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domingo, 10 de julio de 2016

Un hombre solitario


Quisiera estar como tantas veces,
Aquellas tardes de la pereza.
El tiempo quieto la pena lejos.
Los cigarrillos sobre la mesa.
Charlando, tranquilos, de cada cosa un poquito.
Charlando, tranquilos, de cada cosa un poquito.

Carta Canción de Ketama.

Sale todos los días por la mañana a la misma hora. Decide caminar hasta la estación de metro que se encuentra en la plaza pudiendo coger la bicicleta como lo hiciera tantas veces, meses atrás. Pero aquel entonces ha quedado en el pasado de unos recuerdos que sus sentimientos se resisten a soltar, por temor a perder la nitidez que todavía conservan. Prefiere pensar que la última vez que se subió a una de ellas, las cosas eran como antes. Entonces si lo hace ahora, la ilusión de cercanía con aquellos días se perdería irremediablemente. Si se concentra y entrecierra los ojos, todavía puede sentir el aroma y escuchar aquella risa. Lo que antes era motivo de alegría hoy se ha transformado en desazón. Y aunque sepa que revivir a los muertos casi nunca hace bien –más que una sensación de alivio momentáneo que termina sepultando cualquier asomo de optimismo–reconoce que no puede evitarlo.

Yo dejo a un lado mi libro y lo observo de reojo, totalmente ajena a su universo interno. Es imposible que pase desapercibido. Permanece sentado en posición yogui con los ojos cerrados al sol. No se le mueve un pelo. Me parece ingenioso venir a relajarse a la piscina después de una jornada laboral. De repente y sin nada en particular que lo atrajera a la realidad, abre los ojos y se dirige a mi:

–Soy un adicto a los recuerdos.

Llegué a saltar de la sorpresa y sin entender muy bien cómo descubrió que lo espiaba si tenía los ojos cerrados, le sonreí para enseguida sumergirme casi inmediatamente en mi lectura. Como sea, el encuentro paso de largo porque justamente se apareció un mesero para ofrecerle la carta de tragos y apetizers.

Después de leer un par de capítulos de una novela que encontré buceando en una librería enorme del Greenwich Village en New York, nuevamente lo aparté para contemplar la vista a mi alrededor. Me encanta el sol de las 5 PM en adelante, es como si los colores cobraran un tono más hacia el dorado o el rosado. Desde el rooftop se puede ver la ciudad de Washington DC en 360º. Los techos de las alargadas casas victorianas en todos los colores, rodeadas de ginkgos bilobas y abedules que las sobrepasan, confundiéndose entre las manzanas, monumentos y las plazas que siguen una prolija geometría. A lo lejos puede descubrirse la casa blanca, el capitolio y el puntiagudo monumento a Washington. Considerando el contexto en general, este pedacito de “playa” resulta de lo más curioso. En medio de la ciudad se instala con pasto, piscina, reposeras y un lounge que invita a un relajo absoluto. La barra y la piscina son los mayores puntos de encuentro de la gente, quienes con una Mimosa o una caipirinha en la mano bailan al ritmo de las mezclas del DJ.

            –Quizás en otra vida.

Escucho que nuevamente me dirige la palabra, aludiendo a mi novela que así se llama. Yo le sonrío y me preparo para poner a prueba una vez más, mi inglés “en proceso”.

–Quizás en otra vida. Bueno en realidad no podría decir mucho porque acabo de empezarlo y a veces me demoro un poco en entender las ideas cuando traduzco del inglés al español.

Me preguntó las clásicas cosas como de dónde era, qué hacía y qué me parecía la ciudad. Ahí nos detuvimos un buen rato para hablar de los estilos de vida, los barrios y la personalidad de sus habitantes. Me explica el sentido del humor que tienen los norteamericanos, que cambia según la ciudad de la cual provenga: los de la costa Este son más sarcásticos y utilizan mucho el humor negro, para reírse de situaciones y de sí mismos. Él me dice que quizás el desarrollo y el intercambio con tantas culturas ha marcado una diferencia enorme que contrasta a las regiones más centrales del país.

–Para elegir el lugar donde quieras establecerte, es tan importante evaluar primero qué es lo que te hace feliz. Preguntarte: qué necesito para sentirme bien. Por ejemplo yo: Amo vivir en esta ciudad porque soy consultor para el Banco Mundial, lo que me permite trabajar sólo 182 días al año y el resto de tiempo disfruto hacer las cosas que me llenan el alma. Como por ejemplo, la fotografía. Yo viajo por el mundo sacando fotos de lugares, personas, situaciones y naturaleza.

Me muestra las que hizo durante su última travesía por el Sudeste Asiático y la verdad es que su trabajo es increíble. Me cuenta que para él es esencial movilizarse en contextos que le den tranquilidad como este. En contraposición mía, que me inclino hacia lugares más convulsionados como New York.

–Para ser honesto, siempre soñé con vivir en Brooklyn pero el tiempo fue pasando y ahora mi ex novia se ha mudado hacia allá– Se ríe.

Ahí se corta un poco la conversación, no sé qué decir. No quiero parecer entrometida porque hay personas que cuidan mucho su vida personal, así es que avanzo con mi punto, argumentando que no debería dejar de hacerlo si realmente es lo que ha soñado siempre… Además, son millones de ciudadanos como para estar topándose por ahí.

Me mira acertando y me cuenta que va a cumplirse un año de su ruptura y que aún no logra superar la pérdida. Ha tenido que apoyarse con tratamiento psicológico y otras terapias complementarias, como la medicina china y la meditación. Ningún camino por separado, sino que todo en su conjunto ha contribuido en su proceso de sanación.

–Los primeros meses me sentía devastado, no solo el corazón, sino el cuerpo. Algo totalmente desconocido para mí: que físicamente un hecho de la vida te duela y que tengas que hacer las cosas como un robot porque la sola oportunidad para detenerte a pensar implicaría pasarte el día completo en la cama… Definitivamente era nuevo. Y he pasado por tantos estados, primero la desesperación que te da cuando comienzas a entender que nada va ser como antes, que la relación se terminó de verdad y que aquella persona que amas decide irse lejos para cortar realmente de raíz. Después de agotar todos los intentos para intentar revertir la situación y darte cuenta de que ya no está en tus manos y que probablemente nunca lo estuvo porque una relación se construye de a dos, me hizo caer en una depresión. Ahí es cuando vine a tocar fondo– Me mira y se le escapa una carcajada –A propósito soy Robert, no creo habértelo dicho antes.

Nos reímos un buen rato y continúa con su historia. Me sorprende su capacidad para comenzar a hablar de lo que le pasa y con qué apertura se adentra en temas que por lo menos yo acostumbro a compartir con mi círculo más cercano. Yo le pregunto qué hacía cuando estaba con los ojos cerrados y me cuenta que son ejercicios de re-conexión para volver a su centro cada vez que siente que anda muy disperso.

–Hay veces que viene bien disciplinar la mente y conectarme con el momento presente. Tiendo mucho a irme hacia el pasado y revivir los recuerdos, así es que esta fue la manera que encontré para salir adelante.

            –¿Y te resulta?– Le pregunto curiosa.

–De a poco sí– Y se ríe –Veo que no me crees mucho. Pero si te contara las cosas que he hecho, pensarías que estoy loco y saldrías arrancando.

Yo abro más los ojos y lo insto a que me cuente el límite de su “locura”.

            –Bueno ¿Conoces la plaza de los perros?

Al frente del edificio en el que vivo hay una placita de mascotas. Es un maravilloso espacio verde que termina como una punta de diamante, rodeada de árboles, macizos de flores y cercada por unos barrotes dorados que deben ser antiquísimos. Durante el día es el punto de encuentro de todos los perritos del sector quienes guiados por sus amos, van felices a este paraíso canino. Así es como de todas las razas, grandes chiquitos, peludos, pelados, distinguidos y mestizos, se la pasan corriendo de un lado a otro, siguiendo una pelota o haciendo acrobacias. Y es tal el éxito que tiene que es un verdadero espectáculo contemplar cómo es que al acercarse van tirando de las correas desesperados para llegar cuanto antes… Como mi escritorio da hacia la ventana que se orienta justo al frente, los distingo hasta dos cuadras. Me divierte pensarlos con voces propias: –¡Apúrate papá que ahí están mis amigos! ¡Acá vengo! ¡Espérenme, no comiencen sin mí! Ven que yo tengo patas cortas y con mi papá estamos los dos muy gordos para movernos tan rápido–. Son como niños. Y los que ya están adentro, llaman a ladridos a los que se vienen acercando, como si los esperaran para continuar el juego. Otra realidad paralela es la que se vive entre “humanos”. No dudo de que acá mismo amistades han nacido, porque entre todos se conocen, se saludan muy fraternalmente y se pasan las tardes de verano completas charlando animadamente.

–Yo no tengo perro. Pero por muchos días seguidos, ir a la plaza y sentarme a observar a la gente conversando felices era algo que me llenaba de esperanza. Me recordaba la felicidad en lo simple, en lo cotidiano… Y cuando la gente me miraba como preguntándose cuál era mi perro, yo levantaba la mano mirando hacia el montón de canes que corrían de un lado a otro y gritaba: ¡Héctor! ¡Héctor! ¡Acá estoy! Y ahí me quedaba con una sonrisa. Nunca nadie supo que yo no tenía un perro. Y sin embargo, conversé acerca del amor hacia los animales como si fuera un gran entendido. Al final... El amor es el amor.

Nos reímos un buen rato y ya cuando se ponía el sol, comencé a sentir algo de frío. Así es que junté mis cosas y nos despedimos.  Y antes de desaparecer le grito:

            –¡New York te espera!


            –¡Quizás en otra vida!

sábado, 21 de mayo de 2016

Milano con aroma a jazmín


Ya de regreso de una escapada por un pedacito del viejo continente, voy hacia la ventanilla del avión con mi nuevo amigo: Luciano. El mismo que saltó de su asiento para ayudarme a guardar mi equipaje de mano, apenas me vio aparecer por el pasillo en dirección a su fila. Es un hombre de unos 65 años que irradia una alegría que me contagia. Y razones le sobran, porque es su primer vuelo y nada menos que para atravesar el océano Atlántico.

¡Voy a América!– Me dice con unos ojos celestes que le brillan más que el cielo en primavera –E`il mio primo viaggio lontano da casa mia. Non vedo come un bambino ¡Picolino!– Mientras se ríe con gracia, me invita a que me acerque, indicándome con el dedo en dirección hacia adelante: –Quelli… sono i mei amici.

Y al asomarme para buscar a sus amigos, los encuentro con la vista clavada en mí y con la misma picardía que a unos niños pequeños a punto de hacer una travesura. Detrás de los asientos, solo puedo verles los ojos achinados de la risa. Ambos me saludan entusiasmados, como haciéndome cómplice de lo que estaba a punto de ocurrir. El viaje de sus vidas.

Luigi e Mariano. Quel ragazzo ahí e Alberto, figlio de Luigi e giocatore di calcio in Inghilterra, prima squadra divisione (delantero del Swansea City, equipo de Inglaterra de la Premier League)– Y me mira levantando las cejas, asintiendo con la cabeza lentamente, tal como reafirmara “el mismo que viste y calza”.

Yo sinceramente nunca lo había escuchado, pero decido seguirle la conversación y ver hasta qué lugares me lleva con su historia. Y la verdad es que me conmovió. Hace más de 50 años que coincidieron en el mismo barrio que los vio nacer, crecer y envejecer. Veranos completos corriendo en las soleadas aceras de Bérgamo, estudiando en la misma escuela y comiendo la pasta, se fueron enlazando lentamente como se unen las hebras en una máquina de coser, hasta que el tiempo fue pasando y el entramado se hizo indestructible. Ninguno fue a la universidad, sino que trabajaron ni bien terminaron la secundaria. Luego se casaron, tuvieron hijos y después nietos. Hoy ya no trabajan como antes, más bien disfrutan de aquello por lo que se esforzaron durante la vida completa. Así es que esas jornadas interminables en el trabajo, han sido reemplazado por los juegos con sus nietos, pizzas por las tardes y fútbol los domingos. Eso sí que es sagrado.

Y un día como hoy, se encuentran todos embarcados rumbo a la aventura. Porque como regalo sorpresa, Alberto (el jugador de futbol y el hijo mayor de uno de ellos), los ha invitado a Las Vegas “tutto pagato”. Cuando aterricen harán conexión a New York al igual que yo para tomar el vuelo a las tierras prometidas. Allá una limosina los estará esperando para conducirlos al hotel que los hospedará durante su estadía. Serán seis días de aventuras impregnadas de viejos recuerdos, anécdotas, carcajadas y luces de cine. Si parecen bambinos, se paran, se sientan y se matan de la risa con las azafatas que les siguen el amén en todo. En realidad somos el sector más desordenado de todo el avión. Yo me río con las locuras aunque entienda la mitad de lo que dicen, pero así es el italiano… se puede descifrar fácilmente.

Pienso que la vida está llena de momentos únicos, sólo hay que estar atentos para no dejarlos escapar. Y esta escena resume mucho de lo que he podido vislumbrar acá, porque me he quedado realmente sorprendida con Milano. Y no precisamente por el magnífico Duomo, la Madonna o el fresco de La Última Cena de Leonardo Da Vinci, que sin dudas forman parte del patrimonio cultural que ofrece esta ciudad. Esto es espectacular y habría que ser bruto para no apreciarlo, pero lo que más me hizo sentido fue el estilo de vida que pude constatar en la medida que me iba internando por cada rincón de este hermosa ciudad. Callejuelas estrechas con suelo de adoquín oscurecidos por los siglos, contrastan con el ocre envejecido de las casas de cuyas jardineras se derraman cascadas de flores en tonos rojos, amarillos, blancos y fucsias. Solo hay espacios para motonetas y bicicletas, los anaranjados tranvías y automóviles circulan en las calles principales y perimetrales. El resto son peatonales –como las que se ubican en el tradicional barrio Brera o al borde del río por el paseo Naviglio– para perderse en una dimensión fuera del tiempo y dejarse llevar al son del acento italiano.

Caminando un día cualquiera, te das cuenta por qué tiene la fama de ser capital de la moda. Acá conviven diferentes estilos cuidadosamente armados según la edad y la personalidad, que dan cuenta de un sentido estético supremo. No importa a qué generación pertenezcas, tu ocupación o la religión que profeses, todo luce sofisticado y cool. Polleras de diferentes telas, coloridos y largos: plisadas, vaporosas, rectas o estampadas, se llevan con zapatillas caña alta, botines o sandalias. Hombres con trajes ajustados en tonos azul cobalto o celeste, con un clavel o pañuelo en la solapa y mocasines de cuero burdeo brillante sin calcetines, que completan con una cabellera prolijamente larga y peinada hacia atrás. También puede ser el rapado a los costados y largo adelante, que algunos acompañan con barba o patillas cuidadosamente formadas. Como sea, el conjunto genera en el viajero un impacto tal que es imposible no sentir el impulso por entrar de urgencia a una casa de moda para estar algo más a tono. Y no exagero.

Pero al sobreponerse a este shock inicial, comienzas a captar códigos particulares que dan cuenta de una manera de mirar el mundo, sobre todo en materia del disfrute. Ya que en vez de encontrar farmacias o sucursales bancarias en cada calle (como abundan en otros países que yo conozco), acá las pizzerías, gelatterias, trattorías, vinotecas y osterías se toman las calles, repletándose hasta que no quepa ni un solo alfiler. Y es que el espacio no solo se colma con los cuerpos, también son las conversaciones, risas, gritos y cantos que ocupan un lugar importante de la interacción entre su gente. Con un triángulo de pizza en la mano y el otro agitándose para enfatizar alguna opinión, beben y fuman en cantidad.

Yo no entiendo cómo con todo lo que consumen, hombres y mujeres, pueden verse tan bien. Si sólo con la mitad yo estaría rodando como una bola. No me entra en la cabeza qué maravillosa receta se guardan los italianos para gozar a lo grande y verse siempre tan bien. Y sinceramente no creo que sea el tipo de maquillaje, efecto visual o que escondan fajas debajo de sus ropas. Conversando con los locales me cuentan que en realidad así como se come, también se ejercitan. No importa la condición socioeconómica que tengas, acá al igual que en España, por ejemplo, la tendencia a entrenar diariamente para mantenerte en forma, va en aumento. Y es impresionante ver en qué estado físico están. Yo pienso que mucho tiene que ver la genética pero es indudable que el cuidado físico contribuye enormemente.

Al igual que en Roma, Florencia o Venecia, el disfrute es transversal y eso produce naturalmente que haya mejor calidad de vida. Personas tomándose los espacios libres, bicicleteando sus paseos, leyendo un buen libro, desconocidos conversando de una mesa a otra como si fueran grandes amigos… Y por supuesto las mascotas. Acá los animalitos son parte de la familia y no tener un perro o un gatito es como que te falta un pedazo. En resumen, hablamos de una integración perfecta entre familia, sociedad y espacio urbano.

Particularmente en primavera, encuentras la ciudad brotada de azahares y jazmín que impregnan las plazas y calles hacia donde quiera que mires. El espacio público es sagrado. Se utilizan mucho las veredas como extensión al local para hacer vida social, así hay algunas más populares en donde prácticamente no puedes avanzar mucho porque se encuentra atestada de multitudes conversando y riendo alegremente con un café, un vino rosso de la Provenza o un Aperol Spritz.

Indudablemente que como en todo lugar en el mundo, debe haber un millón de puntos desfavorables, como el tráfico, la impaciencia y quizás qué otras cosas más, pero sin dudas una estancia por acá invita a anclarnos en el presente, vivir más apasionadamente y disfrutar con estilo el gusto por la gastronomía, el arte y la moda. Al final, qué bien que hace sentirse bien y conforme con uno mismo. Es como una actitud que nace en el interior y que luego se proyecta hacia afuera. A veces es más permanente y otras, son algunos días, según el estado de ánimo y las circunstancias que se atraviesen. Pero cuando nos sentimos a gusto, es como si se dibujara una sonrisa interior.

lunes, 11 de enero de 2016

Hogar, dulce hogar...


¿Para quién no es fundamental encontrar “su” lugar en el mundo? Y en el más literal de los sentidos. Un espacio que sea capaz de contener física y emocionalmente todas las complejas dinámicas que ocurren en la vida de una persona, en interacción tanto con el mundo como consigo misma.

A partir del día en que volé del nido que me albergó desde mi infancia hasta que terminé la universidad, he tenido tantos cambios de casa que prácticamente ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que he atravesado por el fastidioso proceso de embalar, transportar y sobre todo, botar a la basura cosas inútiles que se acumulan con el paso del tiempo bajo la mala excusa de que quizás algún día sirvan. Eso casi nunca ocurre y el hecho es que al levantar ancla para emprender nuevos rumbos, descubro que nuevamente he amontonado un cerro infinito de papeles, ropa, maquillaje y cajitas de cosas de-las-que-mejor-sería-desapegarse.

Desde que comencé una vida en pareja, he tenido prácticamente un cambio de casa por año. Y ya son ocho años los que llevo con él, así es que es la cuenta es fácil: ocho búsquedas, ocho negociaciones con los bancos, ocho momentos de espera por una respuesta afirmativa o negativa… ¡Ocho terremotos vitales y de grado ocho en la escala de Richter!

Durante muchísimo tiempo no fuimos capaces de encontrar qué tipo de hogar era el que se acomodaba a nuestro estilo de vida y personalidad. El peregrinaje comenzó en Chicureo, sector de Piedra Roja. Fue un acto impulsivo en el que nos dejamos llevar por la salida directa a una laguna, las dimensiones monumentales, el paisajismo, las instalaciones nuevas… todo nos cerró de manera aparentemente perfecta… ¡Soñado! Era realmente de película y representaba nuestra máxima aspiración en aquella época. Así es que después de visitarlo una única vez, esa misma tarde firmamos como dos hipnotizados, el cheque con la reserva de la casa que escogimos. Saliendo de la sala de ventas, nos abrazábamos de alegría por este acierto y esa misma noche fuimos a celebrarlo. Ni se nos pasó por la cabeza pensar en nuestro estilo más citadino, ritmo social, viajes por autopistas, peajes y una serie de ítems ocultos que hubiese sido importante dimensionar antes de tomar una decisión semejante.

Es fácil de presagiar lo que ocurrió. A los pocos meses colapsamos contra la realidad de una vida en los suburbios. Viajes todos los días, tanto en la semana para el trabajo, como los fines de semana para salir dentro o fuera de Santiago. Sin hablar del costo en tiempo y dinero para hacer los jardines, las pérgolas de estacionamiento, terrazas y una larga lista que es casi un must para los vecinos del sector ¿Resultado? Casa sola, jardín abandonado y nosotros afuera siempre. Creo que con suerte fui a visitar la laguna una mañana para tomar un café con la única conocida que hice durante esos meses de locos.

Así es que en menos de un año la vendimos para comprar otra que se veía perfecta por fuera pero que por dentro nada funcionaba… Y así sucesivamente, hasta que terminamos con una verdadera aversión inmobiliaria. Hoy me cuestiono cómo fue posible tanta locura y al mismo tiempo, trato de articular un argumento más o menos plausible para aquello que nuestros familiares y amigos no entienden.

La respuesta que tengo es que las decisiones que tomamos las hicimos basadas en lo que a nuestro juicio era socialmente valorado: la casa con patio, perros, piscina, quincho, bosquecillo de abedules, etc, etc... Quizás eso que se justificaría más en el caso de una familia numerosa para nosotros dos evidentemente carece de sentido. No me gusta el trabajo en el jardín (más allá de elegir las plantas y las flores para diseñar el patio), no sé nadar y tampoco me interesa aprender y mucho menos tengo la voluntad que se requiere para lidiar con los nidos de avispas, los techos rotos o las raíces de los árboles que obstruyen subterráneamente las cañerías de las casas. Cada semana sentía que tenía un frente diferente y esta realidad me superó.

Miro hacia atrás y ahora me río a carcajadas… ¡Qué más puedo hacer! Fines de semana completos cachureando desde el persa Bío-Bío hasta dar vueltas y vueltas por el Bazar ED para encontrar “eso” que le hacía falta a nuestra casa de paso. Tantas veces que experimentamos esa fugaz excitación por haber descubierto el juego de terrazas antiguo de hierro, el paragüero de madera de alerce, las baldosas francesas de 1920 que figuraban un tablero de ajedrez y que cubrían el piso de la antigua editorial Zig-Zag… verdaderos tesoros cuyo valor duraba lo que nos tardábamos en regresar a casa e instalarlos. De haber sabido que terminaríamos por vender todos estos hallazgos para volar lo más lejos posible, probablemente hubiésemos invertido menos energías… Pero es impensado ver más allá cuando se está tan desconectado de las necesidades del alma.

Aunque le resulte evidente al que esté leyéndome, “eso” que precisamente echábamos de menos no pasaba por una búsqueda externa. Con el tiempo descubrí que el vacío que no lográbamos llenar, tenía que ver con cuestiones mucho más profundas y que se abrían más aún por no buscar las respuestas en nosotros mismos. Sin duda que nos tocó hacer un recorrido largo hasta dar con el lugar indicado. Y es que el valor que le asignamos al trabajo, a los bienes materiales y al social establishment, nos alejaron de lo que es verdaderamente esencial. Así es que como seducidos por el canto de las sirenas, entramos en un sistema delirante donde trabajábamos únicamente para pagar la vida que estábamos consumiendo: dividendo, créditos de consumo, remodelaciones, mantenciones y una lista interminable de cosas que ya ni vale la pena mencionar. Y todo comenzó a girar en torno a este eje. Nuestras conversaciones se habían vuelto tan monótonas que ni nos dimos cuenta cuando fue que olvidamos salir a caminar, tomar un helado en la plaza, ir al cine o desayunar en la terraza un domingo por la mañana.

Hoy me pregunto qué importancia tiene mantener la casa propia si al final va a consumir tu vida, relaciones y afectos. Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por seguir moldes o realidades ajenas, como nos pasó a nosotros. Ni todos los años de terapia de pareja nos sirvieron para abrir los ojos y bajarnos de esta bicicleta antes de que tocáramos fondo en nuestra relación. Y quizás era lo que precisamente nos tenía que ocurrir para que hiciéramos el “click” que nos estaba haciendo falta.

Con el tiempo, descubrimos que lo que mejor se adapta a nuestro estilo es un departamento. Nada de casas. Por el contrario, un lugar de dimensiones precisas que con una limpieza regular quede aceptable y que dejando cerrado con llave podamos salir un fin de semana completo sin pensar en alarmas o robos en el vecindario. La casa grande se reemplaza por un lugar manejable e iluminado, closets ojalá espaciosos y en lo posible, una terracita para poder tomar un té al aire libre, guardar la bici y dejar la caja con arena de mi gata. Eso sí: No tranzo ubicación, debe estar conectado con la ciudad a como dé lugar, con cafecitos, almacenes de barrio y plazas a la mano. Ideal si está cerca de alguna estación de metro. Lo que pasa es que como ya no tengo auto, estas comodidades cobran un valor incalculable.

El acento puesto anteriormente en los metros cuadrados, potencial de inversión, aspiraciones sociales, opciones de financiamiento; fue reemplazado por lo amistoso del barrio, la comunidad de vecinos y la conexión con la ciudad. El ítem dividendo se redujo a un alquiler totalmente manejable según nuestros ingresos y con esto, mayor holgura para viajar, disfrutar y quizás ahorrar también.

En este sentido, aprendimos a dejar de mirar el pasto del vecino para abrazar aquello que tenemos y que al final no se traduce en otra cosa que no sea calidad de vida, gratitud y por qué no la anhelada felicidad.

Fue así que descubrimos un lugar increíble entre Ñuñoa y Providencia. Y de hecho, me despido por ahora porque bajaré a tomar un café al Sabor de Buenos Aires. Venden las mejores mediaslunas rellenas con jamón y queso. Mientras camine, posiblemente escucharé Mi Casa Ideal de la Colombina Parra… como para estar a tono ;-)