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miércoles, 10 de agosto de 2016

¿En dónde tejemos la ronda? Despedirse de un ser amado


¿En dónde tejemos la ronda?
¿La haremos a orillas del mar?
El mar danzará con mil olas
Haciendo una trenza de azahar.

¿La haremos al pie de los montes?
El monte nos va a contestar.
Será cuál si todas quisiesen,
¡Las piedras del mundo cantar!

¿La haremos mejor en el bosque?
La voz y la voz a trenzar,
Y cantos de niños y de aves,
Se irán en el viento a besar.

¡Haremos la ronda infinita!
¡La iremos al bosque a trenzar,
La haremos al pie de los montes
Y en todas las playas del mar!

Gabriela Mistral


Así es el espíritu de mi abuela. Suave y tibio como la brisa del mar que juega con las olas. Así ha partido de este mundo, despacito y en el silencio de un sueño profundo. Así nos deja, mientras se aleja en una gran ronda de niñas, que entre risas, giran con sus largas polleras al viento. Todas han venido por la Bruni. Todas están juntas al fin y celebran este re-encuentro. La Rosita, la Alicia, la Ema, la Anita y su querida hermana Lucy. Dan vueltas y vueltas, agarradas de la manos hasta que desaparecen dejando una estela de azahar y un susurro a “no me olviden” en nuestros corazones.

Así es cómo elijo recordarla y así declaro que permanecerá por siempre en mi memoria: Tierna hasta el cansancio, paciente, risueña, preocupada por los detalles y llenándome de besos y caricias. Bastaba con su pura sonrisa para que fuera capaz de disipar cualquier preocupación de niño. No son muchos que como ella tienen esa especial sensibilidad para escuchar a todos, sin importar quien fuera o la edad que tuviera. Y no exagero porque así nos pasamos horas completas de mi infancia, yo acostada en el suelo de parquet, aún con mi uniforme escolar y jugando con el cable del teléfono, mientras conversábamos de lo que fuera… De todo y de nada a la vez. Aunque fueron pocas, hubo veces en que se negó y yo alcanzaba a escuchar que le decía a mi tía Jimena: dígale a la Totoyita que después la llamo yo. Y siempre me cumplió.

En sus historias me llevó de viaje por Europa innumerables veces. A veces nos dirigíamos hacia la parte oriental y otras, a la occidental. A través de sus ojos conocí primero que nadie la Torre Eiffel, los canales de Venecia, los paseos de Praga y la casa de Vincent Van Gogh en Ámsterdam. Con ella preparamos disertaciones, investigamos la historia de los instrumentos musicales y de connotados poetas y escritores que abrieron mi cabeza en múltiples y coloridas direcciones.

Durante tantos años fue mi heroína, mi referente… Y a pesar de que terminara siendo destronada por los nuevos ídolos de juventud ­-que empujaban por abrirse paso en la cabecilla de una adolescente-, nunca dejé de abrazarla en mi corazón. Ella lejos de reprocharme o cuestionarme el que mis visitas fuesen cada vez más fugaces, ahí permaneció. A mi lado siempre. Con una puerta abierta para acompañarme, estar atenta a los momentos más importantes de mi vida y por supuesto, a conversar una tacita de té con galletas museo, de champaña o "criollitas".

Cómo le encantaba la vida. Era una soñadora. Por ella aprendí a valorar cuestiones que hoy me resultan fundamentales y que sencillamente ya no podría vivir sin ellas. Viajar, leer un buen libro, escuchar a mi entorno y luchar siempre por mi independencia. En este sentido, ella fue siempre una pionera libertaria y la primera mujer que conozco que consiguió que su marido le pagaran un sueldo por dejar su trabajo para volcarse a las labores domésticas. Y hablamos de la década de los ´50…

Yo sé que muchas veces se sintió sola, deprimida, tuvo miedo y que debió a renunciar a muchos sueños en pro de aquello que consideraba que era lo mejor. En otras circunstancias fue menos comprendida por ser aprehensiva y “chapada a la antigua”. Sé también que era coqueta, tiernamente vanidosa y que le faltaron ocasiones para poder estrenar la cantidad de abrigos, accesorios y carteras como ella hubiese querido. Pero no me olvido de que siempre fue una agradecida y que encaró la vida con sentido del humor. Y lo cierto es que hasta el final se reía. Mientras todas las mujeres del hogar se sentaban a conversar, quejarse o simplemente mirar por la ventana, ella como podía buscaba algún motivo para sacarte una sonrisa o burlar a sus hijos para que se animaran con ella.

Sentada en mi escritorio, observo a través de mi ventana. Pareciera que va a llover. El sol sale y se esconde caprichosamente detrás de unas nubes más densas que la espuma del mar. Quisiera tanto que en este preciso momento se oscureciera todo y que se desatara una tormenta como las que abundan en esta temporada. Aunque sea tropical. Así, sería como que el cielo me trajera un pedacito del invierno que se vive en mi país… al final del mundo.

Desde el quinto piso del edificio alcanzo a cubrir bastante bien este rincón de la gran capital de DC. Puedo ver la plaza, las antiguas y coloreadas casas neo-góticas del vecindario y el frondoso árbol que cubre prácticamente la mitad de la visibilidad con su follaje verde-verano. Se ve todo tan tranquilo. La ciudad tan silenciosa… Impávida. Cómo le cuento lo que acaba de suceder… Por allá tan lejos en mis tierras, en el otro lado del mundo. Que mi abuela acaba de fallecer y que no puedo hacer nada más que sentarme a escribir, contemplado este escenario que hoy me resulta más ajeno que nunca.

Qué sabe esta ciudad de montañas, de mar y del amor infinito que puede sentir una abuela por su nieta. Lejos, muy lejos… Por allá donde se respira el aire marino, las gaviotas vuelan como unas locas desparramadas por el cielo gris y el sonido de los barcos al zarpar, despiertan cada mañana a sus porteños habitantes. Esos mismos que encaran la vida en el día a día, con su andar sereno y una estampa tan sencilla que ya nadie pareciera advertir. Qué sabe esta ciudad… Nada. No sabe nada.

jueves, 14 de abril de 2016

Demoliendo hoteles


Estos días han sido tan revueltos. De locos. Idas y venidas, traslado de mis cosas, poner todo en orden para llegar a tiempo de cerrar “el boliche” a fin de mes y volar con nada más que mis dos maletas y mi gata de vuelta rumbo al norte del continente. Por más que me esfuerce en ser minimalista, fue inevitable enfrentarse a la agobiante selección de las cosas que se guardan con el tiempo. Y aunque sentía real aprecio por muchas, no me quedó otra que cerrar los ojos y soltar todo lo más que pude. Fue una prueba de desapego brutal, porque aunque cuente con mis amigos que me harán el favor de guardarme cosas tan preciadas como mi piano, cuadros y muebles restaurados…el dejarlos atrás me ha costado algo más de lo que pensé. “Soy tan sentimental” me recrimino siempre. Pero si me detengo un poco para reflexionar, es un costo marginal frente a este estilo de vida que resulta bien poco convencional según mis modelos familiares disponibles.

Así es que a pesar de que todavía me espera un fin de semana más de orden para terminar de desocupar la bodega y dejar vacío el departamento, soy consciente de que este camino lo estoy eligiendo yo y que a fines de este mes regresaré a Estados Unidos en busca de mis afectos y la vida que dejé stand by en noviembre del año pasado.

Haciendo un recuento hacia atrás, ya vamos a cumplir un año que iniciamos este experimento loco, un poco conversado y otro poco improvisado con Andrés. En vista de que las cosas no se veían muy bien desde el punto de vista personal y de pareja, decidimos aplicar un sistema que no truncara el desarrollo profesional de cada uno y las ganas de emprender nuevos desafíos.

De esta manera que resolvimos apartarnos de la ruta que han iniciado la mayoría de nuestros amigos y conocidos, para diseñar una vida acorde a nuestra nueva realidad y que de todas formas nos abriera las puertas para transitar por nuevas aventuras y desarrollarnos en tantos niveles como sea posible. Por nuestras profesiones y visas, la realidad es que no tenemos las mismas oportunidades y el hecho es que yo como psicóloga no puedo ejercer en ningún caso a menos que hiciera un doctorado que está nada más lejos de mis aspiraciones de corto plazo. Así es que después de abrir muchas conversaciones y negociaciones, finalmente resolvimos vivir seis meses juntos y seis meses separados durante los años que sea necesario. Y es que ninguno quiere coartar el desarrollo y la vocación del otro.

En mi experiencia, cuando se opta por una familia de a dos -vale decir sin hijos- uno de los valores fundamentales que se ponen sobre la mesa es una libertad infinita para viajar, emprender, estudiar y hacer todas esas cosas descabelladas que siempre soñaste pero que tarde o temprano debes renunciar por un buen tiempo hasta que tus hijos sean independientes. Quizás lo que se tranza acá es la estabilidad a cambio de la libertad.

En una oportunidad, terapiándome con mi psicóloga yo le preguntaba con preocupación qué pasaba con mis raíces, que sentía como si no tuviera. Un cambio tras otro, de casa, de ocupación, de ideas y proyectos. Recuerdo que después de hacerme abrazar los árboles de una plaza por un largo rato, me dijo algo que me hizo tanto sentido y que tiene que ver con el hecho de que hay personas más etéreas que otras, pero que no significa que no tengan arraigo. Por el contrario, si lo tienen pero sus raíces no son las cosas ni los lugares, sino que las relaciones. Y en mi caso es así. Vivo rodeada de amigos entrañables con los que he cultivado relaciones profundas y en realidad es la gente que quiero la que me hace volver a los lugares y me da la libertad de partir en un nuevo viaje ya que de alguna forma siempre están conmigo. Conectados permanentemente.

Aterrizando todas estas reflexiones a un plano más concreto, la ruta se despeja de la niebla que me producen los temores y el mirar para el costado. Así es que mientras esté en Estados Unidos podré dedicarme de cabeza a escribir y acá en Chile, continuar con mis procesos de coaching individual y organizacional. No tengo idea cuánto iremos a sostener este sistema, pero lo cierto es que le da un nuevo impulso a una relación que venía a la baja desde hace ya un tiempo. Y no creo que él se enoje al leer esto que escribo porque es la pura verdad.

Después de cuestionamientos eternos e infinidades de planes que no pasaron de ser propuestas para morir en el océano de las intenciones, hoy siento que por primera vez nos decidimos en dar un salto motivado ya no desde la plataforma del “deber” sino que impulsados por el trampolín del “querer”. Mi sensación es de no tener límites para nada. Es un volver a descubrir el mundo y ver la vida con nuevos ojos para comenzar a trazarla desde ahí. Siento que de alguna forma me cansé de ser la oveja que sigue fielmente a un rebaño desprovisto de sentido, solo para cumplir con los mandatos sociales establecidos. Siendo bien honesta, tampoco cuento con la disposición anímica para resignarme a esta condición. Algo en mi se ha despertado, un fuego interno y rebelde que se resiste a seguir buscando encajar o amoldarse para ser aceptado. Muchos años perdí en este camino estéril. Por el contrario, mi declaración hoy es fluir con la vida y con aquello esta vez se acomode sin necesidad de forzar su curso natural. Quizás con qué me sorprenda.


Sé que muchas personas que forman parte de nuestro entorno no lo entienden y tampoco espero que lo hagan. La verdad es que si me lo hubiesen contado hace un par de años, cuanto estaba en medio de los tratamientos de fertilidad y las terapias de pareja, jamás lo hubiese creído. Pero mi realidad de hoy es muy distinta y ya no estoy dispuesta a seguir empeñando mi felicidad por nada ni por nadie. He dicho.

domingo, 20 de marzo de 2016

¿Estás enfermo? ¡Empodérate y de cabeza a investigar!


www.forodelzocalo.cl
www.portalesmedicos.com
www.minsal.cl
www.cancer.org

Cada vez que se mencionaba la palabra exámenes me fastidiaba tremendamente. Cualquier expresión que aludiera a “PAP”, tratamiento, chequeo anual, antibióticos, radiografías, eco-tomografías, me ponía los pelos de punta. Todo lo que tenía que ver con la salud de la medicina tradicional para mí representaba un camino en el que se sabía cuándo comenzaba pero ni idea cuándo terminaba. Desde que tengo memoria evitaba a toda costa ir al doc por temor a que me dijera: “Bueno, tenemos que hacer “X” para descartar “Y”, pero si es “Z” hay que investigar si... bla bla bla...”.

Y esta especie de resistencia médica se reforzaba por malas experiencias. Para llegar a determinar mi intolerancia a la lactosa, por ejemplo, peregriné por cuanto doctor hubo, pasando por diferentes diagnósticos, unos más lapidarios que otros que determinaron desde mal de Crohn hasta celiaquía. No conforme con ninguna de estas etiquetas, además del malestar que persistía, continuaba en la búsqueda de un alivio más sostenido. Mi calvario terminó cuando una doctora gastroenteróloga me hizo exámenes de sangre específicos y determinó que retirando ciertos productos de mi dieta mi vida volvería a la completa normalidad. Y así fue ¡Menos mal haber caído en sus manos!

Como resultado, iba lo justo y necesario. Solo cuando me estaba muriendo y ya sentía que no podía seguir en pie, cedía ante la presión de mi familia para sacar hora y dejarme ver por manos especialistas. Pero las cosas cambiaron cuando cumplí 30 años y quisimos con mi esposo tener un hijo. Nunca imaginamos siquiera lo que nos esperaba.

Como tomé pastillas anticonceptivas por años me hicieron una serie de exámenes de menos a más invasivos que arrojaron un diagnóstico inesperado. Trompas obstruidas y una baja reserva ovárica en relación a una mujer de mi edad que conducía de manera inevitable a tomar la vía de la fertilización in vitro. La ginecóloga especialista fue tajante en este punto: “si quieren ser padres este es el único camino. Ya lo revisamos en junta médica así es que todos los doctores están de acuerdo”.

Ocurrió que por una mezcla de confianza y falta de proactividad de nuestra parte, nos dejamos llevar a ojos cerrados por un camino de tratamientos que nos trajo más desazones que aciertos. Y es que cuando como paciente no te empoderas de tu situación y no tomas un rol activo, puedes caer en un espiral de confusiones bastante grande como nos pasó a nosotros.

Después de 4 ICSIS (inyección intra-citoplasmática de esperatozoides), dos concluidas y dos interrumpidas, una operación para destapar las trompas y un raspaje de útero para sacar unos pólipos… llegué a la conclusión de que antes de embarcarse en algún tratamiento, primero es clave armar una ruta de trabajo en tu casa antes de presentarse en la consulta. Por evidente que parezca, es muchísimo lo que se gana en términos de enriquecer las conversaciones, abrir alternativas y profundizar en el caso particular cuando ya se tiene más menos una idea de posibles enfermedades, tratamientos o medicamentos.

Por qué digo esto: porque en nuestro caso cuando un tratamiento no resultaba, recién ahí se tomaba una medida correctiva que a veces no era más que tomar vitaminas o un desinflamatorio de amplio espectro para preparar al útero antes de ser implantado con un embrión. Todo me parecía tan a ciegas y recién contra resultados, se consideraba una acción preventiva para descartar que en el futuro ocurra un fracaso nuevamente. Y yo pensaba: “Por qué no partimos ahí primero”. Pero siempre me callé y el precio que pagamos fue alto. Hablamos de 5 ó 6 millones más por cada intento además de ver cómo toda la ilusión de ser padres se estrellaba contra la muralla. Así se nos fue lo que representaba una fortuna sin darnos cuenta, impulsados por las voces que nos decían ahora sí aumentaríamos las posibilidades de embarazo.

Pero la gota que rebalsó el vaso resultó ser que internamente el relieve del útero tenía múltiples pólipos que impedirían que cualquier embrión anidara para un posterior desarrollo. Y era tan evidente la morfología anómala que el médico ginecólogo que hizo el examen y que trabajaba en una unidad distinta a la de fertilidad, me pidió que una vez que terminara de vestirme lo esperara afuera para que pudiéramos conversar un momento. Ahí me dijo que a su juicio lo que habían cometido conmigo era de una negligencia grave porque todas las “in vitro” anteriores estuvieron desde el día 1 destinadas al fracaso. Él habiendo realizado este examen simple en el que se muestra la morfología interna a través de un líquido de contraste, se dio cuenta de lo evidente. Así es que un mes más tarde, estaba entrando al quirófano nuevamente para un raspaje que emparejara y limpiara las paredes.

Me di cuenta que con el cerro de casos que los doctores atienden no necesariamente se toman el tiempo para estudiar a cabalidad la realidad de una persona, de manera individualizada y profunda. A veces siguen un protocolo bien estricto y cierran de antemano caminos que si el paciente no propone, se pierden definitivamente como posibilidades para él.

En nuestro caso, después de toda esta experiencia comenzamos a investigar en la web, participar de diversos foros y pedir nuevas opiniones. Fue tanta la información que recibimos que se podría decir que hicimos un doctorado teórico y práctico en materia de fertilidad. Llegamos incluso a Estados Unidos que lleva añares de investigación y experiencia al respecto.

Las cosas cambiaron radicalmente. Con un diagnóstico claro, pudimos tomar otras decisiones y a pesar de que finalmente resolvimos conformar una familia de a dos, sin hijos, nos quedamos con la tranquilidad de que movimos cielo y tierra para encontrar las respuestas.

Yo pienso que esta podría ser una mirada de cualquier persona frente a su salud, no importa el diagnóstico, si es cáncer, endometriosis o alguna enfermedad degenerativa. Hoy en día las redes ofrecen un océano de información y experiencia de personas que han padecido situaciones similares para armarnos un esquema y llegar frente al médico con los ojos más abiertos. Nadie dice que uno sepa más que ellos, pero el cuerpo es propio y siempre podemos elegir alguna alternativa sin importar la gravedad de nuestro estado. La cuestión es empoderarse y exigir explicaciones, alternativas, aclaraciones de por qué en tal país se aplican tales procedimientos o si es posible replicarlos para tener mejores resultados. Pero si no investigamos y nos entregamos a ojos cerrados, evidentemente que el campo de posibilidades se restringe.

Pienso que como sociedad, debiéramos dejar de tener el rol pasivo o de acallarnos frente a la “autoridad” médica. Y si el especialista no se siente cómodo o nos objeta una actitud más participativa, habría que cuestionarse si es el mejor especialista para nosotros. No porque sea una eminencia o trabaje en la mejor clínica, necesariamente siempre vaya a estar en lo correcto.

Tengo casos cercanos de amigas que entraron a pabellón confiados en que les harían una revisión o limpieza y salieron con una trompa de Falopio menos, por ejemplo. Situaciones como estas no pueden seguir ocurriendo. Por esto se hace tan importante tener una presencia activa en el camino de tu recuperación, preguntar por alternativas, presupuestos, prácticas experimentales, etc. etc.


No se trata de instalar un clima de desconfianza ni mucho menos de “guerrilla” en la consulta, sino que de aunar fuerzas con los especialistas de lo que sean, en beneficio de nuestra propia salud y nuestra propia vida. Al final, siento que no podemos delegar en otros -por más que cuenten con todas las certificaciones en las mejores universidades del mundo- nuestra salud completamente. Somos responsables por nosotros mismos y todo lo que aprendamos de nuestro cuerpo, a partir de la constatación de cómo nos sentimos, reacción con los medicamentos, experimentación con medicina alternativa, se traducirá en una mejor calidad de vida.

domingo, 24 de enero de 2016

Buscadores insaciables


He mirado por debajo de las sillas
He mirado por debajo de las mesas
He tratado de encontrar la clave
A cincuenta millones de fábulas
Me llaman El Buscador

The Seeker – The Who

Desde chica siempre fui una niña muy curiosa... pero MUY. Como para hacerse una idea, aprendí a movilizarme por mi propia cuenta a partir de los nueve meses y ya a los pocos años parecía una verdadera araña encaramada a los clósets en búsqueda de tesoros escondidos y millones de cosas que por alguna razón u otra, mis padres dejaban fuera de nuestro alcance. Fue así como días previos a la Navidad pillé todos los regalos del supuesto “viejito pascuero” para mí y para mi hermana; que en verdad la Fedora -nuestra catita- se había muerto y que en su lugar había una impostora igual a ella; que más vale mantenerse alejada de los remedios y que con las perlas… no se juega.

Por más que me advertían que no hiciera esto o lo otro, era inútil. Pese a que me caía una y otra vez, al rato volvía a levantarme para seguir con una aventura diferente. Yo misma tenía que comprobar los hechos de la vida, y de nada bastaban los sermones interminables de los mayores, cuando se me había metido una idea a la cabeza. Esta curiosidad fue encontrando su curso a través de mi avidez por realizar la mayor cantidad de experiencia, las que generalmente no prosperaban en el tiempo. A veces, la motivación me duraba lo que mi entusiasmo se mantuviera vivo hasta que la estructura terminara por disolverlo completamente. Y es que todo requería de una fastidiosa disciplina y de tiempo de dedicación: clases de piano, danza clásica, scouts, ciencias, patinaje, bicicleta, teatro, pintura… Y aunque lo último lo desarrollé más con el tiempo, se podría decir que picoteé un poquito por aquí y un poquito por allá, sin profundizar en nada realmente.

A diferencia de mi hermana o de mis amigas que se iban haciendo expertas en las actividades que desarrollaban a lo largo de los años, conmigo no había caso. Poco a poco, me fui ganando la fama de “maestro chasquilla” porque se podría decir que en todo me iba relativamente bien, pero nada de lo que fuera capaz de sostener por mucho tiempo. Y fue tanto el reforzamiento de mi “no perseverancia” que lo hice parte de mi identidad, algo que con el paso del tiempo llegué a cuestionármelo seriamente. Entre risas mi entorno cercano concordaba: “La Victoria nunca persevera en nada. Es igual a su tío”.

Yo celebro a esas personas que desde niños la tuvieron siempre tan clara y que nada más fue el apoyo inicial para que comenzaran una carrera, como impulsados mágicamente por los vientos de la pasión y el entusiasmo.

¿Pero qué pasa cuando un niño o niña es diferente? ¿Cómo nos enfrentamos con alguien que se orienta más a las preguntas que a las respuestas? Y si pudiéramos hilar más fino ¿Cuánto permiso nos estamos dando hoy  para ser investigadores en la vida? ¿Contra quién nos comparamos? O ¿Quiénes son nuestros referentes?

A veces nos empecinamos por hacer que el niño termine lo que empezó a como dé lugar. Sino, quién sabe lo que pueda ocurrirle después en la vida adulta… Y nadie quiere a los fracasados después. Pero el tema es que cada persona tiene sus propios ritmos y acercamiento al mundo. Hay quienes necesitan abrir el abanico más amplio de posibilidades para luego elegir uno, dos o más caminos a seguir. Pero muchas veces la sociedad no espera y sin importar si el ser humano está preparado, ya nos encarrila por la vía científico o humanista, por las artes o la ciencia o por una carrera específica. Y aunque sea cierto que también existen los bachilleratos como alternativa, los que ingresan en este tipo de planes de estudios saben que tienen las horas contadas para decidirse ya que el mundo laboral demanda ciertas edades específicas según el rol que se quiera desempeñar. Como sea, la cosa es que yo veo que siempre estamos apurados y corriendo por un sistema que nos fuerzas a encarrilarnos lo antes posible y divagar lo menos posible. Casi como ese juego de las sillitas en las que cuando se acababa la música cada niño debía correr a sentarse sino quedaba automáticamente fuera. A mi me ponía tan nerviosa ese jueguito... Unos nervios parecidos a los que he sentido por intentar asegurarme un espacio en la vida. Por esto yo celebro sinceramente y admiro a aquellos quienes deciden anteponer sus intereses y sueños personales y poner, por ejemplo, sus carreras stand by para irse de viaje. Ellos se lanzan a la aventura, pese a las incertidumbres que les plantee el mercado laboral posteriormente. Y lo mismo se aplica para los que comienzan un emprendimiento del tipo que sea.

Nuestra sociedad valora tanto los moldes establecidos para el progreso. Esos mismos que frente a los ojos del mundo ya parecen tan limitados y pasados de moda, pero que aquí aún siguen más arraigados que las raíces de los “baobabs” sacadas del cuento El Principito. Yo lo veía a diario en mi rol de “Head Hunter” en la consultora donde trabajaba: Si estudias la tan ponderada ingeniería comercial (que por supuesto no da lo mismo dónde), luego ingresas a una importante compañía multinacional que te de la plataforma para proyectarte tanto nacional como internacionalmente, así de paso incorporas bien el inglés… Todo cosa que a los 30 años ya puedas oler la anhelada “gerencia” en lo que sea y con un puñado de buenos ejecutivos bajo tu cargo para que entrenes con ellos tus habilidades de liderazgo. ¡Ah! Y por supuesto no se te vaya ocurrir estar saltando de un trabajo a otro. Mínimo tres años de permanencia… no vaya a ser cosa que te condenen por “inestable” o lo que sería peor aún “conflictivo o flojo”. Si la estás pasando mal, no importa. Tienes que ser fuerte y saber aguantar. Total, por algo te están pagando y todo lo que siembres hoy podrás cosecharlo mañana.

Tantas veces me vi en el dilema de presentar o no a una compañía-cliente a un excelente periodista para marketing, publicista o un agrónomo que había desarrollado una trayectoria comercial para una posición de ventas. Lamentablemente, la mayoría de los casos me los bajaban a todos sin antes darse el tiempo de conocerlos. De nada les valía su potencial, experiencia y motivación por el cargo ofrecido.

Ante este escenario, poco espacio nos va quedando para explorar nuevos caminos y construir una carrera que realmente nos satisfaga plenamente. ¿Se puede hacer? Por supuesto que sí. Pero hay que ser conscientes de que en la ruta se encontrarán enemigos temibles como, por ejemplo, los prejuicios y unas cuantas puertas que se cerrarán a causa de los mismos.

Y me da impotencia ver como se desperdicia muchas veces tanto talento por desconocimiento o simplemente ignorancia. Ver que en otros países se valora tanto el que una persona haya transitado por diferentes caminos, haya trazado diferentes rutas y avanzado por direcciones diferentes con tal de ser la persona que hoy en día es. Que alguien haya experimentado varias veces el abrir un negocio, aunque éste haya quebrado o debido cerrar por resultados bajo lo esperado, es de un valor digno de subrayar con destacador amarillo o anaranjado flúor.

Si se trata de comenzar a cambiar nuestras estructuras en pos de abrir nuevos espacios para la diversidad, pienso que el primer paso es cuestionar lo establecido. Y este proceso pasa por la propia vida. Relativizar nuestros criterios de selección en el sentido amplio de la palabra. Comenzar (o continuar, según sea el caso) a explorar diferentes alternativas en la vida. Desde las más profundas como concepciones, paradigmas, trabajo, roles, modelos de crianza, parejas; hasta las más cotidianas como deportes, peinados, colores, trayectos para ir y volver al trabajo… y al infinito.

Atrevámonos a romper las rutinas y los moldes… experimentemos qué se siente. Quizás sea un primer paso para vivir la vida más libremente y desafiar los caminos estructurados que sociedades como la chilena te plantea para sigas sin decir ni pío. ¿Cómo será el empoderarse del sentido de la libertad y del ser felices? ¿Por qué no probar hasta que ya no tengamos fuerzas para seguir haciéndolo? Pienso en lo corta que es la vida y en lo fugaz del presente como para andar conformándose con este reino grande o pequeño que hemos logrado.

Seguro de que aún estamos a tiempo de probar y más aún las nuevas generaciones. Insto a los padres, tíos, educadores y toda la matriz que rodea al niño a dejarlo a que explore, busque lo que realmente le gusta y no tenga temor de abandonar si no era lo que quería. Me imagino en la posibilidad de tener diferentes vidas en una. Matizar con todas las posibilidades que llenen nuestra alma de plenitud y satisfacción.

Despertemos a nuestro buscador interno. Olvidémonos por un rato del temor al fracaso y dejemos de lado esa dependencia adquirida al éxito, ya que con el tiempo no hace más que transformarnos en una sociedad llena de exitismo, vacío y apego a lo conocido... a lo seguro. Y para experimentar hay que cargar una mochila con herramientas que nos ayuden transitar por las caídas y las decepciones propias de los viajes largos. Comprobaremos que somos más fuertes de lo que pensamos y que una vez en el piso constataremos las fuerzas para levantarnos y seguir adelante… o sino ¿Qué más queda?

De esta manera, probablemente podamos abrir mayor espacio a los nuevos Humbertos Maturanas, Alejandros Aravenas y Chinos Ríos…

martes, 19 de enero de 2016

Para los hijos de la violencia


Hoy hablaré de mi generación. O mejor dicho, un pedacito de ella. Debo decir que el tema me incomoda un poco. No me gusta. Quizás sea porque todavía me da vergüenza y me cuesta también reconocerlo. Sobre todo a estas alturas.

Es más, quise hacer un experimento previo. Se me ocurrió preguntarle a un grupo de amigos sobre la cuestión con el fin explorar antes de publicar algo al respecto. Me interesaba conocer otras experiencias cercanas y la pregunta que les dejé caer de un momento a otro fue: “¿A ustedes les pegaron alguna vez cuando chicos?” La reacción inmediata fue repetida a coro: “Nooooooo”.

Me quedé muda y el silencio se impuso en el lugar. Mejor cambiar el tema, pensé. Pero no quise. Algo me frenó, así es que volví a insistir a riesgo de no ser comprendida. “¿En serio? ¡Bah! Entonces yo fui la única a quien le pegaron. Qué mala suerte”. Me eché un tremendo roll de camarón tempura envuelto en palta a la boca, y en seguida a otro para no seguir hablando como suele pasarme cuando me pongo nerviosa. Mientras masticaba, sentía que la presión se me había subido a la cabeza. El corazón latía fuerte y mi cara ardía. No quería que me vieran con lástima o extrañeza, aunque era evidente que ya me sentía como un bicho raro… Acaso era la única extraterrestre a quien sus padres solían mechonear o violentar físicamente cuando con mi hermana no nos comportábamos como era esperable por ellos.

Pero después de un rato y de aterrizar la conversación a situaciones más concretas, resultó ser que ya no era la única. Eran varios los que alguna vez sufrieron desde cachetadas o coscorrones hasta correazos o tirones por las patillas.

Una cosa que me llamó la atención es la tendencia a minimizar los hechos: “Bueno, a quién no lo agarraron de las mechas cuando soltó al conejo de la jaula, rompió el jarrón de porcelana mientras hacía una pataleta o hizo llorar a la hermanita pequeña” o entre risas “Y el clásico pellizco de la mamá por debajo de la mesa para que los invitados no vieran. Ese dolía más que la cresta”. El mismo amigo recordó que su madre siempre le decía: “¿Vamos al baño?” y como ya sabía la tanda que le esperaba allí, en un arrebato de rebeldía y delante de todos, le gritó “¡No pienso! ¡Siempre me pegas cuando vamos al baño!”… Pero la sentencia ya se había dictaminado y de nada bastó que sus tíos intentaran abogar por él, porque al final de la noche y habiéndose ido el último invitado, el pobrecito sufrió las consecuencias y por partida doble por desobediente e insurrecto. Otra amiga contaba como a los cinco años y harta de que le tiraran el flequillo por cualquier cosa, un día se encerró en la pieza y se lo cortó casi al rape con la primera tijera que encontró. Acto seguido, apareció donde su mamá con un pelón impresionante y ante la cara estupefacta de ella le advirtió: “Ahora nadie va a poder tirarme más la chasquilla. Nunca más”.

Todos nos reímos por un buen rato de estos testimonios. Y así fueron apareciendo otros recuerdos hasta que prácticamente ocho de unos diez u once amigos, habíamos tenido más de un abuso de fuerza por parte de nuestros progenitores o algún adulto responsable de nuestra crianza. En general, varios estaban de acuerdo con que este el peor camino para disciplinar a sus niños pero también hubo quienes apoyaron esta práctica.

“Es bueno pegarle a los niños de vez en cuando. De lo contrario, se te suben a la cabeza”. Dijo una chica y su esposo estuvo de acuerdo. Por más que agradezca la sinceridad, a mí me choca tanto oírlo porque no podría estar más en desacuerdo con esa medida. No sé… es como que la rabia me invade y ya pierdo toda objetividad.

Así es que como no estoy en el corazón de nadie y sólo puedo hablar de lo que me pasó a mí, esta vez voy a referirme de las consecuencias que estas vivencias han tenido sobre mi personalidad y también cómo influyeron en las elecciones que fui haciendo durante la vida. Y es que el castigo físico me llevó a ser una niña muy tímida y extremadamente insegura. Con un miedo a la autoridad tremendo. Era cosa de ver a un adulto enojarse, ya fuera un vecino, profesor, papá de alguna amiguita o tío, para que la ansiedad me embargara completamente y de alguna u otra forma, terminara “achacándome” internamente las responsabilidades de lo que ocurría.

Hoy puedo mirar hacia atrás y constatar las implicancias que ha tenido crecer con la represión concentrada la garganta. En ocasiones dejarme pasar a llevar por jefes maltratadores en el trabajo, callar mis puntos de vista, no defender mis derechos como consumidor, no atreverme a hacer cosas que quería y dejé pasar, por temor a las consecuencias, indecisión extrema… en fin. Podría enumerar hacia abajo los efectos de una crianza autoritaria pero no viene al caso. Qué lata además.

Mi punto es otro. Y es simplemente plantear la necesidad a nivel colectivo de una educación más integral que incorpore el campo cognitivo con el emocional. Una formación más amorosa y aceptadora que desde pequeños nos enseñe a reconocer nuestras emociones y sentimientos. Si el niño tiene una pataleta, quizás antes de anticipar que “está manipulando o anda con la maña” podría enseñársele a identificar qué es aquello que está sintiendo. Como adulto hacer el ejercicio de detenerse un poco y atender la situación, sin reaccionar con el piloto automático. Preguntas tan simples que indaguen el campo de experiencias como “¿Qué es lo que te da pena? ¿Por qué? ¿Qué sientes cuando esto pasa?”, por ejemplo, pueden contribuir poderosamente para que aprenda a identificar qué le ocurre, entender su reacción y en consecuencia, conocerse a sí mismo.

Pero cuando se utiliza el castigo inmediato como medida de represión, no educamos nada. Autoconocimiento: las pelotas. Así pasa el tiempo hasta que ya somos adultos y no sabemos identificar qué nos ocurre y por qué. Y si pensáramos, por ejemplo, que la autoestima es la piedra angular para una vida más plena, con elecciones conscientes sobre el tipo de pareja que nos hace mejor, profesión u oficio, estilo de vida, la cuestión ya cobra otro matiz. Es sabido por casi todos que durante la edad temprana se forjan a fuego cuestiones tan esenciales como la confianza tanto hacia el mundo como hacia sí mismos.

Pero en cambio observo a mi alrededor, pienso en los niveles de depresión, stress y tantas otras afecciones contemporáneas que digo cuánto hay de nuestras historias puesto acá.  “Por la razón o la fuerza” dice nuestro escudo. Miro para atrás en mis líneas familiares y veo generaciones que se pierden en el pasado, con la misma historia pero con mayor brutalidad. Abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, tatara-tara abuelos… inmigrantes que vinieron de Europa huyendo de la postguerra y con una serie de traumas que iban desde el desarraigo absoluto y el shock por haber vivido en carne propia los horrores de las miserias humanas. No tengo idea, si bien las dosis de violencia se han ido dosificando, en materia de salud mental la prevalencia de diferentes trastornos en nuestra sociedad actual, me llevan a pensar en dolencias del alma que de alguna forma es necesario que comencemos a mirar para reparar en nosotros mismos y evolucionar hacia las generaciones venideras o que hoy se están formando.

Durante mi paso por psicología, coaching y meditación, fui reparando lo que toda mi infancia y adolescencia se constituyó en una herida abierta que me costó años cicatrizar. Fueron años de trabajo porque al principio tendí a negar lo ocurrido, no pensaba en ello, pero bastaba una situación que me pareciera injusta, para accionar un botón que me hacía estallar en rabia y pena de manera bien poco proporcionada para la situación a veces. Pero no lo podía controlar. Después de un rato y con los ojos rojos aún, me daba cuenta de que había sobredimensionado los hechos, pero a veces era tarde y lo había pasado tan mal que me costaba rearmarme para seguir adelante. Sin embargo, hoy puedo decir que lo hice o por lo menos en gran medida, porque logré perdonar y aceptar la realidad como parte de toda una historia donde desde generaciones hacia atrás se perpetuó la violencia como método disciplinario.

Así es que cuando con la compañía de personas claves que me ayudaron -entre ellas mi psicóloga y amiga Karen Moënne a quien le dedico esta nota- por fin lo acepté. Y aunque no lo comparta por ningún motivo, hoy lo acepto como parte de mi historia, de lo que me tocó vivir y por último gracias a quien soy hoy en día. Celebro en el alma haberme liberado del resentimiento en el que estuve atrapada por años de años. Así es que nunca es tarde. Y si hoy pongo a disposición mi experiencia para invitar a quienes sepan de lo que hablo a no sentir temor de mirarlo y reconocerlo. Quizás como a mi les pase que les cueste poner límites, decir que no y hacer valer algo tan simple como una opinión. Como sea, creo que lo importante es procurar sanarse a uno mismo. De la manera que sea para no repetir y perpetuar la pauta con las generaciones venideras.


Ahora voy a llamar a mis papás para contarles que publicaré esto. No quiero que se sientan mal porque ellos a sus veintitantos años, también estaban aprendiendo con las herramientas que tenían. Y pese a su inexperiencia, tuvieron miles de otros aciertos… de los cuales más allá de habernos dado la vida, siempre les estaré agradecida.