miércoles, 24 de febrero de 2016

Shake it, Shake it, Shake it


¡Sientan la música! Y si esta se detiene no significa que ustedes lo pueden hacer ¡Vamos! ¡Arriba!
No se muevan como autómatas… ¡Esto es mitad técnica y mitad actitud!
Si se equivocan con un paso ¡No importa! Ustedes disimulan agitando la cabeza, moviendo su pelo, haciendo un giro, levantando una pierna… Y nadie lo va a notar.
Pero no se olviden: ¡La cara también vende!
Y cuando les pregunten en la calle ¡Ay! ¿Por qué haces eso?
Bueno ustedes les contestan: ¡Pues porque puedo!

Nos desafía el gran Matías Keller con su ímpetu característico, mientras enseña una coreografía al ritmo de Beyoncé. Cada día nos sorprende con una nueva rutina, con lo cual sus clases nunca pierden el nivel de exigencia y desafío constante. Jamás hubiera pensado que me animaría a aprender un baile tan desenfadado como el Twerk, en donde la liberación de las caderas y en particular el trasero resulta ser la clave de todo ¡Y me encanta!

Hay algunas personas que consideran esta práctica como indecente e incluso hay un montón de “memes” circulando en la web en contra de quienes lo hacen, ya que los movimientos son semejantes a los que se realizan cuando tienes sexo y más intensificados aún. En resumidas cuentas, esta disciplina incluye el abrirse de piernas completamente, quebrar la espalda, agitar la cabeza y la pelvis mientras estás en cuatro patas sobre el suelo. Pero dejando a un lado los prejuicios y esquemas morales, qué bien que se siente el derroche de fuerza femenina que se libera a raudales durante la hora que dura cada clase, mientras agitas el trasero con una intensidad tal, que pareciera que se te va a desatornillar. Al principio me daba mucha tentación de risa mirarme en el espejo que cruza la sala, sobre todo por mi tosquedad y rigidez en contraste con el resto de las chicas, pero poco a poco fui dejando a un lado la sensación de ridículo para abrazar la liberación y la provocación también.

A mí siempre me han maravillado las personas que llevan la gracia para moverse en la sangre. Esas de que ritmo que les pongan, ritmo que te bailan, así como si hubiesen nacido danzando… Quizás escucharon música cuando estaban en el vientre materno o tuvieron el privilegio de participar en alguna academia de ballet o danza cuando pequeños. Pero como sea, es una virtud que he admirado desde que tengo uso de razón y como soy de esas que se levanta con música y duerme con ella, yo también siempre estoy bailando: mientras ordeno, cocino o me arreglo para salir.

Quizás ese fue el motivo por el cual me impactó tanto cuando vi por primera vez a la española Irie Queen dejando literalmente “todo” en la pista y lo que me llevó a buscar en la web qué escuelas se impartían acá en Santiago. En realidad, animada por soltar el cuerpo, yo estaba motivada por aprender reggaeton, bachata, dembow, break dance o sexy style. Casi siempre sigo algún tutorial para aprender un pasito nuevo y eso hacía hasta que inesperadamente me encontré con estos movimientos que me cautivaron completamente.

Por un momento me sentí como el clásico de Emociones Clandestinas que dice: “Ha salido un nuevo estilo de baile… Y yo no lo sabía”. Descubrí que es el baile del momento y se está ensayando en todo el mundo. Las grandes celebrities como Beyoncé, Rihanna o Nicki Minaj lo han ido masificando hasta tal punto que ya es considerado prácticamente como una rutina fitness. Y la verdad es que con una clase de una hora, se pueden quemar más de 500 calorías, además de tonificar la zona abdominal, muslos y sobre todo glúteos. Esto porque incluye muchos movimientos equivalentes a las estocadas, squats y rutinas en donde tienes que mantener el abdomen duro y el culo apretado por largo rato para no perder equilibrio y caer al piso. De hecho, en youtube puedes encontrar interesantes tutoriales como las lecciones de Twerkout que desarrolló la diva Lexy Panterra y que hoy la tienen en la cúspide por ser una de las primeras en atreverse a enseñarle a mover el trasero a todas las mujeres en el mundo.

Así es que con mi nuevo objetivo entre ceja y ceja, encontré el sitio de Twerkit Chile en Facebook y llegué a mi primera clase una calurosa tarde de martes, a eso de las 7:00 PM. Iba nerviosa, no sabía a quiénes encontraría y si sería capaz de coordinar algo. Lo único que tenía claro es que yo quería intentarlo. Llegando a Manuel Bulnes esquina con Martínez de Rozas, me bajé del taxi y siguiendo la numeración hasta el 850 entré por un galponcito que no tenía mayor branding que la pintura coloreada de la entrada. Caminé por un pasillo oscuro hasta que me asomé a la gran sala de baile y en ese momento, sentí que confirmaba toda la motivación que me había atraído hasta este lugar.

Unas veinticinco mujeres moviéndose de manera sexy al compás de la música y sin ningún tipo de inhibición. El profesor y quien orquesta todo lo que ocurre sobre la pista, es el que las anima y seguriza, corrigiendo las posturas y sabiendo respetar los tiempos de cada una, ya que es consciente de que algunas somos más reprimidas o tiesas que otras. Por la soltura que demostraban, sobre todo las que se ubicaban más adelante, se diría que llevaban la vida entera practicando. Pero sin duda que eso no era relevante. En este rectángulo por sala, somos todas horizontales. No importa la edad, quién eres, ni mucho menos el estado físico que tengas. Nadie mira a nadie con ojos juzgadores, si estás más gorda, más flaca, si tienes trasero, si eres plana, si tienes estrías o celulitis… ¡Da igual! Acá lo importante es liberar al cuerpo de la mente y expresarse de una manera tal que pareciera que se despertaran los ancestros africanos que llevamos en los genes humanos.

Tal vez por fin estamos aprendiendo a conectarnos con la mujer salvaje que llevamos en nuestro interior y que por años permaneció relegada en un segundo plano. Aunque no lo parezca a simple vista y se confunda con una rutina más dentro del amplio paisaje con ofertas de gimnasia aeróbica, en este espacio se expelen altas dosis de liberación, sabiduría más instintiva y liderazgo matriarcal. Definitivamente que acá es un privilegio ser mujer y el sentirse femenina, un requisito para poder moverse al ritmo de la música. Yo pienso en el chakra raíz, la fuerza creadora que es donde se origina la vida. Por tantos siglos se ha reprimido al cuerpo y hoy a partir de este tipo de expresiones podemos volver a conectarnos con esta energía vital para disfrutarla y por qué no llevar un estilo de vida más saludable. Si al final el resultado es el sentirse libre y bello, sin dudas que el efecto sanador sobre el organismo es tremendo.

Pareciera ser que atrás han quedado los estereotipos de la androginia, donde mejor era ser lo más flaca y plana posible. Hoy todas buscan de la manera que sea potenciar sus curvas y desarrollar el lado femenino a raudales. De referentes como Kate Moss nos hemos desplazado hacia las hermanas Kardashian, donde más allá de un rostro perfecto y la máxima delgadez posible, hoy se valora mucho más la presencia de caderas y sobre todo, el ser sexy a partir de la belleza personal. Y la oferta de tutoriales estéticos publicados en las redes, te abren un universo de posibilidades para lucir mejor potenciando al máximo tus atributos. Desde uñas con diseño, maquillaje para la ocasión que sea, peinados, tinturas, moda… hasta el infinito.

Me gusta pensar que esta es la dirección: mujeres empoderadas pero ya no añorando el liderazgo masculino, sino que desde el trono del arquetipo de la “emperatriz” -o de la “mujer salvaje” para la psicoanalista Clarisa Pinkola-, aquella que dice y hace derrochando sensualidad, aplomo y altas dosis de belleza. Y precisamente desde ahí sale adelante para habitar al mundo desde este otro lugar.

Así es que estas últimas semanas han sido de mucha revelación. Y lo seguirán siendo porque a pesar de que las clases se terminan hasta el mes de abril por temas de agenda del profesor, durante marzo comienza el ciclo de Dancehall Queen. Así es que a modo de cierre, el próximo domingo se realizará un seminario abierto para todas las interesadas en aprender. Como acá la creatividad converge con el erotismo, todas las chicas se preparan para ensayar caracterizadas con algún animal que mejor las represente. Así es que se imaginarán cómo arde el whatsapp del grupo… las más osadas han hecho sus propios diseños de maquillaje y uñas en versión “animal print”. 


Por mi parte, últimamente he incorporado nuevas palabras a mi vocabulario que corresponden a mis próximos desafíos y que no son más que los nuevos pasos y giros que estamos aprendiendo: wave, wine, shake y jiggle… Sinceramente, aún no sé cómo voy a lograr que mis caderas se suelten completamente para alcanzar la anhelada independencia con respecto al resto del cuerpo… Y sufro de verme como robot en los videos que se suben a las redes… Una amiga me dice que esto me pasa porque tengo el perfil “medallita de oro” y siempre quiero hacer todo bien a la primera. Yo me río por cómo me sacó la foto. Así es que a pesar de que a veces me angustie, luego me acuerdo de que lo estoy intentando y que la perseverancia hace al maestro… y se me pasa =P

sábado, 13 de febrero de 2016

Corre que te pillo, la doble cara de la virtualidad


El otro día una amiga me decía:

Victoria estoy realmente cansada de tener que restringir toda mi comunicación con este “tipo” al whatsapp… Yo me pierdo en el laberinto de los chats eternos… No sirvo. Me canso. Pero cada vez que intento llamarlo no contesta y después me dice que está ocupado. No lo sé. Yo puedo whatsapear con mis amigas y matarme de risa con tonterías, pero ya estar así con él es algo que me cansa. Ya llevamos meses en esta misma dinámica y lo único que obtengo son puras frutitas de su parte (refiriéndose a los emoticones de frutas) que al final no son ni chicha ni limonada -Ahí estallamos de risa - Si ya parece el cuento del “corre que te pillo”.


Más allá de lo tragicómica de la situación, qué cierto me resulta la doble cara de las redes sociales. Porque por una parte, así como se han desarrollado de manera global para a establecer puentes de conexión alrededor de todo el mundo; también sirve de escudo imbatible para aquellas otras que aún no saben qué quieren hacer o cómo resolver sus relaciones.

A través de los ojos de ella, el whatsapp te protege de la exposición. Las conversaciones se vuelven muchos más controladas y cuidadas, pudiendo proveer de un tiempo más que razonable para que puedas articular una respuesta según cuánto es lo que quieras jugarte en ella. Si no te fluye de inmediato y se pasa el tiempo, no importa: son parte de los códigos dejar que se “enfríen” las conversaciones por la excusa que sea. También se entiende que dejar en “visto” a alguien es un mensaje en sí mismo. Pero como todo se configura, incluso la privacidad, hasta existe la función para neutralizar esto también y ocultar si los mensajes han sido leídos o no, o cuándo fue la última vez que la persona se conectó. Hay configuraciones para todos los gustos y necesidades. Y yo lo que veo que se pone en jaque es el compromiso entre las personas. Me cuestiono hasta qué punto nos hacemos cargo de lo que decimos/hacemos o dejamos de decir/hacer.

Ya sea a través del whatsapp que se utiliza en el público más latino o a través de Messenger de face para Norteamérica y gran parte de Europa, la mensajería queda bastante intermediada por las caritas de los emoticones que abundan por la nube digital. Esta simpática simbología, que aliviana sin dudas las conversaciones, también las trivializa. Así es que sin dejar de decir lo que se quiere, nada es tan grave o puede tomarse así tan en la profunda. Y aunque también permiten explicitar un deseo que de otra forma podría ser mucho más difícil decirlo abiertamente, pareciera ser que al igual que el alcohol en una fiesta, el estar detrás del Smartphone que sea, también “envalentona” de sobremanera: comunicar al otro lo que le pasa o lo que quisiera hacer a través de caritas traviesas, de tristeza o de enojo… Por ejemplo, facilitan dar licencias de decir pesadeces que no suenan como tales, dar rienda suelta a la ternura (lo cual se agradece en personas que no tienen muy a la mano esta emoción) y permite explotar la veta humorística.

Estos códigos flotan en un plano de la subjetividad que da mayor espacio para que el interlocutor rellene los aspectos del mensaje a su propio arbitrio, lo cual puede generar también mayor confusión y desazón. Porque cada uno puede entenderlos según el deseo que proyecte, la carencia que tenga o lo que su estado emocional momentáneo le susurre al oído.

Como sea, sobre todo en la época del galanteo y conquista, pareciera ser que el teléfono y las temibles “citas” iniciales han sido destronadas irrevocablemente por estos métodos que te dan más “licencias” para expresarte sin pudor. Y a la vez, controlan de manera mucho más efectiva el compromiso en las relaciones al no hacerse cargo 100% del poder transformador de la palabra y quizás al sumirnos en un mundo más interpretativo aún del que ya habitábamos. Y es que al quedar desprovisto del poder de las miradas, el volumen de la voz y las latencias de respuesta en una conversación más directa, es como que una fuente de retroalimentación importante se termina ahí también.

Ahora el otro lado de las relaciones mediadas por las redes también es súper interesante. Frecuentemente tienen el efecto de prolongar el contacto con las personas de manera más indefinida. Es decir, pase lo que pase, siempre tendremos al menos una ventana para saber qué es de la vida de alguien.

Haciendo un recuento para atrás me doy cuenta de que mantengo cierto grado de contacto con prácticamente todas mis exparejas y los “pinches” eternos de mi adolescencia, los cuales en algún momento de la vida fueron significativos para mí. Y lo siguen siendo. La verdad es que gracias a las redes sociales sigo conectada con ellos o al menos me voy enterando de sus pasos y elecciones de vida. Todos estamos más grandes (o viejos), algunos de ellos más guatones, pelados, y otros que por supuesto nunca dejaron de cuidarse y hoy están más buenos que el vino. Pero en definitiva, cada uno siguió con sus vidas y yo puedo constatarlo.

Y así es como se nos abre un nuevo campo relacional que evidentemente nos plantea nuevos desafíos para que podamos adaptarnos una y otra vez.

Por este motivo que quizás hoy las separaciones no sean como antes. Hace no muchos años atrás, cuando querías poner término a una relación, lo hacías y punto. Generalmente dejabas de frecuentar ciertos lugares, borraba el número de teléfono y lo eliminabas de tu directorio de contactos del antiguo messenger de hotmail. Y con eso bastaba o por lo menos, permitía que desaparecieras por un buen rato hasta que después diera lo mismo un encuentro casual.

Pero la realidad de hoy me resulta diferente. Si quieres perder contacto con alguien es más difícil porque nadie se separa realmente de nadie. Las parejas que rompen pueden seguir enterándose de lo que hace el del al lado porque existen herramientas como Facebook, por ejemplo, en las que no sólo te conectas con “la” persona (lo cual si así fuera simplificaría mucho los procesos de quiebre), sino que con toda la constelación de redes que rodean como amigos, familias, actividades y lugares comunes…

Así es que en estos días que corren más vale ir entrenándose en la práctica del desapego consciente. Y esto es lo que requiere la capacidad de cerrar. De lo contrario es difícil que suceda o por lo menos lo puede llegar a hacer cuesta arriba porque ya no está en el imaginario qué es lo que estará haciendo tal o cuál persona, sino que por el contrario, puedes verlo porque las redes te lo indican a cada momento a través de etiquetas, imágenes de Instagram y “estado" de whatsapp, skype o facebook.

Me impresiona y maravilla a la vez el cómo se pueden construir y mantener relaciones a través del tiempo y sin importar cuán lejos este la otra persona. Si se trata de generar espacios de cotidianidad hoy puedes acostarte en un extremo del mundo habiendo compartido vía whatsapp y si la diferencia horaria lo permite, levantarte con esa persona porque no dejamos nunca de estar conectados los unos con los otros.

Se me viene a la mente el proceso de domesticación del principito con el zorro. Para llegar a ser alguien necesario para el otro primeramente se debían “crear lazos”. Y yo veo que pese a todas las complejidades que planteaba anteriormente, las redes sí lo permiten porque son puentes que se tienden.

En el plano personal, estando lejos he podido conocer a personas maravillosas que en Chile nunca me di el tiempo para hacerlo y que allá comenzamos a escribirnos cuando se enteraron de que había viajado y hoy puedo decir que somos amigos. También con mi pareja. Él ahora está lejos y yo puedo mantener una cotidianeidad que nos permite inclusive, preparar una comida especial a la luz de las velas y cenar juntos vía Skype para el 14 de febrero. Quizás que en este caso particular los años que llevamos juntos facilitan una continuidad más fluida.

Como sea, gracias a las redes nadie puede decir que haya perdido de vista completamente a esas personas que nos marcaron en mayor o medida. Y si hay alguien que sí es capaz de cortar con todas la tecnología fluyendo a raudales, lo admiro profundamente. Y no es que me la pase fisgoneando en la vida ajena pero quién puede decir que no sienta nada de curiosidad o que no diga “¿Qué habrá sido de esta persona…? A ver si la encuentro”. 

jueves, 4 de febrero de 2016

Certificado médico: Eximida de hacer deportes


Rp. CERTIFICADO
"El médico pediatra que remite,
certifica que Victoria Valenzuela Mazzocchi
tiene ASMA BRONQUIAL por ejercicio,
por lo que solicito NO EVALUAR
pruebas de resistencia o carreras
de más de 3 minutos".

Principios de marzo de 1990. Cuarto básico y celebraba en silencio el verdadero tesoro que llevaba en la mochila. La misma que cargué abrazada durante todo el trayecto, viajando en “liebre” escolar rumbo al colegio. Cada tanto metía la mano como para comprobar que estuviera efectivamente ahí… Y sí… Ahí permanecía plegado en cuatro y ubicado prolijamente dentro de la agenda, tal como la había guardado antes de partir. No se me fuera a estropear -o peor aún- extraviar el bendito certificado médico que me eximiría por fin del calvario de educación física... Si ya hasta el nombre de la asignatura me generaba angustia.

Sólo así recuperaría la alegría de los lunes, martes y miércoles ¡Sobre todo los miércoles! Porque precisamente ese día, mi colegio imponía las llamadas “mañanas deportivas” para todos los alumnos sin excepción que cursaban de primero a cuarto básico. Los lugares eran siempre los mismos: las canchas del Alejo Barrios en el cerro de Playa Ancha en Valparaíso o el estadio Sausalito de Viña del Mar. Para mí la experiencia era un verdadero suplicio. Es más, creo que los hombres y específicamente del tipo “peloteros” eran los únicos que disfrutaban la jornada porque al final todo se resumía en una gran “pichanga” en donde el foco de atención de los profesores se dirigía hacia la pelota. El resto de las niñas o los niños que no se sumaban, deambulaban toda la mañana "peluseando" de aquí para allá, haciendo guerra de barro, tirándose piedras, adoptando a perritos perdidos o jugando al semáforo en el mejor de los casos. A veces nos divertíamos y otras nos aburríamos como soberanas ostras. Sin embargo, poco importaba esto porque como fuera, había que esperar hasta las 2:00 PM para retornar en la chatarrienta micro, con fatiga y soportando los olores propios de los compañeros que habían sudado toda la mañana por derrotar al equipo contrincante.

Así es que "Adiós Educación Física, fue un disgusto conocerte". Prefería estudiar primeros auxilios para rendir las pruebas teóricas hasta cuarto medio, antes que volver a la cancha. Al menos quizás de algo me serviría algún día. Mientras me acercaba más y más al colegio, sonreía de sólo pensar en lo que haría con todo el tiempo libre que tendría de aquí en más. Libertad y felicidad. Ya no más burlas de mis compañeros por correr lento, por tenerle miedo a la pelota y no tener la destreza para "achuntarle" a la aro del basquetbol, al arco del futbol o traspasar la malla en voleybol. Porque con una mano en el corazón y siendo bien honesta, era malísima con todo lo referente a cualquier destreza física. A tal punto que no daba lo mismo qué equipo me tocara o en qué posición ubicarme porque conmigo nunca se sabía… si hasta siendo defensa me había convertido en la temible de los autogoles. 

Menos mal que tenía otras habilidades, como el arte y el área humanista, ya que con esto mejoraba mi promedio de notas que se veía evidentemente perjudicado con las calificaciones en deporte y de paso, compensaba en algo mi esfera social después de lo estigmatizante que puede ser para un niño el ser "negado" para el deporte. Bien es sabido que la autoestima se forja durante la infancia, amparándose en gran medida sobre las destrezas y la relación con el cuerpo. Los chicos más exitosos en el colegio en término de popularidad, ganar aceptación o capacidad de generar redes sociales, son precisamente aquellos que se destacan por sus habilidades deportivas y por ende se encuentran en buena forma. Además ganan infinitamente en competencias como liderazgo, compañerismo y trabajo en equipo.

Los años pasaron, salí del colegio totalmente eximida, me titulé de una carrera por supuesto que humanista y fui siguiendo todos los pasos esperados para una mujer promedio como yo. Y a pesar de que modestamente creo que me fue bien, continuaba con esta sensación de fracaso personal. Con envidia miraba desde la ventanilla de mi auto a esos típicos corredores que se toman las calles de la ciudad, pensando en que si tendrían algo mejor que hacer con sus vidas o preguntándome si trabajarían, mientras yo al igual que millones de ciudadanos más, permanecíamos atorados en un fastidioso taco, tratando de trasladarnos desde un punto de la capital a otro, rumbo a la oficina.

Fue a propósito de un programa de coaching ontológico en el que me hice consciente de la mala relación que tenía con mi cuerpo. Francamente ni lo registraba, fumaba, me alimentaba mal, bebía socialmente, dormía poco y sobre todo, llevaba una vida 100% sedentaria… en otras palabras un estilo semejante a una larva. Con todo, constaté por primera vez que realmente no me quería tanto como pensaba y necesité apoyo real para poder desafiar los juicios sobre mí que durante años fue tejiendo: “soy perezosa, soy inconstante… etc, etc”. Para más remate, ya a esas alturas había asumido mi condición de infertilidad, con lo cual tenía un motivo más para estar enojada con mi cuerpo. 

En medio de este remezón, decidí cambiar mi vida. Si bien, no podía cambiar mi diagnóstico, sí podía reconciliarme conmigo. Era algo que lo necesitaba, que me lo estaba debiendo hacía mucho tiempo. Para impulsarme decidí ponerme una meta de largo plazo que fuese desafiante y que sin dudas representara un hito digno de orgullo personal: correr mi primer maratón. Como era de esperar, salvo un par de personas, mi círculo cercano jamás se lo tomó muy en serio. Mi padre me advertía con preocupación: "Victoria, eres una Valenzuela y punto. Somos todos alfeñiques para el deporte: tus tíos, primos, abuelos... Está en nuestra genética y no podemos hacer nada para cambiarlo ¿O acaso quieres terminar con un infarto al corazón? Olvídate de correr y ponte a estudiar si quieres hacer algo.

Ese era el escenario. Es más a ratos ni yo misma me lo creía y pensaba en un objetivo más cercano como mis primeros 5K en vez de 42K para no desmotivarme de ver la cima tan lejos.  

Pero como sea, ya estaba decidido y recuerdo que el día escogido para partir fue una mañana de julio del 2013, precisamente la más fría del año. El termómetro marcaba un par de grados bajo cero y yo corría por el parque bicentenario con unas zapatillas Converse de lona, gorro, bufanda, parka de pluma y un buso horroroso que más bien parecía pijama. Y aunque jamás lo hubiera podido imaginar si quiera, ese fue el comienzo de una nueva vida.

Hechos milagrosos y actos voluntarios comenzaron a ocurrir: dejé de fumar definitivamente sin recaídas, comencé a desarrollar lentamente capacidad aeróbica y comencé a enamorarme de los momentos en que salía a correr. Disfrutaba inmensamente los atardeceres, ver caer el sol y perderse entre los edificios y sobre todo estar en silencio. Quizás alguien más docto podría corregirme pero descubrí una especie de meditación en movimiento. Por primera vez lograba conectar con mi cuerpo, sentir las pulsaciones, la respiración más intensa, la tensión sobre el cuello y la espalda… Todo en su conjunto.

Para sostener aún más el inicio a una vida más saludable, decidí lo que antes hubiese sido una pérdida de tiempo y plata: inscribirme a un gimnasio. Y a pesar de que me costó adaptarme al estilo, las personas y al trabajo que se realiza ahí, en unos meses ya podía moverme más cómodamente.

Evidentemente tuve que enfrentarme con temores internos y sobreponerme al juicio de los demás. Recuerdo que un profesor en el gimnasio me dijo:

-         ¨Victoria. Es muy difícil que lo consigas ¡Tú comenzaste 30 años tarde!"

Menos mal nunca le hice caso, más allá de reírnos un buen rato por su desalentador veredicto. Así es que hoy puedo decir que con perseverancia y aceptación de mis limitaciones tanto físicas como mentales, pude lograr mi sueño que fue terminar mi primer maratón y con ellas dejar atrás mi pasado de desaciertos deportivos escolares y frustración con mi cuerpo.

Durante mi nuevo camino, he podido cosechar nuevas amistades y experiencias maravillosas como subir cerros los fines de semana. Sin embargo, tengo que reconocer que lejos mi mayor aprendizaje es sentir que “sí soy capaz” y ya no hay nada ni nadie que pueda convencerme de lo contrario ;-)

viernes, 29 de enero de 2016

Mi gata sin pelo

-         
"Que la vida nos sorprenda ¡Chin chin!"

Juntamos nuestras copas con mi querida prima la noche de navidad, agradeciendo a la vida y declarando nuestro propósito de abrir el corazón para fluir con ella. Después de dar el primer sorbo de espumante, no tarda en entrar un mensaje de una amiga.

Dejo a un lado el trago y abro curiosa el whatsapp esperando que cargue la imagen. Es una gata. Rara. Exótica. Me impresiona lo que no tiene pelo, más que en su carita, la cual es manchada en blanco y negro dando un aspecto de completa seriedad. Es más, si se la mira detenidamente pareciera que siempre está enojada. Una esfinge enojada. Pero sin duda lo que más llama la atención son unos enormes ojos celeste cielo. Más abajo dice: Victoria, ¿Quieres a mi Cali?

Me sorprendo porque hace un año atrás exactamente y para esta misma fecha, ella la estaba esperando. Creo que la compró en Egipto, pero no estoy segura. Parece que acá no venden este tipo de animalitos de raza Sphynx y solo es posible encontrarlos afuera. Eso sí, siempre será una hembra que te envían por supuesto esterilizada para que no pueda ser reproducida posteriormente.

Miro a mi esposo. Su cara lo dice todo: “No”. Miro a mis padres y familia buscando algún rostro complaciente pero es inútil. Peor aún, no tardan en pronunciar sus sentenciosos juicios: “Olvídalo. Es un gato. Son traicioneros, huraños, interesados y se acercan a ti sólo si quieren conseguir algo a cambio. Si pierden el interés se van y nunca más vuelves a saber de ellos”- Como si fuera poco mi prima agrega en su argentino acento: “Boluda mal… mirale la cara. Es mala... no puedo verla del asco que me da. Y voy sos muy corazón de abuelita, si pensás en quedártela. Te lo advierto: si la adoptás, no vendré nunca más a Chile a verte ¡Sabelo!”.

Evidentemente que todas estas visiones me desmotivaron. Pero por alguna razón no quise contestarle nada a mi amiga aún… Ni que sí, ni que no. Esperé. No sé qué esperaba en realidad porque era evidente que nadie iba a cambiar su parecer. Es más, la cosa empeoraba porque cada foto que mostraba se tildada como más fea que la anterior.

No sé, algo se me removió internamente. Quizás algún resabio de instinto maternal frustrado, ni idea. Pero lo cierto es que logré convencer a mi esposo de ir a conocerla y ver si nos gustaba. En realidad a la que tenía que gustarle sobre todo era a mí porque evidentemente yo sería la única responsable en cuidar de ella, jugar, limpiarla, ver sus vacunas… todo lo que requiere una tenencia adecuada de mascotas.

Intenté mentalizarme de no tomar decisiones impulsivas de las que después me fuera a arrepentir. Y en el ascensor lo reforcé internamente como para no caer en la tentación. Mis amigas con gatos ya me habían advertido los costos que acarrean el tener felinos por mascotas: Chao tapizado impecable de sillones, cortinas y almohadones. Más vale olvidarse de un departamento inmaculadamente blanco. Las que me conocen bien podían predecir un fracaso rotundo, básicamente por mi obsesiva compulsión hacia la limpieza y el orden. Y que hablar de las restricciones a la libertad. “Oye con lo que les gusta viajar a ustedes, tener el animalito que sea va a ser un verdadero cacho en sus planes”.

Repasé todas y cada una de las visiones, intentando retener las más realistas. Si pensamos viajar a mitad de año, cómo nos arreglaríamos. Sin embargo, nada más entrar al departamento de mi amiga para que todas las palabras se las llevara el viento. En cuanto la vi no pude evitar alzarla y sentir que me derretía con su calorcito suave. Era considerablemente más pequeñita de lo que parecía en las fotos: -“Si parece una lauchita gris”- pensé. Jugamos un poco y media hora bastó para que me decidiera dar el paso… Bueno, en realidad fueron cinco minutos, lo reconozco.

Acordamos pasar a buscarla al otro día, así mi amiga se despedía de la que había sido su compañera por casi un año y yo compraba lo que hiciera falta. Al final, tenía más equipaje que yo cuando me fui a vivir a Estados Unidos. Entre sus juegos, casita, baño y ropa, hicimos una mudanza completa.

Lo terrible fue llegar y comprobar al minuto 1 que mientras me daba vuelta para llenarle su pocillo con agua, la gata había desaparecido. Después de revolver la casa por todas partes y de parecer una loca gritándole a mi esposo que revolviera bien las plantas… apareció. Se había ido por la terraza hacia la casa de la vecina de al lado. Sentí cómo el miedo ensombrecía toda mi determinación, para dar paso a una montaña de dudas y cuestionamientos. Y es que su desaparición me disparó mis más terribles juicios ¡Cómo va a ser posible que no sea capaz de hacerme cargo de un simple gato!

Le confesé a mi esposo de que no me sentía capacitada y que al día siguiente se la devolvería a mi amiga. Esa noche casi no dormí. A la mañana siguiente me desperté con el animalito hecho una pelotita a mis pies. Nos miramos por un rato. Me levanté a llenar sus pocillos con agua y el alimento especial. Mientras comía lentamente la observaba. Al terminar, se enroscó sobre mis piernas y así permaneció quietecita hasta que terminé de leer el diario y las revistas dominicales. No podría especificar qué fue pero algo especial ocurrió a partir de ese momento.

Durante esa misma mañana contacté a una empresa especializada en la instalación de mallas protectoras para terrazas que atendía las 24 horas y para cuando Andrés se levantó, ya mi angustia había aplacado dando un espacio de nuevas posibilidades insospechadas para mí. Y hoy no me arrepiento ni por un segundo. Es más a veces intento imaginar cómo sería el estar sola en mi departamento mientras mi pareja está tan lejos, por ejemplo. Y me cuesta. Ella se ha ganado un espacio en mi casa, mi vida y mi corazón.

Agradezco al universo por haberme dado la valentía que requiere fluir con la vida. Puede que alguien le parezca insignificante pero este simple hecho, para mí ha tenido profundas repercusiones. Me ha ayudado a flexibilizar mis propios estándares de orden y espacios, he podido comprobar que no pasa nada si se queda sola en la casa, que la limpieza se mantiene y que no era cierto que son animales ariscos e interesados ¡por el contrario! Es enferma de regalona, siempre me sale a recibir cuando llego, me hace acrobacias y piruetas mortales en el aire, se me acurruca mientras escribo, atrapa las fastidiosas polillas que me asustan cuando atolondradas entran por la terraza durante la noche y me sigue a todas partes como si fuera mi sombra.

Quien sabe acerca del espacio afectivo ocupado por una mascota, podrá entender lo que me está pasando hoy. Para algunos serán sus perros, caballos, canarios o incluso sus plantas. El compartir parte de mi mundo con estos pequeños seres que entregan tantas lecciones de amor no tiene precio. Ni siquiera el tapiz o los cojines valen una centésima parte de lo que te puedes llegar a enriquecer. Cuánto entiendo ahora a mis amigos veterinarios o admiro a quienes son capaces de olvidar sus propios asuntos por un momento y ayudar a encontrarle hogar a cuanto cachorrito callejero deambula por las calles capitalinas.

Para mí, de eso se está tratando la vida. De aceptarla como se nos va presentando, con apertura y osadía. Desafiar nuestros temores e ir más allá. Y qué mejor regalo que descubrirte riendo en mitad de la noche porque me ha despertado de un salto a mi cara mientras dormía profundamente. O tolerar que se me suba literalmente a la cabeza mientras leo o acostumbrarme a su ronronear como si fuera el motor de una avioneta que se activa en modo sueño después de las 10 PM. Si alguien me lo hubiese contado jamás de los jamases lo habría creído. Por este y otros motivos más, sólo puedo decir “gracias”. De no haber sido por mi amiga y por mi desobediencia, no sé si habría podido remover algún día mis juicios sobre si soy o no soy capaz de hacerme cargo de un animalito tan desconocido como lo era un gato y más aún, disfrutar así a concho de su compañía.

En este sentido el gato puede ser visto como un símbolo. ¿Cuántos “gatos” he dejado pasar en mi vida por temor, comodidad o la razón que sea?

¡Bienvenidos los cambios! ¡Que la vida nos sorprenda para abrazar a lo desconocido! Y mucho cuidadito con esta declaración, porque se cumple. Lo comprobé. Con el tiempo he aprendido que todo lo que decimos desde el corazón, incluyendo los sueños, se cumplen.

Buenas noches. Me despido desde mi computador con la Cali encima, viendo como teclean mis dedos rápidos, acechándolos hasta que intenta agarrarlos con ambas patitas… pensará que estoy jugando... Y un poco sí…

domingo, 24 de enero de 2016

Buscadores insaciables


He mirado por debajo de las sillas
He mirado por debajo de las mesas
He tratado de encontrar la clave
A cincuenta millones de fábulas
Me llaman El Buscador

The Seeker – The Who

Desde chica siempre fui una niña muy curiosa... pero MUY. Como para hacerse una idea, aprendí a movilizarme por mi propia cuenta a partir de los nueve meses y ya a los pocos años parecía una verdadera araña encaramada a los clósets en búsqueda de tesoros escondidos y millones de cosas que por alguna razón u otra, mis padres dejaban fuera de nuestro alcance. Fue así como días previos a la Navidad pillé todos los regalos del supuesto “viejito pascuero” para mí y para mi hermana; que en verdad la Fedora -nuestra catita- se había muerto y que en su lugar había una impostora igual a ella; que más vale mantenerse alejada de los remedios y que con las perlas… no se juega.

Por más que me advertían que no hiciera esto o lo otro, era inútil. Pese a que me caía una y otra vez, al rato volvía a levantarme para seguir con una aventura diferente. Yo misma tenía que comprobar los hechos de la vida, y de nada bastaban los sermones interminables de los mayores, cuando se me había metido una idea a la cabeza. Esta curiosidad fue encontrando su curso a través de mi avidez por realizar la mayor cantidad de experiencia, las que generalmente no prosperaban en el tiempo. A veces, la motivación me duraba lo que mi entusiasmo se mantuviera vivo hasta que la estructura terminara por disolverlo completamente. Y es que todo requería de una fastidiosa disciplina y de tiempo de dedicación: clases de piano, danza clásica, scouts, ciencias, patinaje, bicicleta, teatro, pintura… Y aunque lo último lo desarrollé más con el tiempo, se podría decir que picoteé un poquito por aquí y un poquito por allá, sin profundizar en nada realmente.

A diferencia de mi hermana o de mis amigas que se iban haciendo expertas en las actividades que desarrollaban a lo largo de los años, conmigo no había caso. Poco a poco, me fui ganando la fama de “maestro chasquilla” porque se podría decir que en todo me iba relativamente bien, pero nada de lo que fuera capaz de sostener por mucho tiempo. Y fue tanto el reforzamiento de mi “no perseverancia” que lo hice parte de mi identidad, algo que con el paso del tiempo llegué a cuestionármelo seriamente. Entre risas mi entorno cercano concordaba: “La Victoria nunca persevera en nada. Es igual a su tío”.

Yo celebro a esas personas que desde niños la tuvieron siempre tan clara y que nada más fue el apoyo inicial para que comenzaran una carrera, como impulsados mágicamente por los vientos de la pasión y el entusiasmo.

¿Pero qué pasa cuando un niño o niña es diferente? ¿Cómo nos enfrentamos con alguien que se orienta más a las preguntas que a las respuestas? Y si pudiéramos hilar más fino ¿Cuánto permiso nos estamos dando hoy  para ser investigadores en la vida? ¿Contra quién nos comparamos? O ¿Quiénes son nuestros referentes?

A veces nos empecinamos por hacer que el niño termine lo que empezó a como dé lugar. Sino, quién sabe lo que pueda ocurrirle después en la vida adulta… Y nadie quiere a los fracasados después. Pero el tema es que cada persona tiene sus propios ritmos y acercamiento al mundo. Hay quienes necesitan abrir el abanico más amplio de posibilidades para luego elegir uno, dos o más caminos a seguir. Pero muchas veces la sociedad no espera y sin importar si el ser humano está preparado, ya nos encarrila por la vía científico o humanista, por las artes o la ciencia o por una carrera específica. Y aunque sea cierto que también existen los bachilleratos como alternativa, los que ingresan en este tipo de planes de estudios saben que tienen las horas contadas para decidirse ya que el mundo laboral demanda ciertas edades específicas según el rol que se quiera desempeñar. Como sea, la cosa es que yo veo que siempre estamos apurados y corriendo por un sistema que nos fuerzas a encarrilarnos lo antes posible y divagar lo menos posible. Casi como ese juego de las sillitas en las que cuando se acababa la música cada niño debía correr a sentarse sino quedaba automáticamente fuera. A mi me ponía tan nerviosa ese jueguito... Unos nervios parecidos a los que he sentido por intentar asegurarme un espacio en la vida. Por esto yo celebro sinceramente y admiro a aquellos quienes deciden anteponer sus intereses y sueños personales y poner, por ejemplo, sus carreras stand by para irse de viaje. Ellos se lanzan a la aventura, pese a las incertidumbres que les plantee el mercado laboral posteriormente. Y lo mismo se aplica para los que comienzan un emprendimiento del tipo que sea.

Nuestra sociedad valora tanto los moldes establecidos para el progreso. Esos mismos que frente a los ojos del mundo ya parecen tan limitados y pasados de moda, pero que aquí aún siguen más arraigados que las raíces de los “baobabs” sacadas del cuento El Principito. Yo lo veía a diario en mi rol de “Head Hunter” en la consultora donde trabajaba: Si estudias la tan ponderada ingeniería comercial (que por supuesto no da lo mismo dónde), luego ingresas a una importante compañía multinacional que te de la plataforma para proyectarte tanto nacional como internacionalmente, así de paso incorporas bien el inglés… Todo cosa que a los 30 años ya puedas oler la anhelada “gerencia” en lo que sea y con un puñado de buenos ejecutivos bajo tu cargo para que entrenes con ellos tus habilidades de liderazgo. ¡Ah! Y por supuesto no se te vaya ocurrir estar saltando de un trabajo a otro. Mínimo tres años de permanencia… no vaya a ser cosa que te condenen por “inestable” o lo que sería peor aún “conflictivo o flojo”. Si la estás pasando mal, no importa. Tienes que ser fuerte y saber aguantar. Total, por algo te están pagando y todo lo que siembres hoy podrás cosecharlo mañana.

Tantas veces me vi en el dilema de presentar o no a una compañía-cliente a un excelente periodista para marketing, publicista o un agrónomo que había desarrollado una trayectoria comercial para una posición de ventas. Lamentablemente, la mayoría de los casos me los bajaban a todos sin antes darse el tiempo de conocerlos. De nada les valía su potencial, experiencia y motivación por el cargo ofrecido.

Ante este escenario, poco espacio nos va quedando para explorar nuevos caminos y construir una carrera que realmente nos satisfaga plenamente. ¿Se puede hacer? Por supuesto que sí. Pero hay que ser conscientes de que en la ruta se encontrarán enemigos temibles como, por ejemplo, los prejuicios y unas cuantas puertas que se cerrarán a causa de los mismos.

Y me da impotencia ver como se desperdicia muchas veces tanto talento por desconocimiento o simplemente ignorancia. Ver que en otros países se valora tanto el que una persona haya transitado por diferentes caminos, haya trazado diferentes rutas y avanzado por direcciones diferentes con tal de ser la persona que hoy en día es. Que alguien haya experimentado varias veces el abrir un negocio, aunque éste haya quebrado o debido cerrar por resultados bajo lo esperado, es de un valor digno de subrayar con destacador amarillo o anaranjado flúor.

Si se trata de comenzar a cambiar nuestras estructuras en pos de abrir nuevos espacios para la diversidad, pienso que el primer paso es cuestionar lo establecido. Y este proceso pasa por la propia vida. Relativizar nuestros criterios de selección en el sentido amplio de la palabra. Comenzar (o continuar, según sea el caso) a explorar diferentes alternativas en la vida. Desde las más profundas como concepciones, paradigmas, trabajo, roles, modelos de crianza, parejas; hasta las más cotidianas como deportes, peinados, colores, trayectos para ir y volver al trabajo… y al infinito.

Atrevámonos a romper las rutinas y los moldes… experimentemos qué se siente. Quizás sea un primer paso para vivir la vida más libremente y desafiar los caminos estructurados que sociedades como la chilena te plantea para sigas sin decir ni pío. ¿Cómo será el empoderarse del sentido de la libertad y del ser felices? ¿Por qué no probar hasta que ya no tengamos fuerzas para seguir haciéndolo? Pienso en lo corta que es la vida y en lo fugaz del presente como para andar conformándose con este reino grande o pequeño que hemos logrado.

Seguro de que aún estamos a tiempo de probar y más aún las nuevas generaciones. Insto a los padres, tíos, educadores y toda la matriz que rodea al niño a dejarlo a que explore, busque lo que realmente le gusta y no tenga temor de abandonar si no era lo que quería. Me imagino en la posibilidad de tener diferentes vidas en una. Matizar con todas las posibilidades que llenen nuestra alma de plenitud y satisfacción.

Despertemos a nuestro buscador interno. Olvidémonos por un rato del temor al fracaso y dejemos de lado esa dependencia adquirida al éxito, ya que con el tiempo no hace más que transformarnos en una sociedad llena de exitismo, vacío y apego a lo conocido... a lo seguro. Y para experimentar hay que cargar una mochila con herramientas que nos ayuden transitar por las caídas y las decepciones propias de los viajes largos. Comprobaremos que somos más fuertes de lo que pensamos y que una vez en el piso constataremos las fuerzas para levantarnos y seguir adelante… o sino ¿Qué más queda?

De esta manera, probablemente podamos abrir mayor espacio a los nuevos Humbertos Maturanas, Alejandros Aravenas y Chinos Ríos…

martes, 19 de enero de 2016

Para los hijos de la violencia


Hoy hablaré de mi generación. O mejor dicho, un pedacito de ella. Debo decir que el tema me incomoda un poco. No me gusta. Quizás sea porque todavía me da vergüenza y me cuesta también reconocerlo. Sobre todo a estas alturas.

Es más, quise hacer un experimento previo. Se me ocurrió preguntarle a un grupo de amigos sobre la cuestión con el fin explorar antes de publicar algo al respecto. Me interesaba conocer otras experiencias cercanas y la pregunta que les dejé caer de un momento a otro fue: “¿A ustedes les pegaron alguna vez cuando chicos?” La reacción inmediata fue repetida a coro: “Nooooooo”.

Me quedé muda y el silencio se impuso en el lugar. Mejor cambiar el tema, pensé. Pero no quise. Algo me frenó, así es que volví a insistir a riesgo de no ser comprendida. “¿En serio? ¡Bah! Entonces yo fui la única a quien le pegaron. Qué mala suerte”. Me eché un tremendo roll de camarón tempura envuelto en palta a la boca, y en seguida a otro para no seguir hablando como suele pasarme cuando me pongo nerviosa. Mientras masticaba, sentía que la presión se me había subido a la cabeza. El corazón latía fuerte y mi cara ardía. No quería que me vieran con lástima o extrañeza, aunque era evidente que ya me sentía como un bicho raro… Acaso era la única extraterrestre a quien sus padres solían mechonear o violentar físicamente cuando con mi hermana no nos comportábamos como era esperable por ellos.

Pero después de un rato y de aterrizar la conversación a situaciones más concretas, resultó ser que ya no era la única. Eran varios los que alguna vez sufrieron desde cachetadas o coscorrones hasta correazos o tirones por las patillas.

Una cosa que me llamó la atención es la tendencia a minimizar los hechos: “Bueno, a quién no lo agarraron de las mechas cuando soltó al conejo de la jaula, rompió el jarrón de porcelana mientras hacía una pataleta o hizo llorar a la hermanita pequeña” o entre risas “Y el clásico pellizco de la mamá por debajo de la mesa para que los invitados no vieran. Ese dolía más que la cresta”. El mismo amigo recordó que su madre siempre le decía: “¿Vamos al baño?” y como ya sabía la tanda que le esperaba allí, en un arrebato de rebeldía y delante de todos, le gritó “¡No pienso! ¡Siempre me pegas cuando vamos al baño!”… Pero la sentencia ya se había dictaminado y de nada bastó que sus tíos intentaran abogar por él, porque al final de la noche y habiéndose ido el último invitado, el pobrecito sufrió las consecuencias y por partida doble por desobediente e insurrecto. Otra amiga contaba como a los cinco años y harta de que le tiraran el flequillo por cualquier cosa, un día se encerró en la pieza y se lo cortó casi al rape con la primera tijera que encontró. Acto seguido, apareció donde su mamá con un pelón impresionante y ante la cara estupefacta de ella le advirtió: “Ahora nadie va a poder tirarme más la chasquilla. Nunca más”.

Todos nos reímos por un buen rato de estos testimonios. Y así fueron apareciendo otros recuerdos hasta que prácticamente ocho de unos diez u once amigos, habíamos tenido más de un abuso de fuerza por parte de nuestros progenitores o algún adulto responsable de nuestra crianza. En general, varios estaban de acuerdo con que este el peor camino para disciplinar a sus niños pero también hubo quienes apoyaron esta práctica.

“Es bueno pegarle a los niños de vez en cuando. De lo contrario, se te suben a la cabeza”. Dijo una chica y su esposo estuvo de acuerdo. Por más que agradezca la sinceridad, a mí me choca tanto oírlo porque no podría estar más en desacuerdo con esa medida. No sé… es como que la rabia me invade y ya pierdo toda objetividad.

Así es que como no estoy en el corazón de nadie y sólo puedo hablar de lo que me pasó a mí, esta vez voy a referirme de las consecuencias que estas vivencias han tenido sobre mi personalidad y también cómo influyeron en las elecciones que fui haciendo durante la vida. Y es que el castigo físico me llevó a ser una niña muy tímida y extremadamente insegura. Con un miedo a la autoridad tremendo. Era cosa de ver a un adulto enojarse, ya fuera un vecino, profesor, papá de alguna amiguita o tío, para que la ansiedad me embargara completamente y de alguna u otra forma, terminara “achacándome” internamente las responsabilidades de lo que ocurría.

Hoy puedo mirar hacia atrás y constatar las implicancias que ha tenido crecer con la represión concentrada la garganta. En ocasiones dejarme pasar a llevar por jefes maltratadores en el trabajo, callar mis puntos de vista, no defender mis derechos como consumidor, no atreverme a hacer cosas que quería y dejé pasar, por temor a las consecuencias, indecisión extrema… en fin. Podría enumerar hacia abajo los efectos de una crianza autoritaria pero no viene al caso. Qué lata además.

Mi punto es otro. Y es simplemente plantear la necesidad a nivel colectivo de una educación más integral que incorpore el campo cognitivo con el emocional. Una formación más amorosa y aceptadora que desde pequeños nos enseñe a reconocer nuestras emociones y sentimientos. Si el niño tiene una pataleta, quizás antes de anticipar que “está manipulando o anda con la maña” podría enseñársele a identificar qué es aquello que está sintiendo. Como adulto hacer el ejercicio de detenerse un poco y atender la situación, sin reaccionar con el piloto automático. Preguntas tan simples que indaguen el campo de experiencias como “¿Qué es lo que te da pena? ¿Por qué? ¿Qué sientes cuando esto pasa?”, por ejemplo, pueden contribuir poderosamente para que aprenda a identificar qué le ocurre, entender su reacción y en consecuencia, conocerse a sí mismo.

Pero cuando se utiliza el castigo inmediato como medida de represión, no educamos nada. Autoconocimiento: las pelotas. Así pasa el tiempo hasta que ya somos adultos y no sabemos identificar qué nos ocurre y por qué. Y si pensáramos, por ejemplo, que la autoestima es la piedra angular para una vida más plena, con elecciones conscientes sobre el tipo de pareja que nos hace mejor, profesión u oficio, estilo de vida, la cuestión ya cobra otro matiz. Es sabido por casi todos que durante la edad temprana se forjan a fuego cuestiones tan esenciales como la confianza tanto hacia el mundo como hacia sí mismos.

Pero en cambio observo a mi alrededor, pienso en los niveles de depresión, stress y tantas otras afecciones contemporáneas que digo cuánto hay de nuestras historias puesto acá.  “Por la razón o la fuerza” dice nuestro escudo. Miro para atrás en mis líneas familiares y veo generaciones que se pierden en el pasado, con la misma historia pero con mayor brutalidad. Abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, tatara-tara abuelos… inmigrantes que vinieron de Europa huyendo de la postguerra y con una serie de traumas que iban desde el desarraigo absoluto y el shock por haber vivido en carne propia los horrores de las miserias humanas. No tengo idea, si bien las dosis de violencia se han ido dosificando, en materia de salud mental la prevalencia de diferentes trastornos en nuestra sociedad actual, me llevan a pensar en dolencias del alma que de alguna forma es necesario que comencemos a mirar para reparar en nosotros mismos y evolucionar hacia las generaciones venideras o que hoy se están formando.

Durante mi paso por psicología, coaching y meditación, fui reparando lo que toda mi infancia y adolescencia se constituyó en una herida abierta que me costó años cicatrizar. Fueron años de trabajo porque al principio tendí a negar lo ocurrido, no pensaba en ello, pero bastaba una situación que me pareciera injusta, para accionar un botón que me hacía estallar en rabia y pena de manera bien poco proporcionada para la situación a veces. Pero no lo podía controlar. Después de un rato y con los ojos rojos aún, me daba cuenta de que había sobredimensionado los hechos, pero a veces era tarde y lo había pasado tan mal que me costaba rearmarme para seguir adelante. Sin embargo, hoy puedo decir que lo hice o por lo menos en gran medida, porque logré perdonar y aceptar la realidad como parte de toda una historia donde desde generaciones hacia atrás se perpetuó la violencia como método disciplinario.

Así es que cuando con la compañía de personas claves que me ayudaron -entre ellas mi psicóloga y amiga Karen Moënne a quien le dedico esta nota- por fin lo acepté. Y aunque no lo comparta por ningún motivo, hoy lo acepto como parte de mi historia, de lo que me tocó vivir y por último gracias a quien soy hoy en día. Celebro en el alma haberme liberado del resentimiento en el que estuve atrapada por años de años. Así es que nunca es tarde. Y si hoy pongo a disposición mi experiencia para invitar a quienes sepan de lo que hablo a no sentir temor de mirarlo y reconocerlo. Quizás como a mi les pase que les cueste poner límites, decir que no y hacer valer algo tan simple como una opinión. Como sea, creo que lo importante es procurar sanarse a uno mismo. De la manera que sea para no repetir y perpetuar la pauta con las generaciones venideras.


Ahora voy a llamar a mis papás para contarles que publicaré esto. No quiero que se sientan mal porque ellos a sus veintitantos años, también estaban aprendiendo con las herramientas que tenían. Y pese a su inexperiencia, tuvieron miles de otros aciertos… de los cuales más allá de habernos dado la vida, siempre les estaré agradecida. 

sábado, 16 de enero de 2016

¿Amor para toda la vida? Sí! ¿Con la misma persona? mmm…


No conozco persona a quien el amor de pareja le sea 100% indiferente. No importa si estás soltero, separado o viudo, todos en alguna medida desean encontrar una figura de apego que represente el amor y el cuidado. Contar con alguien con quien acompañarse, divertirse, crecer y sentirse seguro, es una necesidad humana que no mira género, edad ni pasado.

La pregunta que me ronda por estos días es qué tan cierto es que el amor sea para toda la vida y hasta dónde somos capaces de mantener las promesas que hicimos cuando este sentimiento desaparece o se debilita por la razón que sea. A veces hay hijos de por medio y todo un sistema que se articula en torno a la familia, que más vale considerar antes de decidir poner punto final a los años de relación. Y otras, en que el peso de la costumbre o el temor a la pérdida, hacen que cualquier movimiento nos parezca que debemos mover montañas imposibles.

Conversando con mis amigas, nos hemos cuestionado seriamente si es el modelo que Hollywood nos ha querido vender como parte de su negocio y que nosotros hemos comprado a ojos cerrados para hacer de la realidad una ficción que sea más llevadera. Algunas de ellas se encuentran en la situación de querer recomenzar una vida afectiva de la mano de otro hombre pero lo que las detiene son sus hijos, su situación económica o el temor de tener que salir nuevamente al mercado estrenando el status de “divorciada”.

Recuerdo que hace poco estábamos celebrando una noche de chicas. Esas maravillosas instancias en las que se divaga sin rumbo por las diversas constelaciones de la vida y que quizás ya al asomarse el final, te acercas a ese punto más íntimo y verdadero, donde no es necesario explicar nada ni sostener ningún tipo de fachada. Y es simple: Ninguna tiene la vida color de rosa que se pinta en el cine y tampoco es que esté llena de dramas o sinsabores. Es real, con los avatares propios de la vida de gente común y corriente. Por fin llega el momento donde el silencio se agradece. Ese en el que ya comiste, bebiste y estás dando los últimos sorbos de café -muy lentamente- para estirar la velada lo máximo posible porque sabes que tus amigas hicieron una logística no menor para poder dejar a sus hijos y lograr coincidir, como en los viejos tiempos. A propósito de los desamores una de ellas declaró: “Yo tendría que pasar un año completo sintiendo asco de estar con él para decidirme a dar un paso al costado”. En seguida otra contestó: “Ah no, yo por lo menos dos”.

Yo las escucho atentamente y me trato de poner en su lugar haciendo caso omiso a lo asfixiante que me resultan sus encrucijadas. A pesar de que no tenga hijos, puedo llegar a entenderlas. Y es que nadie en su sano juicio querría hacer sufrir a sus cachorros en vano. Poner punto final se requiere valentía, paciencia y la disposición para tener que asumir consecuencias desestabilizadoras para el sistema familiar completo, tanto para la pareja como para los hijos. Por ejemplo, el cambio de casa o de colegio. Casi todas coinciden en renunciar a todo menos a esto último. Podría detenerme largamente en este punto porque da para mucha reflexión, sobre todo de nuestra sociedad chilensis, pero lo cierto es que muchas tendrían mayor voluntad de sacrificar otros ítems, en vez de hacerle pasar al niño o niña el difícil proceso de desapegarse de sus amistades y red social para comenzar todo de nuevo. Suficiente el ya no contar con ambos padres viviendo bajo el mismo techo.

Pero desde la otra vereda, qué cierto es que las personas cambiamos y lo que hoy necesitamos, quizás mañana ya no. No se trata de ser hedonistas o abandonarse a relaciones transaccionales, pero me hace tanto ruido el saber que haya personas atrapadas en la compleja red de convencionalismos y que hoy deban sostener como puedan un sistema que carece de sentimiento.

Cómo nos asusta la guillotina social, el juicio público. Y si esto va a afectar a otros seres como los hijos, toda resolución parece estrepitarse contra la dura pared de los acusados. La realidad es que son tantas las veces que nos dimos festines frente a lo le ocurría al vecino, a esa compañera del trabajo o al primo favorecido por la abuela, que cuando llega nuestro turno de pasar a la plaza del pueblo, temblamos de solo pensar en ver rodar nuestra cabeza ante las risas y miradas curiosas de quienes no hacen más que satisfacer sus necesidades voyeuristas.

En mi caso personal, a pesar de haber firmado convencida mi contrato nupcial, después de años y con una crisis de pareja de por medio, las cosas cambiaron. Tras los fuertes cuestionamientos sobre si queríamos o no seguir adelante con este matrimonio, he perdido la ilusión de que el amor sea algo para toda la vida con la misma persona. Y no es que lamente esta pérdida, por el contrario, agradezco haber tenido esta vivencia para aprender a valorar el aquí y el ahora. Según mi experiencia, el vivir con la consciencia de que nadie tiene el futuro asegurado y que la vida va cambiando día tras día, hace que pueda valorar y mirar más detenidamente al hombre que tengo a mi lado.

Tantas veces que nos juramos amor eterno, nos empachamos de comer perdices y una serie de promesas que no se sostenían por sí mismas, porque ninguno de los dos era capaz de asegurarle a otro y a si mismo tales condiciones futuras. Y muchas veces esas promesas que surgen desde el más genuino sentir, con el tiempo van generando un efecto acumulativo que trivializa la conciencia sobre el verdadero milagro del encuentro de dos seres humanos coincidiendo en el mundo. “Te amo para siempre”. Listo. Es una declaración que la reviste un carácter de sentencia.

Con el paso del tiempo, he descubierto en carne propia que el amor hacia una persona sí es perecedero y puede extinguirse de manera paulatina hasta que eso que te mantuvo unido con tu pareja durante años desaparezca por completo. Evidentemente que existen muchos casos en los que esto no ocurre y la pareja tiene la bendición de seguirse hasta la muerte, incluso más unida que al momento de iniciar su historia juntos. Sin embargo, pienso que no porque esto no ocurra signifique que las puertas se cierren para conocer a otras personas que acompañen parte de tu camino. Algunos seguirán trayectos largos, otros más cortos. Pero definitivamente sí creo en el amor para toda la vida.

Las preguntas que me surgen son del tipo ¿Vale la pena poner término a la relación cuando desaparece el amor? ¿Hay que renunciar a la felicidad o encausarla hacia otros intereses o personas por fuera? ¿Está permitido socialmente este camino para los padres con hijos o hay que esperar a que estos vuelen del nido para rehacer la vida? ¿Cuánto es lo que vamos a juzgar como sociedad a aquellos que deciden tomar decisiones en contra de los mandamientos convenidos?.

Yo no tengo la respuesta. Todo esto me lo digo intentando construir una opinión. Pero hay días que digo hay que seguir adelante contra viento y marea, por último por una cuestión de lealtad… Y otros en los que de ninguna manera que renunciaría a la felicidad si considerara que sola puedo estar mejor o con otra persona. 

Qué tal si nos dejamos de hablar de fracasos matrimoniales, por ejemplo, y comenzamos a reemplazar estas palabras por aprendizajes y experiencias… Quién sabe… a partir de nuestro lenguaje podamos modelar nuevos campos emocionales también; como pasar del resentimiento a la gratitud o la aceptación. Que el vecino se esté por casar por cuarta vez y que tenga hijos con diferentes madres, no nos hace ni mejor ni peores personas. No es prueba de nada, ni de que hemos hecho bien o mal las cosas. Basta de pensar de que porque el otro ha hecho algo diferente o que juzgamos como negativo nos “eleva” el nivel.

Por mi parte, si bien espero que podamos seguir juntos mucho tiempo más, no puedo pretender ciegamente que mi pareja me ame para toda su vida, pobre… tendría que soportar todas mis tonteras y caprichos “forever”. Quizás terminaría por tirarse por la ventana antes. Y yo no quiero que eso le pase. Menos por seguir un mandato social.

Me inclino a pensar que cuando el amor se termina irremediablemente, las personas tienen el derecho legítimo a rehacer sus vidas y trazar su propio camino de aprendizaje. Finalmente, no creo que por defender sistemas sociales, protegerse del escarnio público o temor al fracaso, tengamos renunciar al derecho más fundamental que tenemos que es el de ser felices.

¿Qué piensas tú?