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sábado, 21 de mayo de 2016

Milano con aroma a jazmín


Ya de regreso de una escapada por un pedacito del viejo continente, voy hacia la ventanilla del avión con mi nuevo amigo: Luciano. El mismo que saltó de su asiento para ayudarme a guardar mi equipaje de mano, apenas me vio aparecer por el pasillo en dirección a su fila. Es un hombre de unos 65 años que irradia una alegría que me contagia. Y razones le sobran, porque es su primer vuelo y nada menos que para atravesar el océano Atlántico.

–¡Voy a América!– Me dice con unos ojos celestes que le brillan más que el cielo en primavera –E`il mio primo viaggio lontano da casa mia. Non vedo come un bambino ¡Picolino!– Mientras se ríe con gracia, me invita a que me acerque, indicándome con el dedo en dirección hacia adelante: –Quelli… sono i mei amici.

Y al asomarme para buscar a sus amigos, los encuentro con la vista clavada en mí y con la misma picardía que a unos niños pequeños a punto de hacer una travesura. Detrás de los asientos, solo puedo verles los ojos achinados de la risa. Ambos me saludan entusiasmados, como haciéndome cómplice de lo que estaba a punto de ocurrir. El viaje de sus vidas.

–Luigi e Mariano. Quel ragazzo ahí e Alberto, figlio de Luigi e giocatore di calcio in Inghilterra, prima squadra divisione (delantero del Swansea City, equipo de Inglaterra de la Premier League)– Y me mira levantando las cejas, asintiendo con la cabeza lentamente, tal como reafirmara “el mismo que viste y calza”.

Yo sinceramente nunca lo había escuchado, pero decido seguirle la conversación y ver hasta qué lugares me lleva con su historia. Y la verdad es que me conmovió. Hace más de 50 años que coincidieron en el mismo barrio que los vio nacer, crecer y envejecer. Veranos completos corriendo en las soleadas aceras de Bérgamo, estudiando en la misma escuela y comiendo la pasta, se fueron enlazando lentamente como se unen las hebras en una máquina de coser, hasta que el tiempo fue pasando y el entramado se hizo indestructible. Ninguno fue a la universidad, sino que trabajaron ni bien terminaron la secundaria. Luego se casaron, tuvieron hijos y después nietos. Hoy ya no trabajan como antes, más bien disfrutan de aquello por lo que se esforzaron durante la vida completa. Así es que esas jornadas interminables en el trabajo, han sido reemplazado por los juegos con sus nietos, pizzas por las tardes y fútbol los domingos. Eso sí que es sagrado.

Y un día como hoy, se encuentran todos embarcados rumbo a la aventura. Porque como regalo sorpresa, Alberto (el jugador de futbol y el hijo mayor de uno de ellos), los ha invitado a Las Vegas “tutto pagato”. Cuando aterricen harán conexión a New York al igual que yo para tomar el vuelo a las tierras prometidas. Allá una limosina los estará esperando para conducirlos al hotel que los hospedará durante su estadía. Serán seis días de aventuras impregnadas de viejos recuerdos, anécdotas, carcajadas y luces de cine. Si parecen bambinos, se paran, se sientan y se matan de la risa con las azafatas que les siguen el amén en todo. En realidad somos el sector más desordenado de todo el avión. Yo me río con las locuras aunque entienda la mitad de lo que dicen, pero así es el italiano… se puede descifrar fácilmente.

Pienso que la vida está llena de momentos únicos, sólo hay que estar atentos para no dejarlos escapar. Y esta escena resume mucho de lo que he podido vislumbrar acá, porque me he quedado realmente sorprendida con Milano. Y no precisamente por el magnífico Duomo, la Madonna o el fresco de La Última Cena de Leonardo Da Vinci, que sin dudas forman parte del patrimonio cultural que ofrece esta ciudad. Esto es espectacular y habría que ser bruto para no apreciarlo, pero lo que más me hizo sentido fue el estilo de vida que pude constatar en la medida que me iba internando por cada rincón de este hermosa ciudad. Callejuelas estrechas con suelo de adoquín oscurecidos por los siglos, contrastan con el ocre envejecido de las casas de cuyas jardineras se derraman cascadas de flores en tonos rojos, amarillos, blancos y fucsias. Solo hay espacios para motonetas y bicicletas, los anaranjados tranvías y automóviles circulan en las calles principales y perimetrales. El resto son peatonales –como las que se ubican en el tradicional barrio Brera o al borde del río por el paseo Naviglio– para perderse en una dimensión fuera del tiempo y dejarse llevar al son del acento italiano.

Caminando un día cualquiera, te das cuenta por qué tiene la fama de ser capital de la moda. Acá conviven diferentes estilos cuidadosamente armados según la edad y la personalidad, que dan cuenta de un sentido estético supremo. No importa a qué generación pertenezcas, tu ocupación o la religión que profeses, todo luce sofisticado y cool. Polleras de diferentes telas, coloridos y largos: plisadas, vaporosas, rectas o estampadas, se llevan con zapatillas caña alta, botines o sandalias. Hombres con trajes ajustados en tonos azul cobalto o celeste, con un clavel o pañuelo en la solapa y mocasines de cuero burdeo brillante sin calcetines, que completan con una cabellera prolijamente larga y peinada hacia atrás. También puede ser el rapado a los costados y largo adelante, que algunos acompañan con barba o patillas cuidadosamente formadas. Como sea, el conjunto genera en el viajero un impacto tal que es imposible no sentir el impulso por entrar de urgencia a una casa de moda para estar algo más a tono. Y no exagero.

Pero al sobreponerse a este shock inicial, comienzas a captar códigos particulares que dan cuenta de una manera de mirar el mundo, sobre todo en materia del disfrute. Ya que en vez de encontrar farmacias o sucursales bancarias en cada calle (como abundan en otros países que yo conozco), acá las pizzerías, gelatterias, trattorías, vinotecas y osterías se toman las calles, repletándose hasta que no quepa ni un solo alfiler. Y es que el espacio no solo se colma con los cuerpos, también son las conversaciones, risas, gritos y cantos que ocupan un lugar importante de la interacción entre su gente. Con un triángulo de pizza en la mano y el otro agitándose para enfatizar alguna opinión, beben y fuman en cantidad.

Yo no entiendo cómo con todo lo que consumen, hombres y mujeres, pueden verse tan bien. Si sólo con la mitad yo estaría rodando como una bola. No me entra en la cabeza qué maravillosa receta se guardan los italianos para gozar a lo grande y verse siempre tan bien. Y sinceramente no creo que sea el tipo de maquillaje, efecto visual o que escondan fajas debajo de sus ropas. Conversando con los locales me cuentan que en realidad así como se come, también se ejercitan. No importa la condición socioeconómica que tengas, acá al igual que en España, por ejemplo, la tendencia a entrenar diariamente para mantenerte en forma, va en aumento. Y es impresionante ver en qué estado físico están. Yo pienso que mucho tiene que ver la genética pero es indudable que el cuidado físico contribuye enormemente.

Al igual que en Roma, Florencia o Venecia, el disfrute es transversal y eso produce naturalmente que haya mejor calidad de vida. Personas tomándose los espacios libres, bicicleteando sus paseos, leyendo un buen libro, desconocidos conversando de una mesa a otra como si fueran grandes amigos… Y por supuesto las mascotas. Acá los animalitos son parte de la familia y no tener un perro o un gatito es como que te falta un pedazo. En resumen, hablamos de una integración perfecta entre familia, sociedad y espacio urbano.

Particularmente en primavera, encuentras la ciudad brotada de azahares y jazmín que impregnan las plazas y calles hacia donde quiera que mires. El espacio público es sagrado. Se utilizan mucho las veredas como extensión al local para hacer vida social, así hay algunas más populares en donde prácticamente no puedes avanzar mucho porque se encuentra atestada de multitudes conversando y riendo alegremente con un café, un vino rosso de la Provenza o un Aperol Spritz.

Indudablemente que como en todo lugar en el mundo, debe haber un millón de puntos desfavorables, como el tráfico, la impaciencia y quizás qué otras cosas más, pero sin dudas una estancia por acá invita a anclarnos en el presente, vivir más apasionadamente y disfrutar con estilo el gusto por la gastronomía, el arte y la moda. Al final, qué bien que hace sentirse bien y conforme con uno mismo. Es como una actitud que nace en el interior y que luego se proyecta hacia afuera. A veces es más permanente y otras, son algunos días, según el estado de ánimo y las circunstancias que se atraviesen. Pero cuando nos sentimos a gusto, es como si se dibujara una sonrisa interior.

sábado, 13 de febrero de 2016

Corre que te pillo, la doble cara de la virtualidad


El otro día una amiga me decía:

Victoria estoy realmente cansada de tener que restringir toda mi comunicación con este “tipo” al whatsapp… Yo me pierdo en el laberinto de los chats eternos… No sirvo. Me canso. Pero cada vez que intento llamarlo no contesta y después me dice que está ocupado. No lo sé. Yo puedo whatsapear con mis amigas y matarme de risa con tonterías, pero ya estar así con él es algo que me cansa. Ya llevamos meses en esta misma dinámica y lo único que obtengo son puras frutitas de su parte (refiriéndose a los emoticones de frutas) que al final no son ni chicha ni limonada -Ahí estallamos de risa - Si ya parece el cuento del “corre que te pillo”.


Más allá de lo tragicómica de la situación, qué cierto me resulta la doble cara de las redes sociales. Porque por una parte, así como se han desarrollado de manera global para a establecer puentes de conexión alrededor de todo el mundo; también sirve de escudo imbatible para aquellas otras que aún no saben qué quieren hacer o cómo resolver sus relaciones.

A través de los ojos de ella, el whatsapp te protege de la exposición. Las conversaciones se vuelven muchos más controladas y cuidadas, pudiendo proveer de un tiempo más que razonable para que puedas articular una respuesta según cuánto es lo que quieras jugarte en ella. Si no te fluye de inmediato y se pasa el tiempo, no importa: son parte de los códigos dejar que se “enfríen” las conversaciones por la excusa que sea. También se entiende que dejar en “visto” a alguien es un mensaje en sí mismo. Pero como todo se configura, incluso la privacidad, hasta existe la función para neutralizar esto también y ocultar si los mensajes han sido leídos o no, o cuándo fue la última vez que la persona se conectó. Hay configuraciones para todos los gustos y necesidades. Y yo lo que veo que se pone en jaque es el compromiso entre las personas. Me cuestiono hasta qué punto nos hacemos cargo de lo que decimos/hacemos o dejamos de decir/hacer.

Ya sea a través del whatsapp que se utiliza en el público más latino o a través de Messenger de face para Norteamérica y gran parte de Europa, la mensajería queda bastante intermediada por las caritas de los emoticones que abundan por la nube digital. Esta simpática simbología, que aliviana sin dudas las conversaciones, también las trivializa. Así es que sin dejar de decir lo que se quiere, nada es tan grave o puede tomarse así tan en la profunda. Y aunque también permiten explicitar un deseo que de otra forma podría ser mucho más difícil decirlo abiertamente, pareciera ser que al igual que el alcohol en una fiesta, el estar detrás del Smartphone que sea, también “envalentona” de sobremanera: comunicar al otro lo que le pasa o lo que quisiera hacer a través de caritas traviesas, de tristeza o de enojo… Por ejemplo, facilitan dar licencias de decir pesadeces que no suenan como tales, dar rienda suelta a la ternura (lo cual se agradece en personas que no tienen muy a la mano esta emoción) y permite explotar la veta humorística.

Estos códigos flotan en un plano de la subjetividad que da mayor espacio para que el interlocutor rellene los aspectos del mensaje a su propio arbitrio, lo cual puede generar también mayor confusión y desazón. Porque cada uno puede entenderlos según el deseo que proyecte, la carencia que tenga o lo que su estado emocional momentáneo le susurre al oído.

Como sea, sobre todo en la época del galanteo y conquista, pareciera ser que el teléfono y las temibles “citas” iniciales han sido destronadas irrevocablemente por estos métodos que te dan más “licencias” para expresarte sin pudor. Y a la vez, controlan de manera mucho más efectiva el compromiso en las relaciones al no hacerse cargo 100% del poder transformador de la palabra y quizás al sumirnos en un mundo más interpretativo aún del que ya habitábamos. Y es que al quedar desprovisto del poder de las miradas, el volumen de la voz y las latencias de respuesta en una conversación más directa, es como que una fuente de retroalimentación importante se termina ahí también.

Ahora el otro lado de las relaciones mediadas por las redes también es súper interesante. Frecuentemente tienen el efecto de prolongar el contacto con las personas de manera más indefinida. Es decir, pase lo que pase, siempre tendremos al menos una ventana para saber qué es de la vida de alguien.

Haciendo un recuento para atrás me doy cuenta de que mantengo cierto grado de contacto con prácticamente todas mis exparejas y los “pinches” eternos de mi adolescencia, los cuales en algún momento de la vida fueron significativos para mí. Y lo siguen siendo. La verdad es que gracias a las redes sociales sigo conectada con ellos o al menos me voy enterando de sus pasos y elecciones de vida. Todos estamos más grandes (o viejos), algunos de ellos más guatones, pelados, y otros que por supuesto nunca dejaron de cuidarse y hoy están más buenos que el vino. Pero en definitiva, cada uno siguió con sus vidas y yo puedo constatarlo.

Y así es como se nos abre un nuevo campo relacional que evidentemente nos plantea nuevos desafíos para que podamos adaptarnos una y otra vez.

Por este motivo que quizás hoy las separaciones no sean como antes. Hace no muchos años atrás, cuando querías poner término a una relación, lo hacías y punto. Generalmente dejabas de frecuentar ciertos lugares, borraba el número de teléfono y lo eliminabas de tu directorio de contactos del antiguo messenger de hotmail. Y con eso bastaba o por lo menos, permitía que desaparecieras por un buen rato hasta que después diera lo mismo un encuentro casual.

Pero la realidad de hoy me resulta diferente. Si quieres perder contacto con alguien es más difícil porque nadie se separa realmente de nadie. Las parejas que rompen pueden seguir enterándose de lo que hace el del al lado porque existen herramientas como Facebook, por ejemplo, en las que no sólo te conectas con “la” persona (lo cual si así fuera simplificaría mucho los procesos de quiebre), sino que con toda la constelación de redes que rodean como amigos, familias, actividades y lugares comunes…

Así es que en estos días que corren más vale ir entrenándose en la práctica del desapego consciente. Y esto es lo que requiere la capacidad de cerrar. De lo contrario es difícil que suceda o por lo menos lo puede llegar a hacer cuesta arriba porque ya no está en el imaginario qué es lo que estará haciendo tal o cuál persona, sino que por el contrario, puedes verlo porque las redes te lo indican a cada momento a través de etiquetas, imágenes de Instagram y “estado" de whatsapp, skype o facebook.

Me impresiona y maravilla a la vez el cómo se pueden construir y mantener relaciones a través del tiempo y sin importar cuán lejos este la otra persona. Si se trata de generar espacios de cotidianidad hoy puedes acostarte en un extremo del mundo habiendo compartido vía whatsapp y si la diferencia horaria lo permite, levantarte con esa persona porque no dejamos nunca de estar conectados los unos con los otros.

Se me viene a la mente el proceso de domesticación del principito con el zorro. Para llegar a ser alguien necesario para el otro primeramente se debían “crear lazos”. Y yo veo que pese a todas las complejidades que planteaba anteriormente, las redes sí lo permiten porque son puentes que se tienden.

En el plano personal, estando lejos he podido conocer a personas maravillosas que en Chile nunca me di el tiempo para hacerlo y que allá comenzamos a escribirnos cuando se enteraron de que había viajado y hoy puedo decir que somos amigos. También con mi pareja. Él ahora está lejos y yo puedo mantener una cotidianeidad que nos permite inclusive, preparar una comida especial a la luz de las velas y cenar juntos vía Skype para el 14 de febrero. Quizás que en este caso particular los años que llevamos juntos facilitan una continuidad más fluida.

Como sea, gracias a las redes nadie puede decir que haya perdido de vista completamente a esas personas que nos marcaron en mayor o medida. Y si hay alguien que sí es capaz de cortar con todas la tecnología fluyendo a raudales, lo admiro profundamente. Y no es que me la pase fisgoneando en la vida ajena pero quién puede decir que no sienta nada de curiosidad o que no diga “¿Qué habrá sido de esta persona…? A ver si la encuentro”.