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domingo, 17 de julio de 2016

Armando, el mago de los jugos



Me gusta el olor que tienen la mañana,
Me gusta el primer traguito de café, 

Sentir como el sol se asoma en mi ventana, 

Y me llena la mirada, de un hermoso amanecer. 

Me gusta escuchar la paz de las montañas, 

Mirar los colores del atardecer, 

Sentir en mis pies la arena de la playa, 

Y lo dulce de la caña, cuando beso a mi mujer.

Salí de crossfit reventada. Esta vez nos mataron con la rutina. Ya cumplí un mes desde que comencé a ejercitar y aún siento que no le pillo la mano a los ejercicios, los implementos ni a la complejidad de las rutinas. Pero como me repite siempre mi amiga Camila: Todo es cuestión de tiempo. Casi al finalizar la sesión del día jueves, hubo un momento que me sentí mareada y que me iba literalmente a piso, pero finalmente logré regular la intensidad y terminar dignamente, sin ningún numerito de show. Eso sí, ni bien me despedí de mis compañeros y dejé el lugar, sentí un hambre voraz que me impidió hacer otra cosa que no fuera comer, comer, comer… Tal como la animación del demonio de Tasmania.

Caminé unas cuadras buscando una sandwichería o algo, hasta que finalmente encontré un verdadero paraíso natural. El lugar no era muy grande, pero funcionaba perfecto para capear el calor húmedo del verano norteamericano. Cuando empujé la puerta, unas campanitas anunciaron mi llegada al local y antes que cualquier persona, salió a recibirme un dulce frescor con aroma a mangos, manzanas, naranjas, jengibres, piñas y la variedad más colorida de frutas y verduras que se disponían en canastas.

Tenía una novedosa carta de smoothies y jugos naturales, que ofrecía desde las mezclas más exóticas hasta preparaciones específicas como curar el “mal de amores” o tónicos para “fortalecer la esperanza”. Yo me siento tentada de pedir un zumo de zanahoria con mango para darle una inyección de dulzor a mi organismo –“Qué delicia”– pienso.

Estar ahí era todo un espectáculo. El barista trozaba la fruta, la mezclaba en las batidora, la sazonaba a gusto, siguiendo las especificaciones de cada cliente, con una gracia tal, que todos animados lo seguíamos con la mirada. Me sorprende con qué habilidad va manejando los implementos para preparar simultáneamente los pedidos. No se le va ningún segundo y además se da el tiempo de conversar animadamente con las personas, haciendo de algo tan sencillo como beber un jugo, sea un momento especial.

Me llama la atención cómo su actitud de apertura, permite que las personas le conversen sobre los más variados temas, desde sus experiencias hasta sus sueños y aspiraciones. Por ejemplo, entra un chico y al cabo de un rato le cuenta con ilusión que está preparándose para correr su primer maratón en Noviembre, y él tras escucharlo atentamente le anota una receta para que se prepare smothies energéticos y hot cakes proteicos antes de entrenar.

Sentada en la barra observo la decoración del sitio. Me transporta a una antigua lechería, de esas que aparecen en los años cincuenta y que conserva el modelo de sentarse, consumir y pagar al final; algo que se agradece sobre todo cuando vienes con una sed o un hambre como la que yo tenía.

–¡Bienvenida! Me llamo Armando ¿Sabes ya lo que quieres o necesitas alguna sugerencia?– Me dice el delgado hombre de unos 45 años.

–Gracias Armando, qué bueno que sepas hablar español­ ¿De dónde eres?

–Nací en México, pero cuando cumplí la mayoría de edad me vine a Estados Unidos para probar suerte y acá me quedé.

Como muchas personas, entraron por la vía “ilegal” a este país y luego se fueron estableciendo, a costa de mucho esfuerzo y trabajo hasta que por fin, después de tantos años, el gobierno les otorgó la famosa “Green Card”. Me cuenta de lo que significó para él “sobrevivir” durante tantos años con lo mínimo y trabajar en lo que fuera para sacar adelante una familia completa. Y es que cuando no tienes seguro social, ni médico ni ningún beneficio que te permita acceder a mejores condiciones de cualquier ciudadano, el mundo puede llegar a convertirse en un lugar hostil y amenazante.

–Pero nunca dejé de trabajar, por el contrario. Si yo veía que la situación se venía más cuesta arriba, me conectaba más con mis sueños y con aquello por lo que sí valía la pena levantarse cada mañana.

Se ríe mientras me rellena mi vaso que ya iba por la mitad y continúa con su historia:

–Recuerdo el séptimo aniversario de matrimonio con mi mujer. Yo quería que fuera especial. Deseaba con toda mi alma que fuera inolvidable… No lo sé, tenía un presentimiento extraño… Como que sentía que debía hacerlo así porque algo ocurriría. Claro que éramos más pobres que las ratas. Con dos niños pequeños y mi salario de aquel entonces, evidentemente que no teníamos dinero para salir a comer o hacer un regalo costoso. ¡Así es que el desafío era grande!

En ese momento trabajaba como obrero en una empresa que contrataba mano de obra latina, para la construcción de edificios corporativos o sobre 7 pisos de altura. Así es que me la pasaba todo el día entre andamios y ladrillos por lo menos 12 horas al día.

Recuerda que esa mañana se levantó más temprano que nunca, casi al alba y cerró la puerta despacito para no despertar a su familia que aún dormía profundamente. Al salir rumbo a la parada del autobús, se detuvo a contemplar el cielo por unos instantes y cerró los ojos. Llenó sus pulmones con ese aire frío que quema la nariz, de una soleada pero invernal mañana de marzo. Sonrió y se sintió más vivo que nunca.

Apenas llegó, conversó con el capataz para que lo autorizara a retirarse una hora antes. Ya la recuperaría después. Trabajó en silencio toda la jornada y se disculpó amablemente con sus amigos cuando lo invitaron a la colación. Quería estar solo, conectarse con el día en que conoció a su mujer, en que la invitó a salir, se pusieron de novios y sobre todo cuando le habló por primera vez de dejarlo todo para venirse a estas tierras a buscar mejores horizontes de vida. Recordó los rostros de sus familias, el nacimiento de sus hijos y tantos momentos inolvidables que hacen que una pareja sobreviva en la adversidad del desarraigo, las frustraciones y el desgaste con el paso del tiempo.

–Y así me la pasé todo el día… Fue como un viaje a través del tiempo, pero con tickets al pasado.

Al finalizar su trabajo, aseado y dispuesto para retornar rumbo a casa. Se acercó a contemplar el atardecer desde la azotea de edificio. Como se encontraba en la obra gruesa, tenía una vista panorámica a la ciudad de casi 360º. Contempló los autos, las casas, los edificios y sobre todo, se detuvo en las primeras golondrinas que aparecían anunciando una pronta primavera. Volaban jugueteando unas con otras… Viajeras, llenas de vida. En ese momento se iluminó.

Se consiguió con sus compañeros un trozo de rollo de papel enorme y pasó a una librería a comprar la mayor cantidad de lápices, plumones y crayones que pudo. Iba feliz y apuraba lo más que podía el tranco para llegar rápidamente.

Nada más al llegar a su casa, cenar con su familia y acostar a los niños, le entregó un sobre a su mujer. Despacito lo abrió y quedó muda de la pura sorpresa: Era un pasaje hecho a mano para viajar a los sueños.

–Esa noche nos la pasamos la noche entera dibujando nuestra vida. Diseñamos y coloreamos los sueños de ella, como mujer, como mamá, como esposa y los míos. Luego los que compartimos... Todo así, tirados en el suelo de la casa. Por primera vez en años, desde que dejamos nuestra tierra, que volvimos a soñar. A re-pensar qué es lo que queríamos hacer y qué es aquello que nos hace feliz. Nos reímos como niños y lloramos abrazados.

Me confiesa que sin duda ese ha sido uno de los momentos más felices de su vida y la última imagen que quisiera ver el día en que tenga que partir.

Nos quedamos los dos en silencio, conmovidos. Siento que no tengo palabras para explicar lo que me transmite en aquel momento. Sí una gratitud inmensa por haber compartido conmigo una historia tan hermosa e inspiradora como la que acababa de oír.

–A partir de esta experiencia, pequeñas cosas comenzaron a ocurrir. En paralelo iniciamos un emprendimiento de cocina para los trabajadores de las obras en construcción. Con mi mujer cocinábamos en la noche y ella iba a la mañana y al mediodía con las colaciones en un citroneta vieja que logramos conseguir. Así fuimos progresando. Hasta que hoy estamos justo donde soñamos estar. Y lo mejor de todo, juntos. Hubo momentos de oscuridad donde tuvimos que buscar nuestro proyecto de vida y volver a revisarlo para recordar, replantearse, recobrar fuerzas que nos permitieran continuar con el camino.

Nadie más que él y su familia saben las cosas que atravesaron para estar hoy donde están: Las puertas que se les cerraron, los proyectos que se les frustraron y sin duda, los amigos que perdieron fueron quedando atrás en el camino. Y lo que ayer fue motivo de insatisfacción y de cierta forma frustración, hoy es capaz de observarlo con otros ojos. Porque sus dos hijos aprendieron a esforzarse en la vida y tener altos umbrales de resistencia al dolor. El mayor cursa segundo año de Ingeniería Química en la universidad, gracias a una beca deportiva y de excelencia académica.

–¿Y el menor?- Le pregunto.


–El menor es un soñador sin remedio… como sus padres.

jueves, 14 de abril de 2016

Demoliendo hoteles


Estos días han sido tan revueltos. De locos. Idas y venidas, traslado de mis cosas, poner todo en orden para llegar a tiempo de cerrar “el boliche” a fin de mes y volar con nada más que mis dos maletas y mi gata de vuelta rumbo al norte del continente. Por más que me esfuerce en ser minimalista, fue inevitable enfrentarse a la agobiante selección de las cosas que se guardan con el tiempo. Y aunque sentía real aprecio por muchas, no me quedó otra que cerrar los ojos y soltar todo lo más que pude. Fue una prueba de desapego brutal, porque aunque cuente con mis amigos que me harán el favor de guardarme cosas tan preciadas como mi piano, cuadros y muebles restaurados…el dejarlos atrás me ha costado algo más de lo que pensé. “Soy tan sentimental” me recrimino siempre. Pero si me detengo un poco para reflexionar, es un costo marginal frente a este estilo de vida que resulta bien poco convencional según mis modelos familiares disponibles.

Así es que a pesar de que todavía me espera un fin de semana más de orden para terminar de desocupar la bodega y dejar vacío el departamento, soy consciente de que este camino lo estoy eligiendo yo y que a fines de este mes regresaré a Estados Unidos en busca de mis afectos y la vida que dejé stand by en noviembre del año pasado.

Haciendo un recuento hacia atrás, ya vamos a cumplir un año que iniciamos este experimento loco, un poco conversado y otro poco improvisado con Andrés. En vista de que las cosas no se veían muy bien desde el punto de vista personal y de pareja, decidimos aplicar un sistema que no truncara el desarrollo profesional de cada uno y las ganas de emprender nuevos desafíos.

De esta manera que resolvimos apartarnos de la ruta que han iniciado la mayoría de nuestros amigos y conocidos, para diseñar una vida acorde a nuestra nueva realidad y que de todas formas nos abriera las puertas para transitar por nuevas aventuras y desarrollarnos en tantos niveles como sea posible. Por nuestras profesiones y visas, la realidad es que no tenemos las mismas oportunidades y el hecho es que yo como psicóloga no puedo ejercer en ningún caso a menos que hiciera un doctorado que está nada más lejos de mis aspiraciones de corto plazo. Así es que después de abrir muchas conversaciones y negociaciones, finalmente resolvimos vivir seis meses juntos y seis meses separados durante los años que sea necesario. Y es que ninguno quiere coartar el desarrollo y la vocación del otro.

En mi experiencia, cuando se opta por una familia de a dos -vale decir sin hijos- uno de los valores fundamentales que se ponen sobre la mesa es una libertad infinita para viajar, emprender, estudiar y hacer todas esas cosas descabelladas que siempre soñaste pero que tarde o temprano debes renunciar por un buen tiempo hasta que tus hijos sean independientes. Quizás lo que se tranza acá es la estabilidad a cambio de la libertad.

En una oportunidad, terapiándome con mi psicóloga yo le preguntaba con preocupación qué pasaba con mis raíces, que sentía como si no tuviera. Un cambio tras otro, de casa, de ocupación, de ideas y proyectos. Recuerdo que después de hacerme abrazar los árboles de una plaza por un largo rato, me dijo algo que me hizo tanto sentido y que tiene que ver con el hecho de que hay personas más etéreas que otras, pero que no significa que no tengan arraigo. Por el contrario, si lo tienen pero sus raíces no son las cosas ni los lugares, sino que las relaciones. Y en mi caso es así. Vivo rodeada de amigos entrañables con los que he cultivado relaciones profundas y en realidad es la gente que quiero la que me hace volver a los lugares y me da la libertad de partir en un nuevo viaje ya que de alguna forma siempre están conmigo. Conectados permanentemente.

Aterrizando todas estas reflexiones a un plano más concreto, la ruta se despeja de la niebla que me producen los temores y el mirar para el costado. Así es que mientras esté en Estados Unidos podré dedicarme de cabeza a escribir y acá en Chile, continuar con mis procesos de coaching individual y organizacional. No tengo idea cuánto iremos a sostener este sistema, pero lo cierto es que le da un nuevo impulso a una relación que venía a la baja desde hace ya un tiempo. Y no creo que él se enoje al leer esto que escribo porque es la pura verdad.

Después de cuestionamientos eternos e infinidades de planes que no pasaron de ser propuestas para morir en el océano de las intenciones, hoy siento que por primera vez nos decidimos en dar un salto motivado ya no desde la plataforma del “deber” sino que impulsados por el trampolín del “querer”. Mi sensación es de no tener límites para nada. Es un volver a descubrir el mundo y ver la vida con nuevos ojos para comenzar a trazarla desde ahí. Siento que de alguna forma me cansé de ser la oveja que sigue fielmente a un rebaño desprovisto de sentido, solo para cumplir con los mandatos sociales establecidos. Siendo bien honesta, tampoco cuento con la disposición anímica para resignarme a esta condición. Algo en mi se ha despertado, un fuego interno y rebelde que se resiste a seguir buscando encajar o amoldarse para ser aceptado. Muchos años perdí en este camino estéril. Por el contrario, mi declaración hoy es fluir con la vida y con aquello esta vez se acomode sin necesidad de forzar su curso natural. Quizás con qué me sorprenda.


Sé que muchas personas que forman parte de nuestro entorno no lo entienden y tampoco espero que lo hagan. La verdad es que si me lo hubiesen contado hace un par de años, cuanto estaba en medio de los tratamientos de fertilidad y las terapias de pareja, jamás lo hubiese creído. Pero mi realidad de hoy es muy distinta y ya no estoy dispuesta a seguir empeñando mi felicidad por nada ni por nadie. He dicho.

domingo, 20 de marzo de 2016

¿Estás enfermo? ¡Empodérate y de cabeza a investigar!


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Cada vez que se mencionaba la palabra exámenes me fastidiaba tremendamente. Cualquier expresión que aludiera a “PAP”, tratamiento, chequeo anual, antibióticos, radiografías, eco-tomografías, me ponía los pelos de punta. Todo lo que tenía que ver con la salud de la medicina tradicional para mí representaba un camino en el que se sabía cuándo comenzaba pero ni idea cuándo terminaba. Desde que tengo memoria evitaba a toda costa ir al doc por temor a que me dijera: “Bueno, tenemos que hacer “X” para descartar “Y”, pero si es “Z” hay que investigar si... bla bla bla...”.

Y esta especie de resistencia médica se reforzaba por malas experiencias. Para llegar a determinar mi intolerancia a la lactosa, por ejemplo, peregriné por cuanto doctor hubo, pasando por diferentes diagnósticos, unos más lapidarios que otros que determinaron desde mal de Crohn hasta celiaquía. No conforme con ninguna de estas etiquetas, además del malestar que persistía, continuaba en la búsqueda de un alivio más sostenido. Mi calvario terminó cuando una doctora gastroenteróloga me hizo exámenes de sangre específicos y determinó que retirando ciertos productos de mi dieta mi vida volvería a la completa normalidad. Y así fue ¡Menos mal haber caído en sus manos!

Como resultado, iba lo justo y necesario. Solo cuando me estaba muriendo y ya sentía que no podía seguir en pie, cedía ante la presión de mi familia para sacar hora y dejarme ver por manos especialistas. Pero las cosas cambiaron cuando cumplí 30 años y quisimos con mi esposo tener un hijo. Nunca imaginamos siquiera lo que nos esperaba.

Como tomé pastillas anticonceptivas por años me hicieron una serie de exámenes de menos a más invasivos que arrojaron un diagnóstico inesperado. Trompas obstruidas y una baja reserva ovárica en relación a una mujer de mi edad que conducía de manera inevitable a tomar la vía de la fertilización in vitro. La ginecóloga especialista fue tajante en este punto: “si quieren ser padres este es el único camino. Ya lo revisamos en junta médica así es que todos los doctores están de acuerdo”.

Ocurrió que por una mezcla de confianza y falta de proactividad de nuestra parte, nos dejamos llevar a ojos cerrados por un camino de tratamientos que nos trajo más desazones que aciertos. Y es que cuando como paciente no te empoderas de tu situación y no tomas un rol activo, puedes caer en un espiral de confusiones bastante grande como nos pasó a nosotros.

Después de 4 ICSIS (inyección intra-citoplasmática de esperatozoides), dos concluidas y dos interrumpidas, una operación para destapar las trompas y un raspaje de útero para sacar unos pólipos… llegué a la conclusión de que antes de embarcarse en algún tratamiento, primero es clave armar una ruta de trabajo en tu casa antes de presentarse en la consulta. Por evidente que parezca, es muchísimo lo que se gana en términos de enriquecer las conversaciones, abrir alternativas y profundizar en el caso particular cuando ya se tiene más menos una idea de posibles enfermedades, tratamientos o medicamentos.

Por qué digo esto: porque en nuestro caso cuando un tratamiento no resultaba, recién ahí se tomaba una medida correctiva que a veces no era más que tomar vitaminas o un desinflamatorio de amplio espectro para preparar al útero antes de ser implantado con un embrión. Todo me parecía tan a ciegas y recién contra resultados, se consideraba una acción preventiva para descartar que en el futuro ocurra un fracaso nuevamente. Y yo pensaba: “Por qué no partimos ahí primero”. Pero siempre me callé y el precio que pagamos fue alto. Hablamos de 5 ó 6 millones más por cada intento además de ver cómo toda la ilusión de ser padres se estrellaba contra la muralla. Así se nos fue lo que representaba una fortuna sin darnos cuenta, impulsados por las voces que nos decían ahora sí aumentaríamos las posibilidades de embarazo.

Pero la gota que rebalsó el vaso resultó ser que internamente el relieve del útero tenía múltiples pólipos que impedirían que cualquier embrión anidara para un posterior desarrollo. Y era tan evidente la morfología anómala que el médico ginecólogo que hizo el examen y que trabajaba en una unidad distinta a la de fertilidad, me pidió que una vez que terminara de vestirme lo esperara afuera para que pudiéramos conversar un momento. Ahí me dijo que a su juicio lo que habían cometido conmigo era de una negligencia grave porque todas las “in vitro” anteriores estuvieron desde el día 1 destinadas al fracaso. Él habiendo realizado este examen simple en el que se muestra la morfología interna a través de un líquido de contraste, se dio cuenta de lo evidente. Así es que un mes más tarde, estaba entrando al quirófano nuevamente para un raspaje que emparejara y limpiara las paredes.

Me di cuenta que con el cerro de casos que los doctores atienden no necesariamente se toman el tiempo para estudiar a cabalidad la realidad de una persona, de manera individualizada y profunda. A veces siguen un protocolo bien estricto y cierran de antemano caminos que si el paciente no propone, se pierden definitivamente como posibilidades para él.

En nuestro caso, después de toda esta experiencia comenzamos a investigar en la web, participar de diversos foros y pedir nuevas opiniones. Fue tanta la información que recibimos que se podría decir que hicimos un doctorado teórico y práctico en materia de fertilidad. Llegamos incluso a Estados Unidos que lleva añares de investigación y experiencia al respecto.

Las cosas cambiaron radicalmente. Con un diagnóstico claro, pudimos tomar otras decisiones y a pesar de que finalmente resolvimos conformar una familia de a dos, sin hijos, nos quedamos con la tranquilidad de que movimos cielo y tierra para encontrar las respuestas.

Yo pienso que esta podría ser una mirada de cualquier persona frente a su salud, no importa el diagnóstico, si es cáncer, endometriosis o alguna enfermedad degenerativa. Hoy en día las redes ofrecen un océano de información y experiencia de personas que han padecido situaciones similares para armarnos un esquema y llegar frente al médico con los ojos más abiertos. Nadie dice que uno sepa más que ellos, pero el cuerpo es propio y siempre podemos elegir alguna alternativa sin importar la gravedad de nuestro estado. La cuestión es empoderarse y exigir explicaciones, alternativas, aclaraciones de por qué en tal país se aplican tales procedimientos o si es posible replicarlos para tener mejores resultados. Pero si no investigamos y nos entregamos a ojos cerrados, evidentemente que el campo de posibilidades se restringe.

Pienso que como sociedad, debiéramos dejar de tener el rol pasivo o de acallarnos frente a la “autoridad” médica. Y si el especialista no se siente cómodo o nos objeta una actitud más participativa, habría que cuestionarse si es el mejor especialista para nosotros. No porque sea una eminencia o trabaje en la mejor clínica, necesariamente siempre vaya a estar en lo correcto.

Tengo casos cercanos de amigas que entraron a pabellón confiados en que les harían una revisión o limpieza y salieron con una trompa de Falopio menos, por ejemplo. Situaciones como estas no pueden seguir ocurriendo. Por esto se hace tan importante tener una presencia activa en el camino de tu recuperación, preguntar por alternativas, presupuestos, prácticas experimentales, etc. etc.


No se trata de instalar un clima de desconfianza ni mucho menos de “guerrilla” en la consulta, sino que de aunar fuerzas con los especialistas de lo que sean, en beneficio de nuestra propia salud y nuestra propia vida. Al final, siento que no podemos delegar en otros -por más que cuenten con todas las certificaciones en las mejores universidades del mundo- nuestra salud completamente. Somos responsables por nosotros mismos y todo lo que aprendamos de nuestro cuerpo, a partir de la constatación de cómo nos sentimos, reacción con los medicamentos, experimentación con medicina alternativa, se traducirá en una mejor calidad de vida.

martes, 19 de enero de 2016

Para los hijos de la violencia


Hoy hablaré de mi generación. O mejor dicho, un pedacito de ella. Debo decir que el tema me incomoda un poco. No me gusta. Quizás sea porque todavía me da vergüenza y me cuesta también reconocerlo. Sobre todo a estas alturas.

Es más, quise hacer un experimento previo. Se me ocurrió preguntarle a un grupo de amigos sobre la cuestión con el fin explorar antes de publicar algo al respecto. Me interesaba conocer otras experiencias cercanas y la pregunta que les dejé caer de un momento a otro fue: “¿A ustedes les pegaron alguna vez cuando chicos?” La reacción inmediata fue repetida a coro: “Nooooooo”.

Me quedé muda y el silencio se impuso en el lugar. Mejor cambiar el tema, pensé. Pero no quise. Algo me frenó, así es que volví a insistir a riesgo de no ser comprendida. “¿En serio? ¡Bah! Entonces yo fui la única a quien le pegaron. Qué mala suerte”. Me eché un tremendo roll de camarón tempura envuelto en palta a la boca, y en seguida a otro para no seguir hablando como suele pasarme cuando me pongo nerviosa. Mientras masticaba, sentía que la presión se me había subido a la cabeza. El corazón latía fuerte y mi cara ardía. No quería que me vieran con lástima o extrañeza, aunque era evidente que ya me sentía como un bicho raro… Acaso era la única extraterrestre a quien sus padres solían mechonear o violentar físicamente cuando con mi hermana no nos comportábamos como era esperable por ellos.

Pero después de un rato y de aterrizar la conversación a situaciones más concretas, resultó ser que ya no era la única. Eran varios los que alguna vez sufrieron desde cachetadas o coscorrones hasta correazos o tirones por las patillas.

Una cosa que me llamó la atención es la tendencia a minimizar los hechos: “Bueno, a quién no lo agarraron de las mechas cuando soltó al conejo de la jaula, rompió el jarrón de porcelana mientras hacía una pataleta o hizo llorar a la hermanita pequeña” o entre risas “Y el clásico pellizco de la mamá por debajo de la mesa para que los invitados no vieran. Ese dolía más que la cresta”. El mismo amigo recordó que su madre siempre le decía: “¿Vamos al baño?” y como ya sabía la tanda que le esperaba allí, en un arrebato de rebeldía y delante de todos, le gritó “¡No pienso! ¡Siempre me pegas cuando vamos al baño!”… Pero la sentencia ya se había dictaminado y de nada bastó que sus tíos intentaran abogar por él, porque al final de la noche y habiéndose ido el último invitado, el pobrecito sufrió las consecuencias y por partida doble por desobediente e insurrecto. Otra amiga contaba como a los cinco años y harta de que le tiraran el flequillo por cualquier cosa, un día se encerró en la pieza y se lo cortó casi al rape con la primera tijera que encontró. Acto seguido, apareció donde su mamá con un pelón impresionante y ante la cara estupefacta de ella le advirtió: “Ahora nadie va a poder tirarme más la chasquilla. Nunca más”.

Todos nos reímos por un buen rato de estos testimonios. Y así fueron apareciendo otros recuerdos hasta que prácticamente ocho de unos diez u once amigos, habíamos tenido más de un abuso de fuerza por parte de nuestros progenitores o algún adulto responsable de nuestra crianza. En general, varios estaban de acuerdo con que este el peor camino para disciplinar a sus niños pero también hubo quienes apoyaron esta práctica.

“Es bueno pegarle a los niños de vez en cuando. De lo contrario, se te suben a la cabeza”. Dijo una chica y su esposo estuvo de acuerdo. Por más que agradezca la sinceridad, a mí me choca tanto oírlo porque no podría estar más en desacuerdo con esa medida. No sé… es como que la rabia me invade y ya pierdo toda objetividad.

Así es que como no estoy en el corazón de nadie y sólo puedo hablar de lo que me pasó a mí, esta vez voy a referirme de las consecuencias que estas vivencias han tenido sobre mi personalidad y también cómo influyeron en las elecciones que fui haciendo durante la vida. Y es que el castigo físico me llevó a ser una niña muy tímida y extremadamente insegura. Con un miedo a la autoridad tremendo. Era cosa de ver a un adulto enojarse, ya fuera un vecino, profesor, papá de alguna amiguita o tío, para que la ansiedad me embargara completamente y de alguna u otra forma, terminara “achacándome” internamente las responsabilidades de lo que ocurría.

Hoy puedo mirar hacia atrás y constatar las implicancias que ha tenido crecer con la represión concentrada la garganta. En ocasiones dejarme pasar a llevar por jefes maltratadores en el trabajo, callar mis puntos de vista, no defender mis derechos como consumidor, no atreverme a hacer cosas que quería y dejé pasar, por temor a las consecuencias, indecisión extrema… en fin. Podría enumerar hacia abajo los efectos de una crianza autoritaria pero no viene al caso. Qué lata además.

Mi punto es otro. Y es simplemente plantear la necesidad a nivel colectivo de una educación más integral que incorpore el campo cognitivo con el emocional. Una formación más amorosa y aceptadora que desde pequeños nos enseñe a reconocer nuestras emociones y sentimientos. Si el niño tiene una pataleta, quizás antes de anticipar que “está manipulando o anda con la maña” podría enseñársele a identificar qué es aquello que está sintiendo. Como adulto hacer el ejercicio de detenerse un poco y atender la situación, sin reaccionar con el piloto automático. Preguntas tan simples que indaguen el campo de experiencias como “¿Qué es lo que te da pena? ¿Por qué? ¿Qué sientes cuando esto pasa?”, por ejemplo, pueden contribuir poderosamente para que aprenda a identificar qué le ocurre, entender su reacción y en consecuencia, conocerse a sí mismo.

Pero cuando se utiliza el castigo inmediato como medida de represión, no educamos nada. Autoconocimiento: las pelotas. Así pasa el tiempo hasta que ya somos adultos y no sabemos identificar qué nos ocurre y por qué. Y si pensáramos, por ejemplo, que la autoestima es la piedra angular para una vida más plena, con elecciones conscientes sobre el tipo de pareja que nos hace mejor, profesión u oficio, estilo de vida, la cuestión ya cobra otro matiz. Es sabido por casi todos que durante la edad temprana se forjan a fuego cuestiones tan esenciales como la confianza tanto hacia el mundo como hacia sí mismos.

Pero en cambio observo a mi alrededor, pienso en los niveles de depresión, stress y tantas otras afecciones contemporáneas que digo cuánto hay de nuestras historias puesto acá.  “Por la razón o la fuerza” dice nuestro escudo. Miro para atrás en mis líneas familiares y veo generaciones que se pierden en el pasado, con la misma historia pero con mayor brutalidad. Abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, tatara-tara abuelos… inmigrantes que vinieron de Europa huyendo de la postguerra y con una serie de traumas que iban desde el desarraigo absoluto y el shock por haber vivido en carne propia los horrores de las miserias humanas. No tengo idea, si bien las dosis de violencia se han ido dosificando, en materia de salud mental la prevalencia de diferentes trastornos en nuestra sociedad actual, me llevan a pensar en dolencias del alma que de alguna forma es necesario que comencemos a mirar para reparar en nosotros mismos y evolucionar hacia las generaciones venideras o que hoy se están formando.

Durante mi paso por psicología, coaching y meditación, fui reparando lo que toda mi infancia y adolescencia se constituyó en una herida abierta que me costó años cicatrizar. Fueron años de trabajo porque al principio tendí a negar lo ocurrido, no pensaba en ello, pero bastaba una situación que me pareciera injusta, para accionar un botón que me hacía estallar en rabia y pena de manera bien poco proporcionada para la situación a veces. Pero no lo podía controlar. Después de un rato y con los ojos rojos aún, me daba cuenta de que había sobredimensionado los hechos, pero a veces era tarde y lo había pasado tan mal que me costaba rearmarme para seguir adelante. Sin embargo, hoy puedo decir que lo hice o por lo menos en gran medida, porque logré perdonar y aceptar la realidad como parte de toda una historia donde desde generaciones hacia atrás se perpetuó la violencia como método disciplinario.

Así es que cuando con la compañía de personas claves que me ayudaron -entre ellas mi psicóloga y amiga Karen Moënne a quien le dedico esta nota- por fin lo acepté. Y aunque no lo comparta por ningún motivo, hoy lo acepto como parte de mi historia, de lo que me tocó vivir y por último gracias a quien soy hoy en día. Celebro en el alma haberme liberado del resentimiento en el que estuve atrapada por años de años. Así es que nunca es tarde. Y si hoy pongo a disposición mi experiencia para invitar a quienes sepan de lo que hablo a no sentir temor de mirarlo y reconocerlo. Quizás como a mi les pase que les cueste poner límites, decir que no y hacer valer algo tan simple como una opinión. Como sea, creo que lo importante es procurar sanarse a uno mismo. De la manera que sea para no repetir y perpetuar la pauta con las generaciones venideras.


Ahora voy a llamar a mis papás para contarles que publicaré esto. No quiero que se sientan mal porque ellos a sus veintitantos años, también estaban aprendiendo con las herramientas que tenían. Y pese a su inexperiencia, tuvieron miles de otros aciertos… de los cuales más allá de habernos dado la vida, siempre les estaré agradecida.