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sábado, 28 de mayo de 2016

Cuando sopla el viento mediterráneo


Si eres de espíritu joven y ligero ­-no importa la edad que tengas-, probablemente Ibiza sería un destino interesante para sumar en tu hoja de ruta. Hace un par de años que voy y la verdad es que no pienso dejar de hacerlo porque nunca termino de maravillarme con esta mágica isla. Esta última vez, apenas aterrizamos con mi pareja del avión, arrendamos una moto que nos acompañó los ocho días que duró nuestra estadía. Así nos olvidamos de los taxis y la locomoción pública para enfocarnos exclusivamente en el disfrute. ¡No había tiempo que perder! Con el tiempo a nuestro favor y el mapa en el bolsillo (porque esta vez no quisimos pagar el fee extra del GPS), fuimos descubriendo cada cala o playita que se escondía detrás de los roqueríos, senderos de campo o bajo los acantilados.

No teníamos un plan predeterminado, sino que siguiendo los cuatro puntos cardinales, fuimos agarrando los caminos que más nos gustaban. Así es que guiados por nuestra intuición, el aroma a azahar y las ganas de perdernos por los agrestes parajes que descansan mecidos por el viento tibio del mediterráneo, llegamos a verdaderos paraísos vírgenes. Allí no hay comercio, ni hoteles, ni nadie más que el isleño o el español que ha venido siempre y que prefiere retirarse de los puntos de mayor ruido. Si te da hambre o sed, puedes comprarles licores, refrescos y algo más a los lugareños que te sirven los brebajes preparados al instante como si fuera gran una barra ambulante.

Es un agrado esperar la puesta de sol contemplando la diversidad de personas que se han ido asentando en este fascinante lugar. No en vano hay muchas historias que hablan de la energía especial que transmite la isla. De hecho, son miles de viajeros y artistas que llegan buscando respuestas para sus vidas o alguna inspiración que les dé fuerzas para continuar con su camino. No sé que hay de cierto en todo esto pero lo que sí sé es que hace un año aquí mismo, me animé para comenzar la novela que estaré publicando próximamente y yo no tenía forma de saber sobre ninguna magia especial.

Ibiza tiene toda la personalidad latina que se derrocha a raudales, proveniente principalmente de españoles, portugueses e italianos que siguiendo el canto de las gaviotas, llegaron a establecerse con algún chiringuito, café o simplemente a ofrecer su arte con artesanías de diverso tipo. Por las conversaciones que pude tener, podría pensar que generalmente son personas que aman su libertad y que hastiadas con el modelo capitalista, optaron por llevar una vida más austera y con mayor consciencia sobre aquello que los apasiona y los hace feliz.

Una de las cosas que más me llamó la atención, fue la cantidad de mujeres latinas provenientes de Argentina, Brasil, Chile o Colombia que de paso por la isla (en lo que pretendía ser un punto de tránsito para seguir por Londres, Berlín o Australia), conocieron a un isleño y no regresaron nunca más a sus países de origen. Así de radical. Yo que me creía tan valiente por haber salido de mi chileno cascarón, me quedé asombrada con su nivel de arrojo y determinación, una vez que tomaron la decisión de partir sin mirar hacia atrás.

Me fijé que en todos los casos había una especie de sentimiento de insatisfacción con el estilo de vida que llevaban. Recuerdo, por ejemplo, a la bella Camila, una periodista que trabajaba en una empresa de medios y que cansada de las jornadas interminables –en donde el único tiempo que le quedaba era para llegar a su casa, ordenar, lavar la ropa, ir al supermercado y dormir– decidió tomarse unas vacaciones más largas. Días y ahorros tenía de sobra porque tres años pasaron sin salir a ninguna parte. Tenía 29 años cuando aterrizó en la isla en lo que sería una escapada de un fin de semana y jamás se imaginó que nunca llegaría al sudeste asiático como había planificado durante tanto tiempo. Porque la primera noche en que salió a pasear para echar un vistazo a su alrededor, conoció a un italiano, se enamoraron, se casaron y hoy día trabajan juntos en un lugar que prepara zumos de frutas y platos veganos.

Él es ayudante de cocina y ella mesera. Comparten los gastos y con lo que reciben, viven en una cabaña rodeados de naturaleza. Con sus mejores amigos de vecinos, cultivan en su propia huerta y llevan una vida sin apuros, pero con todas sus necesidades cubiertas y comodidades. La mejor parte es que sólo la mitad del año se trabaja porque con lo que se gana en temporada alta, alcanza para solventar el año tranquilamente. Así es como ha ido conociendo prácticamente toda Europa. Meses viajando con su pareja y con amigos, tiene una larga bitácora de aventuras y millones de experiencias que atesorar en su memoria.

­–Cuando llegué yo venía cargada. No me daba cuenta lo frustrada que me sentía y me tomó tiempo hacerme consciente de la rabia que traía conmigo. Recuerdo que un día y por una tontera, golpeé la pared con mi puño. Se me fracturó este dedo. Mi pareja se preocupó, intentó apoyarme, pero yo le dije que esto era algo mío y que encontraría la manera de curarme–. Y fue así que Camila comenzó a tejer al telar. Tejió y tejió hasta que fue recobrando la movilidad y hoy se encuentra no solamente recuperada de su dedo sino que también del alma –Esta isla me sanó.

Y mientras me lo cuenta, se da vuelta a mirar a su hombre que la saluda desde la cocina del local. Se contemplan con ternura y luego se vuelve a mí con una sonrisa de satisfacción. Y es que nada puede igualarse al sentimiento de orgullo por haber logrado salir del sistema asfixiante que la tenía atrapada y darle un vuelco a su vida en 180 grados. Me dice despacito que a sus padres les costó asumir que su hija dejaría la carrera más profesional por venirse a la isla para trabajar en algo tan diferente. Pero bastó con una temporada de ellos en la isla, para que terminaran en la misma sintonía y convencidos de que fue la mejor decisión que pudo haber elegido su hija. Me confiesa entre risas que ahora aman más a su yerno que a ella.

Ya de vuelta en mi casa y mientras observo el mandala que Cami nos regaló al momento de despedirnos, pienso en el misterio de la vida. Qué hay de cierto en el destino y cuánto es lo que se pone en juego con las decisiones y riesgos personales, en la construcción de la felicidad.

Hace unos días ese mandala no era más que madera, plumas e hilos inertes. Pero después de su experiencia, hoy ella es capaz de dar vida y tejer una representación de la isla a todo color. Qué maravillosa transformación que hizo de sí misma. Pudo transmutar algo doloroso en una pasión, que es tejer. Siento que una parte de ella me acompaña ahora. Y este amuleto me recordará siempre su ejemplo de valentía y coraje.

Seguramente deben haber otras tantas historias con diferentes finales y destinos menos afortunados. Pero no tuve la oportunidad de conocerlas. Sin proponérmelo me conecté únicamente con mujeres poderosas como Camila, Paulina y Alejandra que llegado el momento tuvieron que empoderarse para tomar las riendas de su vida, atreverse y luchar por aquello que sentían que merecían.  Al final, pienso que esa es la gran diferencia que marca los destinos de las personas, aquellos quienes saben lo que valen, ejercen su derecho, de los que no. Y que en definitivas cuentas, no es otra cosa que el derecho a ser feliz.

sábado, 16 de enero de 2016

¿Amor para toda la vida? Sí! ¿Con la misma persona? mmm…


No conozco persona a quien el amor de pareja le sea 100% indiferente. No importa si estás soltero, separado o viudo, todos en alguna medida desean encontrar una figura de apego que represente el amor y el cuidado. Contar con alguien con quien acompañarse, divertirse, crecer y sentirse seguro, es una necesidad humana que no mira género, edad ni pasado.

La pregunta que me ronda por estos días es qué tan cierto es que el amor sea para toda la vida y hasta dónde somos capaces de mantener las promesas que hicimos cuando este sentimiento desaparece o se debilita por la razón que sea. A veces hay hijos de por medio y todo un sistema que se articula en torno a la familia, que más vale considerar antes de decidir poner punto final a los años de relación. Y otras, en que el peso de la costumbre o el temor a la pérdida, hacen que cualquier movimiento nos parezca que debemos mover montañas imposibles.

Conversando con mis amigas, nos hemos cuestionado seriamente si es el modelo que Hollywood nos ha querido vender como parte de su negocio y que nosotros hemos comprado a ojos cerrados para hacer de la realidad una ficción que sea más llevadera. Algunas de ellas se encuentran en la situación de querer recomenzar una vida afectiva de la mano de otro hombre pero lo que las detiene son sus hijos, su situación económica o el temor de tener que salir nuevamente al mercado estrenando el status de “divorciada”.

Recuerdo que hace poco estábamos celebrando una noche de chicas. Esas maravillosas instancias en las que se divaga sin rumbo por las diversas constelaciones de la vida y que quizás ya al asomarse el final, te acercas a ese punto más íntimo y verdadero, donde no es necesario explicar nada ni sostener ningún tipo de fachada. Y es simple: Ninguna tiene la vida color de rosa que se pinta en el cine y tampoco es que esté llena de dramas o sinsabores. Es real, con los avatares propios de la vida de gente común y corriente. Por fin llega el momento donde el silencio se agradece. Ese en el que ya comiste, bebiste y estás dando los últimos sorbos de café -muy lentamente- para estirar la velada lo máximo posible porque sabes que tus amigas hicieron una logística no menor para poder dejar a sus hijos y lograr coincidir, como en los viejos tiempos. A propósito de los desamores una de ellas declaró: “Yo tendría que pasar un año completo sintiendo asco de estar con él para decidirme a dar un paso al costado”. En seguida otra contestó: “Ah no, yo por lo menos dos”.

Yo las escucho atentamente y me trato de poner en su lugar haciendo caso omiso a lo asfixiante que me resultan sus encrucijadas. A pesar de que no tenga hijos, puedo llegar a entenderlas. Y es que nadie en su sano juicio querría hacer sufrir a sus cachorros en vano. Poner punto final se requiere valentía, paciencia y la disposición para tener que asumir consecuencias desestabilizadoras para el sistema familiar completo, tanto para la pareja como para los hijos. Por ejemplo, el cambio de casa o de colegio. Casi todas coinciden en renunciar a todo menos a esto último. Podría detenerme largamente en este punto porque da para mucha reflexión, sobre todo de nuestra sociedad chilensis, pero lo cierto es que muchas tendrían mayor voluntad de sacrificar otros ítems, en vez de hacerle pasar al niño o niña el difícil proceso de desapegarse de sus amistades y red social para comenzar todo de nuevo. Suficiente el ya no contar con ambos padres viviendo bajo el mismo techo.

Pero desde la otra vereda, qué cierto es que las personas cambiamos y lo que hoy necesitamos, quizás mañana ya no. No se trata de ser hedonistas o abandonarse a relaciones transaccionales, pero me hace tanto ruido el saber que haya personas atrapadas en la compleja red de convencionalismos y que hoy deban sostener como puedan un sistema que carece de sentimiento.

Cómo nos asusta la guillotina social, el juicio público. Y si esto va a afectar a otros seres como los hijos, toda resolución parece estrepitarse contra la dura pared de los acusados. La realidad es que son tantas las veces que nos dimos festines frente a lo le ocurría al vecino, a esa compañera del trabajo o al primo favorecido por la abuela, que cuando llega nuestro turno de pasar a la plaza del pueblo, temblamos de solo pensar en ver rodar nuestra cabeza ante las risas y miradas curiosas de quienes no hacen más que satisfacer sus necesidades voyeuristas.

En mi caso personal, a pesar de haber firmado convencida mi contrato nupcial, después de años y con una crisis de pareja de por medio, las cosas cambiaron. Tras los fuertes cuestionamientos sobre si queríamos o no seguir adelante con este matrimonio, he perdido la ilusión de que el amor sea algo para toda la vida con la misma persona. Y no es que lamente esta pérdida, por el contrario, agradezco haber tenido esta vivencia para aprender a valorar el aquí y el ahora. Según mi experiencia, el vivir con la consciencia de que nadie tiene el futuro asegurado y que la vida va cambiando día tras día, hace que pueda valorar y mirar más detenidamente al hombre que tengo a mi lado.

Tantas veces que nos juramos amor eterno, nos empachamos de comer perdices y una serie de promesas que no se sostenían por sí mismas, porque ninguno de los dos era capaz de asegurarle a otro y a si mismo tales condiciones futuras. Y muchas veces esas promesas que surgen desde el más genuino sentir, con el tiempo van generando un efecto acumulativo que trivializa la conciencia sobre el verdadero milagro del encuentro de dos seres humanos coincidiendo en el mundo. “Te amo para siempre”. Listo. Es una declaración que la reviste un carácter de sentencia.

Con el paso del tiempo, he descubierto en carne propia que el amor hacia una persona sí es perecedero y puede extinguirse de manera paulatina hasta que eso que te mantuvo unido con tu pareja durante años desaparezca por completo. Evidentemente que existen muchos casos en los que esto no ocurre y la pareja tiene la bendición de seguirse hasta la muerte, incluso más unida que al momento de iniciar su historia juntos. Sin embargo, pienso que no porque esto no ocurra signifique que las puertas se cierren para conocer a otras personas que acompañen parte de tu camino. Algunos seguirán trayectos largos, otros más cortos. Pero definitivamente sí creo en el amor para toda la vida.

Las preguntas que me surgen son del tipo ¿Vale la pena poner término a la relación cuando desaparece el amor? ¿Hay que renunciar a la felicidad o encausarla hacia otros intereses o personas por fuera? ¿Está permitido socialmente este camino para los padres con hijos o hay que esperar a que estos vuelen del nido para rehacer la vida? ¿Cuánto es lo que vamos a juzgar como sociedad a aquellos que deciden tomar decisiones en contra de los mandamientos convenidos?.

Yo no tengo la respuesta. Todo esto me lo digo intentando construir una opinión. Pero hay días que digo hay que seguir adelante contra viento y marea, por último por una cuestión de lealtad… Y otros en los que de ninguna manera que renunciaría a la felicidad si considerara que sola puedo estar mejor o con otra persona. 

Qué tal si nos dejamos de hablar de fracasos matrimoniales, por ejemplo, y comenzamos a reemplazar estas palabras por aprendizajes y experiencias… Quién sabe… a partir de nuestro lenguaje podamos modelar nuevos campos emocionales también; como pasar del resentimiento a la gratitud o la aceptación. Que el vecino se esté por casar por cuarta vez y que tenga hijos con diferentes madres, no nos hace ni mejor ni peores personas. No es prueba de nada, ni de que hemos hecho bien o mal las cosas. Basta de pensar de que porque el otro ha hecho algo diferente o que juzgamos como negativo nos “eleva” el nivel.

Por mi parte, si bien espero que podamos seguir juntos mucho tiempo más, no puedo pretender ciegamente que mi pareja me ame para toda su vida, pobre… tendría que soportar todas mis tonteras y caprichos “forever”. Quizás terminaría por tirarse por la ventana antes. Y yo no quiero que eso le pase. Menos por seguir un mandato social.

Me inclino a pensar que cuando el amor se termina irremediablemente, las personas tienen el derecho legítimo a rehacer sus vidas y trazar su propio camino de aprendizaje. Finalmente, no creo que por defender sistemas sociales, protegerse del escarnio público o temor al fracaso, tengamos renunciar al derecho más fundamental que tenemos que es el de ser felices.

¿Qué piensas tú?

lunes, 11 de enero de 2016

Hogar, dulce hogar...


¿Para quién no es fundamental encontrar “su” lugar en el mundo? Y en el más literal de los sentidos. Un espacio que sea capaz de contener física y emocionalmente todas las complejas dinámicas que ocurren en la vida de una persona, en interacción tanto con el mundo como consigo misma.

A partir del día en que volé del nido que me albergó desde mi infancia hasta que terminé la universidad, he tenido tantos cambios de casa que prácticamente ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que he atravesado por el fastidioso proceso de embalar, transportar y sobre todo, botar a la basura cosas inútiles que se acumulan con el paso del tiempo bajo la mala excusa de que quizás algún día sirvan. Eso casi nunca ocurre y el hecho es que al levantar ancla para emprender nuevos rumbos, descubro que nuevamente he amontonado un cerro infinito de papeles, ropa, maquillaje y cajitas de cosas de-las-que-mejor-sería-desapegarse.

Desde que comencé una vida en pareja, he tenido prácticamente un cambio de casa por año. Y ya son ocho años los que llevo con él, así es que es la cuenta es fácil: ocho búsquedas, ocho negociaciones con los bancos, ocho momentos de espera por una respuesta afirmativa o negativa… ¡Ocho terremotos vitales y de grado ocho en la escala de Richter!

Durante muchísimo tiempo no fuimos capaces de encontrar qué tipo de hogar era el que se acomodaba a nuestro estilo de vida y personalidad. El peregrinaje comenzó en Chicureo, sector de Piedra Roja. Fue un acto impulsivo en el que nos dejamos llevar por la salida directa a una laguna, las dimensiones monumentales, el paisajismo, las instalaciones nuevas… todo nos cerró de manera aparentemente perfecta… ¡Soñado! Era realmente de película y representaba nuestra máxima aspiración en aquella época. Así es que después de visitarlo una única vez, esa misma tarde firmamos como dos hipnotizados, el cheque con la reserva de la casa que escogimos. Saliendo de la sala de ventas, nos abrazábamos de alegría por este acierto y esa misma noche fuimos a celebrarlo. Ni se nos pasó por la cabeza pensar en nuestro estilo más citadino, ritmo social, viajes por autopistas, peajes y una serie de ítems ocultos que hubiese sido importante dimensionar antes de tomar una decisión semejante.

Es fácil de presagiar lo que ocurrió. A los pocos meses colapsamos contra la realidad de una vida en los suburbios. Viajes todos los días, tanto en la semana para el trabajo, como los fines de semana para salir dentro o fuera de Santiago. Sin hablar del costo en tiempo y dinero para hacer los jardines, las pérgolas de estacionamiento, terrazas y una larga lista que es casi un must para los vecinos del sector ¿Resultado? Casa sola, jardín abandonado y nosotros afuera siempre. Creo que con suerte fui a visitar la laguna una mañana para tomar un café con la única conocida que hice durante esos meses de locos.

Así es que en menos de un año la vendimos para comprar otra que se veía perfecta por fuera pero que por dentro nada funcionaba… Y así sucesivamente, hasta que terminamos con una verdadera aversión inmobiliaria. Hoy me cuestiono cómo fue posible tanta locura y al mismo tiempo, trato de articular un argumento más o menos plausible para aquello que nuestros familiares y amigos no entienden.

La respuesta que tengo es que las decisiones que tomamos las hicimos basadas en lo que a nuestro juicio era socialmente valorado: la casa con patio, perros, piscina, quincho, bosquecillo de abedules, etc, etc... Quizás eso que se justificaría más en el caso de una familia numerosa para nosotros dos evidentemente carece de sentido. No me gusta el trabajo en el jardín (más allá de elegir las plantas y las flores para diseñar el patio), no sé nadar y tampoco me interesa aprender y mucho menos tengo la voluntad que se requiere para lidiar con los nidos de avispas, los techos rotos o las raíces de los árboles que obstruyen subterráneamente las cañerías de las casas. Cada semana sentía que tenía un frente diferente y esta realidad me superó.

Miro hacia atrás y ahora me río a carcajadas… ¡Qué más puedo hacer! Fines de semana completos cachureando desde el persa Bío-Bío hasta dar vueltas y vueltas por el Bazar ED para encontrar “eso” que le hacía falta a nuestra casa de paso. Tantas veces que experimentamos esa fugaz excitación por haber descubierto el juego de terrazas antiguo de hierro, el paragüero de madera de alerce, las baldosas francesas de 1920 que figuraban un tablero de ajedrez y que cubrían el piso de la antigua editorial Zig-Zag… verdaderos tesoros cuyo valor duraba lo que nos tardábamos en regresar a casa e instalarlos. De haber sabido que terminaríamos por vender todos estos hallazgos para volar lo más lejos posible, probablemente hubiésemos invertido menos energías… Pero es impensado ver más allá cuando se está tan desconectado de las necesidades del alma.

Aunque le resulte evidente al que esté leyéndome, “eso” que precisamente echábamos de menos no pasaba por una búsqueda externa. Con el tiempo descubrí que el vacío que no lográbamos llenar, tenía que ver con cuestiones mucho más profundas y que se abrían más aún por no buscar las respuestas en nosotros mismos. Sin duda que nos tocó hacer un recorrido largo hasta dar con el lugar indicado. Y es que el valor que le asignamos al trabajo, a los bienes materiales y al social establishment, nos alejaron de lo que es verdaderamente esencial. Así es que como seducidos por el canto de las sirenas, entramos en un sistema delirante donde trabajábamos únicamente para pagar la vida que estábamos consumiendo: dividendo, créditos de consumo, remodelaciones, mantenciones y una lista interminable de cosas que ya ni vale la pena mencionar. Y todo comenzó a girar en torno a este eje. Nuestras conversaciones se habían vuelto tan monótonas que ni nos dimos cuenta cuando fue que olvidamos salir a caminar, tomar un helado en la plaza, ir al cine o desayunar en la terraza un domingo por la mañana.

Hoy me pregunto qué importancia tiene mantener la casa propia si al final va a consumir tu vida, relaciones y afectos. Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por seguir moldes o realidades ajenas, como nos pasó a nosotros. Ni todos los años de terapia de pareja nos sirvieron para abrir los ojos y bajarnos de esta bicicleta antes de que tocáramos fondo en nuestra relación. Y quizás era lo que precisamente nos tenía que ocurrir para que hiciéramos el “click” que nos estaba haciendo falta.

Con el tiempo, descubrimos que lo que mejor se adapta a nuestro estilo es un departamento. Nada de casas. Por el contrario, un lugar de dimensiones precisas que con una limpieza regular quede aceptable y que dejando cerrado con llave podamos salir un fin de semana completo sin pensar en alarmas o robos en el vecindario. La casa grande se reemplaza por un lugar manejable e iluminado, closets ojalá espaciosos y en lo posible, una terracita para poder tomar un té al aire libre, guardar la bici y dejar la caja con arena de mi gata. Eso sí: No tranzo ubicación, debe estar conectado con la ciudad a como dé lugar, con cafecitos, almacenes de barrio y plazas a la mano. Ideal si está cerca de alguna estación de metro. Lo que pasa es que como ya no tengo auto, estas comodidades cobran un valor incalculable.

El acento puesto anteriormente en los metros cuadrados, potencial de inversión, aspiraciones sociales, opciones de financiamiento; fue reemplazado por lo amistoso del barrio, la comunidad de vecinos y la conexión con la ciudad. El ítem dividendo se redujo a un alquiler totalmente manejable según nuestros ingresos y con esto, mayor holgura para viajar, disfrutar y quizás ahorrar también.

En este sentido, aprendimos a dejar de mirar el pasto del vecino para abrazar aquello que tenemos y que al final no se traduce en otra cosa que no sea calidad de vida, gratitud y por qué no la anhelada felicidad.

Fue así que descubrimos un lugar increíble entre Ñuñoa y Providencia. Y de hecho, me despido por ahora porque bajaré a tomar un café al Sabor de Buenos Aires. Venden las mejores mediaslunas rellenas con jamón y queso. Mientras camine, posiblemente escucharé Mi Casa Ideal de la Colombina Parra… como para estar a tono ;-)



miércoles, 6 de enero de 2016

Congelar óvulos, un camino para retrasar las manecillas del reloj biológico


Me pregunto si todas las mujeres serán conscientes de que una vez atravesado el umbral de los 30 la biología se modifica silenciosamente sin que se note necesariamente a nivel físico. El sistema endocrino comienza a experimentar cambios paulatinos que impactan en mayor o menos grado sobre el sistema reproductivo. Y es que la hipófisis que es la glándula responsable de enviar las señales para que el ovario ovule –a través de la selección del huevito más óptimo para ser fecundado- comienza a decrecer, al mismo tiempo que la reserva ovárica.

Esto es lo que me ocurrió a mi, totalmente ignorante de que mi genética tenía las horas contadas desde que dejé atrás mi segunda década.

Evidentemente cada mujer tiene sus tiempos, algunas entran a la menopausia a temprana edad y otras tienen la fortuna de abrazarla recién a los cincuenta. En cualquier caso, el hecho es que el cuerpo está genéticamente programado y esto es algo que se escapa de nuestro control. Así es que nada sabe de proyectos personales, tiempos para reconstruir una vida afectiva, encontrar la pareja adecuada, ni mucho menos de esperar hasta descubrir si es efectivamente la maternidad el camino que se quiere seguir.

Mi historia en materia de infertilidad parte cuando a los 32 quise quedar embarazada y fue imposible pese a innumerables tratamientos que realicé en las mejores clínicas del país. Con el tiempo y tras indagar por primera vez en la historia de mi familia, descubrí que tanto por el lado de mi abuela materna como paterna, la menopausia se instaló en los albores de los 40 años. Sin embargo, las mujeres de aquella época se embarazaban a partir de los 18 y si es que no antes, razón por la cual una vez cumplidos los treinta, las familias se encontraban prácticamente constituidas. 

Mi madre todavía me recrimina cómo no me puse las pilas a los 25, tal como ella me advertía y yo le contesto entre risas “qué quiere que haga si en esa época no aparecía nadie… ni siquiera alguno que me moviera el piso”. Y analizando hacia atrás: A cuántas amigas les pasó que después de años de estar en el mercado sin encontrar ninguna pareja que valiera la pena, justo cuando se resignaban a la idea de que la soltería sería su realidad, conocieron accidentalmente al que sería su compañero. Entonces se pusieron a pololear, se comprometieron y se casaron en menos de un año para “ponerse en campaña“ y lograr el ansiado embarazo, lo antes posible.

Pero para bien o para mal, yo no corrí la misma suerte. Sin un candidato con el que pudiera proyectarme difícilmente se me atravesaría la idea de tener un hijo. Durante todos los años que estuve soltera –y que por cierto fueron muchos- no conocí hombre como para aventurarme en tal expedición. Y tampoco es que sea una mujer muy exigente o caprichosa. O por lo menos eso creo.

Hay días en los que pienso que quizás sí debería haberme lanzado a la piscina y salir adelante como mamá soltera. Tengo un par de conocidas que así lo hicieron tras darse cuenta que la búsqueda del compañero ideal se hacía cada vez más infructuosa. Sin embargo, claramente nunca tuve la motivación de hacerlo y hoy tampoco es algo de lo que me arrepienta verdaderamente. Quizás valoro más mi independencia por sobre todas las cosas.

¿Pero será que todas queremos lo mismo?…Yo por aquel entonces tenía otras necesidades escritas en mi agenda de prioridades, como por ejemplo, entrenar durante un año para correr mi primer maratón, viajar por el Sudeste asiático, certificarme como coach ontológico y vivir en un país de habla inglesa para aprender el idioma y relacionarme con personas de diferentes culturas.

En nuestros tiempos las mujeres como yo tenemos aspiraciones tan diversas como habitantes hay en el mundo y que van mucho más allá del fin último de convertirse en madres. En mi experiencia siempre quise sacar mi carrera, continuar estudiando, trabajar en una empresa grande para desarrollarme dentro y fuera del país, enamorarme varias veces, despilfarrar algunos meses todo mi dinero en ropa, convivir, levantarme tarde todos los días que pueda, tener una gata y viajar por el mundo.

Como sea el caso, lo cierto es que la libertad que hoy tenemos como género nos abre un abanico infinito de posibilidades que para nuestras mujeres ancestrales eran prácticamente impensables. Esto que antes estaba escrito sólo en el libreto masculino, hoy se abre para nosotras también.

Quizás lo que sí me arrepiento hoy es no haber aprovechado los avances de la ciencia antes, por pura ignorancia. Sólo cuando me enfrenté a mi infertilidad, descubrí que existen diferentes técnicas y estudios para determinar si una mujer cuenta con un pool de huevos suficiente para cuando atraviese el umbral de su tercera década.  Así encontramos el recuento de folículos, reacción ante estimulantes, entre otros métodos para determinar las probabilidades de embarazo futuro. Uno de los más utilizados actualmente en la medicina reproductiva es el test de AMH que mide el nivel de la hormona antimülleriana liberada por ovarios y que determina tanto la cantidad como la calidad de los óvulos.

En los casos de reserva ovárica descendida, probablemente la alternativa de congelar óvulos para más adelante sea una solución inteligente y precavida. Así se elimina de la lista de las preocupaciones el fantasma de la maternidad que ronda en silencio o a viva voz –según el caso- a cada mujer que pasa cierta edad. Yo estuve años con rabia por no haberme enterado antes de que tenía esta posibilidad a la mano ¡Cómo fue posible que nadie me dijera nada!

 Por suerte ya solté este tema y renuncié a la idea de ser madre para abrigar otros proyectos que me llenan plenamente. Pero me motiva el poder compartir esta experiencia para incentivar a que otras mujeres que estén a tiempo puedan tomar sus resguardos y decidir lo que quieren hacer de sus vidas sin que se les pase el bendito tren.


Si se trata de vivir la vida con plena facultad para decidir por aquello que realmente soñamos hacer, lo que nos apasiona y que sin dudas se encuentra antes de convertirnos en madre. Quizás el hacerse estudios y congelar para más adelante sea una buena alternativa a considerar. Si hoy se puede, invito a todas aquellas que les haga sentido, a ejercer estas nuevas posibilidades y a atreverse a dar el paso para diseñar la vida con la mayor libertad posible.