperar, salvo un par de personas, mi círculo cercano jamás se lo tomó muy en serio. Mi padre me advertía con preocupación: "Victoria, eres una Valenzuela y punto. Somos todos alfeñiques para el deporte: tus tíos, primos, abuelos... Está en nuestra genética y no podemos hacer nada para cambiarlo ¿O acaso quieres terminar con un infarto al corazón? Olvídate de correr y ponte a estudiar si quieres hacer algo.

Ese era el escenario. Es más a ratos ni yo misma me lo creía y pensaba en un objetivo más cercano como mis primeros 5K en vez de 42K para no desmotivarme de ver la cima tan lejos.  

Pero como sea, ya estaba decidido y recuerdo que el día escogido para partir fue una mañana de julio del 2013, precisamente la más fría del año. El termómetro marcaba un par de grados bajo cero y yo corría por el parque bicentenario con unas zapatillas Converse de lona, gorro, bufanda, parka de pluma y un buso horroroso que más bien parecía pijama. Y aunque jamás lo hubiera podido imaginar si quiera, ese fue el comienzo de una nueva vida.

Hechos milagrosos y actos voluntarios comenzaron a ocurrir: dejé de fumar definitivamente sin recaídas, comencé a desarrollar lentamente capacidad aeróbica y comencé a enamorarme de los momentos en que salía a correr. Disfrutaba inmensamente los atardeceres, ver caer el sol y perderse entre los edificios y sobre todo estar en silencio. Quizás alguien más docto podría corregirme pero descubrí una especie de meditación en movimiento. Por primera vez lograba conectar con mi cuerpo, sentir las pulsaciones, la respiración más intensa, la tensión sobre el cuello y la espalda… Todo en su conjunto.

Para sostener aún más el inicio a una vida más saludable, decidí lo que antes hubiese sido una pérdida de tiempo y plata: inscribirme a un gimnasio. Y a pesar de que me costó adaptarme al estilo, las personas y al trabajo que se realiza ahí, en unos meses ya podía moverme más cómodamente.

Evidentemente tuve que enfrentarme con temores internos y sobreponerme al juicio de los demás. Recuerdo que un profesor en el gimnasio me dijo:

-         ¨Victoria. Es muy difícil que lo consigas ¡Tú comenzaste 30 años tarde!"

Menos mal nunca le hice caso, más allá de reírnos un buen rato por su desalentador veredicto. Así es que hoy puedo decir que con perseverancia y aceptación de mis limitaciones tanto físicas como mentales, pude lograr mi sueño que fue terminar mi primer maratón y con ellas dejar atrás mi pasado de desaciertos deportivos escolares y frustración con mi cuerpo.

Durante mi nuevo camino, he podido cosechar nuevas amistades y experiencias maravillosas como subir cerros los fines de semana. Sin embargo, tengo que reconocer que lejos mi mayor aprendizaje es sentir que “sí soy capaz” y ya no hay nada ni nadie que pueda convencerme de lo contrario ;-)

viernes, 29 de enero de 2016

Mi gata sin pelo

-         
"Que la vida nos sorprenda ¡Chin chin!"

Juntamos nuestras copas con mi querida prima la noche de navidad, agradeciendo a la vida y declarando nuestro propósito de abrir el corazón para fluir con ella. Después de dar el primer sorbo de espumante, no tarda en entrar un mensaje de una amiga.

Dejo a un lado el trago y abro curiosa el whatsapp esperando que cargue la imagen. Es una gata. Rara. Exótica. Me impresiona lo que no tiene pelo, más que en su carita, la cual es manchada en blanco y negro dando un aspecto de completa seriedad. Es más, si se la mira detenidamente pareciera que siempre está enojada. Una esfinge enojada. Pero sin duda lo que más llama la atención son unos enormes ojos celeste cielo. Más abajo dice: Victoria, ¿Quieres a mi Cali?

Me sorprendo porque hace un año atrás exactamente y para esta misma fecha, ella la estaba esperando. Creo que la compró en Egipto, pero no estoy segura. Parece que acá no venden este tipo de animalitos de raza Sphynx y solo es posible encontrarlos afuera. Eso sí, siempre será una hembra que te envían por supuesto esterilizada para que no pueda ser reproducida posteriormente.

Miro a mi esposo. Su cara lo dice todo: “No”. Miro a mis padres y familia buscando algún rostro complaciente pero es inútil. Peor aún, no tardan en pronunciar sus sentenciosos juicios: “Olvídalo. Es un gato. Son traicioneros, huraños, interesados y se acercan a ti sólo si quieren conseguir algo a cambio. Si pierden el interés se van y nunca más vuelves a saber de ellos”- Como si fuera poco mi prima agrega en su argentino acento: “Boluda mal… mirale la cara. Es mala... no puedo verla del asco que me da. Y voy sos muy corazón de abuelita, si pensás en quedártela. Te lo advierto: si la adoptás, no vendré nunca más a Chile a verte ¡Sabelo!”.

Evidentemente que todas estas visiones me desmotivaron. Pero por alguna razón no quise contestarle nada a mi amiga aún… Ni que sí, ni que no. Esperé. No sé qué esperaba en realidad porque era evidente que nadie iba a cambiar su parecer. Es más, la cosa empeoraba porque cada foto que mostraba se tildada como más fea que la anterior.

No sé, algo se me removió internamente. Quizás algún resabio de instinto maternal frustrado, ni idea. Pero lo cierto es que logré convencer a mi esposo de ir a conocerla y ver si nos gustaba. En realidad a la que tenía que gustarle sobre todo era a mí porque evidentemente yo sería la única responsable en cuidar de ella, jugar, limpiarla, ver sus vacunas… todo lo que requiere una tenencia adecuada de mascotas.

Intenté mentalizarme de no tomar decisiones impulsivas de las que después me fuera a arrepentir. Y en el ascensor lo reforcé internamente como para no caer en la tentación. Mis amigas con gatos ya me habían advertido los costos que acarrean el tener felinos por mascotas: Chao tapizado impecable de sillones, cortinas y almohadones. Más vale olvidarse de un departamento inmaculadamente blanco. Las que me conocen bien podían predecir un fracaso rotundo, básicamente por mi obsesiva compulsión hacia la limpieza y el orden. Y que hablar de las restricciones a la libertad. “Oye con lo que les gusta viajar a ustedes, tener el animalito que sea va a ser un verdadero cacho en sus planes”.

Repasé todas y cada una de las visiones, intentando retener las más realistas. Si pensamos viajar a mitad de año, cómo nos arreglaríamos. Sin embargo, nada más entrar al departamento de mi amiga para que todas las palabras se las llevara el viento. En cuanto la vi no pude evitar alzarla y sentir que me derretía con su calorcito suave. Era considerablemente más pequeñita de lo que parecía en las fotos: -“Si parece una lauchita gris”- pensé. Jugamos un poco y media hora bastó para que me decidiera dar el paso… Bueno, en realidad fueron cinco minutos, lo reconozco.

Acordamos pasar a buscarla al otro día, así mi amiga se despedía de la que había sido su compañera por casi un año y yo compraba lo que hiciera falta. Al final, tenía más equipaje que yo cuando me fui a vivir a Estados Unidos. Entre sus juegos, casita, baño y ropa, hicimos una mudanza completa.

Lo terrible fue llegar y comprobar al minuto 1 que mientras me daba vuelta para llenarle su pocillo con agua, la gata había desaparecido. Después de revolver la casa por todas partes y de parecer una loca gritándole a mi esposo que revolviera bien las plantas… apareció. Se había ido por la terraza hacia la casa de la vecina de al lado. Sentí cómo el miedo ensombrecía toda mi determinación, para dar paso a una montaña de dudas y cuestionamientos. Y es que su desaparición me disparó mis más terribles juicios ¡Cómo va a ser posible que no sea capaz de hacerme cargo de un simple gato!

Le confesé a mi esposo de que no me sentía capacitada y que al día siguiente se la devolvería a mi amiga. Esa noche casi no dormí. A la mañana siguiente me desperté con el animalito hecho una pelotita a mis pies. Nos miramos por un rato. Me levanté a llenar sus pocillos con agua y el alimento especial. Mientras comía lentamente la observaba. Al terminar, se enroscó sobre mis piernas y así permaneció quietecita hasta que terminé de leer el diario y las revistas dominicales. No podría especificar qué fue pero algo especial ocurrió a partir de ese momento.

Durante esa misma mañana contacté a una empresa especializada en la instalación de mallas protectoras para terrazas que atendía las 24 horas y para cuando Andrés se levantó, ya mi angustia había aplacado dando un espacio de nuevas posibilidades insospechadas para mí. Y hoy no me arrepiento ni por un segundo. Es más a veces intento imaginar cómo sería el estar sola en mi departamento mientras mi pareja está tan lejos, por ejemplo. Y me cuesta. Ella se ha ganado un espacio en mi casa, mi vida y mi corazón.

Agradezco al universo por haberme dado la valentía que requiere fluir con la vida. Puede que alguien le parezca insignificante pero este simple hecho, para mí ha tenido profundas repercusiones. Me ha ayudado a flexibilizar mis propios estándares de orden y espacios, he podido comprobar que no pasa nada si se queda sola en la casa, que la limpieza se mantiene y que no era cierto que son animales ariscos e interesados ¡por el contrario! Es enferma de regalona, siempre me sale a recibir cuando llego, me hace acrobacias y piruetas mortales en el aire, se me acurruca mientras escribo, atrapa las fastidiosas polillas que me asustan cuando atolondradas entran por la terraza durante la noche y me sigue a todas partes como si fuera mi sombra.

Quien sabe acerca del espacio afectivo ocupado por una mascota, podrá entender lo que me está pasando hoy. Para algunos serán sus perros, caballos, canarios o incluso sus plantas. El compartir parte de mi mundo con estos pequeños seres que entregan tantas lecciones de amor no tiene precio. Ni siquiera el tapiz o los cojines valen una centésima parte de lo que te puedes llegar a enriquecer. Cuánto entiendo ahora a mis amigos veterinarios o admiro a quienes son capaces de olvidar sus propios asuntos por un momento y ayudar a encontrarle hogar a cuanto cachorrito callejero deambula por las calles capitalinas.

Para mí, de eso se está tratando la vida. De aceptarla como se nos va presentando, con apertura y osadía. Desafiar nuestros temores e ir más allá. Y qué mejor regalo que descubrirte riendo en mitad de la noche porque me ha despertado de un salto a mi cara mientras dormía profundamente. O tolerar que se me suba literalmente a la cabeza mientras leo o acostumbrarme a su ronronear como si fuera el motor de una avioneta que se activa en modo sueño después de las 10 PM. Si alguien me lo hubiese contado jamás de los jamases lo habría creído. Por este y otros motivos más, sólo puedo decir “gracias”. De no haber sido por mi amiga y por mi desobediencia, no sé si habría podido remover algún día mis juicios sobre si soy o no soy capaz de hacerme cargo de un animalito tan desconocido como lo era un gato y más aún, disfrutar así a concho de su compañía.

En este sentido el gato puede ser visto como un símbolo. ¿Cuántos “gatos” he dejado pasar en mi vida por temor, comodidad o la razón que sea?

¡Bienvenidos los cambios! ¡Que la vida nos sorprenda para abrazar a lo desconocido! Y mucho cuidadito con esta declaración, porque se cumple. Lo comprobé. Con el tiempo he aprendido que todo lo que decimos desde el corazón, incluyendo los sueños, se cumplen.

Buenas noches. Me despido desde mi computador con la Cali encima, viendo como teclean mis dedos rápidos, acechándolos hasta que intenta agarrarlos con ambas patitas… pensará que estoy jugando... Y un poco sí…

domingo, 24 de enero de 2016

Buscadores insaciables


He mirado por debajo de las sillas
He mirado por debajo de las mesas
He tratado de encontrar la clave
A cincuenta millones de fábulas
Me llaman El Buscador

The Seeker – The Who

Desde chica siempre fui una niña muy curiosa... pero MUY. Como para hacerse una idea, aprendí a movilizarme por mi propia cuenta a partir de los nueve meses y ya a los pocos años parecía una verdadera araña encaramada a los clósets en búsqueda de tesoros escondidos y millones de cosas que por alguna razón u otra, mis padres dejaban fuera de nuestro alcance. Fue así como días previos a la Navidad pillé todos los regalos del supuesto “viejito pascuero” para mí y para mi hermana; que en verdad la Fedora -nuestra catita- se había muerto y que en su lugar había una impostora igual a ella; que más vale mantenerse alejada de los remedios y que con las perlas… no se juega.

Por más que me advertían que no hiciera esto o lo otro, era inútil. Pese a que me caía una y otra vez, al rato volvía a levantarme para seguir con una aventura diferente. Yo misma tenía que comprobar los hechos de la vida, y de nada bastaban los sermones interminables de los mayores, cuando se me había metido una idea a la cabeza. Esta curiosidad fue encontrando su curso a través de mi avidez por realizar la mayor cantidad de experiencia, las que generalmente no prosperaban en el tiempo. A veces, la motivación me duraba lo que mi entusiasmo se mantuviera vivo hasta que la estructura terminara por disolverlo completamente. Y es que todo requería de una fastidiosa disciplina y de tiempo de dedicación: clases de piano, danza clásica, scouts, ciencias, patinaje, bicicleta, teatro, pintura… Y aunque lo último lo desarrollé más con el tiempo, se podría decir que picoteé un poquito por aquí y un poquito por allá, sin profundizar en nada realmente.

A diferencia de mi hermana o de mis amigas que se iban haciendo expertas en las actividades que desarrollaban a lo largo de los años, conmigo no había caso. Poco a poco, me fui ganando la fama de “maestro chasquilla” porque se podría decir que en todo me iba relativamente bien, pero nada de lo que fuera capaz de sostener por mucho tiempo. Y fue tanto el reforzamiento de mi “no perseverancia” que lo hice parte de mi identidad, algo que con el paso del tiempo llegué a cuestionármelo seriamente. Entre risas mi entorno cercano concordaba: “La Victoria nunca persevera en nada. Es igual a su tío”.

Yo celebro a esas personas que desde niños la tuvieron siempre tan clara y que nada más fue el apoyo inicial para que comenzaran una carrera, como impulsados mágicamente por los vientos de la pasión y el entusiasmo.

¿Pero qué pasa cuando un niño o niña es diferente? ¿Cómo nos enfrentamos con alguien que se orienta más a las preguntas que a las respuestas? Y si pudiéramos hilar más fino ¿Cuánto permiso nos estamos dando hoy  para ser investigadores en la vida? ¿Contra quién nos comparamos? O ¿Quiénes son nuestros referentes?

A veces nos empecinamos por hacer que el niño termine lo que empezó a como dé lugar. Sino, quién sabe lo que pueda ocurrirle después en la vida adulta… Y nadie quiere a los fracasados después. Pero el tema es que cada persona tiene sus propios ritmos y acercamiento al mundo. Hay quienes necesitan abrir el abanico más amplio de posibilidades para luego elegir uno, dos o más caminos a seguir. Pero muchas veces la sociedad no espera y sin importar si el ser humano está preparado, ya nos encarrila por la vía científico o humanista, por las artes o la ciencia o por una carrera específica. Y aunque sea cierto que también existen los bachilleratos como alternativa, los que ingresan en este tipo de planes de estudios saben que tienen las horas contadas para decidirse ya que el mundo laboral demanda ciertas edades específicas según el rol que se quiera desempeñar. Como sea, la cosa es que yo veo que siempre estamos apurados y corriendo por un sistema que nos fuerzas a encarrilarnos lo antes posible y divagar lo menos posible. Casi como ese juego de las sillitas en las que cuando se acababa la música cada niño debía correr a sentarse sino quedaba automáticamente fuera. A mi me ponía tan nerviosa ese jueguito... Unos nervios parecidos a los que he sentido por intentar asegurarme un espacio en la vida. Por esto yo celebro sinceramente y admiro a aquellos quienes deciden anteponer sus intereses y sueños personales y poner, por ejemplo, sus carreras stand by para irse de viaje. Ellos se lanzan a la aventura, pese a las incertidumbres que les plantee el mercado laboral posteriormente. Y lo mismo se aplica para los que comienzan un emprendimiento del tipo que sea.

Nuestra sociedad valora tanto los moldes establecidos para el progreso. Esos mismos que frente a los ojos del mundo ya parecen tan limitados y pasados de moda, pero que aquí aún siguen más arraigados que las raíces de los “baobabs” sacadas del cuento El Principito. Yo lo veía a diario en mi rol de “Head Hunter” en la consultora donde trabajaba: Si estudias la tan ponderada ingeniería comercial (que por supuesto no da lo mismo dónde), luego ingresas a una importante compañía multinacional que te de la plataforma para proyectarte tanto nacional como internacionalmente, así de paso incorporas bien el inglés… Todo cosa que a los 30 años ya puedas oler la anhelada “gerencia” en lo que sea y con un puñado de buenos ejecutivos bajo tu cargo para que entrenes con ellos tus habilidades de liderazgo. ¡Ah! Y por supuesto no se te vaya ocurrir estar saltando de un trabajo a otro. Mínimo tres años de permanencia… no vaya a ser cosa que te condenen por “inestable” o lo que sería peor aún “conflictivo o flojo”. Si la estás pasando mal, no importa. Tienes que ser fuerte y saber aguantar. Total, por algo te están pagando y todo lo que siembres hoy podrás cosecharlo mañana.

Tantas veces me vi en el dilema de presentar o no a una compañía-cliente a un excelente periodista para marketing, publicista o un agrónomo que había desarrollado una trayectoria comercial para una posición de ventas. Lamentablemente, la mayoría de los casos me los bajaban a todos sin antes darse el tiempo de conocerlos. De nada les valía su potencial, experiencia y motivación por el cargo ofrecido.

Ante este escenario, poco espacio nos va quedando para explorar nuevos caminos y construir una carrera que realmente nos satisfaga plenamente. ¿Se puede hacer? Por supuesto que sí. Pero hay que ser conscientes de que en la ruta se encontrarán enemigos temibles como, por ejemplo, los prejuicios y unas cuantas puertas que se cerrarán a causa de los mismos.

Y me da impotencia ver como se desperdicia muchas veces tanto talento por desconocimiento o simplemente ignorancia. Ver que en otros países se valora tanto el que una persona haya transitado por diferentes caminos, haya trazado diferentes rutas y avanzado por direcciones diferentes con tal de ser la persona que hoy en día es. Que alguien haya experimentado varias veces el abrir un negocio, aunque éste haya quebrado o debido cerrar por resultados bajo lo esperado, es de un valor digno de subrayar con destacador amarillo o anaranjado flúor.

Si se trata de comenzar a cambiar nuestras estructuras en pos de abrir nuevos espacios para la diversidad, pienso que el primer paso es cuestionar lo establecido. Y este proceso pasa por la propia vida. Relativizar nuestros criterios de selección en el sentido amplio de la palabra. Comenzar (o continuar, según sea el caso) a explorar diferentes alternativas en la vida. Desde las más profundas como concepciones, paradigmas, trabajo, roles, modelos de crianza, parejas; hasta las más cotidianas como deportes, peinados, colores, trayectos para ir y volver al trabajo… y al infinito.

Atrevámonos a romper las rutinas y los moldes… experimentemos qué se siente. Quizás sea un primer paso para vivir la vida más libremente y desafiar los caminos estructurados que sociedades como la chilena te plantea para sigas sin decir ni pío. ¿Cómo será el empoderarse del sentido de la libertad y del ser felices? ¿Por qué no probar hasta que ya no tengamos fuerzas para seguir haciéndolo? Pienso en lo corta que es la vida y en lo fugaz del presente como para andar conformándose con este reino grande o pequeño que hemos logrado.

Seguro de que aún estamos a tiempo de probar y más aún las nuevas generaciones. Insto a los padres, tíos, educadores y toda la matriz que rodea al niño a dejarlo a que explore, busque lo que realmente le gusta y no tenga temor de abandonar si no era lo que quería. Me imagino en la posibilidad de tener diferentes vidas en una. Matizar con todas las posibilidades que llenen nuestra alma de plenitud y satisfacción.

Despertemos a nuestro buscador interno. Olvidémonos por un rato del temor al fracaso y dejemos de lado esa dependencia adquirida al éxito, ya que con el tiempo no hace más que transformarnos en una sociedad llena de exitismo, vacío y apego a lo conocido... a lo seguro. Y para experimentar hay que cargar una mochila con herramientas que nos ayuden transitar por las caídas y las decepciones propias de los viajes largos. Comprobaremos que somos más fuertes de lo que pensamos y que una vez en el piso constataremos las fuerzas para levantarnos y seguir adelante… o sino ¿Qué más queda?

De esta manera, probablemente podamos abrir mayor espacio a los nuevos Humbertos Maturanas, Alejandros Aravenas y Chinos Ríos…