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martes, 5 de julio de 2016

Las luciérnagas de Brooklyn


Qué distinto es New York en cada estación. El que sean tan marcadas provoca el efecto de visitar cuatro ciudades completamente diferentes según la época que te reciba. En otoño se cubre todo de rojo y amarillo, con las hojas que caen de los árboles y que forman las alfombras naturales más hermosas que he visto en mi vida. En el blanco invierno, la vida se vuelca hacia en interior de las casas, los cafés, museos y cada espacio que cobije del frío, estimulando de manera continua a un ciudadano acostumbrado a moverse en contextos de alta intensidad. Primavera es un renacimiento puro: Los colores y los cielos brillantes se toman la ciudad para elevarla a la categoría de un paraíso urbano. Hojitas verdes y tiernas cubiertas de flores en todas sus variedades, bicicletas, música, artistas callejeros y locales colmados de alegría, hacen que este epicentro mundial sea un espectáculo digno de admiración.

Sin embargo, nunca había tenido la posibilidad de estar en verano. Y créanme, es una experiencia inolvidable. Fue a propósito del fin de semana largo del 4 de julio, que con mi pareja decidimos ir a pasar el fin de semana. Inmediatamente le escribí a mi amigo Harvey. El mismo que conocí corriendo la última maratón de New York, hace unos siete meses atrás.

Me contestó casi inmediatamente que encantado nos recibiría y nos mandó su dirección en Brooklyn, a unas pocas cuadras del Prospect Park. Yo había estado en una pura ocasión en ese sitio y nada más haber cruzado el puente que lo separa de Manhattan, alcancé a percibir que en ese lugar pasaban muchas cosas, que vine recién a comprobar varios años después.

Desde Washington DC generalmente ingresas por 4th Ave. que vendría siendo el camino troncal que atraviesa el famoso Brooklyn Bridge y que continúa hacia Manhattan probablemente con otro nombre. Sin embargo, al tomar el desvío de esta gran avenida hacia los barrios, la realidad que te envuelve es totalmente diferente. Cómo si los árboles coludidos con las casas neogóticas de fachadas continuas, encerraran el secreto de lugares inolvidables. Calles de ensueño, construcciones cubiertas por el verdor de enredaderas milenarias, frondosos antejardines, gente conversando animadamente, niños jugando partidos de Béisbol sobre las veredas y parquecitos entremezclados con las casas que te transportan a una escena de alguna película de Woody Allen. De hecho, estos lugares han sido escenario de tanta cinematografía, que para nadie es sorpresa que en cualquier momento se encuentren cerradas por algún rodaje.

Con Andrés nos quedamos boquiabiertos y apenas estacionamos el auto, nos dimos la mano para caminar lentamente hasta la casa de Harvey, admirando la realidad que ahí se vive como parte de la vida cotidiana. Había tantos rincones por descubrir y belleza que contemplar que no éramos capaces de relacionarlo con nada visto anteriormente.

Avanzamos en silencio las cuadras que seguían y a medida que me acercaba a su casa, la idea de estar dentro de una película se hacía más grande. Viajar durante horas, llegar a este mágico lugar y sobre todo, reencontrarse con una persona que por muy especial que haya sido la habías visto una sola vez en toda tu vida; hicieron que mi entusiasmo traspasara la barrera del cansancio. Porque la verdad es que desde el maratón que corrimos el último noviembre que no lo veía.

Y recuerdo aquel día con tanta nitidez. Cómo olvidarme de que fue la luz para que pudiera continuar hasta terminarla. Yo venía a duras penas, pensando en abandonarla porque sentía un dolor punzante muy agudo y por más que intentaba retomar el ritmo, era imposible. Era tanta la pena por haber llegado hasta allí (desde el otro extremo del continente) para lesionarme de esa manera. Sentía una presión por abandonarlo todo y la verdad es que estuve a punto de ceder a las voces que escuchaba, proveniente de mis temores, ansiedades, enojo y la necesidad de controlar lo inevitable.

Fue justo allí donde apareció. En el punto que dije: “Basta, no puedo más”, se acercó un hombre que claramente ya había pasado los 70 años, con la barba larga y el cabello blanco; para hablarme, tranquilizarme… A mi que iba echa un mar de lágrimas entre el mar humano que se dirigía desde Brooklyn hasta el Central Park.

Sin embargo, tan solo escucharlo, me transmitió tanta paz que mis temores se disiparon y la confianza ganó terreno en mi campo emocional. Él tenía una larga historia en esto de las maratones. A sus setenta y tantos había recorrido miles de kilómetros con esas mismas piernas que ese día se movían pausadas y a ritmo constante. A partir de ese momento supe que si realmente quería terminarla, no tenía que alejarme de él. Y estaba en lo cierto, porque juntos corrimos los 32 kilómetros restantes hasta llegamos a la meta, para mi gran sorpresa.

Siempre lo recuerdo. Sobre todo cuando quiero dar un nuevo paso hacia algo que no conozco. Para mi, él representa un ejemplo de cómo vivir la vida porque ha hecho con ella lo que ha querido, explotando al máximo sus posibilidades. Cuando sellas en tu cuerpo que nada es imposible y que si realmente quieres una cosa “Bueno, entonces ve por ella”, algo se moviliza en todo tu ser que lo consigues. Y eso que buscas puede ser cualquier cosa –Escribir un libro, aprender un instrumento, cambiar de rubro, terminar un maratón, cerrar un ciclo… ¡Lo que sea!– Basta con declararlo y actuar en consecuencia. Quizás este es el punto más difícil de cualquier aventurero, el no renunciar al propósito cuando se está en la comodidad de lo cotidiano y lo único que se escuchan son las voces que cuestionan el por qué hacer esto o dejar de hacer lo otro. Él dice: –“Correr 42K es una locura que sólo hace la gente loca. Entonces frente a esta realidad, tú mismo pasas a ser tu propio parámetro. Y muchas veces te sientes solo o incomprendido. Pero si renuncias, la sensación será peor que no haberlo siquiera intentado”.

Y ahora, llegar a su casa y encontrarlo en pleno proceso de recuperación de una doble fractura de la pierna tras sufrir una caída mientras esquiaba, era la comprobación de que él forma parte de esa proporción de la población que se catalogan como “crazy people”. Porque sinceramente nadie de mi círculo cercano que haya atravesado los setenta se le ocurriría siquiera subir a pasar un día en la montaña. Muchos menos montarse en unos esquís para lanzarse… ¡Ni pensarlo!

Pero así es él. Brilla con tanta luz que encandila y habla de la vida como si tuviera una especie acuerdo con ella: en la medida que más le agradece, más fuerzas saca para seguir adelante y disfrutar de las cosas que ama. Yo creo que su gran secreto es disfrutar del presente. Y el hecho de que hoy se esté recuperando de su accidente, que esté más “tranquilo” en su casa, no significa que deje de sentir aquellas cosas simples que lo hacen tan feliz. Puedo verlo sentado en la escalera que da a la calle, al atardecer, con su mujer y con el vecino de la casa contigua que como cada tarde se cruza hasta su patio para conversar de la vida y reírse un buen rato de las situaciones cotidianas. Disfrutar su lugar, el mismo que compró con tantas dudas en los años ´70 porque a pesar de que no estaba en sus planes salir de Manhattan era la alternativa que se ajustaba más a su presupuesto. Y con el paso de los años, las remodelaciones, las generaciones que fueron pasando y el desarrollo urbano, han transformado estos barrios en sin duda de los más cotizados por los neoyorquinos de la clase alta.

Mientras compartimos un café de grano, nos muestra su proyecto arquitectónico de remodelación. Todo es sustentable, algo que no abunda mucho por estos lugares. Como es arquitecto, ha pensado en cada rincón de su casa para generar espacios únicos, colmados de arte y de historia. De la mano de Bárbara (su compañera de vida) tardaron años en dejar la casa de sus sueños, viendo crecer sus hijos, entre palas, martillos, cemento y los infaltables tarros de pintura. Qué es el amor sino eso.

Nosotros lo escuchamos atentamente como si se nos revelara por unos instantes el gran secreto de la vida, mientras sentados en la escalera contemplamos la magia de este lugar. El atardecer se resiste a desaparecer, regalándonos las últimas pinceladas anaranjadas y compartiendo cielo con las estrellas que pugnan por hacerse presente. Poco a poco comienzan a callarse las voces de los niños que cansadas se retiraban a sus casas, para darle lugar a una verdadera sinfonía de grillos y cigarras. Los gigantescos árboles, albergue de cientos de colonias de pajaritos, ahora se dejan llevar por el movimiento de un aire tibio que nos abraza.

En silencio permanecemos hasta que todo se ha oscurecido casi completamente. Los focos amarillos se han ido encendiendo paulatinamente y ahí entre los jardines aparecen como un regalo prodigioso, primero unas pocas y luego miles de pequeñas lucecitas color fuego.

Antes de que pudiera decir algo, Harvey se adelanta y dice: –Son luciérnagas.

Nosotros quedamos maravillados. Era la primera vez que las veíamos. Y él continuó: –Las que se iluminan son las hembras, para atraer al macho. Ellas encienden por efecto de combustión del oxígeno, una sustancia en su interior llamada luciferina. Así es como logran mantenerse vivas.

El espectáculo es de una belleza que conmueve hasta el alma. Y ahí estaban… Frente a nosotros, esperando el silencio para salir a danzar bajo la luna. Como si fuesen pequeñas hadas que entre la vegetación, aparecían y desaparecían.

Poco a poco fueron apagándose. Hasta que no quedó ninguna.


–Las luciérnagas son como la vida– dijo– Y algún día también nos apagaremos como ellas. Sin embargo, por ese fugaz momento podemos elegir cómo queremos brillar. Y yo mientras esté vivo, voy a hacerlo tan intensamente como me sea posible. 

domingo, 12 de junio de 2016

La vita è bella


Prima querida, más que decir feliz cumpleaños
Quería desearte un feliz viaje,
Que al menos uno o la suma de todas tus travesías
Te lleve al lugar de paz que toda alma anhela.
Espero sinceramente que al final del camino,
Logres ver el sentido profundo y perfecto de las partes del todo.
Un abrazo en la distancia

Carolina Valenzuela


Leo su mensaje que me cala directamente el corazón. Qué sabiduría contienen sus palabras. Y a pesar que ya son más de diez años que no la veo y que con dolor siento que nos hayamos distanciado, recibir su mensaje por Messenger con motivo de nuestros cumpleaños, es la comprobación máxima de que me conoce bien. Sabe quién soy, mi dolor narciso, mis susceptibilidades y también mis luces.

El domingo se cumplieron 35 años desde que nací y al mirar hacia atrás, ya se hace considerable el sendero por el que vengo caminando todo este tiempo. Puertas que cerré, oportunidades que perdí, otras tantas que dejé pasar como las fugaces vistas fotográficas de los caminos que se forman entre los viñedos y que se pierden cuando avanzas en un auto a gran velocidad. También miro los aprendizajes que gané… En fin, un millón de cosas que hacen la persona que soy hoy.

A pesar de que mis amigos y el círculo de mi gente que me rodea, me reafirma que aún soy joven y que la edad es un simple número, yo siento que comienzo a abrazar la juventud más ligera que he conocido hasta ahora. Y cuando digo abrazar es en despedida e infinita gratitud. Esto no significa que me sienta vieja ni mucho menos, pero hay una serie de cambios que he comenzado a experimentar hace un tiempo y que antes caían en la indiferencia.
Quizás a nivel físico no se note o por lo menos no tanto, pero a nivel psicológico me siento más determinada y con una fuerza que antes no conocía. Como funcionando en “modo resolución” para definir un montón de cuestiones que antes las mantenía más en el limbo, sin prisas. Por ahí lo dejaba en manos del tiempo porque en “el futuro” se iría viendo. Bueno a eso me refiero… ese “futuro” que antes veía tan lejos, de pronto se vino al presente. Y la consecuencia principal es tener la consciencia de que si quiero hacer algo, tiene que ser ahora. Sino, lo suelto como camino posible para mi y me olvido. Ejemplos de esto es pensar qué cosas siempre quise para mi vida –aprender inglés, italiano, enfocarme en mis proyectos literarios, viajar y mantenerme en forma– y luego priorizarlas para no perder el foco en el paisaje de las variedades.
Con el tiempo he aprendido de mis amigos emprendedores, a quienes admiro mucho (y pienso especialmente en uno) que en silencio trabajan como hormigas en sus proyectos y que sólo cuando ya tienen todo listo, los abren y los comunican. Bueno, no sé si pueda en algún momento quedarme mucho tiempo callada porque tengo una fuerza en mí que me impulsa a compartir las cosas –buenas y malas– que voy viviendo. Pero inspirada por el ejemplo de muchos, es que estoy resolviendo tantas cuestiones (algunas en silencio y otras no) que siempre había anhelado. Una de ellas claramente es estar viviendo afuera de mi país para ver la vida desde una perspectiva más amplia, agradecer por aquello que tenía allá y que hoy cobra un valor trascendental; así como también, soltar lo que hoy ya no encuentra lugar en mi nuevo mundo.
Otro tema pendiente que hoy estoy concretando es aprender nuevos idiomas. Es por ello que hace un tiempo comencé las clases de “italiano para principiante” y la verdad es que ha sido una experiencia maravillosa. Primero porque los participantes somos muy diversos en edades, estilos y nacionalidades. Segundo, porque curiosamente estar aprendiendo un tercer idioma en una lengua que no es la materna –en este caso español como idioma primario– hace que el segundo (inglés) se fortalezca y no se pierda por entrar en discordia con el nuevo idioma (italiano) –Y que es el fenómeno que frecuentemente ocurre al aprender la tercera lengua–. Me cuesta un poco explicarlo pero si la profesora o en este caso la “insegnante”, habla en inglés como sustento para explicarlo todo, automáticamente tu cerebro comienza a depender de una manera no tan directa o atenta al inglés, para poder abrirle paso a la incorporación del italiano. Así es que me siento feliz por este descubrimiento que llegó como un regalo sin habérmelo propuesto, porque a veces lo paso mal con el inglés al no tener la fluidez que me gustaría para expresar mis ideas o compartir más con las personas que me hablan.
En la clase tenemos algunos compañeros que ya han pasado los setenta años y tienen una entusiasmo para aprender que resulta notable. Un claro ejemplo de ello lo es Carolyn, mujer proveniente de Vermont y que hoy día está cumpliendo el sueño de aprender el italiano. Ella no habla mucho, solo se ríe. Cuando tuvo que presentarse –un poco divertida y otro poco con vergüenza– nos confesó que no tiene antepasados italianos y no llegó a conocer ese país sino hasta hacía muy poco. En realidad no sabe qué tiene ese idioma que desde pequeña le fascina… Sí reconoce que las canciones suenan más románticas y que escucharlas le llena el espíritu. Sin embargo, por cuestiones de crianza de sus hijos y después sus nietos, lo había dejado perdido en el estante de los sueños olvidados hasta que un día limpiando su vida, se reencontró nuevamente con él. 
Yo quisiera ser esa señora siempre. No desestimar mis sueños por mis propias limitaciones, miedos e inseguridades. Que el querer sea más que suficiente para poder y no perderme en el mar de justificaciones que me formo para explicar por qué o para qué tal cosa. Para Carolyn simplemente es y punto. Razón suficiente para hacerlo. Además, como dijo entre risas delante de toda la clase: “Ya no tengo tiempo que perder ni nada que me limite… Así es que por qué no… La Vita è Bella”.
A mi me encanta observarla y creo que su presencia basta para llenar el espacio de toda la sala. Apenas entro la busco con la mirada y como nunca falta, la reconozco de inmediato: Sentadita en las primeras filas, atenta a saludar a todos y riéndose hasta de lo que no es chistoso… No le he preguntado (y tampoco lo voy a hacer) pero yo creo que tanta alegría es de la pura felicidad de estar donde siempre quiso.


¡Non è un addio, ma un arrivecerci!

sábado, 28 de mayo de 2016

Cuando sopla el viento mediterráneo


Si eres de espíritu joven y ligero ­-no importa la edad que tengas-, probablemente Ibiza sería un destino interesante para sumar en tu hoja de ruta. Hace un par de años que voy y la verdad es que no pienso dejar de hacerlo porque nunca termino de maravillarme con esta mágica isla. Esta última vez, apenas aterrizamos con mi pareja del avión, arrendamos una moto que nos acompañó los ocho días que duró nuestra estadía. Así nos olvidamos de los taxis y la locomoción pública para enfocarnos exclusivamente en el disfrute. ¡No había tiempo que perder! Con el tiempo a nuestro favor y el mapa en el bolsillo (porque esta vez no quisimos pagar el fee extra del GPS), fuimos descubriendo cada cala o playita que se escondía detrás de los roqueríos, senderos de campo o bajo los acantilados.

No teníamos un plan predeterminado, sino que siguiendo los cuatro puntos cardinales, fuimos agarrando los caminos que más nos gustaban. Así es que guiados por nuestra intuición, el aroma a azahar y las ganas de perdernos por los agrestes parajes que descansan mecidos por el viento tibio del mediterráneo, llegamos a verdaderos paraísos vírgenes. Allí no hay comercio, ni hoteles, ni nadie más que el isleño o el español que ha venido siempre y que prefiere retirarse de los puntos de mayor ruido. Si te da hambre o sed, puedes comprarles licores, refrescos y algo más a los lugareños que te sirven los brebajes preparados al instante como si fuera gran una barra ambulante.

Es un agrado esperar la puesta de sol contemplando la diversidad de personas que se han ido asentando en este fascinante lugar. No en vano hay muchas historias que hablan de la energía especial que transmite la isla. De hecho, son miles de viajeros y artistas que llegan buscando respuestas para sus vidas o alguna inspiración que les dé fuerzas para continuar con su camino. No sé que hay de cierto en todo esto pero lo que sí sé es que hace un año aquí mismo, me animé para comenzar la novela que estaré publicando próximamente y yo no tenía forma de saber sobre ninguna magia especial.

Ibiza tiene toda la personalidad latina que se derrocha a raudales, proveniente principalmente de españoles, portugueses e italianos que siguiendo el canto de las gaviotas, llegaron a establecerse con algún chiringuito, café o simplemente a ofrecer su arte con artesanías de diverso tipo. Por las conversaciones que pude tener, podría pensar que generalmente son personas que aman su libertad y que hastiadas con el modelo capitalista, optaron por llevar una vida más austera y con mayor consciencia sobre aquello que los apasiona y los hace feliz.

Una de las cosas que más me llamó la atención, fue la cantidad de mujeres latinas provenientes de Argentina, Brasil, Chile o Colombia que de paso por la isla (en lo que pretendía ser un punto de tránsito para seguir por Londres, Berlín o Australia), conocieron a un isleño y no regresaron nunca más a sus países de origen. Así de radical. Yo que me creía tan valiente por haber salido de mi chileno cascarón, me quedé asombrada con su nivel de arrojo y determinación, una vez que tomaron la decisión de partir sin mirar hacia atrás.

Me fijé que en todos los casos había una especie de sentimiento de insatisfacción con el estilo de vida que llevaban. Recuerdo, por ejemplo, a la bella Camila, una periodista que trabajaba en una empresa de medios y que cansada de las jornadas interminables –en donde el único tiempo que le quedaba era para llegar a su casa, ordenar, lavar la ropa, ir al supermercado y dormir– decidió tomarse unas vacaciones más largas. Días y ahorros tenía de sobra porque tres años pasaron sin salir a ninguna parte. Tenía 29 años cuando aterrizó en la isla en lo que sería una escapada de un fin de semana y jamás se imaginó que nunca llegaría al sudeste asiático como había planificado durante tanto tiempo. Porque la primera noche en que salió a pasear para echar un vistazo a su alrededor, conoció a un italiano, se enamoraron, se casaron y hoy día trabajan juntos en un lugar que prepara zumos de frutas y platos veganos.

Él es ayudante de cocina y ella mesera. Comparten los gastos y con lo que reciben, viven en una cabaña rodeados de naturaleza. Con sus mejores amigos de vecinos, cultivan en su propia huerta y llevan una vida sin apuros, pero con todas sus necesidades cubiertas y comodidades. La mejor parte es que sólo la mitad del año se trabaja porque con lo que se gana en temporada alta, alcanza para solventar el año tranquilamente. Así es como ha ido conociendo prácticamente toda Europa. Meses viajando con su pareja y con amigos, tiene una larga bitácora de aventuras y millones de experiencias que atesorar en su memoria.

­–Cuando llegué yo venía cargada. No me daba cuenta lo frustrada que me sentía y me tomó tiempo hacerme consciente de la rabia que traía conmigo. Recuerdo que un día y por una tontera, golpeé la pared con mi puño. Se me fracturó este dedo. Mi pareja se preocupó, intentó apoyarme, pero yo le dije que esto era algo mío y que encontraría la manera de curarme–. Y fue así que Camila comenzó a tejer al telar. Tejió y tejió hasta que fue recobrando la movilidad y hoy se encuentra no solamente recuperada de su dedo sino que también del alma –Esta isla me sanó.

Y mientras me lo cuenta, se da vuelta a mirar a su hombre que la saluda desde la cocina del local. Se contemplan con ternura y luego se vuelve a mí con una sonrisa de satisfacción. Y es que nada puede igualarse al sentimiento de orgullo por haber logrado salir del sistema asfixiante que la tenía atrapada y darle un vuelco a su vida en 180 grados. Me dice despacito que a sus padres les costó asumir que su hija dejaría la carrera más profesional por venirse a la isla para trabajar en algo tan diferente. Pero bastó con una temporada de ellos en la isla, para que terminaran en la misma sintonía y convencidos de que fue la mejor decisión que pudo haber elegido su hija. Me confiesa entre risas que ahora aman más a su yerno que a ella.

Ya de vuelta en mi casa y mientras observo el mandala que Cami nos regaló al momento de despedirnos, pienso en el misterio de la vida. Qué hay de cierto en el destino y cuánto es lo que se pone en juego con las decisiones y riesgos personales, en la construcción de la felicidad.

Hace unos días ese mandala no era más que madera, plumas e hilos inertes. Pero después de su experiencia, hoy ella es capaz de dar vida y tejer una representación de la isla a todo color. Qué maravillosa transformación que hizo de sí misma. Pudo transmutar algo doloroso en una pasión, que es tejer. Siento que una parte de ella me acompaña ahora. Y este amuleto me recordará siempre su ejemplo de valentía y coraje.

Seguramente deben haber otras tantas historias con diferentes finales y destinos menos afortunados. Pero no tuve la oportunidad de conocerlas. Sin proponérmelo me conecté únicamente con mujeres poderosas como Camila, Paulina y Alejandra que llegado el momento tuvieron que empoderarse para tomar las riendas de su vida, atreverse y luchar por aquello que sentían que merecían.  Al final, pienso que esa es la gran diferencia que marca los destinos de las personas, aquellos quienes saben lo que valen, ejercen su derecho, de los que no. Y que en definitivas cuentas, no es otra cosa que el derecho a ser feliz.

sábado, 21 de mayo de 2016

Milano con aroma a jazmín


Ya de regreso de una escapada por un pedacito del viejo continente, voy hacia la ventanilla del avión con mi nuevo amigo: Luciano. El mismo que saltó de su asiento para ayudarme a guardar mi equipaje de mano, apenas me vio aparecer por el pasillo en dirección a su fila. Es un hombre de unos 65 años que irradia una alegría que me contagia. Y razones le sobran, porque es su primer vuelo y nada menos que para atravesar el océano Atlántico.

¡Voy a América!– Me dice con unos ojos celestes que le brillan más que el cielo en primavera –E`il mio primo viaggio lontano da casa mia. Non vedo come un bambino ¡Picolino!– Mientras se ríe con gracia, me invita a que me acerque, indicándome con el dedo en dirección hacia adelante: –Quelli… sono i mei amici.

Y al asomarme para buscar a sus amigos, los encuentro con la vista clavada en mí y con la misma picardía que a unos niños pequeños a punto de hacer una travesura. Detrás de los asientos, solo puedo verles los ojos achinados de la risa. Ambos me saludan entusiasmados, como haciéndome cómplice de lo que estaba a punto de ocurrir. El viaje de sus vidas.

Luigi e Mariano. Quel ragazzo ahí e Alberto, figlio de Luigi e giocatore di calcio in Inghilterra, prima squadra divisione (delantero del Swansea City, equipo de Inglaterra de la Premier League)– Y me mira levantando las cejas, asintiendo con la cabeza lentamente, tal como reafirmara “el mismo que viste y calza”.

Yo sinceramente nunca lo había escuchado, pero decido seguirle la conversación y ver hasta qué lugares me lleva con su historia. Y la verdad es que me conmovió. Hace más de 50 años que coincidieron en el mismo barrio que los vio nacer, crecer y envejecer. Veranos completos corriendo en las soleadas aceras de Bérgamo, estudiando en la misma escuela y comiendo la pasta, se fueron enlazando lentamente como se unen las hebras en una máquina de coser, hasta que el tiempo fue pasando y el entramado se hizo indestructible. Ninguno fue a la universidad, sino que trabajaron ni bien terminaron la secundaria. Luego se casaron, tuvieron hijos y después nietos. Hoy ya no trabajan como antes, más bien disfrutan de aquello por lo que se esforzaron durante la vida completa. Así es que esas jornadas interminables en el trabajo, han sido reemplazado por los juegos con sus nietos, pizzas por las tardes y fútbol los domingos. Eso sí que es sagrado.

Y un día como hoy, se encuentran todos embarcados rumbo a la aventura. Porque como regalo sorpresa, Alberto (el jugador de futbol y el hijo mayor de uno de ellos), los ha invitado a Las Vegas “tutto pagato”. Cuando aterricen harán conexión a New York al igual que yo para tomar el vuelo a las tierras prometidas. Allá una limosina los estará esperando para conducirlos al hotel que los hospedará durante su estadía. Serán seis días de aventuras impregnadas de viejos recuerdos, anécdotas, carcajadas y luces de cine. Si parecen bambinos, se paran, se sientan y se matan de la risa con las azafatas que les siguen el amén en todo. En realidad somos el sector más desordenado de todo el avión. Yo me río con las locuras aunque entienda la mitad de lo que dicen, pero así es el italiano… se puede descifrar fácilmente.

Pienso que la vida está llena de momentos únicos, sólo hay que estar atentos para no dejarlos escapar. Y esta escena resume mucho de lo que he podido vislumbrar acá, porque me he quedado realmente sorprendida con Milano. Y no precisamente por el magnífico Duomo, la Madonna o el fresco de La Última Cena de Leonardo Da Vinci, que sin dudas forman parte del patrimonio cultural que ofrece esta ciudad. Esto es espectacular y habría que ser bruto para no apreciarlo, pero lo que más me hizo sentido fue el estilo de vida que pude constatar en la medida que me iba internando por cada rincón de este hermosa ciudad. Callejuelas estrechas con suelo de adoquín oscurecidos por los siglos, contrastan con el ocre envejecido de las casas de cuyas jardineras se derraman cascadas de flores en tonos rojos, amarillos, blancos y fucsias. Solo hay espacios para motonetas y bicicletas, los anaranjados tranvías y automóviles circulan en las calles principales y perimetrales. El resto son peatonales –como las que se ubican en el tradicional barrio Brera o al borde del río por el paseo Naviglio– para perderse en una dimensión fuera del tiempo y dejarse llevar al son del acento italiano.

Caminando un día cualquiera, te das cuenta por qué tiene la fama de ser capital de la moda. Acá conviven diferentes estilos cuidadosamente armados según la edad y la personalidad, que dan cuenta de un sentido estético supremo. No importa a qué generación pertenezcas, tu ocupación o la religión que profeses, todo luce sofisticado y cool. Polleras de diferentes telas, coloridos y largos: plisadas, vaporosas, rectas o estampadas, se llevan con zapatillas caña alta, botines o sandalias. Hombres con trajes ajustados en tonos azul cobalto o celeste, con un clavel o pañuelo en la solapa y mocasines de cuero burdeo brillante sin calcetines, que completan con una cabellera prolijamente larga y peinada hacia atrás. También puede ser el rapado a los costados y largo adelante, que algunos acompañan con barba o patillas cuidadosamente formadas. Como sea, el conjunto genera en el viajero un impacto tal que es imposible no sentir el impulso por entrar de urgencia a una casa de moda para estar algo más a tono. Y no exagero.

Pero al sobreponerse a este shock inicial, comienzas a captar códigos particulares que dan cuenta de una manera de mirar el mundo, sobre todo en materia del disfrute. Ya que en vez de encontrar farmacias o sucursales bancarias en cada calle (como abundan en otros países que yo conozco), acá las pizzerías, gelatterias, trattorías, vinotecas y osterías se toman las calles, repletándose hasta que no quepa ni un solo alfiler. Y es que el espacio no solo se colma con los cuerpos, también son las conversaciones, risas, gritos y cantos que ocupan un lugar importante de la interacción entre su gente. Con un triángulo de pizza en la mano y el otro agitándose para enfatizar alguna opinión, beben y fuman en cantidad.

Yo no entiendo cómo con todo lo que consumen, hombres y mujeres, pueden verse tan bien. Si sólo con la mitad yo estaría rodando como una bola. No me entra en la cabeza qué maravillosa receta se guardan los italianos para gozar a lo grande y verse siempre tan bien. Y sinceramente no creo que sea el tipo de maquillaje, efecto visual o que escondan fajas debajo de sus ropas. Conversando con los locales me cuentan que en realidad así como se come, también se ejercitan. No importa la condición socioeconómica que tengas, acá al igual que en España, por ejemplo, la tendencia a entrenar diariamente para mantenerte en forma, va en aumento. Y es impresionante ver en qué estado físico están. Yo pienso que mucho tiene que ver la genética pero es indudable que el cuidado físico contribuye enormemente.

Al igual que en Roma, Florencia o Venecia, el disfrute es transversal y eso produce naturalmente que haya mejor calidad de vida. Personas tomándose los espacios libres, bicicleteando sus paseos, leyendo un buen libro, desconocidos conversando de una mesa a otra como si fueran grandes amigos… Y por supuesto las mascotas. Acá los animalitos son parte de la familia y no tener un perro o un gatito es como que te falta un pedazo. En resumen, hablamos de una integración perfecta entre familia, sociedad y espacio urbano.

Particularmente en primavera, encuentras la ciudad brotada de azahares y jazmín que impregnan las plazas y calles hacia donde quiera que mires. El espacio público es sagrado. Se utilizan mucho las veredas como extensión al local para hacer vida social, así hay algunas más populares en donde prácticamente no puedes avanzar mucho porque se encuentra atestada de multitudes conversando y riendo alegremente con un café, un vino rosso de la Provenza o un Aperol Spritz.

Indudablemente que como en todo lugar en el mundo, debe haber un millón de puntos desfavorables, como el tráfico, la impaciencia y quizás qué otras cosas más, pero sin dudas una estancia por acá invita a anclarnos en el presente, vivir más apasionadamente y disfrutar con estilo el gusto por la gastronomía, el arte y la moda. Al final, qué bien que hace sentirse bien y conforme con uno mismo. Es como una actitud que nace en el interior y que luego se proyecta hacia afuera. A veces es más permanente y otras, son algunos días, según el estado de ánimo y las circunstancias que se atraviesen. Pero cuando nos sentimos a gusto, es como si se dibujara una sonrisa interior.

jueves, 14 de abril de 2016

Demoliendo hoteles


Estos días han sido tan revueltos. De locos. Idas y venidas, traslado de mis cosas, poner todo en orden para llegar a tiempo de cerrar “el boliche” a fin de mes y volar con nada más que mis dos maletas y mi gata de vuelta rumbo al norte del continente. Por más que me esfuerce en ser minimalista, fue inevitable enfrentarse a la agobiante selección de las cosas que se guardan con el tiempo. Y aunque sentía real aprecio por muchas, no me quedó otra que cerrar los ojos y soltar todo lo más que pude. Fue una prueba de desapego brutal, porque aunque cuente con mis amigos que me harán el favor de guardarme cosas tan preciadas como mi piano, cuadros y muebles restaurados…el dejarlos atrás me ha costado algo más de lo que pensé. “Soy tan sentimental” me recrimino siempre. Pero si me detengo un poco para reflexionar, es un costo marginal frente a este estilo de vida que resulta bien poco convencional según mis modelos familiares disponibles.

Así es que a pesar de que todavía me espera un fin de semana más de orden para terminar de desocupar la bodega y dejar vacío el departamento, soy consciente de que este camino lo estoy eligiendo yo y que a fines de este mes regresaré a Estados Unidos en busca de mis afectos y la vida que dejé stand by en noviembre del año pasado.

Haciendo un recuento hacia atrás, ya vamos a cumplir un año que iniciamos este experimento loco, un poco conversado y otro poco improvisado con Andrés. En vista de que las cosas no se veían muy bien desde el punto de vista personal y de pareja, decidimos aplicar un sistema que no truncara el desarrollo profesional de cada uno y las ganas de emprender nuevos desafíos.

De esta manera que resolvimos apartarnos de la ruta que han iniciado la mayoría de nuestros amigos y conocidos, para diseñar una vida acorde a nuestra nueva realidad y que de todas formas nos abriera las puertas para transitar por nuevas aventuras y desarrollarnos en tantos niveles como sea posible. Por nuestras profesiones y visas, la realidad es que no tenemos las mismas oportunidades y el hecho es que yo como psicóloga no puedo ejercer en ningún caso a menos que hiciera un doctorado que está nada más lejos de mis aspiraciones de corto plazo. Así es que después de abrir muchas conversaciones y negociaciones, finalmente resolvimos vivir seis meses juntos y seis meses separados durante los años que sea necesario. Y es que ninguno quiere coartar el desarrollo y la vocación del otro.

En mi experiencia, cuando se opta por una familia de a dos -vale decir sin hijos- uno de los valores fundamentales que se ponen sobre la mesa es una libertad infinita para viajar, emprender, estudiar y hacer todas esas cosas descabelladas que siempre soñaste pero que tarde o temprano debes renunciar por un buen tiempo hasta que tus hijos sean independientes. Quizás lo que se tranza acá es la estabilidad a cambio de la libertad.

En una oportunidad, terapiándome con mi psicóloga yo le preguntaba con preocupación qué pasaba con mis raíces, que sentía como si no tuviera. Un cambio tras otro, de casa, de ocupación, de ideas y proyectos. Recuerdo que después de hacerme abrazar los árboles de una plaza por un largo rato, me dijo algo que me hizo tanto sentido y que tiene que ver con el hecho de que hay personas más etéreas que otras, pero que no significa que no tengan arraigo. Por el contrario, si lo tienen pero sus raíces no son las cosas ni los lugares, sino que las relaciones. Y en mi caso es así. Vivo rodeada de amigos entrañables con los que he cultivado relaciones profundas y en realidad es la gente que quiero la que me hace volver a los lugares y me da la libertad de partir en un nuevo viaje ya que de alguna forma siempre están conmigo. Conectados permanentemente.

Aterrizando todas estas reflexiones a un plano más concreto, la ruta se despeja de la niebla que me producen los temores y el mirar para el costado. Así es que mientras esté en Estados Unidos podré dedicarme de cabeza a escribir y acá en Chile, continuar con mis procesos de coaching individual y organizacional. No tengo idea cuánto iremos a sostener este sistema, pero lo cierto es que le da un nuevo impulso a una relación que venía a la baja desde hace ya un tiempo. Y no creo que él se enoje al leer esto que escribo porque es la pura verdad.

Después de cuestionamientos eternos e infinidades de planes que no pasaron de ser propuestas para morir en el océano de las intenciones, hoy siento que por primera vez nos decidimos en dar un salto motivado ya no desde la plataforma del “deber” sino que impulsados por el trampolín del “querer”. Mi sensación es de no tener límites para nada. Es un volver a descubrir el mundo y ver la vida con nuevos ojos para comenzar a trazarla desde ahí. Siento que de alguna forma me cansé de ser la oveja que sigue fielmente a un rebaño desprovisto de sentido, solo para cumplir con los mandatos sociales establecidos. Siendo bien honesta, tampoco cuento con la disposición anímica para resignarme a esta condición. Algo en mi se ha despertado, un fuego interno y rebelde que se resiste a seguir buscando encajar o amoldarse para ser aceptado. Muchos años perdí en este camino estéril. Por el contrario, mi declaración hoy es fluir con la vida y con aquello esta vez se acomode sin necesidad de forzar su curso natural. Quizás con qué me sorprenda.


Sé que muchas personas que forman parte de nuestro entorno no lo entienden y tampoco espero que lo hagan. La verdad es que si me lo hubiesen contado hace un par de años, cuanto estaba en medio de los tratamientos de fertilidad y las terapias de pareja, jamás lo hubiese creído. Pero mi realidad de hoy es muy distinta y ya no estoy dispuesta a seguir empeñando mi felicidad por nada ni por nadie. He dicho.

domingo, 20 de marzo de 2016

¿Estás enfermo? ¡Empodérate y de cabeza a investigar!


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Cada vez que se mencionaba la palabra exámenes me fastidiaba tremendamente. Cualquier expresión que aludiera a “PAP”, tratamiento, chequeo anual, antibióticos, radiografías, eco-tomografías, me ponía los pelos de punta. Todo lo que tenía que ver con la salud de la medicina tradicional para mí representaba un camino en el que se sabía cuándo comenzaba pero ni idea cuándo terminaba. Desde que tengo memoria evitaba a toda costa ir al doc por temor a que me dijera: “Bueno, tenemos que hacer “X” para descartar “Y”, pero si es “Z” hay que investigar si... bla bla bla...”.

Y esta especie de resistencia médica se reforzaba por malas experiencias. Para llegar a determinar mi intolerancia a la lactosa, por ejemplo, peregriné por cuanto doctor hubo, pasando por diferentes diagnósticos, unos más lapidarios que otros que determinaron desde mal de Crohn hasta celiaquía. No conforme con ninguna de estas etiquetas, además del malestar que persistía, continuaba en la búsqueda de un alivio más sostenido. Mi calvario terminó cuando una doctora gastroenteróloga me hizo exámenes de sangre específicos y determinó que retirando ciertos productos de mi dieta mi vida volvería a la completa normalidad. Y así fue ¡Menos mal haber caído en sus manos!

Como resultado, iba lo justo y necesario. Solo cuando me estaba muriendo y ya sentía que no podía seguir en pie, cedía ante la presión de mi familia para sacar hora y dejarme ver por manos especialistas. Pero las cosas cambiaron cuando cumplí 30 años y quisimos con mi esposo tener un hijo. Nunca imaginamos siquiera lo que nos esperaba.

Como tomé pastillas anticonceptivas por años me hicieron una serie de exámenes de menos a más invasivos que arrojaron un diagnóstico inesperado. Trompas obstruidas y una baja reserva ovárica en relación a una mujer de mi edad que conducía de manera inevitable a tomar la vía de la fertilización in vitro. La ginecóloga especialista fue tajante en este punto: “si quieren ser padres este es el único camino. Ya lo revisamos en junta médica así es que todos los doctores están de acuerdo”.

Ocurrió que por una mezcla de confianza y falta de proactividad de nuestra parte, nos dejamos llevar a ojos cerrados por un camino de tratamientos que nos trajo más desazones que aciertos. Y es que cuando como paciente no te empoderas de tu situación y no tomas un rol activo, puedes caer en un espiral de confusiones bastante grande como nos pasó a nosotros.

Después de 4 ICSIS (inyección intra-citoplasmática de esperatozoides), dos concluidas y dos interrumpidas, una operación para destapar las trompas y un raspaje de útero para sacar unos pólipos… llegué a la conclusión de que antes de embarcarse en algún tratamiento, primero es clave armar una ruta de trabajo en tu casa antes de presentarse en la consulta. Por evidente que parezca, es muchísimo lo que se gana en términos de enriquecer las conversaciones, abrir alternativas y profundizar en el caso particular cuando ya se tiene más menos una idea de posibles enfermedades, tratamientos o medicamentos.

Por qué digo esto: porque en nuestro caso cuando un tratamiento no resultaba, recién ahí se tomaba una medida correctiva que a veces no era más que tomar vitaminas o un desinflamatorio de amplio espectro para preparar al útero antes de ser implantado con un embrión. Todo me parecía tan a ciegas y recién contra resultados, se consideraba una acción preventiva para descartar que en el futuro ocurra un fracaso nuevamente. Y yo pensaba: “Por qué no partimos ahí primero”. Pero siempre me callé y el precio que pagamos fue alto. Hablamos de 5 ó 6 millones más por cada intento además de ver cómo toda la ilusión de ser padres se estrellaba contra la muralla. Así se nos fue lo que representaba una fortuna sin darnos cuenta, impulsados por las voces que nos decían ahora sí aumentaríamos las posibilidades de embarazo.

Pero la gota que rebalsó el vaso resultó ser que internamente el relieve del útero tenía múltiples pólipos que impedirían que cualquier embrión anidara para un posterior desarrollo. Y era tan evidente la morfología anómala que el médico ginecólogo que hizo el examen y que trabajaba en una unidad distinta a la de fertilidad, me pidió que una vez que terminara de vestirme lo esperara afuera para que pudiéramos conversar un momento. Ahí me dijo que a su juicio lo que habían cometido conmigo era de una negligencia grave porque todas las “in vitro” anteriores estuvieron desde el día 1 destinadas al fracaso. Él habiendo realizado este examen simple en el que se muestra la morfología interna a través de un líquido de contraste, se dio cuenta de lo evidente. Así es que un mes más tarde, estaba entrando al quirófano nuevamente para un raspaje que emparejara y limpiara las paredes.

Me di cuenta que con el cerro de casos que los doctores atienden no necesariamente se toman el tiempo para estudiar a cabalidad la realidad de una persona, de manera individualizada y profunda. A veces siguen un protocolo bien estricto y cierran de antemano caminos que si el paciente no propone, se pierden definitivamente como posibilidades para él.

En nuestro caso, después de toda esta experiencia comenzamos a investigar en la web, participar de diversos foros y pedir nuevas opiniones. Fue tanta la información que recibimos que se podría decir que hicimos un doctorado teórico y práctico en materia de fertilidad. Llegamos incluso a Estados Unidos que lleva añares de investigación y experiencia al respecto.

Las cosas cambiaron radicalmente. Con un diagnóstico claro, pudimos tomar otras decisiones y a pesar de que finalmente resolvimos conformar una familia de a dos, sin hijos, nos quedamos con la tranquilidad de que movimos cielo y tierra para encontrar las respuestas.

Yo pienso que esta podría ser una mirada de cualquier persona frente a su salud, no importa el diagnóstico, si es cáncer, endometriosis o alguna enfermedad degenerativa. Hoy en día las redes ofrecen un océano de información y experiencia de personas que han padecido situaciones similares para armarnos un esquema y llegar frente al médico con los ojos más abiertos. Nadie dice que uno sepa más que ellos, pero el cuerpo es propio y siempre podemos elegir alguna alternativa sin importar la gravedad de nuestro estado. La cuestión es empoderarse y exigir explicaciones, alternativas, aclaraciones de por qué en tal país se aplican tales procedimientos o si es posible replicarlos para tener mejores resultados. Pero si no investigamos y nos entregamos a ojos cerrados, evidentemente que el campo de posibilidades se restringe.

Pienso que como sociedad, debiéramos dejar de tener el rol pasivo o de acallarnos frente a la “autoridad” médica. Y si el especialista no se siente cómodo o nos objeta una actitud más participativa, habría que cuestionarse si es el mejor especialista para nosotros. No porque sea una eminencia o trabaje en la mejor clínica, necesariamente siempre vaya a estar en lo correcto.

Tengo casos cercanos de amigas que entraron a pabellón confiados en que les harían una revisión o limpieza y salieron con una trompa de Falopio menos, por ejemplo. Situaciones como estas no pueden seguir ocurriendo. Por esto se hace tan importante tener una presencia activa en el camino de tu recuperación, preguntar por alternativas, presupuestos, prácticas experimentales, etc. etc.


No se trata de instalar un clima de desconfianza ni mucho menos de “guerrilla” en la consulta, sino que de aunar fuerzas con los especialistas de lo que sean, en beneficio de nuestra propia salud y nuestra propia vida. Al final, siento que no podemos delegar en otros -por más que cuenten con todas las certificaciones en las mejores universidades del mundo- nuestra salud completamente. Somos responsables por nosotros mismos y todo lo que aprendamos de nuestro cuerpo, a partir de la constatación de cómo nos sentimos, reacción con los medicamentos, experimentación con medicina alternativa, se traducirá en una mejor calidad de vida.