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sábado, 28 de mayo de 2016

Cuando sopla el viento mediterráneo


Si eres de espíritu joven y ligero ­-no importa la edad que tengas-, probablemente Ibiza sería un destino interesante para sumar en tu hoja de ruta. Hace un par de años que voy y la verdad es que no pienso dejar de hacerlo porque nunca termino de maravillarme con esta mágica isla. Esta última vez, apenas aterrizamos con mi pareja del avión, arrendamos una moto que nos acompañó los ocho días que duró nuestra estadía. Así nos olvidamos de los taxis y la locomoción pública para enfocarnos exclusivamente en el disfrute. ¡No había tiempo que perder! Con el tiempo a nuestro favor y el mapa en el bolsillo (porque esta vez no quisimos pagar el fee extra del GPS), fuimos descubriendo cada cala o playita que se escondía detrás de los roqueríos, senderos de campo o bajo los acantilados.

No teníamos un plan predeterminado, sino que siguiendo los cuatro puntos cardinales, fuimos agarrando los caminos que más nos gustaban. Así es que guiados por nuestra intuición, el aroma a azahar y las ganas de perdernos por los agrestes parajes que descansan mecidos por el viento tibio del mediterráneo, llegamos a verdaderos paraísos vírgenes. Allí no hay comercio, ni hoteles, ni nadie más que el isleño o el español que ha venido siempre y que prefiere retirarse de los puntos de mayor ruido. Si te da hambre o sed, puedes comprarles licores, refrescos y algo más a los lugareños que te sirven los brebajes preparados al instante como si fuera gran una barra ambulante.

Es un agrado esperar la puesta de sol contemplando la diversidad de personas que se han ido asentando en este fascinante lugar. No en vano hay muchas historias que hablan de la energía especial que transmite la isla. De hecho, son miles de viajeros y artistas que llegan buscando respuestas para sus vidas o alguna inspiración que les dé fuerzas para continuar con su camino. No sé que hay de cierto en todo esto pero lo que sí sé es que hace un año aquí mismo, me animé para comenzar la novela que estaré publicando próximamente y yo no tenía forma de saber sobre ninguna magia especial.

Ibiza tiene toda la personalidad latina que se derrocha a raudales, proveniente principalmente de españoles, portugueses e italianos que siguiendo el canto de las gaviotas, llegaron a establecerse con algún chiringuito, café o simplemente a ofrecer su arte con artesanías de diverso tipo. Por las conversaciones que pude tener, podría pensar que generalmente son personas que aman su libertad y que hastiadas con el modelo capitalista, optaron por llevar una vida más austera y con mayor consciencia sobre aquello que los apasiona y los hace feliz.

Una de las cosas que más me llamó la atención, fue la cantidad de mujeres latinas provenientes de Argentina, Brasil, Chile o Colombia que de paso por la isla (en lo que pretendía ser un punto de tránsito para seguir por Londres, Berlín o Australia), conocieron a un isleño y no regresaron nunca más a sus países de origen. Así de radical. Yo que me creía tan valiente por haber salido de mi chileno cascarón, me quedé asombrada con su nivel de arrojo y determinación, una vez que tomaron la decisión de partir sin mirar hacia atrás.

Me fijé que en todos los casos había una especie de sentimiento de insatisfacción con el estilo de vida que llevaban. Recuerdo, por ejemplo, a la bella Camila, una periodista que trabajaba en una empresa de medios y que cansada de las jornadas interminables –en donde el único tiempo que le quedaba era para llegar a su casa, ordenar, lavar la ropa, ir al supermercado y dormir– decidió tomarse unas vacaciones más largas. Días y ahorros tenía de sobra porque tres años pasaron sin salir a ninguna parte. Tenía 29 años cuando aterrizó en la isla en lo que sería una escapada de un fin de semana y jamás se imaginó que nunca llegaría al sudeste asiático como había planificado durante tanto tiempo. Porque la primera noche en que salió a pasear para echar un vistazo a su alrededor, conoció a un italiano, se enamoraron, se casaron y hoy día trabajan juntos en un lugar que prepara zumos de frutas y platos veganos.

Él es ayudante de cocina y ella mesera. Comparten los gastos y con lo que reciben, viven en una cabaña rodeados de naturaleza. Con sus mejores amigos de vecinos, cultivan en su propia huerta y llevan una vida sin apuros, pero con todas sus necesidades cubiertas y comodidades. La mejor parte es que sólo la mitad del año se trabaja porque con lo que se gana en temporada alta, alcanza para solventar el año tranquilamente. Así es como ha ido conociendo prácticamente toda Europa. Meses viajando con su pareja y con amigos, tiene una larga bitácora de aventuras y millones de experiencias que atesorar en su memoria.

­–Cuando llegué yo venía cargada. No me daba cuenta lo frustrada que me sentía y me tomó tiempo hacerme consciente de la rabia que traía conmigo. Recuerdo que un día y por una tontera, golpeé la pared con mi puño. Se me fracturó este dedo. Mi pareja se preocupó, intentó apoyarme, pero yo le dije que esto era algo mío y que encontraría la manera de curarme–. Y fue así que Camila comenzó a tejer al telar. Tejió y tejió hasta que fue recobrando la movilidad y hoy se encuentra no solamente recuperada de su dedo sino que también del alma –Esta isla me sanó.

Y mientras me lo cuenta, se da vuelta a mirar a su hombre que la saluda desde la cocina del local. Se contemplan con ternura y luego se vuelve a mí con una sonrisa de satisfacción. Y es que nada puede igualarse al sentimiento de orgullo por haber logrado salir del sistema asfixiante que la tenía atrapada y darle un vuelco a su vida en 180 grados. Me dice despacito que a sus padres les costó asumir que su hija dejaría la carrera más profesional por venirse a la isla para trabajar en algo tan diferente. Pero bastó con una temporada de ellos en la isla, para que terminaran en la misma sintonía y convencidos de que fue la mejor decisión que pudo haber elegido su hija. Me confiesa entre risas que ahora aman más a su yerno que a ella.

Ya de vuelta en mi casa y mientras observo el mandala que Cami nos regaló al momento de despedirnos, pienso en el misterio de la vida. Qué hay de cierto en el destino y cuánto es lo que se pone en juego con las decisiones y riesgos personales, en la construcción de la felicidad.

Hace unos días ese mandala no era más que madera, plumas e hilos inertes. Pero después de su experiencia, hoy ella es capaz de dar vida y tejer una representación de la isla a todo color. Qué maravillosa transformación que hizo de sí misma. Pudo transmutar algo doloroso en una pasión, que es tejer. Siento que una parte de ella me acompaña ahora. Y este amuleto me recordará siempre su ejemplo de valentía y coraje.

Seguramente deben haber otras tantas historias con diferentes finales y destinos menos afortunados. Pero no tuve la oportunidad de conocerlas. Sin proponérmelo me conecté únicamente con mujeres poderosas como Camila, Paulina y Alejandra que llegado el momento tuvieron que empoderarse para tomar las riendas de su vida, atreverse y luchar por aquello que sentían que merecían.  Al final, pienso que esa es la gran diferencia que marca los destinos de las personas, aquellos quienes saben lo que valen, ejercen su derecho, de los que no. Y que en definitivas cuentas, no es otra cosa que el derecho a ser feliz.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Shake it, Shake it, Shake it


¡Sientan la música! Y si esta se detiene no significa que ustedes lo pueden hacer ¡Vamos! ¡Arriba!
No se muevan como autómatas… ¡Esto es mitad técnica y mitad actitud!
Si se equivocan con un paso ¡No importa! Ustedes disimulan agitando la cabeza, moviendo su pelo, haciendo un giro, levantando una pierna… Y nadie lo va a notar.
Pero no se olviden: ¡La cara también vende!
Y cuando les pregunten en la calle ¡Ay! ¿Por qué haces eso?
Bueno ustedes les contestan: ¡Pues porque puedo!

Nos desafía el gran Matías Keller con su ímpetu característico, mientras enseña una coreografía al ritmo de Beyoncé. Cada día nos sorprende con una nueva rutina, con lo cual sus clases nunca pierden el nivel de exigencia y desafío constante. Jamás hubiera pensado que me animaría a aprender un baile tan desenfadado como el Twerk, en donde la liberación de las caderas y en particular el trasero resulta ser la clave de todo ¡Y me encanta!

Hay algunas personas que consideran esta práctica como indecente e incluso hay un montón de “memes” circulando en la web en contra de quienes lo hacen, ya que los movimientos son semejantes a los que se realizan cuando tienes sexo y más intensificados aún. En resumidas cuentas, esta disciplina incluye el abrirse de piernas completamente, quebrar la espalda, agitar la cabeza y la pelvis mientras estás en cuatro patas sobre el suelo. Pero dejando a un lado los prejuicios y esquemas morales, qué bien que se siente el derroche de fuerza femenina que se libera a raudales durante la hora que dura cada clase, mientras agitas el trasero con una intensidad tal, que pareciera que se te va a desatornillar. Al principio me daba mucha tentación de risa mirarme en el espejo que cruza la sala, sobre todo por mi tosquedad y rigidez en contraste con el resto de las chicas, pero poco a poco fui dejando a un lado la sensación de ridículo para abrazar la liberación y la provocación también.

A mí siempre me han maravillado las personas que llevan la gracia para moverse en la sangre. Esas de que ritmo que les pongan, ritmo que te bailan, así como si hubiesen nacido danzando… Quizás escucharon música cuando estaban en el vientre materno o tuvieron el privilegio de participar en alguna academia de ballet o danza cuando pequeños. Pero como sea, es una virtud que he admirado desde que tengo uso de razón y como soy de esas que se levanta con música y duerme con ella, yo también siempre estoy bailando: mientras ordeno, cocino o me arreglo para salir.

Quizás ese fue el motivo por el cual me impactó tanto cuando vi por primera vez a la española Irie Queen dejando literalmente “todo” en la pista y lo que me llevó a buscar en la web qué escuelas se impartían acá en Santiago. En realidad, animada por soltar el cuerpo, yo estaba motivada por aprender reggaeton, bachata, dembow, break dance o sexy style. Casi siempre sigo algún tutorial para aprender un pasito nuevo y eso hacía hasta que inesperadamente me encontré con estos movimientos que me cautivaron completamente.

Por un momento me sentí como el clásico de Emociones Clandestinas que dice: “Ha salido un nuevo estilo de baile… Y yo no lo sabía”. Descubrí que es el baile del momento y se está ensayando en todo el mundo. Las grandes celebrities como Beyoncé, Rihanna o Nicki Minaj lo han ido masificando hasta tal punto que ya es considerado prácticamente como una rutina fitness. Y la verdad es que con una clase de una hora, se pueden quemar más de 500 calorías, además de tonificar la zona abdominal, muslos y sobre todo glúteos. Esto porque incluye muchos movimientos equivalentes a las estocadas, squats y rutinas en donde tienes que mantener el abdomen duro y el culo apretado por largo rato para no perder equilibrio y caer al piso. De hecho, en youtube puedes encontrar interesantes tutoriales como las lecciones de Twerkout que desarrolló la diva Lexy Panterra y que hoy la tienen en la cúspide por ser una de las primeras en atreverse a enseñarle a mover el trasero a todas las mujeres en el mundo.

Así es que con mi nuevo objetivo entre ceja y ceja, encontré el sitio de Twerkit Chile en Facebook y llegué a mi primera clase una calurosa tarde de martes, a eso de las 7:00 PM. Iba nerviosa, no sabía a quiénes encontraría y si sería capaz de coordinar algo. Lo único que tenía claro es que yo quería intentarlo. Llegando a Manuel Bulnes esquina con Martínez de Rozas, me bajé del taxi y siguiendo la numeración hasta el 850 entré por un galponcito que no tenía mayor branding que la pintura coloreada de la entrada. Caminé por un pasillo oscuro hasta que me asomé a la gran sala de baile y en ese momento, sentí que confirmaba toda la motivación que me había atraído hasta este lugar.

Unas veinticinco mujeres moviéndose de manera sexy al compás de la música y sin ningún tipo de inhibición. El profesor y quien orquesta todo lo que ocurre sobre la pista, es el que las anima y seguriza, corrigiendo las posturas y sabiendo respetar los tiempos de cada una, ya que es consciente de que algunas somos más reprimidas o tiesas que otras. Por la soltura que demostraban, sobre todo las que se ubicaban más adelante, se diría que llevaban la vida entera practicando. Pero sin duda que eso no era relevante. En este rectángulo por sala, somos todas horizontales. No importa la edad, quién eres, ni mucho menos el estado físico que tengas. Nadie mira a nadie con ojos juzgadores, si estás más gorda, más flaca, si tienes trasero, si eres plana, si tienes estrías o celulitis… ¡Da igual! Acá lo importante es liberar al cuerpo de la mente y expresarse de una manera tal que pareciera que se despertaran los ancestros africanos que llevamos en los genes humanos.

Tal vez por fin estamos aprendiendo a conectarnos con la mujer salvaje que llevamos en nuestro interior y que por años permaneció relegada en un segundo plano. Aunque no lo parezca a simple vista y se confunda con una rutina más dentro del amplio paisaje con ofertas de gimnasia aeróbica, en este espacio se expelen altas dosis de liberación, sabiduría más instintiva y liderazgo matriarcal. Definitivamente que acá es un privilegio ser mujer y el sentirse femenina, un requisito para poder moverse al ritmo de la música. Yo pienso en el chakra raíz, la fuerza creadora que es donde se origina la vida. Por tantos siglos se ha reprimido al cuerpo y hoy a partir de este tipo de expresiones podemos volver a conectarnos con esta energía vital para disfrutarla y por qué no llevar un estilo de vida más saludable. Si al final el resultado es el sentirse libre y bello, sin dudas que el efecto sanador sobre el organismo es tremendo.

Pareciera ser que atrás han quedado los estereotipos de la androginia, donde mejor era ser lo más flaca y plana posible. Hoy todas buscan de la manera que sea potenciar sus curvas y desarrollar el lado femenino a raudales. De referentes como Kate Moss nos hemos desplazado hacia las hermanas Kardashian, donde más allá de un rostro perfecto y la máxima delgadez posible, hoy se valora mucho más la presencia de caderas y sobre todo, el ser sexy a partir de la belleza personal. Y la oferta de tutoriales estéticos publicados en las redes, te abren un universo de posibilidades para lucir mejor potenciando al máximo tus atributos. Desde uñas con diseño, maquillaje para la ocasión que sea, peinados, tinturas, moda… hasta el infinito.

Me gusta pensar que esta es la dirección: mujeres empoderadas pero ya no añorando el liderazgo masculino, sino que desde el trono del arquetipo de la “emperatriz” -o de la “mujer salvaje” para la psicoanalista Clarisa Pinkola-, aquella que dice y hace derrochando sensualidad, aplomo y altas dosis de belleza. Y precisamente desde ahí sale adelante para habitar al mundo desde este otro lugar.

Así es que estas últimas semanas han sido de mucha revelación. Y lo seguirán siendo porque a pesar de que las clases se terminan hasta el mes de abril por temas de agenda del profesor, durante marzo comienza el ciclo de Dancehall Queen. Así es que a modo de cierre, el próximo domingo se realizará un seminario abierto para todas las interesadas en aprender. Como acá la creatividad converge con el erotismo, todas las chicas se preparan para ensayar caracterizadas con algún animal que mejor las represente. Así es que se imaginarán cómo arde el whatsapp del grupo… las más osadas han hecho sus propios diseños de maquillaje y uñas en versión “animal print”. 


Por mi parte, últimamente he incorporado nuevas palabras a mi vocabulario que corresponden a mis próximos desafíos y que no son más que los nuevos pasos y giros que estamos aprendiendo: wave, wine, shake y jiggle… Sinceramente, aún no sé cómo voy a lograr que mis caderas se suelten completamente para alcanzar la anhelada independencia con respecto al resto del cuerpo… Y sufro de verme como robot en los videos que se suben a las redes… Una amiga me dice que esto me pasa porque tengo el perfil “medallita de oro” y siempre quiero hacer todo bien a la primera. Yo me río por cómo me sacó la foto. Así es que a pesar de que a veces me angustie, luego me acuerdo de que lo estoy intentando y que la perseverancia hace al maestro… y se me pasa =P

sábado, 16 de enero de 2016

¿Amor para toda la vida? Sí! ¿Con la misma persona? mmm…


No conozco persona a quien el amor de pareja le sea 100% indiferente. No importa si estás soltero, separado o viudo, todos en alguna medida desean encontrar una figura de apego que represente el amor y el cuidado. Contar con alguien con quien acompañarse, divertirse, crecer y sentirse seguro, es una necesidad humana que no mira género, edad ni pasado.

La pregunta que me ronda por estos días es qué tan cierto es que el amor sea para toda la vida y hasta dónde somos capaces de mantener las promesas que hicimos cuando este sentimiento desaparece o se debilita por la razón que sea. A veces hay hijos de por medio y todo un sistema que se articula en torno a la familia, que más vale considerar antes de decidir poner punto final a los años de relación. Y otras, en que el peso de la costumbre o el temor a la pérdida, hacen que cualquier movimiento nos parezca que debemos mover montañas imposibles.

Conversando con mis amigas, nos hemos cuestionado seriamente si es el modelo que Hollywood nos ha querido vender como parte de su negocio y que nosotros hemos comprado a ojos cerrados para hacer de la realidad una ficción que sea más llevadera. Algunas de ellas se encuentran en la situación de querer recomenzar una vida afectiva de la mano de otro hombre pero lo que las detiene son sus hijos, su situación económica o el temor de tener que salir nuevamente al mercado estrenando el status de “divorciada”.

Recuerdo que hace poco estábamos celebrando una noche de chicas. Esas maravillosas instancias en las que se divaga sin rumbo por las diversas constelaciones de la vida y que quizás ya al asomarse el final, te acercas a ese punto más íntimo y verdadero, donde no es necesario explicar nada ni sostener ningún tipo de fachada. Y es simple: Ninguna tiene la vida color de rosa que se pinta en el cine y tampoco es que esté llena de dramas o sinsabores. Es real, con los avatares propios de la vida de gente común y corriente. Por fin llega el momento donde el silencio se agradece. Ese en el que ya comiste, bebiste y estás dando los últimos sorbos de café -muy lentamente- para estirar la velada lo máximo posible porque sabes que tus amigas hicieron una logística no menor para poder dejar a sus hijos y lograr coincidir, como en los viejos tiempos. A propósito de los desamores una de ellas declaró: “Yo tendría que pasar un año completo sintiendo asco de estar con él para decidirme a dar un paso al costado”. En seguida otra contestó: “Ah no, yo por lo menos dos”.

Yo las escucho atentamente y me trato de poner en su lugar haciendo caso omiso a lo asfixiante que me resultan sus encrucijadas. A pesar de que no tenga hijos, puedo llegar a entenderlas. Y es que nadie en su sano juicio querría hacer sufrir a sus cachorros en vano. Poner punto final se requiere valentía, paciencia y la disposición para tener que asumir consecuencias desestabilizadoras para el sistema familiar completo, tanto para la pareja como para los hijos. Por ejemplo, el cambio de casa o de colegio. Casi todas coinciden en renunciar a todo menos a esto último. Podría detenerme largamente en este punto porque da para mucha reflexión, sobre todo de nuestra sociedad chilensis, pero lo cierto es que muchas tendrían mayor voluntad de sacrificar otros ítems, en vez de hacerle pasar al niño o niña el difícil proceso de desapegarse de sus amistades y red social para comenzar todo de nuevo. Suficiente el ya no contar con ambos padres viviendo bajo el mismo techo.

Pero desde la otra vereda, qué cierto es que las personas cambiamos y lo que hoy necesitamos, quizás mañana ya no. No se trata de ser hedonistas o abandonarse a relaciones transaccionales, pero me hace tanto ruido el saber que haya personas atrapadas en la compleja red de convencionalismos y que hoy deban sostener como puedan un sistema que carece de sentimiento.

Cómo nos asusta la guillotina social, el juicio público. Y si esto va a afectar a otros seres como los hijos, toda resolución parece estrepitarse contra la dura pared de los acusados. La realidad es que son tantas las veces que nos dimos festines frente a lo le ocurría al vecino, a esa compañera del trabajo o al primo favorecido por la abuela, que cuando llega nuestro turno de pasar a la plaza del pueblo, temblamos de solo pensar en ver rodar nuestra cabeza ante las risas y miradas curiosas de quienes no hacen más que satisfacer sus necesidades voyeuristas.

En mi caso personal, a pesar de haber firmado convencida mi contrato nupcial, después de años y con una crisis de pareja de por medio, las cosas cambiaron. Tras los fuertes cuestionamientos sobre si queríamos o no seguir adelante con este matrimonio, he perdido la ilusión de que el amor sea algo para toda la vida con la misma persona. Y no es que lamente esta pérdida, por el contrario, agradezco haber tenido esta vivencia para aprender a valorar el aquí y el ahora. Según mi experiencia, el vivir con la consciencia de que nadie tiene el futuro asegurado y que la vida va cambiando día tras día, hace que pueda valorar y mirar más detenidamente al hombre que tengo a mi lado.

Tantas veces que nos juramos amor eterno, nos empachamos de comer perdices y una serie de promesas que no se sostenían por sí mismas, porque ninguno de los dos era capaz de asegurarle a otro y a si mismo tales condiciones futuras. Y muchas veces esas promesas que surgen desde el más genuino sentir, con el tiempo van generando un efecto acumulativo que trivializa la conciencia sobre el verdadero milagro del encuentro de dos seres humanos coincidiendo en el mundo. “Te amo para siempre”. Listo. Es una declaración que la reviste un carácter de sentencia.

Con el paso del tiempo, he descubierto en carne propia que el amor hacia una persona sí es perecedero y puede extinguirse de manera paulatina hasta que eso que te mantuvo unido con tu pareja durante años desaparezca por completo. Evidentemente que existen muchos casos en los que esto no ocurre y la pareja tiene la bendición de seguirse hasta la muerte, incluso más unida que al momento de iniciar su historia juntos. Sin embargo, pienso que no porque esto no ocurra signifique que las puertas se cierren para conocer a otras personas que acompañen parte de tu camino. Algunos seguirán trayectos largos, otros más cortos. Pero definitivamente sí creo en el amor para toda la vida.

Las preguntas que me surgen son del tipo ¿Vale la pena poner término a la relación cuando desaparece el amor? ¿Hay que renunciar a la felicidad o encausarla hacia otros intereses o personas por fuera? ¿Está permitido socialmente este camino para los padres con hijos o hay que esperar a que estos vuelen del nido para rehacer la vida? ¿Cuánto es lo que vamos a juzgar como sociedad a aquellos que deciden tomar decisiones en contra de los mandamientos convenidos?.

Yo no tengo la respuesta. Todo esto me lo digo intentando construir una opinión. Pero hay días que digo hay que seguir adelante contra viento y marea, por último por una cuestión de lealtad… Y otros en los que de ninguna manera que renunciaría a la felicidad si considerara que sola puedo estar mejor o con otra persona. 

Qué tal si nos dejamos de hablar de fracasos matrimoniales, por ejemplo, y comenzamos a reemplazar estas palabras por aprendizajes y experiencias… Quién sabe… a partir de nuestro lenguaje podamos modelar nuevos campos emocionales también; como pasar del resentimiento a la gratitud o la aceptación. Que el vecino se esté por casar por cuarta vez y que tenga hijos con diferentes madres, no nos hace ni mejor ni peores personas. No es prueba de nada, ni de que hemos hecho bien o mal las cosas. Basta de pensar de que porque el otro ha hecho algo diferente o que juzgamos como negativo nos “eleva” el nivel.

Por mi parte, si bien espero que podamos seguir juntos mucho tiempo más, no puedo pretender ciegamente que mi pareja me ame para toda su vida, pobre… tendría que soportar todas mis tonteras y caprichos “forever”. Quizás terminaría por tirarse por la ventana antes. Y yo no quiero que eso le pase. Menos por seguir un mandato social.

Me inclino a pensar que cuando el amor se termina irremediablemente, las personas tienen el derecho legítimo a rehacer sus vidas y trazar su propio camino de aprendizaje. Finalmente, no creo que por defender sistemas sociales, protegerse del escarnio público o temor al fracaso, tengamos renunciar al derecho más fundamental que tenemos que es el de ser felices.

¿Qué piensas tú?

miércoles, 6 de enero de 2016

Congelar óvulos, un camino para retrasar las manecillas del reloj biológico


Me pregunto si todas las mujeres serán conscientes de que una vez atravesado el umbral de los 30 la biología se modifica silenciosamente sin que se note necesariamente a nivel físico. El sistema endocrino comienza a experimentar cambios paulatinos que impactan en mayor o menos grado sobre el sistema reproductivo. Y es que la hipófisis que es la glándula responsable de enviar las señales para que el ovario ovule –a través de la selección del huevito más óptimo para ser fecundado- comienza a decrecer, al mismo tiempo que la reserva ovárica.

Esto es lo que me ocurrió a mi, totalmente ignorante de que mi genética tenía las horas contadas desde que dejé atrás mi segunda década.

Evidentemente cada mujer tiene sus tiempos, algunas entran a la menopausia a temprana edad y otras tienen la fortuna de abrazarla recién a los cincuenta. En cualquier caso, el hecho es que el cuerpo está genéticamente programado y esto es algo que se escapa de nuestro control. Así es que nada sabe de proyectos personales, tiempos para reconstruir una vida afectiva, encontrar la pareja adecuada, ni mucho menos de esperar hasta descubrir si es efectivamente la maternidad el camino que se quiere seguir.

Mi historia en materia de infertilidad parte cuando a los 32 quise quedar embarazada y fue imposible pese a innumerables tratamientos que realicé en las mejores clínicas del país. Con el tiempo y tras indagar por primera vez en la historia de mi familia, descubrí que tanto por el lado de mi abuela materna como paterna, la menopausia se instaló en los albores de los 40 años. Sin embargo, las mujeres de aquella época se embarazaban a partir de los 18 y si es que no antes, razón por la cual una vez cumplidos los treinta, las familias se encontraban prácticamente constituidas. 

Mi madre todavía me recrimina cómo no me puse las pilas a los 25, tal como ella me advertía y yo le contesto entre risas “qué quiere que haga si en esa época no aparecía nadie… ni siquiera alguno que me moviera el piso”. Y analizando hacia atrás: A cuántas amigas les pasó que después de años de estar en el mercado sin encontrar ninguna pareja que valiera la pena, justo cuando se resignaban a la idea de que la soltería sería su realidad, conocieron accidentalmente al que sería su compañero. Entonces se pusieron a pololear, se comprometieron y se casaron en menos de un año para “ponerse en campaña“ y lograr el ansiado embarazo, lo antes posible.

Pero para bien o para mal, yo no corrí la misma suerte. Sin un candidato con el que pudiera proyectarme difícilmente se me atravesaría la idea de tener un hijo. Durante todos los años que estuve soltera –y que por cierto fueron muchos- no conocí hombre como para aventurarme en tal expedición. Y tampoco es que sea una mujer muy exigente o caprichosa. O por lo menos eso creo.

Hay días en los que pienso que quizás sí debería haberme lanzado a la piscina y salir adelante como mamá soltera. Tengo un par de conocidas que así lo hicieron tras darse cuenta que la búsqueda del compañero ideal se hacía cada vez más infructuosa. Sin embargo, claramente nunca tuve la motivación de hacerlo y hoy tampoco es algo de lo que me arrepienta verdaderamente. Quizás valoro más mi independencia por sobre todas las cosas.

¿Pero será que todas queremos lo mismo?…Yo por aquel entonces tenía otras necesidades escritas en mi agenda de prioridades, como por ejemplo, entrenar durante un año para correr mi primer maratón, viajar por el Sudeste asiático, certificarme como coach ontológico y vivir en un país de habla inglesa para aprender el idioma y relacionarme con personas de diferentes culturas.

En nuestros tiempos las mujeres como yo tenemos aspiraciones tan diversas como habitantes hay en el mundo y que van mucho más allá del fin último de convertirse en madres. En mi experiencia siempre quise sacar mi carrera, continuar estudiando, trabajar en una empresa grande para desarrollarme dentro y fuera del país, enamorarme varias veces, despilfarrar algunos meses todo mi dinero en ropa, convivir, levantarme tarde todos los días que pueda, tener una gata y viajar por el mundo.

Como sea el caso, lo cierto es que la libertad que hoy tenemos como género nos abre un abanico infinito de posibilidades que para nuestras mujeres ancestrales eran prácticamente impensables. Esto que antes estaba escrito sólo en el libreto masculino, hoy se abre para nosotras también.

Quizás lo que sí me arrepiento hoy es no haber aprovechado los avances de la ciencia antes, por pura ignorancia. Sólo cuando me enfrenté a mi infertilidad, descubrí que existen diferentes técnicas y estudios para determinar si una mujer cuenta con un pool de huevos suficiente para cuando atraviese el umbral de su tercera década.  Así encontramos el recuento de folículos, reacción ante estimulantes, entre otros métodos para determinar las probabilidades de embarazo futuro. Uno de los más utilizados actualmente en la medicina reproductiva es el test de AMH que mide el nivel de la hormona antimülleriana liberada por ovarios y que determina tanto la cantidad como la calidad de los óvulos.

En los casos de reserva ovárica descendida, probablemente la alternativa de congelar óvulos para más adelante sea una solución inteligente y precavida. Así se elimina de la lista de las preocupaciones el fantasma de la maternidad que ronda en silencio o a viva voz –según el caso- a cada mujer que pasa cierta edad. Yo estuve años con rabia por no haberme enterado antes de que tenía esta posibilidad a la mano ¡Cómo fue posible que nadie me dijera nada!

 Por suerte ya solté este tema y renuncié a la idea de ser madre para abrigar otros proyectos que me llenan plenamente. Pero me motiva el poder compartir esta experiencia para incentivar a que otras mujeres que estén a tiempo puedan tomar sus resguardos y decidir lo que quieren hacer de sus vidas sin que se les pase el bendito tren.


Si se trata de vivir la vida con plena facultad para decidir por aquello que realmente soñamos hacer, lo que nos apasiona y que sin dudas se encuentra antes de convertirnos en madre. Quizás el hacerse estudios y congelar para más adelante sea una buena alternativa a considerar. Si hoy se puede, invito a todas aquellas que les haga sentido, a ejercer estas nuevas posibilidades y a atreverse a dar el paso para diseñar la vida con la mayor libertad posible.