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domingo, 17 de julio de 2016

Armando, el mago de los jugos



Me gusta el olor que tienen la mañana,
Me gusta el primer traguito de café, 

Sentir como el sol se asoma en mi ventana, 

Y me llena la mirada, de un hermoso amanecer. 

Me gusta escuchar la paz de las montañas, 

Mirar los colores del atardecer, 

Sentir en mis pies la arena de la playa, 

Y lo dulce de la caña, cuando beso a mi mujer.

Salí de crossfit reventada. Esta vez nos mataron con la rutina. Ya cumplí un mes desde que comencé a ejercitar y aún siento que no le pillo la mano a los ejercicios, los implementos ni a la complejidad de las rutinas. Pero como me repite siempre mi amiga Camila: Todo es cuestión de tiempo. Casi al finalizar la sesión del día jueves, hubo un momento que me sentí mareada y que me iba literalmente a piso, pero finalmente logré regular la intensidad y terminar dignamente, sin ningún numerito de show. Eso sí, ni bien me despedí de mis compañeros y dejé el lugar, sentí un hambre voraz que me impidió hacer otra cosa que no fuera comer, comer, comer… Tal como la animación del demonio de Tasmania.

Caminé unas cuadras buscando una sandwichería o algo, hasta que finalmente encontré un verdadero paraíso natural. El lugar no era muy grande, pero funcionaba perfecto para capear el calor húmedo del verano norteamericano. Cuando empujé la puerta, unas campanitas anunciaron mi llegada al local y antes que cualquier persona, salió a recibirme un dulce frescor con aroma a mangos, manzanas, naranjas, jengibres, piñas y la variedad más colorida de frutas y verduras que se disponían en canastas.

Tenía una novedosa carta de smoothies y jugos naturales, que ofrecía desde las mezclas más exóticas hasta preparaciones específicas como curar el “mal de amores” o tónicos para “fortalecer la esperanza”. Yo me siento tentada de pedir un zumo de zanahoria con mango para darle una inyección de dulzor a mi organismo –“Qué delicia”– pienso.

Estar ahí era todo un espectáculo. El barista trozaba la fruta, la mezclaba en las batidora, la sazonaba a gusto, siguiendo las especificaciones de cada cliente, con una gracia tal, que todos animados lo seguíamos con la mirada. Me sorprende con qué habilidad va manejando los implementos para preparar simultáneamente los pedidos. No se le va ningún segundo y además se da el tiempo de conversar animadamente con las personas, haciendo de algo tan sencillo como beber un jugo, sea un momento especial.

Me llama la atención cómo su actitud de apertura, permite que las personas le conversen sobre los más variados temas, desde sus experiencias hasta sus sueños y aspiraciones. Por ejemplo, entra un chico y al cabo de un rato le cuenta con ilusión que está preparándose para correr su primer maratón en Noviembre, y él tras escucharlo atentamente le anota una receta para que se prepare smothies energéticos y hot cakes proteicos antes de entrenar.

Sentada en la barra observo la decoración del sitio. Me transporta a una antigua lechería, de esas que aparecen en los años cincuenta y que conserva el modelo de sentarse, consumir y pagar al final; algo que se agradece sobre todo cuando vienes con una sed o un hambre como la que yo tenía.

–¡Bienvenida! Me llamo Armando ¿Sabes ya lo que quieres o necesitas alguna sugerencia?– Me dice el delgado hombre de unos 45 años.

–Gracias Armando, qué bueno que sepas hablar español­ ¿De dónde eres?

–Nací en México, pero cuando cumplí la mayoría de edad me vine a Estados Unidos para probar suerte y acá me quedé.

Como muchas personas, entraron por la vía “ilegal” a este país y luego se fueron estableciendo, a costa de mucho esfuerzo y trabajo hasta que por fin, después de tantos años, el gobierno les otorgó la famosa “Green Card”. Me cuenta de lo que significó para él “sobrevivir” durante tantos años con lo mínimo y trabajar en lo que fuera para sacar adelante una familia completa. Y es que cuando no tienes seguro social, ni médico ni ningún beneficio que te permita acceder a mejores condiciones de cualquier ciudadano, el mundo puede llegar a convertirse en un lugar hostil y amenazante.

–Pero nunca dejé de trabajar, por el contrario. Si yo veía que la situación se venía más cuesta arriba, me conectaba más con mis sueños y con aquello por lo que sí valía la pena levantarse cada mañana.

Se ríe mientras me rellena mi vaso que ya iba por la mitad y continúa con su historia:

–Recuerdo el séptimo aniversario de matrimonio con mi mujer. Yo quería que fuera especial. Deseaba con toda mi alma que fuera inolvidable… No lo sé, tenía un presentimiento extraño… Como que sentía que debía hacerlo así porque algo ocurriría. Claro que éramos más pobres que las ratas. Con dos niños pequeños y mi salario de aquel entonces, evidentemente que no teníamos dinero para salir a comer o hacer un regalo costoso. ¡Así es que el desafío era grande!

En ese momento trabajaba como obrero en una empresa que contrataba mano de obra latina, para la construcción de edificios corporativos o sobre 7 pisos de altura. Así es que me la pasaba todo el día entre andamios y ladrillos por lo menos 12 horas al día.

Recuerda que esa mañana se levantó más temprano que nunca, casi al alba y cerró la puerta despacito para no despertar a su familia que aún dormía profundamente. Al salir rumbo a la parada del autobús, se detuvo a contemplar el cielo por unos instantes y cerró los ojos. Llenó sus pulmones con ese aire frío que quema la nariz, de una soleada pero invernal mañana de marzo. Sonrió y se sintió más vivo que nunca.

Apenas llegó, conversó con el capataz para que lo autorizara a retirarse una hora antes. Ya la recuperaría después. Trabajó en silencio toda la jornada y se disculpó amablemente con sus amigos cuando lo invitaron a la colación. Quería estar solo, conectarse con el día en que conoció a su mujer, en que la invitó a salir, se pusieron de novios y sobre todo cuando le habló por primera vez de dejarlo todo para venirse a estas tierras a buscar mejores horizontes de vida. Recordó los rostros de sus familias, el nacimiento de sus hijos y tantos momentos inolvidables que hacen que una pareja sobreviva en la adversidad del desarraigo, las frustraciones y el desgaste con el paso del tiempo.

–Y así me la pasé todo el día… Fue como un viaje a través del tiempo, pero con tickets al pasado.

Al finalizar su trabajo, aseado y dispuesto para retornar rumbo a casa. Se acercó a contemplar el atardecer desde la azotea de edificio. Como se encontraba en la obra gruesa, tenía una vista panorámica a la ciudad de casi 360º. Contempló los autos, las casas, los edificios y sobre todo, se detuvo en las primeras golondrinas que aparecían anunciando una pronta primavera. Volaban jugueteando unas con otras… Viajeras, llenas de vida. En ese momento se iluminó.

Se consiguió con sus compañeros un trozo de rollo de papel enorme y pasó a una librería a comprar la mayor cantidad de lápices, plumones y crayones que pudo. Iba feliz y apuraba lo más que podía el tranco para llegar rápidamente.

Nada más al llegar a su casa, cenar con su familia y acostar a los niños, le entregó un sobre a su mujer. Despacito lo abrió y quedó muda de la pura sorpresa: Era un pasaje hecho a mano para viajar a los sueños.

–Esa noche nos la pasamos la noche entera dibujando nuestra vida. Diseñamos y coloreamos los sueños de ella, como mujer, como mamá, como esposa y los míos. Luego los que compartimos... Todo así, tirados en el suelo de la casa. Por primera vez en años, desde que dejamos nuestra tierra, que volvimos a soñar. A re-pensar qué es lo que queríamos hacer y qué es aquello que nos hace feliz. Nos reímos como niños y lloramos abrazados.

Me confiesa que sin duda ese ha sido uno de los momentos más felices de su vida y la última imagen que quisiera ver el día en que tenga que partir.

Nos quedamos los dos en silencio, conmovidos. Siento que no tengo palabras para explicar lo que me transmite en aquel momento. Sí una gratitud inmensa por haber compartido conmigo una historia tan hermosa e inspiradora como la que acababa de oír.

–A partir de esta experiencia, pequeñas cosas comenzaron a ocurrir. En paralelo iniciamos un emprendimiento de cocina para los trabajadores de las obras en construcción. Con mi mujer cocinábamos en la noche y ella iba a la mañana y al mediodía con las colaciones en un citroneta vieja que logramos conseguir. Así fuimos progresando. Hasta que hoy estamos justo donde soñamos estar. Y lo mejor de todo, juntos. Hubo momentos de oscuridad donde tuvimos que buscar nuestro proyecto de vida y volver a revisarlo para recordar, replantearse, recobrar fuerzas que nos permitieran continuar con el camino.

Nadie más que él y su familia saben las cosas que atravesaron para estar hoy donde están: Las puertas que se les cerraron, los proyectos que se les frustraron y sin duda, los amigos que perdieron fueron quedando atrás en el camino. Y lo que ayer fue motivo de insatisfacción y de cierta forma frustración, hoy es capaz de observarlo con otros ojos. Porque sus dos hijos aprendieron a esforzarse en la vida y tener altos umbrales de resistencia al dolor. El mayor cursa segundo año de Ingeniería Química en la universidad, gracias a una beca deportiva y de excelencia académica.

–¿Y el menor?- Le pregunto.


–El menor es un soñador sin remedio… como sus padres.

martes, 5 de julio de 2016

Las luciérnagas de Brooklyn


Qué distinto es New York en cada estación. El que sean tan marcadas provoca el efecto de visitar cuatro ciudades completamente diferentes según la época que te reciba. En otoño se cubre todo de rojo y amarillo, con las hojas que caen de los árboles y que forman las alfombras naturales más hermosas que he visto en mi vida. En el blanco invierno, la vida se vuelca hacia en interior de las casas, los cafés, museos y cada espacio que cobije del frío, estimulando de manera continua a un ciudadano acostumbrado a moverse en contextos de alta intensidad. Primavera es un renacimiento puro: Los colores y los cielos brillantes se toman la ciudad para elevarla a la categoría de un paraíso urbano. Hojitas verdes y tiernas cubiertas de flores en todas sus variedades, bicicletas, música, artistas callejeros y locales colmados de alegría, hacen que este epicentro mundial sea un espectáculo digno de admiración.

Sin embargo, nunca había tenido la posibilidad de estar en verano. Y créanme, es una experiencia inolvidable. Fue a propósito del fin de semana largo del 4 de julio, que con mi pareja decidimos ir a pasar el fin de semana. Inmediatamente le escribí a mi amigo Harvey. El mismo que conocí corriendo la última maratón de New York, hace unos siete meses atrás.

Me contestó casi inmediatamente que encantado nos recibiría y nos mandó su dirección en Brooklyn, a unas pocas cuadras del Prospect Park. Yo había estado en una pura ocasión en ese sitio y nada más haber cruzado el puente que lo separa de Manhattan, alcancé a percibir que en ese lugar pasaban muchas cosas, que vine recién a comprobar varios años después.

Desde Washington DC generalmente ingresas por 4th Ave. que vendría siendo el camino troncal que atraviesa el famoso Brooklyn Bridge y que continúa hacia Manhattan probablemente con otro nombre. Sin embargo, al tomar el desvío de esta gran avenida hacia los barrios, la realidad que te envuelve es totalmente diferente. Cómo si los árboles coludidos con las casas neogóticas de fachadas continuas, encerraran el secreto de lugares inolvidables. Calles de ensueño, construcciones cubiertas por el verdor de enredaderas milenarias, frondosos antejardines, gente conversando animadamente, niños jugando partidos de Béisbol sobre las veredas y parquecitos entremezclados con las casas que te transportan a una escena de alguna película de Woody Allen. De hecho, estos lugares han sido escenario de tanta cinematografía, que para nadie es sorpresa que en cualquier momento se encuentren cerradas por algún rodaje.

Con Andrés nos quedamos boquiabiertos y apenas estacionamos el auto, nos dimos la mano para caminar lentamente hasta la casa de Harvey, admirando la realidad que ahí se vive como parte de la vida cotidiana. Había tantos rincones por descubrir y belleza que contemplar que no éramos capaces de relacionarlo con nada visto anteriormente.

Avanzamos en silencio las cuadras que seguían y a medida que me acercaba a su casa, la idea de estar dentro de una película se hacía más grande. Viajar durante horas, llegar a este mágico lugar y sobre todo, reencontrarse con una persona que por muy especial que haya sido la habías visto una sola vez en toda tu vida; hicieron que mi entusiasmo traspasara la barrera del cansancio. Porque la verdad es que desde el maratón que corrimos el último noviembre que no lo veía.

Y recuerdo aquel día con tanta nitidez. Cómo olvidarme de que fue la luz para que pudiera continuar hasta terminarla. Yo venía a duras penas, pensando en abandonarla porque sentía un dolor punzante muy agudo y por más que intentaba retomar el ritmo, era imposible. Era tanta la pena por haber llegado hasta allí (desde el otro extremo del continente) para lesionarme de esa manera. Sentía una presión por abandonarlo todo y la verdad es que estuve a punto de ceder a las voces que escuchaba, proveniente de mis temores, ansiedades, enojo y la necesidad de controlar lo inevitable.

Fue justo allí donde apareció. En el punto que dije: “Basta, no puedo más”, se acercó un hombre que claramente ya había pasado los 70 años, con la barba larga y el cabello blanco; para hablarme, tranquilizarme… A mi que iba echa un mar de lágrimas entre el mar humano que se dirigía desde Brooklyn hasta el Central Park.

Sin embargo, tan solo escucharlo, me transmitió tanta paz que mis temores se disiparon y la confianza ganó terreno en mi campo emocional. Él tenía una larga historia en esto de las maratones. A sus setenta y tantos había recorrido miles de kilómetros con esas mismas piernas que ese día se movían pausadas y a ritmo constante. A partir de ese momento supe que si realmente quería terminarla, no tenía que alejarme de él. Y estaba en lo cierto, porque juntos corrimos los 32 kilómetros restantes hasta llegamos a la meta, para mi gran sorpresa.

Siempre lo recuerdo. Sobre todo cuando quiero dar un nuevo paso hacia algo que no conozco. Para mi, él representa un ejemplo de cómo vivir la vida porque ha hecho con ella lo que ha querido, explotando al máximo sus posibilidades. Cuando sellas en tu cuerpo que nada es imposible y que si realmente quieres una cosa “Bueno, entonces ve por ella”, algo se moviliza en todo tu ser que lo consigues. Y eso que buscas puede ser cualquier cosa –Escribir un libro, aprender un instrumento, cambiar de rubro, terminar un maratón, cerrar un ciclo… ¡Lo que sea!– Basta con declararlo y actuar en consecuencia. Quizás este es el punto más difícil de cualquier aventurero, el no renunciar al propósito cuando se está en la comodidad de lo cotidiano y lo único que se escuchan son las voces que cuestionan el por qué hacer esto o dejar de hacer lo otro. Él dice: –“Correr 42K es una locura que sólo hace la gente loca. Entonces frente a esta realidad, tú mismo pasas a ser tu propio parámetro. Y muchas veces te sientes solo o incomprendido. Pero si renuncias, la sensación será peor que no haberlo siquiera intentado”.

Y ahora, llegar a su casa y encontrarlo en pleno proceso de recuperación de una doble fractura de la pierna tras sufrir una caída mientras esquiaba, era la comprobación de que él forma parte de esa proporción de la población que se catalogan como “crazy people”. Porque sinceramente nadie de mi círculo cercano que haya atravesado los setenta se le ocurriría siquiera subir a pasar un día en la montaña. Muchos menos montarse en unos esquís para lanzarse… ¡Ni pensarlo!

Pero así es él. Brilla con tanta luz que encandila y habla de la vida como si tuviera una especie acuerdo con ella: en la medida que más le agradece, más fuerzas saca para seguir adelante y disfrutar de las cosas que ama. Yo creo que su gran secreto es disfrutar del presente. Y el hecho de que hoy se esté recuperando de su accidente, que esté más “tranquilo” en su casa, no significa que deje de sentir aquellas cosas simples que lo hacen tan feliz. Puedo verlo sentado en la escalera que da a la calle, al atardecer, con su mujer y con el vecino de la casa contigua que como cada tarde se cruza hasta su patio para conversar de la vida y reírse un buen rato de las situaciones cotidianas. Disfrutar su lugar, el mismo que compró con tantas dudas en los años ´70 porque a pesar de que no estaba en sus planes salir de Manhattan era la alternativa que se ajustaba más a su presupuesto. Y con el paso de los años, las remodelaciones, las generaciones que fueron pasando y el desarrollo urbano, han transformado estos barrios en sin duda de los más cotizados por los neoyorquinos de la clase alta.

Mientras compartimos un café de grano, nos muestra su proyecto arquitectónico de remodelación. Todo es sustentable, algo que no abunda mucho por estos lugares. Como es arquitecto, ha pensado en cada rincón de su casa para generar espacios únicos, colmados de arte y de historia. De la mano de Bárbara (su compañera de vida) tardaron años en dejar la casa de sus sueños, viendo crecer sus hijos, entre palas, martillos, cemento y los infaltables tarros de pintura. Qué es el amor sino eso.

Nosotros lo escuchamos atentamente como si se nos revelara por unos instantes el gran secreto de la vida, mientras sentados en la escalera contemplamos la magia de este lugar. El atardecer se resiste a desaparecer, regalándonos las últimas pinceladas anaranjadas y compartiendo cielo con las estrellas que pugnan por hacerse presente. Poco a poco comienzan a callarse las voces de los niños que cansadas se retiraban a sus casas, para darle lugar a una verdadera sinfonía de grillos y cigarras. Los gigantescos árboles, albergue de cientos de colonias de pajaritos, ahora se dejan llevar por el movimiento de un aire tibio que nos abraza.

En silencio permanecemos hasta que todo se ha oscurecido casi completamente. Los focos amarillos se han ido encendiendo paulatinamente y ahí entre los jardines aparecen como un regalo prodigioso, primero unas pocas y luego miles de pequeñas lucecitas color fuego.

Antes de que pudiera decir algo, Harvey se adelanta y dice: –Son luciérnagas.

Nosotros quedamos maravillados. Era la primera vez que las veíamos. Y él continuó: –Las que se iluminan son las hembras, para atraer al macho. Ellas encienden por efecto de combustión del oxígeno, una sustancia en su interior llamada luciferina. Así es como logran mantenerse vivas.

El espectáculo es de una belleza que conmueve hasta el alma. Y ahí estaban… Frente a nosotros, esperando el silencio para salir a danzar bajo la luna. Como si fuesen pequeñas hadas que entre la vegetación, aparecían y desaparecían.

Poco a poco fueron apagándose. Hasta que no quedó ninguna.


–Las luciérnagas son como la vida– dijo– Y algún día también nos apagaremos como ellas. Sin embargo, por ese fugaz momento podemos elegir cómo queremos brillar. Y yo mientras esté vivo, voy a hacerlo tan intensamente como me sea posible. 

domingo, 12 de junio de 2016

La vita è bella


Prima querida, más que decir feliz cumpleaños
Quería desearte un feliz viaje,
Que al menos uno o la suma de todas tus travesías
Te lleve al lugar de paz que toda alma anhela.
Espero sinceramente que al final del camino,
Logres ver el sentido profundo y perfecto de las partes del todo.
Un abrazo en la distancia

Carolina Valenzuela


Leo su mensaje que me cala directamente el corazón. Qué sabiduría contienen sus palabras. Y a pesar que ya son más de diez años que no la veo y que con dolor siento que nos hayamos distanciado, recibir su mensaje por Messenger con motivo de nuestros cumpleaños, es la comprobación máxima de que me conoce bien. Sabe quién soy, mi dolor narciso, mis susceptibilidades y también mis luces.

El domingo se cumplieron 35 años desde que nací y al mirar hacia atrás, ya se hace considerable el sendero por el que vengo caminando todo este tiempo. Puertas que cerré, oportunidades que perdí, otras tantas que dejé pasar como las fugaces vistas fotográficas de los caminos que se forman entre los viñedos y que se pierden cuando avanzas en un auto a gran velocidad. También miro los aprendizajes que gané… En fin, un millón de cosas que hacen la persona que soy hoy.

A pesar de que mis amigos y el círculo de mi gente que me rodea, me reafirma que aún soy joven y que la edad es un simple número, yo siento que comienzo a abrazar la juventud más ligera que he conocido hasta ahora. Y cuando digo abrazar es en despedida e infinita gratitud. Esto no significa que me sienta vieja ni mucho menos, pero hay una serie de cambios que he comenzado a experimentar hace un tiempo y que antes caían en la indiferencia.
Quizás a nivel físico no se note o por lo menos no tanto, pero a nivel psicológico me siento más determinada y con una fuerza que antes no conocía. Como funcionando en “modo resolución” para definir un montón de cuestiones que antes las mantenía más en el limbo, sin prisas. Por ahí lo dejaba en manos del tiempo porque en “el futuro” se iría viendo. Bueno a eso me refiero… ese “futuro” que antes veía tan lejos, de pronto se vino al presente. Y la consecuencia principal es tener la consciencia de que si quiero hacer algo, tiene que ser ahora. Sino, lo suelto como camino posible para mi y me olvido. Ejemplos de esto es pensar qué cosas siempre quise para mi vida –aprender inglés, italiano, enfocarme en mis proyectos literarios, viajar y mantenerme en forma– y luego priorizarlas para no perder el foco en el paisaje de las variedades.
Con el tiempo he aprendido de mis amigos emprendedores, a quienes admiro mucho (y pienso especialmente en uno) que en silencio trabajan como hormigas en sus proyectos y que sólo cuando ya tienen todo listo, los abren y los comunican. Bueno, no sé si pueda en algún momento quedarme mucho tiempo callada porque tengo una fuerza en mí que me impulsa a compartir las cosas –buenas y malas– que voy viviendo. Pero inspirada por el ejemplo de muchos, es que estoy resolviendo tantas cuestiones (algunas en silencio y otras no) que siempre había anhelado. Una de ellas claramente es estar viviendo afuera de mi país para ver la vida desde una perspectiva más amplia, agradecer por aquello que tenía allá y que hoy cobra un valor trascendental; así como también, soltar lo que hoy ya no encuentra lugar en mi nuevo mundo.
Otro tema pendiente que hoy estoy concretando es aprender nuevos idiomas. Es por ello que hace un tiempo comencé las clases de “italiano para principiante” y la verdad es que ha sido una experiencia maravillosa. Primero porque los participantes somos muy diversos en edades, estilos y nacionalidades. Segundo, porque curiosamente estar aprendiendo un tercer idioma en una lengua que no es la materna –en este caso español como idioma primario– hace que el segundo (inglés) se fortalezca y no se pierda por entrar en discordia con el nuevo idioma (italiano) –Y que es el fenómeno que frecuentemente ocurre al aprender la tercera lengua–. Me cuesta un poco explicarlo pero si la profesora o en este caso la “insegnante”, habla en inglés como sustento para explicarlo todo, automáticamente tu cerebro comienza a depender de una manera no tan directa o atenta al inglés, para poder abrirle paso a la incorporación del italiano. Así es que me siento feliz por este descubrimiento que llegó como un regalo sin habérmelo propuesto, porque a veces lo paso mal con el inglés al no tener la fluidez que me gustaría para expresar mis ideas o compartir más con las personas que me hablan.
En la clase tenemos algunos compañeros que ya han pasado los setenta años y tienen una entusiasmo para aprender que resulta notable. Un claro ejemplo de ello lo es Carolyn, mujer proveniente de Vermont y que hoy día está cumpliendo el sueño de aprender el italiano. Ella no habla mucho, solo se ríe. Cuando tuvo que presentarse –un poco divertida y otro poco con vergüenza– nos confesó que no tiene antepasados italianos y no llegó a conocer ese país sino hasta hacía muy poco. En realidad no sabe qué tiene ese idioma que desde pequeña le fascina… Sí reconoce que las canciones suenan más románticas y que escucharlas le llena el espíritu. Sin embargo, por cuestiones de crianza de sus hijos y después sus nietos, lo había dejado perdido en el estante de los sueños olvidados hasta que un día limpiando su vida, se reencontró nuevamente con él. 
Yo quisiera ser esa señora siempre. No desestimar mis sueños por mis propias limitaciones, miedos e inseguridades. Que el querer sea más que suficiente para poder y no perderme en el mar de justificaciones que me formo para explicar por qué o para qué tal cosa. Para Carolyn simplemente es y punto. Razón suficiente para hacerlo. Además, como dijo entre risas delante de toda la clase: “Ya no tengo tiempo que perder ni nada que me limite… Así es que por qué no… La Vita è Bella”.
A mi me encanta observarla y creo que su presencia basta para llenar el espacio de toda la sala. Apenas entro la busco con la mirada y como nunca falta, la reconozco de inmediato: Sentadita en las primeras filas, atenta a saludar a todos y riéndose hasta de lo que no es chistoso… No le he preguntado (y tampoco lo voy a hacer) pero yo creo que tanta alegría es de la pura felicidad de estar donde siempre quiso.


¡Non è un addio, ma un arrivecerci!