domingo, 10 de julio de 2016

Un hombre solitario


Quisiera estar como tantas veces,
Aquellas tardes de la pereza.
El tiempo quieto la pena lejos.
Los cigarrillos sobre la mesa.
Charlando, tranquilos, de cada cosa un poquito.
Charlando, tranquilos, de cada cosa un poquito.

Carta Canción de Ketama.

Sale todos los días por la mañana a la misma hora. Decide caminar hasta la estación de metro que se encuentra en la plaza pudiendo coger la bicicleta como lo hiciera tantas veces, meses atrás. Pero aquel entonces ha quedado en el pasado de unos recuerdos que sus sentimientos se resisten a soltar, por temor a perder la nitidez que todavía conservan. Prefiere pensar que la última vez que se subió a una de ellas, las cosas eran como antes. Entonces si lo hace ahora, la ilusión de cercanía con aquellos días se perdería irremediablemente. Si se concentra y entrecierra los ojos, todavía puede sentir el aroma y escuchar aquella risa. Lo que antes era motivo de alegría hoy se ha transformado en desazón. Y aunque sepa que revivir a los muertos casi nunca hace bien –más que una sensación de alivio momentáneo que termina sepultando cualquier asomo de optimismo–reconoce que no puede evitarlo.

Yo dejo a un lado mi libro y lo observo de reojo, totalmente ajena a su universo interno. Es imposible que pase desapercibido. Permanece sentado en posición yogui con los ojos cerrados al sol. No se le mueve un pelo. Me parece ingenioso venir a relajarse a la piscina después de una jornada laboral. De repente y sin nada en particular que lo atrajera a la realidad, abre los ojos y se dirige a mi:

–Soy un adicto a los recuerdos.

Llegué a saltar de la sorpresa y sin entender muy bien cómo descubrió que lo espiaba si tenía los ojos cerrados, le sonreí para enseguida sumergirme casi inmediatamente en mi lectura. Como sea, el encuentro paso de largo porque justamente se apareció un mesero para ofrecerle la carta de tragos y apetizers.

Después de leer un par de capítulos de una novela que encontré buceando en una librería enorme del Greenwich Village en New York, nuevamente lo aparté para contemplar la vista a mi alrededor. Me encanta el sol de las 5 PM en adelante, es como si los colores cobraran un tono más hacia el dorado o el rosado. Desde el rooftop se puede ver la ciudad de Washington DC en 360º. Los techos de las alargadas casas victorianas en todos los colores, rodeadas de ginkgos bilobas y abedules que las sobrepasan, confundiéndose entre las manzanas, monumentos y las plazas que siguen una prolija geometría. A lo lejos puede descubrirse la casa blanca, el capitolio y el puntiagudo monumento a Washington. Considerando el contexto en general, este pedacito de “playa” resulta de lo más curioso. En medio de la ciudad se instala con pasto, piscina, reposeras y un lounge que invita a un relajo absoluto. La barra y la piscina son los mayores puntos de encuentro de la gente, quienes con una Mimosa o una caipirinha en la mano bailan al ritmo de las mezclas del DJ.

            –Quizás en otra vida.

Escucho que nuevamente me dirige la palabra, aludiendo a mi novela que así se llama. Yo le sonrío y me preparo para poner a prueba una vez más, mi inglés “en proceso”.

–Quizás en otra vida. Bueno en realidad no podría decir mucho porque acabo de empezarlo y a veces me demoro un poco en entender las ideas cuando traduzco del inglés al español.

Me preguntó las clásicas cosas como de dónde era, qué hacía y qué me parecía la ciudad. Ahí nos detuvimos un buen rato para hablar de los estilos de vida, los barrios y la personalidad de sus habitantes. Me explica el sentido del humor que tienen los norteamericanos, que cambia según la ciudad de la cual provenga: los de la costa Este son más sarcásticos y utilizan mucho el humor negro, para reírse de situaciones y de sí mismos. Él me dice que quizás el desarrollo y el intercambio con tantas culturas ha marcado una diferencia enorme que contrasta a las regiones más centrales del país.

–Para elegir el lugar donde quieras establecerte, es tan importante evaluar primero qué es lo que te hace feliz. Preguntarte: qué necesito para sentirme bien. Por ejemplo yo: Amo vivir en esta ciudad porque soy consultor para el Banco Mundial, lo que me permite trabajar sólo 182 días al año y el resto de tiempo disfruto hacer las cosas que me llenan el alma. Como por ejemplo, la fotografía. Yo viajo por el mundo sacando fotos de lugares, personas, situaciones y naturaleza.

Me muestra las que hizo durante su última travesía por el Sudeste Asiático y la verdad es que su trabajo es increíble. Me cuenta que para él es esencial movilizarse en contextos que le den tranquilidad como este. En contraposición mía, que me inclino hacia lugares más convulsionados como New York.

–Para ser honesto, siempre soñé con vivir en Brooklyn pero el tiempo fue pasando y ahora mi ex novia se ha mudado hacia allá– Se ríe.

Ahí se corta un poco la conversación, no sé qué decir. No quiero parecer entrometida porque hay personas que cuidan mucho su vida personal, así es que avanzo con mi punto, argumentando que no debería dejar de hacerlo si realmente es lo que ha soñado siempre… Además, son millones de ciudadanos como para estar topándose por ahí.

Me mira acertando y me cuenta que va a cumplirse un año de su ruptura y que aún no logra superar la pérdida. Ha tenido que apoyarse con tratamiento psicológico y otras terapias complementarias, como la medicina china y la meditación. Ningún camino por separado, sino que todo en su conjunto ha contribuido en su proceso de sanación.

–Los primeros meses me sentía devastado, no solo el corazón, sino el cuerpo. Algo totalmente desconocido para mí: que físicamente un hecho de la vida te duela y que tengas que hacer las cosas como un robot porque la sola oportunidad para detenerte a pensar implicaría pasarte el día completo en la cama… Definitivamente era nuevo. Y he pasado por tantos estados, primero la desesperación que te da cuando comienzas a entender que nada va ser como antes, que la relación se terminó de verdad y que aquella persona que amas decide irse lejos para cortar realmente de raíz. Después de agotar todos los intentos para intentar revertir la situación y darte cuenta de que ya no está en tus manos y que probablemente nunca lo estuvo porque una relación se construye de a dos, me hizo caer en una depresión. Ahí es cuando vine a tocar fondo– Me mira y se le escapa una carcajada –A propósito soy Robert, no creo habértelo dicho antes.

Nos reímos un buen rato y continúa con su historia. Me sorprende su capacidad para comenzar a hablar de lo que le pasa y con qué apertura se adentra en temas que por lo menos yo acostumbro a compartir con mi círculo más cercano. Yo le pregunto qué hacía cuando estaba con los ojos cerrados y me cuenta que son ejercicios de re-conexión para volver a su centro cada vez que siente que anda muy disperso.

–Hay veces que viene bien disciplinar la mente y conectarme con el momento presente. Tiendo mucho a irme hacia el pasado y revivir los recuerdos, así es que esta fue la manera que encontré para salir adelante.

            –¿Y te resulta?– Le pregunto curiosa.

–De a poco sí– Y se ríe –Veo que no me crees mucho. Pero si te contara las cosas que he hecho, pensarías que estoy loco y saldrías arrancando.

Yo abro más los ojos y lo insto a que me cuente el límite de su “locura”.

            –Bueno ¿Conoces la plaza de los perros?

Al frente del edificio en el que vivo hay una placita de mascotas. Es un maravilloso espacio verde que termina como una punta de diamante, rodeada de árboles, macizos de flores y cercada por unos barrotes dorados que deben ser antiquísimos. Durante el día es el punto de encuentro de todos los perritos del sector quienes guiados por sus amos, van felices a este paraíso canino. Así es como de todas las razas, grandes chiquitos, peludos, pelados, distinguidos y mestizos, se la pasan corriendo de un lado a otro, siguiendo una pelota o haciendo acrobacias. Y es tal el éxito que tiene que es un verdadero espectáculo contemplar cómo es que al acercarse van tirando de las correas desesperados para llegar cuanto antes… Como mi escritorio da hacia la ventana que se orienta justo al frente, los distingo hasta dos cuadras. Me divierte pensarlos con voces propias: –¡Apúrate papá que ahí están mis amigos! ¡Acá vengo! ¡Espérenme, no comiencen sin mí! Ven que yo tengo patas cortas y con mi papá estamos los dos muy gordos para movernos tan rápido–. Son como niños. Y los que ya están adentro, llaman a ladridos a los que se vienen acercando, como si los esperaran para continuar el juego. Otra realidad paralela es la que se vive entre “humanos”. No dudo de que acá mismo amistades han nacido, porque entre todos se conocen, se saludan muy fraternalmente y se pasan las tardes de verano completas charlando animadamente.

–Yo no tengo perro. Pero por muchos días seguidos, ir a la plaza y sentarme a observar a la gente conversando felices era algo que me llenaba de esperanza. Me recordaba la felicidad en lo simple, en lo cotidiano… Y cuando la gente me miraba como preguntándose cuál era mi perro, yo levantaba la mano mirando hacia el montón de canes que corrían de un lado a otro y gritaba: ¡Héctor! ¡Héctor! ¡Acá estoy! Y ahí me quedaba con una sonrisa. Nunca nadie supo que yo no tenía un perro. Y sin embargo, conversé acerca del amor hacia los animales como si fuera un gran entendido. Al final... El amor es el amor.

Nos reímos un buen rato y ya cuando se ponía el sol, comencé a sentir algo de frío. Así es que junté mis cosas y nos despedimos.  Y antes de desaparecer le grito:

            –¡New York te espera!


            –¡Quizás en otra vida!

martes, 5 de julio de 2016

Las luciérnagas de Brooklyn


Qué distinto es New York en cada estación. El que sean tan marcadas provoca el efecto de visitar cuatro ciudades completamente diferentes según la época que te reciba. En otoño se cubre todo de rojo y amarillo, con las hojas que caen de los árboles y que forman las alfombras naturales más hermosas que he visto en mi vida. En el blanco invierno, la vida se vuelca hacia en interior de las casas, los cafés, museos y cada espacio que cobije del frío, estimulando de manera continua a un ciudadano acostumbrado a moverse en contextos de alta intensidad. Primavera es un renacimiento puro: Los colores y los cielos brillantes se toman la ciudad para elevarla a la categoría de un paraíso urbano. Hojitas verdes y tiernas cubiertas de flores en todas sus variedades, bicicletas, música, artistas callejeros y locales colmados de alegría, hacen que este epicentro mundial sea un espectáculo digno de admiración.

Sin embargo, nunca había tenido la posibilidad de estar en verano. Y créanme, es una experiencia inolvidable. Fue a propósito del fin de semana largo del 4 de julio, que con mi pareja decidimos ir a pasar el fin de semana. Inmediatamente le escribí a mi amigo Harvey. El mismo que conocí corriendo la última maratón de New York, hace unos siete meses atrás.

Me contestó casi inmediatamente que encantado nos recibiría y nos mandó su dirección en Brooklyn, a unas pocas cuadras del Prospect Park. Yo había estado en una pura ocasión en ese sitio y nada más haber cruzado el puente que lo separa de Manhattan, alcancé a percibir que en ese lugar pasaban muchas cosas, que vine recién a comprobar varios años después.

Desde Washington DC generalmente ingresas por 4th Ave. que vendría siendo el camino troncal que atraviesa el famoso Brooklyn Bridge y que continúa hacia Manhattan probablemente con otro nombre. Sin embargo, al tomar el desvío de esta gran avenida hacia los barrios, la realidad que te envuelve es totalmente diferente. Cómo si los árboles coludidos con las casas neogóticas de fachadas continuas, encerraran el secreto de lugares inolvidables. Calles de ensueño, construcciones cubiertas por el verdor de enredaderas milenarias, frondosos antejardines, gente conversando animadamente, niños jugando partidos de Béisbol sobre las veredas y parquecitos entremezclados con las casas que te transportan a una escena de alguna película de Woody Allen. De hecho, estos lugares han sido escenario de tanta cinematografía, que para nadie es sorpresa que en cualquier momento se encuentren cerradas por algún rodaje.

Con Andrés nos quedamos boquiabiertos y apenas estacionamos el auto, nos dimos la mano para caminar lentamente hasta la casa de Harvey, admirando la realidad que ahí se vive como parte de la vida cotidiana. Había tantos rincones por descubrir y belleza que contemplar que no éramos capaces de relacionarlo con nada visto anteriormente.

Avanzamos en silencio las cuadras que seguían y a medida que me acercaba a su casa, la idea de estar dentro de una película se hacía más grande. Viajar durante horas, llegar a este mágico lugar y sobre todo, reencontrarse con una persona que por muy especial que haya sido la habías visto una sola vez en toda tu vida; hicieron que mi entusiasmo traspasara la barrera del cansancio. Porque la verdad es que desde el maratón que corrimos el último noviembre que no lo veía.

Y recuerdo aquel día con tanta nitidez. Cómo olvidarme de que fue la luz para que pudiera continuar hasta terminarla. Yo venía a duras penas, pensando en abandonarla porque sentía un dolor punzante muy agudo y por más que intentaba retomar el ritmo, era imposible. Era tanta la pena por haber llegado hasta allí (desde el otro extremo del continente) para lesionarme de esa manera. Sentía una presión por abandonarlo todo y la verdad es que estuve a punto de ceder a las voces que escuchaba, proveniente de mis temores, ansiedades, enojo y la necesidad de controlar lo inevitable.

Fue justo allí donde apareció. En el punto que dije: “Basta, no puedo más”, se acercó un hombre que claramente ya había pasado los 70 años, con la barba larga y el cabello blanco; para hablarme, tranquilizarme… A mi que iba echa un mar de lágrimas entre el mar humano que se dirigía desde Brooklyn hasta el Central Park.

Sin embargo, tan solo escucharlo, me transmitió tanta paz que mis temores se disiparon y la confianza ganó terreno en mi campo emocional. Él tenía una larga historia en esto de las maratones. A sus setenta y tantos había recorrido miles de kilómetros con esas mismas piernas que ese día se movían pausadas y a ritmo constante. A partir de ese momento supe que si realmente quería terminarla, no tenía que alejarme de él. Y estaba en lo cierto, porque juntos corrimos los 32 kilómetros restantes hasta llegamos a la meta, para mi gran sorpresa.

Siempre lo recuerdo. Sobre todo cuando quiero dar un nuevo paso hacia algo que no conozco. Para mi, él representa un ejemplo de cómo vivir la vida porque ha hecho con ella lo que ha querido, explotando al máximo sus posibilidades. Cuando sellas en tu cuerpo que nada es imposible y que si realmente quieres una cosa “Bueno, entonces ve por ella”, algo se moviliza en todo tu ser que lo consigues. Y eso que buscas puede ser cualquier cosa –Escribir un libro, aprender un instrumento, cambiar de rubro, terminar un maratón, cerrar un ciclo… ¡Lo que sea!– Basta con declararlo y actuar en consecuencia. Quizás este es el punto más difícil de cualquier aventurero, el no renunciar al propósito cuando se está en la comodidad de lo cotidiano y lo único que se escuchan son las voces que cuestionan el por qué hacer esto o dejar de hacer lo otro. Él dice: –“Correr 42K es una locura que sólo hace la gente loca. Entonces frente a esta realidad, tú mismo pasas a ser tu propio parámetro. Y muchas veces te sientes solo o incomprendido. Pero si renuncias, la sensación será peor que no haberlo siquiera intentado”.

Y ahora, llegar a su casa y encontrarlo en pleno proceso de recuperación de una doble fractura de la pierna tras sufrir una caída mientras esquiaba, era la comprobación de que él forma parte de esa proporción de la población que se catalogan como “crazy people”. Porque sinceramente nadie de mi círculo cercano que haya atravesado los setenta se le ocurriría siquiera subir a pasar un día en la montaña. Muchos menos montarse en unos esquís para lanzarse… ¡Ni pensarlo!

Pero así es él. Brilla con tanta luz que encandila y habla de la vida como si tuviera una especie acuerdo con ella: en la medida que más le agradece, más fuerzas saca para seguir adelante y disfrutar de las cosas que ama. Yo creo que su gran secreto es disfrutar del presente. Y el hecho de que hoy se esté recuperando de su accidente, que esté más “tranquilo” en su casa, no significa que deje de sentir aquellas cosas simples que lo hacen tan feliz. Puedo verlo sentado en la escalera que da a la calle, al atardecer, con su mujer y con el vecino de la casa contigua que como cada tarde se cruza hasta su patio para conversar de la vida y reírse un buen rato de las situaciones cotidianas. Disfrutar su lugar, el mismo que compró con tantas dudas en los años ´70 porque a pesar de que no estaba en sus planes salir de Manhattan era la alternativa que se ajustaba más a su presupuesto. Y con el paso de los años, las remodelaciones, las generaciones que fueron pasando y el desarrollo urbano, han transformado estos barrios en sin duda de los más cotizados por los neoyorquinos de la clase alta.

Mientras compartimos un café de grano, nos muestra su proyecto arquitectónico de remodelación. Todo es sustentable, algo que no abunda mucho por estos lugares. Como es arquitecto, ha pensado en cada rincón de su casa para generar espacios únicos, colmados de arte y de historia. De la mano de Bárbara (su compañera de vida) tardaron años en dejar la casa de sus sueños, viendo crecer sus hijos, entre palas, martillos, cemento y los infaltables tarros de pintura. Qué es el amor sino eso.

Nosotros lo escuchamos atentamente como si se nos revelara por unos instantes el gran secreto de la vida, mientras sentados en la escalera contemplamos la magia de este lugar. El atardecer se resiste a desaparecer, regalándonos las últimas pinceladas anaranjadas y compartiendo cielo con las estrellas que pugnan por hacerse presente. Poco a poco comienzan a callarse las voces de los niños que cansadas se retiraban a sus casas, para darle lugar a una verdadera sinfonía de grillos y cigarras. Los gigantescos árboles, albergue de cientos de colonias de pajaritos, ahora se dejan llevar por el movimiento de un aire tibio que nos abraza.

En silencio permanecemos hasta que todo se ha oscurecido casi completamente. Los focos amarillos se han ido encendiendo paulatinamente y ahí entre los jardines aparecen como un regalo prodigioso, primero unas pocas y luego miles de pequeñas lucecitas color fuego.

Antes de que pudiera decir algo, Harvey se adelanta y dice: –Son luciérnagas.

Nosotros quedamos maravillados. Era la primera vez que las veíamos. Y él continuó: –Las que se iluminan son las hembras, para atraer al macho. Ellas encienden por efecto de combustión del oxígeno, una sustancia en su interior llamada luciferina. Así es como logran mantenerse vivas.

El espectáculo es de una belleza que conmueve hasta el alma. Y ahí estaban… Frente a nosotros, esperando el silencio para salir a danzar bajo la luna. Como si fuesen pequeñas hadas que entre la vegetación, aparecían y desaparecían.

Poco a poco fueron apagándose. Hasta que no quedó ninguna.


–Las luciérnagas son como la vida– dijo– Y algún día también nos apagaremos como ellas. Sin embargo, por ese fugaz momento podemos elegir cómo queremos brillar. Y yo mientras esté vivo, voy a hacerlo tan intensamente como me sea posible. 

miércoles, 29 de junio de 2016

Chile entero late con un rojo corazón


Todos tenemos parientes, tenemos.
Todos por algo lloramos, lloramos.
Somos de una vida corta, sabemos.
Todos siempre nos buscamos.
Amamos, Lloramos.

Piero.


Es y no es casualidad que cite al notable cantautor Argentino para comenzar el post de hoy. Ciertamente que la poesía contenida en las letras de sus temas me llegan al alma. Así como lo que ahora les voy a contar, que también me llegó al alma.

Pocas veces he tenido el sentimiento de patriotismo tan fuerte como el vivido estas semanas, a propósito de la Copa Centenario de América que justamente se organizó en Estados Unidos, como conmemoración del centenario del primer torneo americano de fútbol. Así es que mientras en Europa se disputan el trofeo, también en nuestro continente un número importante de países se sumaron al campeonato para ser coronados como los mejores de América.

A pesar de que yo me declaraba una simpatizante pero no fanática del fútbol, fui por primera vez a un partido de la selección nacional con la expectativa de pasar un rato divertido y por supuesto, gritar por nuestro país. Y no pude parar. Con mochila en mano, me embarqué en cada viaje para seguir a la selección de mi país y estar presente en cada uno de los partidos. No importaba si era en el último asiento de la galería, lo único que me bastaba era estar ahí, con mi gente.

Sin dudas que cada fecha fue una fiesta digna de recordación. Más allá de todo ­–incluso del resultado­­- qué lindo era sentir que un trocito de mi tierra venía hasta el otro lado del continente. Era mi país: con su comercio ambulante, sus choripanes y las parrillas de carne que se instalaban en los estacionamientos, semejando una gran fonda nacional (la misma que se celebra el 18 de septiembre para las fiestas patrias). Tal era la alegría que se vivía en las afueras del estadio que casi daban ganas de quedarse compartiendo con la cantidad de personas que llegaban provenientes de diferentes lugares del mundo hasta acá. Denominador común: la tierra.

Otra cosa era la realidad que se vivía adentro del recinto, ya que más bien parecía una fiesta animada por un DJ quien pinchaba temas “poperos” y los camarógrafos que iban iluminando cada realidad por todos los rincones de las multitudinarias graderías. Las personas al verse en la pantalla, se reían conmovidas mientras flameaban las banderas tricolores. Con cada triunfo obtenido, fue expandiéndose una especie de ola de orgullo nacional, que se hizo imparable. El país completo se daba vuelta a mirar en una mezcla de asombro y orgullo, lo que estaba ocurriendo al otro extremo del mundo.

Quizás el hecho de estar viviendo lejos (acá en Estados Unidos) hizo que floreciera con más fuerza que nunca, el orgullo por mi nacionalidad, mi identidad y el sentido de pertenencia. Ciertamente entoné el himno nacional con una mano en el pecho y con más fuerza que nunca. Canté como si fuera la mejor de las soprano ­-para desdicha de los que me rodeaban­- pero nada importaba porque todos los compatriotas estábamos igualmente al borde de las lágrimas. Sobre todo cuando cesaba la música y los chilenos presentes en el estadio, continuábamos hasta terminar la última frase del himno “a capella”, luchando por mantener la voz y no sucumbir a la pifias de nuestros contrincantes. Para mí como para la gran mayoría, estos son uno de los momentos más conmovedores de todos los partidos.

Cómo no continuar mi gira si todo ocurría acá mismo ¡Es que no podía! A pesar de volver cansada y decidida de que cada fecha sería la última, los días previos al próximo partido me bajaba una ansiedad que me podía y terminaba con los pasajes y el ticket en el bolsillo. Así es que por vía aérea o terrestre, fui siguiendo a la selección que jugó en Philadelphia, California, Chicago y Nueva York. En una oportunidad tuve que dormir en el aeropuerto, recostada sobre tres sillas y con el cuello más torcido que una “S”. ¡Cuándo había soñado con verme así!... Una “groupie” del fútbol.

Durante cada partido, alenté con ovaciones típicas de las “barras” a los jugadores, permaneciendo prácticamente de pie en los dos tiempos.  Y ahora que todo ha concluido, no me arrepiento. Por el contrario, agradezco haber tenido los medios y el tiempo para estar presente porque la experiencia fue única. Desde el comienzo, cuando no se respiraba mucho optimismo, hasta el momento de ver que tu equipo levantaba la copa en medio de las ovaciones y los fuegos artificiales.

Así es que todo esfuerzo fue recompensado no sólo por ver a los jugadores dejando todo en la cancha, sino que encontrarse con compatriotas de todo el mundo que llegaban a estos encuentros como guiados por una luz de esperanza. Chilenos que al igual que yo, escondían una historia particular que llena de nostalgia: algunos no volvieron después de la dictadura militar que se vivió en mi país entre las décadas de los ´70 y ´80; otros llegaron buscando mejores condiciones laborales que las Chile le ofrecía; otros como salida a una separación… En fin… Miles de experiencias que parecían disolverse en el mar de emociones que nos embargaron durante estas semanas.

Pienso en Felipe que hoy a sus 29 años, está emprendiendo un negocio de arriendo de camiones en Florida, que no duerme por resolver diversas situaciones y que no hay domingo que pueda descansar completamente porque siempre ocurre una contingencia que atender. Me habla de lo cuesta arriba que se le hace lidiar con el rubro, las diferencias educacionales y culturales que tiene que enfrentar para sacar su proyecto adelante, además del riesgo de ver su inversión sumergida hasta el fondo en esta apuesta. También recuerdo a Carlos, residente en California hace más de 20 años y que armó una empresa de fabricación e implementación de rejas. Y así hay muchos otros, Juan de Pensilvania, Diego de Sao Paulo, Martín de Santiago, por mencionar a algunos. La gran mayoría con el corazón divido entre Chile y Estados Unidos. Cada uno gritó tan fuerte como le dieron los pulmones y cuando salimos campeones, lloramos de alegría.

“30 años que no voy a mi país. Viejito, no puedo creer lo que estoy viviendo hoy día.”

Relatos como estos me confirmaban una vez más quién soy y de dónde vengo. Conectarme con mi país, allá tan perdido hacia el final del mundo y que por su extrema geografía, ha aprendido a resistir estoicamente a las envestidas de la naturaleza, sobre todo sísmicas, oceánicas y volcánicas. Pienso en la historia nacional. Cómo nuestros ancestros han dejado una huella en quiénes somos cada uno de nosotros, de la misma manera que la cultura permea nuestras concepciones. Cómo explicar por ejemplo la capacidad de adaptación que con la historia hemos aprendido a desarrollar, para levantarnos una y otra vez de la desgracia. Terremotos, maremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, incendios y tantos otros quiebres que han permitido llevarnos como cultura a un extremo para levantarnos con más garra que nunca. En nuestro caso, esa mezcla entre el español colonizador y el guerrero Lonco que resiste la conquista hasta el día de hoy.

Siento que así es nuestra identidad colectiva, como país. Chile.

Pienso en ti, en tu historia. También pienso en la mía, por qué no decirlo y la de tantas personas conocidas, como héroes anónimos que han sacado fuerzas insospechadas para pararse , reinventarse y salir adelante. Abrazar los sueños, de eso se trata.

Para mi que esa garra viene de la tierra, de nuestras raíces, de la sangre mapuche que corre por nuestras venas.


Somos el único país que no pudieron conquistar. El único de de toda américa. Porque la realidad es que el resto fue arrasado por Europa. Y lo cierto es que hasta el día de hoy están en guerra en la llamada “zona de conflicto” y no van a descansar hasta que se les devuelva lo que sienten que les pertenece. Y cuando pienso en personas como tú y en otras más, me conecto con ese arquetipo: El Guerrero. 

domingo, 12 de junio de 2016

La vita è bella


Prima querida, más que decir feliz cumpleaños
Quería desearte un feliz viaje,
Que al menos uno o la suma de todas tus travesías
Te lleve al lugar de paz que toda alma anhela.
Espero sinceramente que al final del camino,
Logres ver el sentido profundo y perfecto de las partes del todo.
Un abrazo en la distancia

Carolina Valenzuela


Leo su mensaje que me cala directamente el corazón. Qué sabiduría contienen sus palabras. Y a pesar que ya son más de diez años que no la veo y que con dolor siento que nos hayamos distanciado, recibir su mensaje por Messenger con motivo de nuestros cumpleaños, es la comprobación máxima de que me conoce bien. Sabe quién soy, mi dolor narciso, mis susceptibilidades y también mis luces.

El domingo se cumplieron 35 años desde que nací y al mirar hacia atrás, ya se hace considerable el sendero por el que vengo caminando todo este tiempo. Puertas que cerré, oportunidades que perdí, otras tantas que dejé pasar como las fugaces vistas fotográficas de los caminos que se forman entre los viñedos y que se pierden cuando avanzas en un auto a gran velocidad. También miro los aprendizajes que gané… En fin, un millón de cosas que hacen la persona que soy hoy.

A pesar de que mis amigos y el círculo de mi gente que me rodea, me reafirma que aún soy joven y que la edad es un simple número, yo siento que comienzo a abrazar la juventud más ligera que he conocido hasta ahora. Y cuando digo abrazar es en despedida e infinita gratitud. Esto no significa que me sienta vieja ni mucho menos, pero hay una serie de cambios que he comenzado a experimentar hace un tiempo y que antes caían en la indiferencia.
Quizás a nivel físico no se note o por lo menos no tanto, pero a nivel psicológico me siento más determinada y con una fuerza que antes no conocía. Como funcionando en “modo resolución” para definir un montón de cuestiones que antes las mantenía más en el limbo, sin prisas. Por ahí lo dejaba en manos del tiempo porque en “el futuro” se iría viendo. Bueno a eso me refiero… ese “futuro” que antes veía tan lejos, de pronto se vino al presente. Y la consecuencia principal es tener la consciencia de que si quiero hacer algo, tiene que ser ahora. Sino, lo suelto como camino posible para mi y me olvido. Ejemplos de esto es pensar qué cosas siempre quise para mi vida –aprender inglés, italiano, enfocarme en mis proyectos literarios, viajar y mantenerme en forma– y luego priorizarlas para no perder el foco en el paisaje de las variedades.
Con el tiempo he aprendido de mis amigos emprendedores, a quienes admiro mucho (y pienso especialmente en uno) que en silencio trabajan como hormigas en sus proyectos y que sólo cuando ya tienen todo listo, los abren y los comunican. Bueno, no sé si pueda en algún momento quedarme mucho tiempo callada porque tengo una fuerza en mí que me impulsa a compartir las cosas –buenas y malas– que voy viviendo. Pero inspirada por el ejemplo de muchos, es que estoy resolviendo tantas cuestiones (algunas en silencio y otras no) que siempre había anhelado. Una de ellas claramente es estar viviendo afuera de mi país para ver la vida desde una perspectiva más amplia, agradecer por aquello que tenía allá y que hoy cobra un valor trascendental; así como también, soltar lo que hoy ya no encuentra lugar en mi nuevo mundo.
Otro tema pendiente que hoy estoy concretando es aprender nuevos idiomas. Es por ello que hace un tiempo comencé las clases de “italiano para principiante” y la verdad es que ha sido una experiencia maravillosa. Primero porque los participantes somos muy diversos en edades, estilos y nacionalidades. Segundo, porque curiosamente estar aprendiendo un tercer idioma en una lengua que no es la materna –en este caso español como idioma primario– hace que el segundo (inglés) se fortalezca y no se pierda por entrar en discordia con el nuevo idioma (italiano) –Y que es el fenómeno que frecuentemente ocurre al aprender la tercera lengua–. Me cuesta un poco explicarlo pero si la profesora o en este caso la “insegnante”, habla en inglés como sustento para explicarlo todo, automáticamente tu cerebro comienza a depender de una manera no tan directa o atenta al inglés, para poder abrirle paso a la incorporación del italiano. Así es que me siento feliz por este descubrimiento que llegó como un regalo sin habérmelo propuesto, porque a veces lo paso mal con el inglés al no tener la fluidez que me gustaría para expresar mis ideas o compartir más con las personas que me hablan.
En la clase tenemos algunos compañeros que ya han pasado los setenta años y tienen una entusiasmo para aprender que resulta notable. Un claro ejemplo de ello lo es Carolyn, mujer proveniente de Vermont y que hoy día está cumpliendo el sueño de aprender el italiano. Ella no habla mucho, solo se ríe. Cuando tuvo que presentarse –un poco divertida y otro poco con vergüenza– nos confesó que no tiene antepasados italianos y no llegó a conocer ese país sino hasta hacía muy poco. En realidad no sabe qué tiene ese idioma que desde pequeña le fascina… Sí reconoce que las canciones suenan más románticas y que escucharlas le llena el espíritu. Sin embargo, por cuestiones de crianza de sus hijos y después sus nietos, lo había dejado perdido en el estante de los sueños olvidados hasta que un día limpiando su vida, se reencontró nuevamente con él. 
Yo quisiera ser esa señora siempre. No desestimar mis sueños por mis propias limitaciones, miedos e inseguridades. Que el querer sea más que suficiente para poder y no perderme en el mar de justificaciones que me formo para explicar por qué o para qué tal cosa. Para Carolyn simplemente es y punto. Razón suficiente para hacerlo. Además, como dijo entre risas delante de toda la clase: “Ya no tengo tiempo que perder ni nada que me limite… Así es que por qué no… La Vita è Bella”.
A mi me encanta observarla y creo que su presencia basta para llenar el espacio de toda la sala. Apenas entro la busco con la mirada y como nunca falta, la reconozco de inmediato: Sentadita en las primeras filas, atenta a saludar a todos y riéndose hasta de lo que no es chistoso… No le he preguntado (y tampoco lo voy a hacer) pero yo creo que tanta alegría es de la pura felicidad de estar donde siempre quiso.


¡Non è un addio, ma un arrivecerci!