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domingo, 24 de enero de 2016

Buscadores insaciables


He mirado por debajo de las sillas
He mirado por debajo de las mesas
He tratado de encontrar la clave
A cincuenta millones de fábulas
Me llaman El Buscador

The Seeker – The Who

Desde chica siempre fui una niña muy curiosa... pero MUY. Como para hacerse una idea, aprendí a movilizarme por mi propia cuenta a partir de los nueve meses y ya a los pocos años parecía una verdadera araña encaramada a los clósets en búsqueda de tesoros escondidos y millones de cosas que por alguna razón u otra, mis padres dejaban fuera de nuestro alcance. Fue así como días previos a la Navidad pillé todos los regalos del supuesto “viejito pascuero” para mí y para mi hermana; que en verdad la Fedora -nuestra catita- se había muerto y que en su lugar había una impostora igual a ella; que más vale mantenerse alejada de los remedios y que con las perlas… no se juega.

Por más que me advertían que no hiciera esto o lo otro, era inútil. Pese a que me caía una y otra vez, al rato volvía a levantarme para seguir con una aventura diferente. Yo misma tenía que comprobar los hechos de la vida, y de nada bastaban los sermones interminables de los mayores, cuando se me había metido una idea a la cabeza. Esta curiosidad fue encontrando su curso a través de mi avidez por realizar la mayor cantidad de experiencia, las que generalmente no prosperaban en el tiempo. A veces, la motivación me duraba lo que mi entusiasmo se mantuviera vivo hasta que la estructura terminara por disolverlo completamente. Y es que todo requería de una fastidiosa disciplina y de tiempo de dedicación: clases de piano, danza clásica, scouts, ciencias, patinaje, bicicleta, teatro, pintura… Y aunque lo último lo desarrollé más con el tiempo, se podría decir que picoteé un poquito por aquí y un poquito por allá, sin profundizar en nada realmente.

A diferencia de mi hermana o de mis amigas que se iban haciendo expertas en las actividades que desarrollaban a lo largo de los años, conmigo no había caso. Poco a poco, me fui ganando la fama de “maestro chasquilla” porque se podría decir que en todo me iba relativamente bien, pero nada de lo que fuera capaz de sostener por mucho tiempo. Y fue tanto el reforzamiento de mi “no perseverancia” que lo hice parte de mi identidad, algo que con el paso del tiempo llegué a cuestionármelo seriamente. Entre risas mi entorno cercano concordaba: “La Victoria nunca persevera en nada. Es igual a su tío”.

Yo celebro a esas personas que desde niños la tuvieron siempre tan clara y que nada más fue el apoyo inicial para que comenzaran una carrera, como impulsados mágicamente por los vientos de la pasión y el entusiasmo.

¿Pero qué pasa cuando un niño o niña es diferente? ¿Cómo nos enfrentamos con alguien que se orienta más a las preguntas que a las respuestas? Y si pudiéramos hilar más fino ¿Cuánto permiso nos estamos dando hoy  para ser investigadores en la vida? ¿Contra quién nos comparamos? O ¿Quiénes son nuestros referentes?

A veces nos empecinamos por hacer que el niño termine lo que empezó a como dé lugar. Sino, quién sabe lo que pueda ocurrirle después en la vida adulta… Y nadie quiere a los fracasados después. Pero el tema es que cada persona tiene sus propios ritmos y acercamiento al mundo. Hay quienes necesitan abrir el abanico más amplio de posibilidades para luego elegir uno, dos o más caminos a seguir. Pero muchas veces la sociedad no espera y sin importar si el ser humano está preparado, ya nos encarrila por la vía científico o humanista, por las artes o la ciencia o por una carrera específica. Y aunque sea cierto que también existen los bachilleratos como alternativa, los que ingresan en este tipo de planes de estudios saben que tienen las horas contadas para decidirse ya que el mundo laboral demanda ciertas edades específicas según el rol que se quiera desempeñar. Como sea, la cosa es que yo veo que siempre estamos apurados y corriendo por un sistema que nos fuerzas a encarrilarnos lo antes posible y divagar lo menos posible. Casi como ese juego de las sillitas en las que cuando se acababa la música cada niño debía correr a sentarse sino quedaba automáticamente fuera. A mi me ponía tan nerviosa ese jueguito... Unos nervios parecidos a los que he sentido por intentar asegurarme un espacio en la vida. Por esto yo celebro sinceramente y admiro a aquellos quienes deciden anteponer sus intereses y sueños personales y poner, por ejemplo, sus carreras stand by para irse de viaje. Ellos se lanzan a la aventura, pese a las incertidumbres que les plantee el mercado laboral posteriormente. Y lo mismo se aplica para los que comienzan un emprendimiento del tipo que sea.

Nuestra sociedad valora tanto los moldes establecidos para el progreso. Esos mismos que frente a los ojos del mundo ya parecen tan limitados y pasados de moda, pero que aquí aún siguen más arraigados que las raíces de los “baobabs” sacadas del cuento El Principito. Yo lo veía a diario en mi rol de “Head Hunter” en la consultora donde trabajaba: Si estudias la tan ponderada ingeniería comercial (que por supuesto no da lo mismo dónde), luego ingresas a una importante compañía multinacional que te de la plataforma para proyectarte tanto nacional como internacionalmente, así de paso incorporas bien el inglés… Todo cosa que a los 30 años ya puedas oler la anhelada “gerencia” en lo que sea y con un puñado de buenos ejecutivos bajo tu cargo para que entrenes con ellos tus habilidades de liderazgo. ¡Ah! Y por supuesto no se te vaya ocurrir estar saltando de un trabajo a otro. Mínimo tres años de permanencia… no vaya a ser cosa que te condenen por “inestable” o lo que sería peor aún “conflictivo o flojo”. Si la estás pasando mal, no importa. Tienes que ser fuerte y saber aguantar. Total, por algo te están pagando y todo lo que siembres hoy podrás cosecharlo mañana.

Tantas veces me vi en el dilema de presentar o no a una compañía-cliente a un excelente periodista para marketing, publicista o un agrónomo que había desarrollado una trayectoria comercial para una posición de ventas. Lamentablemente, la mayoría de los casos me los bajaban a todos sin antes darse el tiempo de conocerlos. De nada les valía su potencial, experiencia y motivación por el cargo ofrecido.

Ante este escenario, poco espacio nos va quedando para explorar nuevos caminos y construir una carrera que realmente nos satisfaga plenamente. ¿Se puede hacer? Por supuesto que sí. Pero hay que ser conscientes de que en la ruta se encontrarán enemigos temibles como, por ejemplo, los prejuicios y unas cuantas puertas que se cerrarán a causa de los mismos.

Y me da impotencia ver como se desperdicia muchas veces tanto talento por desconocimiento o simplemente ignorancia. Ver que en otros países se valora tanto el que una persona haya transitado por diferentes caminos, haya trazado diferentes rutas y avanzado por direcciones diferentes con tal de ser la persona que hoy en día es. Que alguien haya experimentado varias veces el abrir un negocio, aunque éste haya quebrado o debido cerrar por resultados bajo lo esperado, es de un valor digno de subrayar con destacador amarillo o anaranjado flúor.

Si se trata de comenzar a cambiar nuestras estructuras en pos de abrir nuevos espacios para la diversidad, pienso que el primer paso es cuestionar lo establecido. Y este proceso pasa por la propia vida. Relativizar nuestros criterios de selección en el sentido amplio de la palabra. Comenzar (o continuar, según sea el caso) a explorar diferentes alternativas en la vida. Desde las más profundas como concepciones, paradigmas, trabajo, roles, modelos de crianza, parejas; hasta las más cotidianas como deportes, peinados, colores, trayectos para ir y volver al trabajo… y al infinito.

Atrevámonos a romper las rutinas y los moldes… experimentemos qué se siente. Quizás sea un primer paso para vivir la vida más libremente y desafiar los caminos estructurados que sociedades como la chilena te plantea para sigas sin decir ni pío. ¿Cómo será el empoderarse del sentido de la libertad y del ser felices? ¿Por qué no probar hasta que ya no tengamos fuerzas para seguir haciéndolo? Pienso en lo corta que es la vida y en lo fugaz del presente como para andar conformándose con este reino grande o pequeño que hemos logrado.

Seguro de que aún estamos a tiempo de probar y más aún las nuevas generaciones. Insto a los padres, tíos, educadores y toda la matriz que rodea al niño a dejarlo a que explore, busque lo que realmente le gusta y no tenga temor de abandonar si no era lo que quería. Me imagino en la posibilidad de tener diferentes vidas en una. Matizar con todas las posibilidades que llenen nuestra alma de plenitud y satisfacción.

Despertemos a nuestro buscador interno. Olvidémonos por un rato del temor al fracaso y dejemos de lado esa dependencia adquirida al éxito, ya que con el tiempo no hace más que transformarnos en una sociedad llena de exitismo, vacío y apego a lo conocido... a lo seguro. Y para experimentar hay que cargar una mochila con herramientas que nos ayuden transitar por las caídas y las decepciones propias de los viajes largos. Comprobaremos que somos más fuertes de lo que pensamos y que una vez en el piso constataremos las fuerzas para levantarnos y seguir adelante… o sino ¿Qué más queda?

De esta manera, probablemente podamos abrir mayor espacio a los nuevos Humbertos Maturanas, Alejandros Aravenas y Chinos Ríos…

lunes, 11 de enero de 2016

Hogar, dulce hogar...


¿Para quién no es fundamental encontrar “su” lugar en el mundo? Y en el más literal de los sentidos. Un espacio que sea capaz de contener física y emocionalmente todas las complejas dinámicas que ocurren en la vida de una persona, en interacción tanto con el mundo como consigo misma.

A partir del día en que volé del nido que me albergó desde mi infancia hasta que terminé la universidad, he tenido tantos cambios de casa que prácticamente ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que he atravesado por el fastidioso proceso de embalar, transportar y sobre todo, botar a la basura cosas inútiles que se acumulan con el paso del tiempo bajo la mala excusa de que quizás algún día sirvan. Eso casi nunca ocurre y el hecho es que al levantar ancla para emprender nuevos rumbos, descubro que nuevamente he amontonado un cerro infinito de papeles, ropa, maquillaje y cajitas de cosas de-las-que-mejor-sería-desapegarse.

Desde que comencé una vida en pareja, he tenido prácticamente un cambio de casa por año. Y ya son ocho años los que llevo con él, así es que es la cuenta es fácil: ocho búsquedas, ocho negociaciones con los bancos, ocho momentos de espera por una respuesta afirmativa o negativa… ¡Ocho terremotos vitales y de grado ocho en la escala de Richter!

Durante muchísimo tiempo no fuimos capaces de encontrar qué tipo de hogar era el que se acomodaba a nuestro estilo de vida y personalidad. El peregrinaje comenzó en Chicureo, sector de Piedra Roja. Fue un acto impulsivo en el que nos dejamos llevar por la salida directa a una laguna, las dimensiones monumentales, el paisajismo, las instalaciones nuevas… todo nos cerró de manera aparentemente perfecta… ¡Soñado! Era realmente de película y representaba nuestra máxima aspiración en aquella época. Así es que después de visitarlo una única vez, esa misma tarde firmamos como dos hipnotizados, el cheque con la reserva de la casa que escogimos. Saliendo de la sala de ventas, nos abrazábamos de alegría por este acierto y esa misma noche fuimos a celebrarlo. Ni se nos pasó por la cabeza pensar en nuestro estilo más citadino, ritmo social, viajes por autopistas, peajes y una serie de ítems ocultos que hubiese sido importante dimensionar antes de tomar una decisión semejante.

Es fácil de presagiar lo que ocurrió. A los pocos meses colapsamos contra la realidad de una vida en los suburbios. Viajes todos los días, tanto en la semana para el trabajo, como los fines de semana para salir dentro o fuera de Santiago. Sin hablar del costo en tiempo y dinero para hacer los jardines, las pérgolas de estacionamiento, terrazas y una larga lista que es casi un must para los vecinos del sector ¿Resultado? Casa sola, jardín abandonado y nosotros afuera siempre. Creo que con suerte fui a visitar la laguna una mañana para tomar un café con la única conocida que hice durante esos meses de locos.

Así es que en menos de un año la vendimos para comprar otra que se veía perfecta por fuera pero que por dentro nada funcionaba… Y así sucesivamente, hasta que terminamos con una verdadera aversión inmobiliaria. Hoy me cuestiono cómo fue posible tanta locura y al mismo tiempo, trato de articular un argumento más o menos plausible para aquello que nuestros familiares y amigos no entienden.

La respuesta que tengo es que las decisiones que tomamos las hicimos basadas en lo que a nuestro juicio era socialmente valorado: la casa con patio, perros, piscina, quincho, bosquecillo de abedules, etc, etc... Quizás eso que se justificaría más en el caso de una familia numerosa para nosotros dos evidentemente carece de sentido. No me gusta el trabajo en el jardín (más allá de elegir las plantas y las flores para diseñar el patio), no sé nadar y tampoco me interesa aprender y mucho menos tengo la voluntad que se requiere para lidiar con los nidos de avispas, los techos rotos o las raíces de los árboles que obstruyen subterráneamente las cañerías de las casas. Cada semana sentía que tenía un frente diferente y esta realidad me superó.

Miro hacia atrás y ahora me río a carcajadas… ¡Qué más puedo hacer! Fines de semana completos cachureando desde el persa Bío-Bío hasta dar vueltas y vueltas por el Bazar ED para encontrar “eso” que le hacía falta a nuestra casa de paso. Tantas veces que experimentamos esa fugaz excitación por haber descubierto el juego de terrazas antiguo de hierro, el paragüero de madera de alerce, las baldosas francesas de 1920 que figuraban un tablero de ajedrez y que cubrían el piso de la antigua editorial Zig-Zag… verdaderos tesoros cuyo valor duraba lo que nos tardábamos en regresar a casa e instalarlos. De haber sabido que terminaríamos por vender todos estos hallazgos para volar lo más lejos posible, probablemente hubiésemos invertido menos energías… Pero es impensado ver más allá cuando se está tan desconectado de las necesidades del alma.

Aunque le resulte evidente al que esté leyéndome, “eso” que precisamente echábamos de menos no pasaba por una búsqueda externa. Con el tiempo descubrí que el vacío que no lográbamos llenar, tenía que ver con cuestiones mucho más profundas y que se abrían más aún por no buscar las respuestas en nosotros mismos. Sin duda que nos tocó hacer un recorrido largo hasta dar con el lugar indicado. Y es que el valor que le asignamos al trabajo, a los bienes materiales y al social establishment, nos alejaron de lo que es verdaderamente esencial. Así es que como seducidos por el canto de las sirenas, entramos en un sistema delirante donde trabajábamos únicamente para pagar la vida que estábamos consumiendo: dividendo, créditos de consumo, remodelaciones, mantenciones y una lista interminable de cosas que ya ni vale la pena mencionar. Y todo comenzó a girar en torno a este eje. Nuestras conversaciones se habían vuelto tan monótonas que ni nos dimos cuenta cuando fue que olvidamos salir a caminar, tomar un helado en la plaza, ir al cine o desayunar en la terraza un domingo por la mañana.

Hoy me pregunto qué importancia tiene mantener la casa propia si al final va a consumir tu vida, relaciones y afectos. Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por seguir moldes o realidades ajenas, como nos pasó a nosotros. Ni todos los años de terapia de pareja nos sirvieron para abrir los ojos y bajarnos de esta bicicleta antes de que tocáramos fondo en nuestra relación. Y quizás era lo que precisamente nos tenía que ocurrir para que hiciéramos el “click” que nos estaba haciendo falta.

Con el tiempo, descubrimos que lo que mejor se adapta a nuestro estilo es un departamento. Nada de casas. Por el contrario, un lugar de dimensiones precisas que con una limpieza regular quede aceptable y que dejando cerrado con llave podamos salir un fin de semana completo sin pensar en alarmas o robos en el vecindario. La casa grande se reemplaza por un lugar manejable e iluminado, closets ojalá espaciosos y en lo posible, una terracita para poder tomar un té al aire libre, guardar la bici y dejar la caja con arena de mi gata. Eso sí: No tranzo ubicación, debe estar conectado con la ciudad a como dé lugar, con cafecitos, almacenes de barrio y plazas a la mano. Ideal si está cerca de alguna estación de metro. Lo que pasa es que como ya no tengo auto, estas comodidades cobran un valor incalculable.

El acento puesto anteriormente en los metros cuadrados, potencial de inversión, aspiraciones sociales, opciones de financiamiento; fue reemplazado por lo amistoso del barrio, la comunidad de vecinos y la conexión con la ciudad. El ítem dividendo se redujo a un alquiler totalmente manejable según nuestros ingresos y con esto, mayor holgura para viajar, disfrutar y quizás ahorrar también.

En este sentido, aprendimos a dejar de mirar el pasto del vecino para abrazar aquello que tenemos y que al final no se traduce en otra cosa que no sea calidad de vida, gratitud y por qué no la anhelada felicidad.

Fue así que descubrimos un lugar increíble entre Ñuñoa y Providencia. Y de hecho, me despido por ahora porque bajaré a tomar un café al Sabor de Buenos Aires. Venden las mejores mediaslunas rellenas con jamón y queso. Mientras camine, posiblemente escucharé Mi Casa Ideal de la Colombina Parra… como para estar a tono ;-)